Open-access NO TAN DISTINTOS: EL IMPERIO DEL BRASIL Y LAS PROVINCIAS UNIDAS DEL RÍO DE LA PLATA EN LA GUERRA DE 1825-1828

NOT SO DIFFERENT. THE EMPIRE OF BRAZIL AND THE UNITED PROVINCES OF THE RÍO DE LA PLATA IN THE WAR OF 1825-1828

Resumen

La Guerra da Cisplatina o Guerra del Brasil es un buen prisma para indagar las características de los contendientes. Lo que se propone en este ensayo es una breve comparación con base en la bibliografía especializada de algunos aspectos del Imperio brasileño y de las Provincias Unidas del Río de la Plata: sus diferentes sistemas de gobierno, sus rasgos esclavistas, sus dificultades militares y problemas económicos durante la guerra, sus procesos de centralización política y las oposiciones que generaron, la intervención popular en su escena política, el peso sobre ambos del Reino Unido y algunas cuestiones más. La mirada “en espejo” muestra más semejanzas que diferencias entre los dos en la década de 1820.

Palabras clave:
Guerra da Cisplatina; Guerra del Brasil; Imperio del Brasil; Argentina; Uruguay

Abstract

The Cisplatine War, or War with Brazil, provides a valuable lens to examine the characteristics of the combatants. This brief comparison, based on specialized literature, explores several aspects of the Brazilian Empire and the United Provinces of the Río de la Plata: their different systems of government, their slaveholding practices, their military difficulties and economic problems during the war, their processes of political centralization and the resulting opposition, popular participation in their political arenas, the influence of the United Kingdom on both, and other related issues. This comparative analysis reveals more similarities than differences between the two in the 1820s.

Key Words:
Cisplatine War; Brazil War; Empire of Brazil; Argentina; Uruguay

La guerra iniciada en 1825, conocida como la Guerra da Cisplatina o Guerra del Brasil, a raíz del levantamiento de un grupo de orientales que buscaba la reincorporación de su provincia a las Provincias Unidas del Río de la Plata y, por lo tanto, su separación del Imperio del Brasil representó un conflicto de varias dimensiones. Por un lado, fue una herencia de la disputa imperial entre portugueses y españoles por la Cuenca del Plata, que se había llevado a cabo varias veces en los siglos XVII y XVIII en el área de las misiones jesuitas del Paraguay y en la llamada Banda Oriental. Por otro lado, fue una prolongación de las guerras de la independencia, ya que la ocupación lusitana de este último territorio se dio durante los conflictos que siguieron a la ruptura del vínculo colonial en el Virreinato del Río de la Plata y se transformó en la Provincia Cisplatina del flamante imperio brasileño tras la independencia de este. Se trató también de la primera guerra librada entre países iberoamericanos independientes. Y, además, fue una guerra por stocks de ganado vacuno, la base de la riqueza en la región platense.

El análisis de la Guerra da Cisplatina puede ser un buen prisma para indagar las características de los contendientes. Lo que se propone en estas pocas páginas, desde la posición de alguien que ha investigado el período en la actual Argentina, es que una mirada “en espejo” muestra más similitudes que disimilitudes entre ambos. Esto no debería ser sorprendente, pero en el estudio de las independencias latinoamericanas se han enfatizado mayormente las diferencias entre Hispanoamérica y Brasil (aunque también hay trabajos que han cuestionado la idea de excepcionalidad).3

Monarquía y república

El contraste mayor que aparece en una comparación entre los beligerantes de 1825-1828 -además de la gran diferencia de población, mucho mayor en Brasil- es la organización política: desde 1820 todas las provincias rioplatenses adoptaron la forma republicana de gobierno, al tiempo que Brasil mantuvo la monarquía, aunque en su forma constitucional. Los publicistas imperiales defendían las ventajas del “gobierno monárquico constitucional, el más adoptado por los mejores escritores políticos”, que lo separaba de la inestabilidad de las repúblicas, de los “países anárquicos, inquietos y tiranizados por los salteadores de la región de Magallanes”.4 La monarquía constitucional era presentada como un antídoto a los desórdenes de las independencias de sus vecinos.

Por su parte, muchos rioplatenses veían al Imperio como una punta de lanza del despotismo europeo, ya que lo consideraban ligado con la Santa Alianza, el acuerdo sostenido principalmente por Austria, Prusia y Rusia, que condenaba a los gobiernos surgidos de revoluciones en Hispanoamérica y a cualquier república. Por eso, tras el comienzo del levantamiento oriental de abril de 1825, un periódico porteño llamó a apoyarlo para combatir contra la monarquía: “ésta es una guerra popular; de la república contra el imperio que la amenaza; de la civilización contra la barbarie”, tomando a la monarquía como atrasada y despótica. Agregaba luego que si “nuestro dictamen pudiera decidir bastaría que se viera un trono en el Brasil, para que se hiciera la guerra, porque su existencia es tan incompatible con nuestros principios, como el agua para sostener el fuego”. De ahí que clamara por una “guerra contra el déspota del Brasil, contra el amigo de la Santa Alianza, contra ese hombre con corona”.5

Cuando el congreso de las Provincias Unidas aceptó en 1825 la incorporación de la Provincia Oriental, solicitada por una asamblea reunida allí por los insurgentes, el Imperio declaró la guerra. Los rioplatenses no apelaron discursivamente a la tradicional oposición a los portugueses del pasado colonial, sino que en el nuevo contexto se refirieron al republicanismo. “Que los pueblos brasileros tengan en nosotros un ejemplo que reanime su coraje para arrojar el azote que los degrada y los consume”, es decir, la monarquía afirmaba la proclama con la que se convocó a los “ciudadanos” a la movilización militar: “Un Rey, nacido del otro lado de los mares insulta nuestro reposo y amenaza la gloria y el honor de nuestros hijos. ¡A las armas, compatriotas!”. Pronto las Provincias Unidas pasaron a llamarse, por primera vez y durante poco tiempo, República Argentina, y el nombre que terminó adoptando la fuerza militar rioplatense en el conflicto fue “Ejército Republicano”.6

El auge del republicanismo era algo extendido en esos años en toda Sudamérica española. “El sistema puramente europeo se ha trasplantado al Brasil”, afirmó un periódico chileno en 1826, “Pedro 1° es el hijo predilecto de la santa alianza, y sus legiones forman la vanguardia de ese torrente inundador que nos amenaza”.7 De modo parecido pensaban Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, que cuando se avecinaba el conflicto se encontraban en la recién creada Bolivia, que además sufrió un ataque brasileño en la región de Chiquitos en abril de 1825. Ante una propuesta rioplatense, a fines de ese año ambos jefes evaluaron colaborar con un ataque al Imperio. Pero dados los problemas internos del bloque bolivariano, la posibilidad no pasó de tratativas.8

Ahora bien, aunque para los contemporáneos la diferencia era crucial -en términos que hoy llamaríamos ideológicos- también es cierto que en los hechos había puntos cercanos entre ambos sistemas: los dos se fundaban en el sistema representativo y otorgaban un lugar clave al orden constitucional. El emperador otorgó una constitución para Brasil en 1824, tras disolver el año anterior la asamblea constituyente por discutir proyectos que no lo satisfacían y hacer exiliar a varios de sus miembros.9 Por su parte, las provincias rioplatenses -varias de las cuales habían sancionado sus propias constituciones- se reunieron en un congreso a fin de 1824 también para sancionar una constitución, aunque los desacuerdos impidieron que la empresa llegara a buen puerto.10

Semejanzas y diferencias

Una comparación rápida con base en la bibliografía especializada permite apreciar diversos puntos en común entre los estados que fueron a la guerra por la Provincia Cisplatina/Provincia Oriental. Me ocuparé brevemente de ocho de ellos, sin ánimo exhaustivo, solo a modo de ensayo.

El primero tiene cercanías y divergencias: se enfrentaban dos sociedades esclavistas, aunque en situaciones distintas al respecto. En el fragor de la revolución iniciada en 1810, las Provincias Unidas del Río de la Plata prohibieron el tráfico de esclavos en 1812 -poniendo fin al mayor ciclo de importación de personas que había vivido la región, iniciado pocas décadas antes- y al año siguiente establecieron la libertad de vientres.11 Hubo diversos intentos de continuar con la institución de otras maneras, por ejemplo prolongando la servidumbre de los nacidos tras 1813 nombrándolos libertos y no libres, e incluso vendiendo libertos, como hicieron algunos corsarios rioplatenses durante la guerra comenzada en 1825 con la carga capturada a barcos imperiales.12 De todos modos, y a pesar de que la esclavitud iba a durar hasta la Constitución Argentina de 1853 (en el Estado Oriental se aboliría durante la década de 1840), ya para el momento de la guerra con el Brasil había quedado debilitada, al no haber tráfico ni nacimientos nuevos. Las estancias que utilizaban mano de obra esclavizada para las tareas permanentes intentaron reemplazarla por otras formas coercitivas de trabajo, aunque con poco éxito.13 Brasil, en cambio, mantenía la esclavitud como un eje de su economía. En 1826, durante la guerra, firmó un tratado con el Reino Unido por el cual se comprometía a no participar más en el comercio de esclavos a partir de 1830, como parte del reconocimiento de su independencia, acuerdo que generó fuertes oposiciones al Ejecutivo entre parte de las élites representadas en el parlamento brasileño.14 De todos modos, la esclavitud iba a mantenerse como una presencia decisiva en Brasil hasta 1888, lo cual sin duda es distinto a lo ocurrido en el Río de la Plata; pero eso se percibe en una mirada de largo plazo, mientras que un corte sincrónico al momento de la guerra muestra una diferencia menor. Algo en común, políticamente, es que en la época de la guerra tanto el Imperio como las provincias rioplatenses negaban la ciudadanía a todo hombre no libre y sí se la otorgaban a los libertos nacidos en América.15

Un segundo punto con coincidencias es el de los problemas que ambos contendientes sufrieron para llevar adelante la guerra propiamente dicha. En primer lugar, la organización de sus ejércitos: La movilización, que se hacía con contingentes provenientes de distintas provincias y combinando reclutamientos voluntarios con forzados, llevó tiempo, y la deserción fue en ambos casos una gran dificultad. Las resistencias al reclutamiento aumentaron pronto, y la logística durante el conflicto no fue fácil para ninguno de los dos. Los rioplatenses tuvieron un gran desequilibrio entre su nutrida caballería y la falta de suficiente infantería, que complicó su desempeño en la campaña de 1827.16 El Imperio contrató mercenarios “alemanes” e irlandeses, pero eso no le dio buenos resultados militares. Y los dos apelaron a tripulantes extranjeros, sobre todo británicos, para operar sus fuerzas navales.17 Ahí hubo, sin embargo, una gran diferencia: Brasil contaba con una escuadra de cierta importancia antes del conflicto, mientras que su enemigo carecía de una y tuvo que crear una pequeña con el inicio de las hostilidades. Esa escuadra consiguió algunas victorias sobre la imperial, pero finalmente fue neutralizada por esta, que pudo así mantener el bloqueo permanente del puerto de Buenos Aires, eje de la economía rioplatense, lo cual fue decisivo en la guerra.

A la vez, a lo largo del conflicto hubo otra similitud militar: algunas provincias brasileñas, como Minas Gerais y São Paulo, mantuvieron enfrentamientos armados -expediciones militares, escaramuzas y represalias- con grupos indígenas en sus fronteras, y lo mismo ocurrió en la provincia de Buenos Aires, donde la violencia fronteriza aumentó durante esos años.18

Un tercer punto de contacto fueron las dificultades económicas durante la guerra. La producción y los circuitos comerciales del antiguo Virreinato del Río de la Plata habían sido muy afectados por la larga guerra de la independencia y por la dislocación de la fundamental demanda de productos que las minas de Potosí generaban en un territorio muy extenso durante el período colonial. En la nueva realidad, la exportación de cueros desde Buenos Aires se convirtió en la actividad más valiosa y le permitió a esta provincia gozar de un buen desempeño económico mientras el resto de las rioplatenses vivía un momento difícil; las provincias litorales que también habrían podido aprovechar la bonanza del cuero habían quedado con sus stocks perjudicados a raíz de los conflictos entre el gobierno de Buenos Aires con los federales en la década de 1810, y de la cantidad de ganado tomada por la invasión portuguesa que empezó en 1816. La aduana porteña era la única que producía ingresos como para financiar la guerra, y el bloqueo naval de los imperiales obligó al Gobierno de las Provincias Unidas a intentar terminar la guerra rápido. Por eso, el Ejército Republicano se internó en territorio riograndense buscando una batalla decisiva, pero a pesar de ganar el único choque de grandes proporciones en Ituzaingó (o Passo do Rosário), no pudo perseguir al Ejército Imperial para poner fin al conflicto. Ya antes de que empezara la campaña terrestre, la situación económica se había vuelto muy complicada, debido a la paralización del comercio y a la magnitud del reclutamiento en Buenos Aires, que alteró la producción -Buenos Aires y la Provincia Oriental aportaron la mayor cantidad de hombres al conflicto, debido a que las tensiones políticas hicieron que otras provincias enviaran menos tropas de las que se habían acordado en primer término. El papel moneda, una novedad de la época, se desvalorizó rápido, y la inflación de 1826 se volvió muy alta. El flamante Banco Nacional quedó en una situación precaria.19

También Brasil sufrió grandes dificultades por la guerra. El esfuerzo militar dejó al Tesoro Imperial exhausto, y el Banco de Brasil recurrió a la emisión para financiar el déficit; la moneda se desvalorizó y creció la inflación. El avance de la guerra coincidió, además, con un descenso de los precios del azúcar, el café y el algodón, los principales productos de exportación brasileños. Como la Asamblea General tenía la prerrogativa de controlar el presupuesto, en 1827 hubo una discusión acerca de cómo continuar la financiación del conflicto, si con más impuestos o con nuevos pedidos de empréstitos. Los diputados de Ceará, Bahia, Maranhão, Pará y Minas Gerais se opusieron a un aumento de los impuestos. La Asamblea aprobó en 1828 la toma de nueva deuda, y la situación económica brasileña a fin del conflicto era muy delicada.20 Las áreas directamente afectadas por el enfrentamiento sufrieron más. El Ejército Republicano utilizó la campaña a Rio Grande do Sul para recuperar stocks ganaderos, después de las grandes arreadas de vacas hacia esa provincia en los años previos, sobre todo desde la Cisplatina. Los traslados de grandes cantidades de ganado a la Provincia Oriental, Misiones, Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires se volvieron un rasgo destacado de la campaña militar rioplatense.21 Según contó más tarde el entonces ministro de hacienda de Buenos Aires, “al tomar la pluma para firmar el tratado de paz”, el emperador Pedro “dijo ‘vamos a concluir esta guerra de ladrones’ y recordó francamente, que antes los brasileros del Río Grande habían hecho lo mismo en la Banda Oriental”.22

Los tres puntos siguientes tienen que ver con la política. Uno es la cuestión del centralismo y el federalismo, disputa que estuvo presente en todos los estados iberoamericanos en esos años. Cuando estalló el conflicto, ambos estados beligerantes llevaban adelante experimentos de centralización. El brasileño implicaba el predominio de Rio de Janeiro, que absorbía los impuestos de las demás provincias -incluso de provincias con las que casi no había tenido relación antes del traslado de la Corte portuguesa a aquella ciudad en 1808-, y de la alianza de las élites del Sur del país. La coerción y el temor al desorden consolidaron la posición del poder central frente a las provincias del Norte, donde había sectores más reticentes.23 El hecho de que el emperador designara a la máxima autoridad de las provincias, los presidentes, era una clave del sistema. La continuidad dinástica, la existencia de un aparato administrativo heredado del período joanino y el afianzamiento del poder real frente a la oposición parlamentaria con la disolución de la Asamblea Constituyente en 1823 parecieron asegurar el triunfo del proyecto unitario. De todos modos, esta decisión del emperador dio lugar a la organización de un movimiento federal en Pernambuco, que defendía la autonomía provincial y la creación de un Legislativo fuerte frente al Ejecutivo. Tras recibir el apoyo de Ceará y Rio Grande do Norte, se formó la Confederación del Ecuador, que giró hacia el republicanismo, proclamando que todo el hemisferio debía adoptar el “sistema americano”, con influencia de los Estados Unidos.24 Nótese también que el sistema americano era considerado en los nacientes países hispanoamericanos el republicanismo, en contraste con el sistema europeo, monárquico, como señalé anteriormente. Las tropas imperiales, ayudadas por miembros de la élite pernambucana y por grupos indígenas, derrotaron a fines de 1824 a la Confederación del Ecuador, y sus líderes fueron fusilados. En Bahia, la influencia de lo ocurrido ayudó a otro movimiento federal y a favor de una constitución que limitara al monarca, que comenzó con el levantamiento de los periquitos, un batallón de soldados negros, en octubre de 1824. El temor a los excesos populares de la élite de plantadores hizo que renunciara al proyecto de más autonomía y ayudara a las tropas imperiales, que reprimieron a los insurrectos. A pocos meses del inicio de la rebelión oriental, el federalismo parecía terminado en Brasil.25

El gobierno central no tuvo que enfrentar otros desafíos de tanta magnitud durante la Guerra da Cisplatina, pero sí una oposición parlamentaria creciente, que volvió a darse, aunque al principio con cautela, desde la reapertura de la Asamblea en 1826. Las disputas principales se centraron en torno de la aceptación del monarca del fin del tráfico esclavista de acuerdo a la voluntad británica y en el problema de qué hacer respecto de Portugal una vez que ese mismo año falleció el rey João VI, por lo cual su hijo el emperador Pedro se convertía también en heredero de la corona portuguesa. El deterioro de la situación económica y el deficiente desempeño militar del Ejército Imperial en la guerra debilitaron la posición del emperador, y en 1827 los parlamentarios crearon el cargo de juez de paz, un magistrado lego que se elegía a nivel local y disminuía el poder de los jueces designados por el Ejecutivo.26

En el caso rioplatense, el intento de instaurar un sistema centralista enfrentó grandes problemas desde el inicio. Durante la década de 1810, el gobierno general ubicado en Buenos Aires había designado a las autoridades de las provincias y había dirigido su economía. El centralismo fue generando oposiciones en todo el territorio y en el Litoral llevó a la formación de un proyecto rival: la confederación que dirigió Artigas desde 1814; pero ambos sistemas se desmoronaron en 1820. Quedaron entonces provincias sin un gobierno superior, y cada una se organizó como una pequeña república. Cuando en 1824 las provincias recibieron la invitación de Buenos Aires para sumarse al Congreso Constituyente para integrarse en un estado, varias de ellas eran cuidadosas guardianas de su autonomía y de su capacidad de elegir a sus propias autoridades. También era grande la desconfianza hacia Buenos Aires, cuya riqueza era mucho mayor que la de todas las demás juntas. Ahora bien, el proyecto de centralización era el de una parte destacada de la élite porteña, pero no toda ella estaba de acuerdo con llevarlo adelante,, mientras que en las provincias había opositores y también estaban quienes lo apoyaban como modo de llegar a un orden. Una vez que se reunió el Congreso -que también fue el aliciente para el levantamiento oriental en abril de 1825- se formaron el partido unitario, que proponía la unidad de soberanía nacional y un gobierno central fuerte, y el federal, defensor de un gobierno limitado que reconociera en primer lugar la soberanía de las provincias. El sector unitario era mayoritario en el Congreso y aprovechó el estallido de la guerra para impulsar un proceso de centralización acelerado: creó el cargo de presidente antes de que hubiera constitución -fue nombrado para ejercerlo el líder unitario Bernardino Rivadavia-; nacionalizó la ciudad de Buenos Aires, y su aduana, para que fuera capital nacional, y dividió en dos el resto de la provincia de Buenos Aires; creó el Banco Nacional; impulsó la libertad de cultos y redactó una constitución unitaria que muchas provincias no aceptaron. Todo esto, junto con el apoyo del Congreso a diputados que se mostraban contrarios a los gobernadores de las provincias que los habían enviado como representantes, provocó descontento en varias de ellas -sobre todo Córdoba, Santiago del Estero y La Rioja- y terminó dando lugar en 1826 y 1827 a una guerra civil en la zona cordillerana y en el Norte, en la que los federales vencieron a los unitarios. Antes incluso del inicio de la campaña terrestre contra el Imperio, algunos líderes unitarios querían la paz para poder enviar el ejército contra algunas provincias, y de ahí que hubiera una primera tentativa de acuerdo, en la que el enviado a Rio de Janeiro se extralimitó en sus instrucciones y negoció como un vencido, devolviendo la Provincia Oriental a Brasil y pagándole una indemnización. El tratado no fue aceptado por el Congreso, pero el descrédito fue tal que el presidente Rivadavia tuvo que renunciar, y el Congreso no sobrevivió a su caída. Las provincias volvieron a quedar sin un gobierno general y solo delegaron el manejo de las relaciones exteriores y de la guerra en Buenos Aires. El gobierno de esta provincia, al igual que ocurría en varias otras, quedó en manos de los federales y fue su líder Manuel Dorrego el que terminó firmando la paz con el Imperio.27

Hubo, entonces, una diferencia remarcable: durante la Guerra con el Brasil ocurrió a la vez una guerra civil en algunas de las Provincias Unidas, mientras que no existió algo semejante en el Imperio. No es ocioso aclarar que las provincias federales no eran separatistas, sino que buscaban preservar su autonomía, una tendencia que también se daba en Brasil. Más allá de que este mantuvo el centralismo, en los hechos tenía límites concretos, y tras la abdicación de Pedro en 1831 y la instalación de una regencia porque su hijo era menor de edad, la capacidad del gobierno central de efectivamente ejercer un poder, sobre todo el territorio, enfrentó muchos problemas -la década de 1830 fue el escenario de grandes convulsiones sociales y políticas en distintas partes del Imperio- que solo empezaron a resolverse a favor de un centralismo más fuerte en la década de 1840. En las Provincias Unidas el centralismo se desmoronó como posibilidad tras una nueva guerra civil entre unitarios y federales entre 1829 y 1831, provocado por el intento de los oficiales que volvieron del conflicto con Brasil de relanzar el proyecto unitario por vía militar. La victoria final de los federales dio lugar a una confederación sin un gobierno central, que fue el sistema político en los siguientes veinte años, y que no tuvo una constitución nacional. Aun así, en la década de 1840, el gobernador de Buenos Aires -la provincia más rica-, y a la vez encargado de las relaciones exteriores, Juan Manuel de Rosas, ejerció un férreo poder sobre las otras provincias, que implicó cierta centralización de facto.

Otro punto destacado de la política de la época fue que implicó una amplia movilización popular, a pesar de estar dirigida por las respectivas élites. Esto es evidente si comparamos a las capitales, donde el peso popular tenía consecuencias claras al lidiar directamente con el gobierno general. Desde las invasiones británicas de 1806 y 1807, el “bajo pueblo” de Buenos Aires se involucró activamente en las disputas políticas urbanas, a través de la participación en la milicia y de distintos tipos de movilizaciones callejeras, que se volvieron muy importantes a partir de la revolución de 1810. Los enfrentamientos entre las facciones políticas de esos años promovieron la movilización plebeya, que además se dio en motines militares y en la fuerte animosidad contra los españoles. Buena parte de la población esclavizada se expresó a favor de la revolución, con entusiasmo especial después de la prohibición del tráfico de esclavos en 1812 y de la libertad de vientres declarada en 1813. Fue un esclavo llamado Ventura el denunciante en 1812 de una gran conspiración de los europeos contra la revolución. Pero la esperanza de muchos de que llegara la emancipación -“todo respira el desterrar la esclavitud”, dijo un moreno libre en 1815- no se cumplió. Desde 1821, parte de la movilización se canalizó en las elecciones que se realizaban cada año para renovar la legislatura, pero la presencia plebeya siguió siendo un dato considerable; la circulación de pasquines, rumores, canciones políticas y la lectura del periódico en voz alta para llegar a los analfabetos se volvieron una constante de la política porteña. Durante la guerra con el Brasil no hubo grandes episodios de movilización, pero sí múltiples congregaciones para festejar una noticia favorable en el conflicto o celebrar una fiesta cívica; también un seguimiento activo de las acaloradas deliberaciones en el Congreso, y en 1828 la elección de representantes para la legislatura fue acompañada de combates callejeros entre grupos federales y unitarios. En esos años el partido federal desarrolló una fuerte identificación con las clases populares, destinada a durar, ya que varios de sus líderes tomaban algunas de sus demandas para llevar a la legislación o a medidas de gobierno, como hizo el Gobernador Dorrego en el último tramo de la guerra al prohibir el reclutamiento forzoso para el ejército y al poner precios máximos para algunos alimentos.28

A su vez, desde fines de la década de 1810 la politización popular fue en aumento en Rio de Janeiro, con la circulación de noticias de la revolución pernambucana de 1817 y de lo que ocurría en la América española -un hombre fue acusado de haberle dicho a un grupo de esclavos que Artigas era alguien a quien valía la pena servir, porque era un “jefe que liberaba a los cautivos”.29 En la década de 1820 la presencia popular en las calles se volvió un dato destacado de la vida política, tanto en las discusiones diarias y la circulación de panfletos como en acontecimientos masivos, como la reunión y represión en la Plaza del Comercio de abril de 1821, la movilización por el “Fico” del por entonces príncipe regente Don Pedro en enero de 1822 y la presencia poco después de unas diez mil personas de diversos orígenes sociales y raciales en Campo de Santana para detener a los portugueses que pretendían llevarse a Don Pedro a Portugal. La agitación y expectativa callejera acompañó los conflictos parlamentarios en 1823 y otra vez desde 1826, incluso con presencia popular en las galerías de la Asamblea.30 En 1828, el descontento reinante entre las tropas mercenarias -alemanas e irlandesas- que estaban en la capital devino motín cuando un soldado fue duramente azotado por una falta menor contra una oficial. El levantamiento llevó a un violento enfrentamiento callejero entre mercenarios y pobladores de la ciudad, sobre todo negros, antes de ser vencido por fuerzas leales.31

Por fuera de las capitales, la movilización popular fue amplia en otras ciudades y sobre todo a nivel rural, donde pudo ser aún más radical. Esto fue especialmente fuerte en la Banda Oriental y se debió en buena medida a la politización de las tensiones sociales del período tardo-colonial. Peones, ocupantes de tierra sin título, esclavos y otros integrantes del universo popular que siguieron el proyecto del líder José Gervasio Artigas mostraron, como dijo un contemporáneo, “un entusiasmo frenético de la libertad” y buscaron con la lucha mejorar sus condiciones de vida, asegurar el respeto de derechos consuetudinarios de acceso a los recursos y conseguir una sociedad más justa. En 1815 Artigas inició un reparto de tierras entre los “infelices” que formaban su base, quienes en diferentes momentos de la contienda se apropiaron de bienes primero de españoles y luego también de otros propietarios, y mostraron una persistente tendencia al igualitarismo. Todo esto llevó a grupos orientales y porteños a hablar de anarquía, y ese fue uno de los argumentos que usó la corona portuguesa para justificar la invasión de la Provincia Oriental en 1816.32 Otra experiencia cercana fue la de los guaraníes dirigidos por Andrés Guacurarí, quienes intentaron recrear la antigua provincia jesuita de las misiones, pero sin españoles, sin portugueses, sin paraguayos y sin porteños, y con un gobierno de los propios indígenas, convertidos en iguales a los criollos.33 En tercer lugar, también en Salta y Jujuy la guerra con los realistas dio lugar a la politización del resentimiento antiespañol y la impugnación del orden social colonial, con sus jerarquías raciales (“mueran los cariblancos” fue un grito en la zona). Los “gauchos” que seguían al líder Martín Miguel de Güemes se apropiaron varias veces de ganado u otros bienes de alguna propiedad en nombre de su servicio a la patria, y se les otorgó la posibilidad de no pagar el arriendo de la tierra mientras estaban movilizados, todo lo cual volvió a las élites salteña y jujeña en opositoras a Güemes. Su muerte en combate en 1821 no terminó con la agitación popular, pero al inicio de la Guerra del Brasil los grupos dominantes estaban encaminando un nuevo orden que los favorecía.34

La experiencia artiguista y también la de autogobierno guaraní fueron derrotadas por la invasión portuguesa. En la guerra de 1825, los líderes orientales, varios de los cuales habían sido jefes artiguistas, se cuidaron de no apelar a ese precedente, para evitar la agitación social y ser acusados de anárquicos.35 Sin embargo, los ecos de lo ocurrido se mantenían en pie. A raíz de una serie de motines y deserciones entre los soldados enviados a la provincia de Entre Ríos a formar el ejército republicano para la guerra, un comisario observó “que suena aún en los oídos de muchos hombres (de los que nada tienen que perder) las ideas de Don José Artigas” y de otros jefes artiguistas entrerrianos que ya habían muerto.36 En las zonas rurales de la provincia de Buenos Aires, la masividad del reclutamiento forzoso para el ejército y la crisis económica provocaron un gran malestar, que dio lugar a acciones colectivas, como la formación de “montoneras” que atacaron algunos pueblos de la campaña en 1826.37

Si bien en Brasil los movimientos de la independencia no tuvieron la misma duración y radicalidad social -que sí marcaría a varios de los grandes estallidos de la Regencia en la década de 1830-, también hubo algunos momentos de importante participación popular con muchas semejanzas a lo ocurrido en la región rioplatense. Durante el conflicto por la independencia en Maranhão hubo confiscaciones de bienes de portugueses, que canalizaron también resentimientos sociales y étnicos de los grupos populares, y pronto la distinción para ellos entre “portugués”, “blanco” y “señor” se volvió difusa.38 En otras provincias del actual Nordeste, la necesidad de hombres para el conflicto independentista obligó a miembros de las élites a movilizar esclavos, negros libres y libertos para la lucha -al igual que había pasado en el Río de la Plata- a pesar del miedo a la “haitinización” que compartían los esclavistas de toda América desde la década de 1790.39 Como señalé anteriormente, la intervención popular también fue destacada en la lucha por la independencia de Bahía, y durante la Guerra da Cisplatina, entre 1826 y 1828, hubo en la provincia agitaciones, amenazas de rebeliones de esclavos en ingenios azucareros y ataques de quilombolas -las fugas de esclavos habían sido grandes en los años previos.40 El miedo a los quilombolas se dio también en 1827 entre las autoridades de Pernambuco, que temían la ofensiva de un líder llamado Malunguinho sobre Recife; su quilombo fue entonces atacado por centena de milicianos y soldados de línea.41 En el interior de la misma provincia, y coincidiendo con el momento del fin del conflicto cisplatino en 1828, se produjo la “Revolta dos Afogados”, cuando un grupo quiso crear una república en la región de Pastos Bons.42 En resumidas cuentas, en distintos lugares del imperio la agitación política había llegado a grupos sociales amplios, al igual que había ocurrido poco antes en toda la América hispana.

Otro aspecto semejante es el lenguaje político y los autores que leían los parlamentarios del Congreso rioplatense y de la Asamblea Legislativa brasileña, que sesionaron en simultáneo. En ambas había diputados con formación en universidades -en la de Chuquisaca y la de Córdoba los rioplatenses, en la de Coimbra los de Brasil- y otros que no tenían ninguna, pero las referencias eran parte del mismo universo de ideas. Por dar un solo ejemplo: Benjamin Constant tuvo una influencia importante en Brasil y se lo utilizó como inspiración para crear el poder moderador, órgano clave para garantizar el poder del emperador, instaurado por la Constitución otorgada en 1824. También los federales de Buenos Aires usaron al mismo autor en otra de sus facetas: la defensa de una descentralización de la administración fuera de la capital.43 La existencia de un horizonte común puede verse más allá de las disputas parlamentarias. Si se observan las transformaciones urbanas impulsadas en la década de 1820 en Rio de Janeiro y en Buenos Aires se puede notar otra coincidencia.44

Hay dos puntos más para comparar. Uno es la existencia en ambos espacios de una animosidad contra su antigua metrópoli, lógica tras las guerras de independencia. En el caso rioplatense, el odio a los españoles fue enorme en la década de 1810 y la animadversión se prolongó más tarde, pero para el momento de la guerra la relación con España era un asunto cerrado. Si bien ella no reconocía la independencia que las Provincias Unidas declararon en 1816, ya para 1825 era claro que no tenía los medios para intentar una expedición de reconquista -como la que había preparado para invadir Buenos Aires en 1820, que no llegó a zarpar porque las tropas se rebelaron contra el rey siguiendo a líderes liberales- y los vínculos comerciales estaban debilitados. En Brasil, el antilusitanismo era una fuerza más activa porque la situación no estaba aún definida. En particular, la realidad ambigua del emperador, nacido en Portugal y heredero de su trono, no ayudaba a terminarlo como problema. De hecho, las tensiones antilusitanas jugarían un papel muy importante poco más tarde, en el momento de abdicación de Pedro.45

Finalmente, otro elemento en común es el gran peso que el Reino Unido tenía sobre ambos estados. En 1825 los británicos reconocieron la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata -terminando de alejar el fantasma de una posible intervención de la Santa Alianza a favor de España- y al año siguiente hicieron lo mismo con Brasil. El poder británico en ese momento era enorme: su comercio no tenía rival, Francia ocupaba un lugar secundario tras la derrota de Bonaparte, y los Estados Unidos estaban lejos aún de poder competir con su antigua metrópoli. El interés primordial de los británicos en el conflicto fue defender los intereses de sus comerciantes, para lo cual buscaron desde el principio conseguir la paz, porque aquellos se veían perjudicados por el bloqueo a Buenos Aires, las acciones de corsarios rioplatenses contra barcos brasileños y la inestabilidad general. Convertidos los británicos en mediadores, su propuesta inicial fue que la Provincia Oriental quedase integrada en las Provincias Unidas a través del pago de una indemnización, emulando el acuerdo con base en el modelo del tratado de 1825 entre Portugal y Brasil, por el cual este compensaba económicamente a su antigua metrópoli. Pero la prioridad era la paz a ultranza, y por eso aceptaron el fallido primer tratado de 1827, que dejaba la situación como antes de la guerra, y después del fracaso propusieron la otra alternativa que manejaban desde el inicio y que puso fin al conflicto: la independencia absoluta del Estado Oriental, que no estaba en los planes de nadie al comienzo de la contienda.46

Resultados

Dos Estados en formación se habían enfrentado en la guerra y, a su término, los Estados en formación eran tres. El nacimiento del Estado Oriental, que más tarde sería llamado Uruguay, fue sin duda la principal consecuencia del conflicto, y la memoria pública sobre este está allí más presente que en Brasil o en Argentina.

Para el Imperio la guerra terminó mal: perdió la Provincia Cisplatina, la actividad comercial en el sur se desestabilizó y la economía general quedó en condiciones precarias. El emperador perdió prestigio por los resultados del conflicto, lo que, sumado a varios otros problemas que pronto se volvieron más centrales y a un aumento de la politización, abrió el camino hacia la abdicación de 1831, autonomizando al Imperio de la figura su creador (lo que contribuyó a consolidarlo como proyecto). Como sostuvo Joao Paulo Pimenta: “La cisplatina, que al hacerse brasileña había abierto el camino para un Brasil brasileño, ahora tenía que dejar de ser brasileña para que Brasil pudiera llegar a serlo plenamente.”47

En Buenos Aires y en el resto de las provincias, donde también la economía estaba arruinada, la paz fue recibida como algo honorable y fue festejada -incluso el gobernador Dorrego se hizo retratar con el tratado en su mano- pero la alegría duró poco. El Ejército consideraba que su avance había sido frenado por la oposición de los federales al gobierno central y se dispuso a escarmentarlos en Buenos Aires -donde Dorrego fue fusilado- y en las provincias del Interior. Como ya mencioné, la guerra civil resultante fue perdida por este Ejército y en 1831 nació la Confederación Argentina.48

Quiero desde allí proponer una hipótesis. La guerra de 1825-1828 fue crucial en la conversión de Argentina en un país definido y en el surgimiento de una identidad común dentro de él. En 1989, José Carlos Chiaramonte publicó un artículo fundamental en el que demostró la inexistencia de la nacionalidad argentina en 1810, cuando comenzó la revolución que más tarde llevaría a la independencia de las Provincias Unidas.49 La experiencia de la larga guerra contra los realistas, la existencia de una unión política durante una década y la creación de símbolos compartidos hicieron que la situación ya no fuera igual en la década de 1820. La identidad argentina estuvo durante años en construcción y en disputa, conviviendo con otras identidades fuertes como eran la americana y las provinciales, lo cual alargó temporalmente el uso historiográfico de “rioplatense”, que muchas veces se continúa hasta mediados del siglo XIX. Sin embargo, considero que utilizar “argentino” desde la década de 1830 es conveniente, sin obviamente retornar al esencialismo nacional de la antigua historiografía. Una razón para ese uso es que la creación del Estado oriental en 1828, también rioplatense, hace más confusa la utilización ulterior de este término para las provincias argentinas. Pero la principal razón es histórica y no historiográfica: pese al fracaso del Congreso Constituyente, las élites provinciales afianzaron la idea de que eran parte de algo común, una república formada por los pueblos o provincias, tras dos décadas de pensar en un espacio compartido que había ido tomando una forma proyectada bastante concreta. Con las convulsiones que siguieron a la acefalía real española de 1808, el Virreinato del Río de la Plata creado en 1776 se fue desgajando: Paraguay comenzó su camino autónomo en 1811 y se proclamó república dos años después (aunque sin una declaración formal de independencia). La antigua Audiencia de Charcas, baluarte realista, fue liberada por las fuerzas de Simón Bolívar, y en su honor nació un nuevo país en 1825: Bolivia. La Guerra con Brasil marcó que la Provincia Oriental, emancipada del Imperio, no volvería con las otras sino que sería un país nuevo. Por lo tanto, las provincias restantes que habían apostado en 1824 a la unión y que en 1831 firmaron el Pacto Federal clarificaron que eran parte de lo mismo, que buscaban un futuro común. El resultado de esta guerra también fue consolidar la formación de Argentina como nación.

¿Qué puede concluirse tras esta breve comparación? La observación en conjunto de la guerra de 1825-1828 desnuda las enormes dificultades para los nuevos estados tras las rupturas de los imperios ibéricos; en los hechos ninguno estaba a la altura de poder llevarla adelante con éxito. La norma era la fragilidad, tanto económica como política, militar e identitaria. Por eso, es interesante pensar a este conflicto en sí mismo no como una cadena más en las guerras y la evolución política del siglo XIX -es completamente distinto, por ejemplo, de la Guerra de la Triple Alianza, afrontada por Estados consolidados-, sino como un prisma a través del cual se puede analizar el complejísimo inicio de la vida independiente de estos nacientes países sudamericanos, mucho más parecidos que distintos.

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  • 3
    Véase Pimenta, 2002.
  • 4
    Las citas, respectivamente, en los periódicos Semanario Mercantil de Montevideo (redactado en portugués y en castellano), 26 de agosto de 1826, y Triunfo da legitimidade contra a facção de anarquistas, 9 de diciembre de 1825, ambos en Pimenta, 2007, pp. 109-110.
  • 5
    Las citas, en orden, en El Argentino, 14 de mayo de 1825, 2 de junio de 1825 y 23 de julio de 1825. Lo publicaba en Buenos Aires la oposición al gobierno de ese momento, la misma que se convertiría en el partido federal porteño.
  • 6
    Impreso de 1825. Archivo General de la Nación (AGN), Buenos Aires, sala VII, Archivo Andrés Lamas, 2669.
  • 7
    El Patriota Chileno, tomo 1, n° 14, 18 de marzo de 1826.
  • 8
    Milington, 1996.
  • 9
    Krause y Goyena Soares, 2022.
  • 10
    Ternavasio, 1998.
  • 11
    Sobre el tráfico véase Borucki, 2017.
  • 12
    Candioti, 2021; Crespi, 2020.
  • 13
    Gelman, 1999.
  • 14
    Krause y Goyena Soares, 2022.
  • 15
    Ternavasio, 2002; Pimenta, 2024.
  • 16
    Luft, 2013; Rabinovich, 2011; Di Meglio, 2018. Para el aspecto militar también hay trabajos clásicos como Tasso Fragoso, 1922, y Beverina, 1927.
  • 17
    Toscano, 2004.
  • 18
    Sposito, 2012; Langford, 2006; Ratto, 2007.
  • 19
    Halperin Donghi, 1972; Schmit, 2022.
  • 20
    Ribeiro y Pereira, 2009; Krause y Goyena Soares, 2022; Ramos, 2018.
  • 21
    Prado, 2010, p. 87; López D’Alessandro, 2000.
  • 22
    José María Rojas y Patrón. AGN, Buenos Aires, sala VII, 249; Archivo del Dr. Juan Angel Farini, Correspondencia entre Juan Manuel de Rosas y José María Roxas y Patrón, 24 de enero de 1865.
  • 23
    Véase, por ejemplo, Machado, 2010.
  • 24
    Mello, 2004.
  • 25
    Reis y Kraay, 2009.
  • 26
    Krause y Goyena Soares, 2022.
  • 27
    Halperin Donghi, 1972; Ternavasio, 1998.
  • 28
    Di Meglio, 2006. La cita de 1815 en p. 123.
  • 29
    Soares, 2004, p. 340.
  • 30
    Ribeiro y Pereira, 2009; Rauter Pereira, 2024. Véase también Slemian, 2004.
  • 31
    Soares, 2004, pp. 323 a 338.
  • 32
    Frega, 2007; Fradkin, 2010.
  • 33
    Wilde, 2009; Machón y Cantero, 2013.
  • 34
    Mata, 2008; PAZ, 2008.
  • 35
    Barrán, 1986.
  • 36
    Carta de Juan Garrigó del 9 de octubre de 1826. AGN, Buenos Aires, sala X, legajo 4-4-4.
  • 37
    Fradkin, 2006.
  • 38
    Assunção, 2005, p. 368.
  • 39
    Carvalho, 2005.
  • 40
    Reis y Silva, 2009.
  • 41
    Carvalho, 2000, p. 167.
  • 42
    Ribeiro y Pereira, 2009, p. 161.
  • 43
    Krause y Goyena Soares, 2022; Di Meglio, 2015. Véase también GALLO, 1999.
  • 44
    Carvalho, 2008; Aliatta, 1998.
  • 45
    Pérez, 2009; Ribeiro, 2002.
  • 46
    Frega y Duffau, 2025.
  • 47
    Pimenta, 2005, p. 789. En portugués en el original.
  • 48
    Di Meglio, 2014.
  • 49
    Chiaramonte, 1989.
  • Disponibilidade de dados
    Os dados e demais informações obtidas para o presente estudo estão no próprio texto.

Editado por

  • Editoras responsáveis
    Mariana Albuquerque Dantas - Melina Kleinert Perussatto

Disponibilidad de datos

Os dados e demais informações obtidas para o presente estudo estão no próprio texto.

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    05 Jun 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    18 Feb 2026
  • Acepto
    09 Mar 2026
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