Resumen
El envejecimiento poblacional ha impulsado el desarrollo de la denominada economía plateada, que interpreta la longevidad como una oportunidad económica asociada al bienestar y la autonomía en la vejez. Este artículo analiza críticamente el lugar de la actividad física y el deporte dentro de este marco, poniendo el foco en las desigualdades socioeconómicas, culturales y territoriales que condicionan su acceso y práctica en América Latina. A partir de una revisión teórica y documental, se examinan los enfoques de envejecimiento activo y saludable, la expansión del deporte como mercado emergente y sus tensiones distributivas. Los resultados muestran que la mercantilización de la actividad física tiende a reproducir desigualdades preexistentes, lo que plantea límites al envejecimiento activo concebido exclusivamente desde lógicas de mercado.
envejecimiento poblacional; economía plateada; actividad física en la vejez; desigualdades socioeconómicas; América Latina
Abstract
Population aging has driven the development of the so-called silver economy, which interprets longevity as an economic opportunity associated with well-being and autonomy in old age. This article critically analyzes the role played by physical activity and sport in this context, focusing on the socio-economic, cultural, and territorial inequalities that condition access to and participation in these activities in Latin America. Based on a theoretical and documentary review, it examines approaches to active and healthy ageing, the expansion of sport as an emerging market, and its distributive tensions. The results show that the commodification of physical activity tends to reproduce pre-existing inequalities, limiting active ageing conceived exclusively from a market perspective.
population aging; silver economy; physical activity in old age; socioeconomic inequalities; Latin America
Introducción
El envejecimiento poblacional constituye uno de los procesos estructurales más relevantes de las sociedades contemporáneas. La reducción sostenida de la fecundidad y el aumento de la esperanza de vida han transformado de manera profunda la estructura etaria, dando lugar a un crecimiento significativo de la población adulta mayor y a una prolongación del tiempo de vida en edades avanzadas (Madrigal-Martínez, 2010). Este escenario ha desplazado el foco del debate demográfico desde las preocupaciones históricas por el crecimiento poblacional – dominantes en la segunda mitad del siglo XX – hacia los desafíos sociales, económicos y sanitarios asociados al envejecimiento de las sociedades (Meadows et al., 1972) .
Durante décadas, gran parte de la literatura abordó el envejecimiento desde una perspectiva centrada en el déficit, asociándolo principalmente a mayores presiones sobre los sistemas previsionales, al incremento del gasto en salud y cuidados de largo plazo y a una posible contracción de la población en edad de trabajar, con efectos negativos sobre el crecimiento económico y la sostenibilidad fiscal (de la Peña Esteban, 2003). En este enfoque, el aumento de la población adulta mayor fue interpretado fundamentalmente como una fuente de desequilibrios económicos y sociales, especialmente en contextos caracterizados por elevados niveles de desigualdad y fragilidad institucional (Guzmán, 2002).
No obstante, en las últimas décadas se ha producido un giro conceptual relevante, impulsado tanto por organismos internacionales como por la producción académica, que propone interpretar el envejecimiento no solo como un problema, sino también como una oportunidad para promover trayectorias vitales más activas, autónomas y socialmente integradas. En este marco, los conceptos de envejecimiento activo y envejecimiento saludable se han consolidado como ejes centrales del debate contemporáneo, al poner el acento en la capacidad funcional, la participación social y el bienestar en la vejez (OCDE, 2013). Dentro de esta perspectiva, la actividad física ocupa un lugar central.
La evidencia científica muestra de manera consistente que la práctica regular de actividad física y deporte en personas mayores se asocia con múltiples beneficios, entre ellos la reducción del riesgo de enfermedades crónicas, la mejora de la salud mental, el fortalecimiento de los vínculos sociales y la disminución de procesos de fragilidad y dependencia (Mora y Curbel, 2023). De este modo, la actividad física no solo constituye una herramienta de promoción de la salud, sino también un componente clave de las estrategias orientadas a mejorar la calidad de vida en edades avanzadas.
Sin embargo, la participación en prácticas de actividad física y deporte en la vejez no es homogénea. Diversos estudios señalan que el acceso, la continuidad y la intensidad de estas prácticas se encuentran fuertemente condicionados por factores socioeconómicos, culturales y territoriales, lo que genera desigualdades significativas entre distintos grupos de personas mayores (Meghani et al., 2023). Estas desigualdades resultan particularmente relevantes en contextos urbanos, donde la oferta de espacios y servicios para la actividad física convive con barreras económicas, simbólicas y espaciales que limitan su alcance entre amplios sectores de la población adulta mayor. Las barreras simbólicas refieren a representaciones sociales, estereotipos etarios y percepciones culturalmente construidas sobre la vejez y el cuerpo envejecido, que pueden desalentar la participación en prácticas deportivas o generar sentimientos de no pertenencia en determinados espacios de actividad física.
En paralelo, el envejecimiento poblacional ha impulsado el desarrollo del concepto de economía plateada, entendido como el conjunto de actividades económicas orientadas a satisfacer las necesidades de una población que vive más años y permanece activa durante períodos cada vez más prolongados(Perić, 2020). En este marco, la actividad física y el deporte emergen como un sector económico en expansión, vinculado a la provisión de servicios, infraestructuras y programas orientados a personas mayores. Gimnasios y centros de acondicionamiento físico se han convertido en actores centrales de este proceso, articulando bienestar, consumo y envejecimiento activo.
No obstante, la expansión de este mercado no garantiza, por sí misma, una mayor equidad en el acceso a la actividad física en la vejez. Por el contrario, existe el riesgo de que la mercantilización de la actividad deportiva refuerce desigualdades preexistentes, beneficiando principalmente a los grupos con mayores recursos económicos, capital cultural y disponibilidad territorial. En este sentido, la promoción del envejecimiento activo convive con tensiones estructurales entre lógicas de mercado, políticas públicas y condiciones sociales desiguales (Rojas, 2022).
En este contexto, el presente artículo se propone analizar la actividad física y el deporte en la vejez como un componente emergente de la economía plateada, poniendo especial énfasis en las desigualdades socioeconómicas, culturales y territoriales que atraviesan estas prácticas. Se trata de un artículo de carácter teórico-analítico, basado en una revisión crítica de la literatura científica y en el análisis de documentos e informes de organismos internacionales, con el objetivo de aportar una lectura integrada y crítica sobre las oportunidades y límites del deporte como mercado emergente en sociedades envejecidas.
Envejecimiento activo y saludable
El envejecimiento poblacional ha sido analizado clásicamente desde el marco de la transición demográfica, entendida como el proceso histórico de cambio estructural asociado al descenso sostenido de la fecundidad y la mortalidad (Chesnais, 1990). A este respecto, el aumento de la esperanza de vida constituye uno de los rasgos más significativos de las sociedades contemporáneas y expresa la interacción entre avances médicos, mejoras en las condiciones de vida y transformaciones sanitarias de largo plazo. Diversos estudios han destacado la plasticidad de la mortalidad y la posibilidad de prolongar la vida humana más allá de los límites históricamente observados, subrayando que la longevidad no responde únicamente a factores biológicos, sino también a determinantes sociales y tecnológicos (Chackiel, 2006).
Sin embargo, el incremento sostenido de la longevidad no implica necesariamente una mejora automática en las condiciones de salud y bienestar en edades avanzadas. Desde fines del siglo XX, la literatura ha enfatizado la necesidad de distinguir entre la cantidad de años vividos y la calidad de esos años, incorporando al análisis las nociones de morbilidad, discapacidad y autonomía funcional (Robine et al., 2003). En este sentido, el envejecimiento se configura como un proceso profundamente heterogéneo, atravesado por desigualdades sociales, económicas y territoriales que se acumulan a lo largo del curso de vida y se manifiestan con especial intensidad en la vejez (Regidor, 1994).
En respuesta a estos desafíos emergieron los conceptos de envejecimiento activo y saludable como marcos normativos y analíticos orientados a superar visiones deficitarias y asistencialistas de la vejez. El enfoque de envejecimiento activo propone desplazar la mirada desde la dependencia hacia la participación social, la autonomía y la optimización de oportunidades de salud a lo largo del curso de vida, reconociendo a las personas mayores como sujetos activos en la sociedad (Ballesteros y Blasco, 2016). Por su parte, el paradigma de envejecimiento saludable pone el acento en el mantenimiento de la capacidad funcional como condición central del bienestar en edades avanzadas, integrando dimensiones físicas, mentales y sociales (OECD, 2025).
Ambos enfoques comparten la premisa de que el envejecimiento no constituye un destino homogéneo ni inevitablemente negativo. No obstante, diversos autores han advertido que estas nociones pueden adquirir un sesgo normativo cuando se las presenta como responsabilidades individuales, desatendiendo los condicionantes estructurales que influyen en la posibilidad real de envejecer de manera activa y saludable (González, 2014). En contextos de alta desigualdad social, la promoción del envejecimiento activo puede transformarse en un ideal prescriptivo difícilmente alcanzable para amplios sectores de la población adulta mayor (Bedoya, 2016).
En este marco, la actividad física y el deporte ocupan un lugar central dentro de los discursos sobre envejecimiento activo y saludable. La evidencia científica muestra de manera consistente que la práctica regular de actividad física en personas mayores se asocia con mejoras significativas en la capacidad funcional, la salud mental y la calidad de vida, así como con una reducción del riesgo de fragilidad y dependencia. Estudios recientes confirman además que la actividad física organizada contribuye al bienestar subjetivo y al fortalecimiento de los vínculos sociales en la vejez, reforzando su carácter multidimensional (Portegijs, Lee y Zhu, 2023).
Sin embargo, el acceso efectivo a la actividad física y al deporte en edades avanzadas dista de ser universal. Estudios muestran que la participación en estas prácticas se encuentra fuertemente condicionada por factores socioeconómicos, culturales y territoriales, reproduciendo desigualdades acumuladas a lo largo del curso de vida. Las limitaciones económicas, la desigual distribución territorial de servicios y las barreras culturales inciden de manera decisiva en los niveles de actividad física de las personas mayores, incluso en contextos donde la oferta de servicios ha crecido (Han et al., 2022).
Desde una perspectiva crítica, algunos autores advierten que la promoción de estilos de vida activos convive con procesos de mercantilización del bienestar, en los cuales el acceso a servicios vinculados a la salud, el deporte y el ejercicio físico depende crecientemente de la capacidad de consumo (Nova, 2021). Este fenómeno adquiere particular relevancia en el marco de la denominada economía plateada, que interpreta el envejecimiento poblacional como una oportunidad para el desarrollo de nuevos mercados orientados a personas mayores (Briegas et al., 2021).
Se destaca que el potencial económico asociado a una población más longeva y activa, plantea interrogantes centrales sobre la distribución social de los beneficios del envejecimiento activo y saludable. Estudios recientes advierten que, sin políticas públicas orientadas a reducir desigualdades, la expansión de mercados vinculados a la actividad física y el bienestar puede reforzar procesos de segmentación social en la vejez, beneficiando principalmente a los grupos con mayores recursos económicos y capital (Ruiz-Clavijo y Diez, 2025).
En síntesis, los conceptos de envejecimiento saludable y envejecimiento activo constituyen marcos fundamentales para comprender las transformaciones contemporáneas de la vejez. Sin embargo, su aplicación analítica requiere incorporar una mirada crítica que considere las desigualdades estructurales que condicionan el acceso a prácticas clave como la actividad física y el deporte. Esta perspectiva permite situar el envejecimiento no solo como un proceso biológico o individual, sino como un fenómeno social profundamente atravesado por la distribución desigual de recursos, oportunidades y capacidades en sociedades crecientemente envejecidas.
Actividad física en la vejez
La actividad física y el deporte en la vejez no pueden comprenderse como prácticas homogéneas ni universalmente accesibles. Por el contrario, se trata de comportamientos profundamente condicionados por las trayectorias sociales, económicas, laborales y territoriales que atraviesan la vida de las personas y que se expresan con particular intensidad en edades avanzadas. Si bien el aumento de la esperanza de vida amplía el tiempo potencial disponible para la realización de actividades orientadas al bienestar, ello no implica que todas las personas mayores cuenten con las mismas oportunidades reales para sostener prácticas regulares de actividad física.
Desde una óptica de curso de vida, el envejecimiento debe entenderse como un proceso acumulativo en el que las ventajas y desventajas sociales se sedimentan progresivamente. Las condiciones de inserción laboral, los niveles de ingreso, el acceso a educación y servicios de salud, así como las experiencias previas de actividad física, influyen de manera decisiva en el estado de salud y en la capacidad funcional en la vejez. En este sentido, la actividad física no constituye una práctica aislada del contexto social, sino una expresión más amplia de desigualdades estructurales que se construyen a lo largo del tiempo.
La evidencia empírica muestra de forma consistente que las personas mayores con más recursos económicos, niveles educativos más elevados y mayor capital cultural presentan mayores probabilidades de realizar actividad física de manera regular, especialmente en modalidades organizadas o institucionalizadas. Estas prácticas suelen estar asociadas a trayectorias laborales más estables, mejores condiciones de salud y una mayor internalización de discursos preventivos vinculados al autocuidado. En contraste, los sectores con trayectorias laborales precarias, menores ingresos o mayor exposición acumulada a riesgos de salud tienden a registrar niveles más bajos de actividad física en la vejez, aun cuando reconozcan sus beneficios (Casado, 2020).
Estas desigualdades no solo se expresan en la participación o no en actividades físicas, sino también en el tipo de prácticas realizadas. Tal como se expuso anteriormente los grupos socialmente más favorecidos acceden con mayor frecuencia a actividades estructuradas, supervisadas y continuas, los sectores más vulnerables suelen limitarse a prácticas informales, esporádicas o discontinuas, con menores niveles de acompañamiento profesional. Esta diferenciación tiene implicancias relevantes en términos de salud, ya que la calidad, intensidad y regularidad de la actividad física inciden directamente en sus efectos sobre la capacidad funcional y el bienestar en la vejez.
El territorio constituye un eje central para comprender estas brechas. La disponibilidad de infraestructura urbana adecuada, la cercanía a espacios recreativos, la accesibilidad del transporte público y la seguridad del entorno condicionan de manera directa las oportunidades de realizar actividad física en edades avanzadas. En muchas ciudades, la oferta de gimnasios, centros deportivos y programas de actividad física se concentra en áreas centrales o de mayor nivel socioeconómico, mientras que los barrios periféricos o socialmente más desfavorecidos presentan una dotación significativamente menor de servicios. Esta distribución desigual del espacio urbano limita el acceso de amplios sectores de la población adulta mayor a prácticas de actividad física sostenidas (Marcucci, Ciarapica y Sanchis, 2021; European Commission, 2015).
A estas desigualdades territoriales se suman barreras simbólicas y culturales que afectan la participación en actividades deportivas en la vejez, expresadas en procesos de autoexclusión, incomodidad o falta de identificación con los espacios deportivos disponibles. En este sentido, la vejez continúa siendo, en muchos contextos, asociada a la pasividad o a la fragilidad, lo que puede desincentivar la participación en actividades deportivas, aun cuando existan ofertas disponibles.
En el marco del crecimiento de la economía plateada, la expansión de servicios de actividad física orientados a personas mayores introduce nuevas dinámicas de acceso y exclusión. Si bien la diversificación de la oferta amplía el abanico de opciones disponibles, también genera procesos de segmentación del mercado. Los servicios más personalizados, con mayor acompañamiento profesional y mejor infraestructura, suelen estar dirigidos a segmentos de mayor poder adquisitivo, mientras que las alternativas de menor costo presentan limitaciones en términos de continuidad, calidad o adecuación a las necesidades específicas de las personas mayores (Fernández y Dupré, 2022; Klimczuk, 2016).
Desde una perspectiva comparada, distintos estudios advierten que el crecimiento del mercado de la actividad física para personas mayores no se traduce necesariamente en una reducción de las desigualdades en los niveles de práctica. Por el contrario, los incrementos más significativos tienden a concentrarse en grupos que ya contaban con trayectorias activas y mejores condiciones de salud, mientras que los sectores más vulnerables permanecen al margen de estas dinámicas (Rogelj y Bogataj, 2019). Este fenómeno refuerza la idea de que la expansión de la oferta, por sí sola, no garantiza una mayor inclusión.
Asimismo, la creciente centralidad de la actividad física en los discursos sobre envejecimiento activo y saludable puede adquirir un carácter normativo, en la medida en que se presenta como un ideal deseable sin considerar las restricciones estructurales que condicionan las posibilidades reales de participación. En contextos de alta desigualdad, esta lógica corre el riesgo de responsabilizar a las personas mayores por su nivel de actividad física, invisibilizando las barreras económicas, territoriales y sociales que limitan el acceso efectivo a estas prácticas (OCDE, 2013).
En síntesis, la actividad física y el deporte en la vejez deben ser analizados como prácticas socialmente situadas, atravesadas por desigualdades socioeconómicas, culturales y territoriales que se acumulan a lo largo del curso de vida. Si bien el envejecimiento poblacional y la expansión de la economía plateada amplían la oferta de servicios vinculados al bienestar, el acceso efectivo a la actividad física continúa siendo profundamente desigual. Reconocer estas brechas resulta fundamental para evitar lecturas simplificadoras del envejecimiento activo y para comprender los límites de las estrategias basadas exclusivamente en la expansión del mercado como vía para promover la actividad física en sociedades crecientemente envejecidas.
Actividad física como mercado emergente en la economía plateada
El envejecimiento poblacional ha generado transformaciones profundas no solo en la estructura demográfica de las sociedades, sino también en los patrones de consumo, en las estrategias empresariales y en las modalidades de provisión de bienes y servicios. En este contexto, la economía plateada se ha consolidado como un marco analítico que permite comprender el conjunto de actividades económicas orientadas a una población que vive más años y que, en una proporción significativa, permanece activa durante períodos cada vez más prolongados (Krzyminiewska, 2020). Este enfoque pone de relieve el potencial económico asociado a la longevidad, al tiempo que introduce interrogantes sobre la distribución social de los beneficios derivados del crecimiento de estos mercados.
La actividad física y el deporte se inscriben de manera creciente en estas dinámicas. La prolongación de la vida, combinada con la difusión de discursos sobre envejecimiento activo y saludable, ha ampliado la demanda potencial de servicios orientados al mantenimiento de la capacidad funcional, la autonomía y el bienestar en edades avanzadas. Desde comienzos del siglo XXI, distintos organismos internacionales han destacado el rol central de la actividad física como determinante de la salud en la vejez, promoviendo su incorporación tanto en políticas públicas como en estrategias de mercado vinculadas al bienestar (OMS, 2015). En este proceso, la actividad física ha dejado de ser concebido exclusivamente como una práctica preventiva o terapéutica para integrarse a circuitos de consumo estructurados.
El crecimiento de la oferta de gimnasios, centros de acondicionamiento físico y programas específicos dirigidos a personas mayores constituye una de las expresiones más visibles de la actividad física como mercado emergente dentro de la economía plateada. Estas propuestas suelen articular narrativas asociadas a la autonomía, la prevención de la dependencia y la prolongación de la vida activa, alineándose con los principios del envejecimiento saludable y activo. Desde una perspectiva económica, este conjunto de servicios configura un nicho de mercado en expansión, particularmente en contextos urbanos donde se concentra la población adulta mayor con más capacidad de consumo (European Commission, 2015; Rogelj y Bogataj, 2019).
Sin embargo, la configuración de la actividad física como mercado emergente no se produce de manera homogénea ni inclusiva. La literatura advierte que estos mercados tienden a estructurarse en torno a procesos de segmentación, en los que la oferta se diferencia según precios, niveles de personalización, calidad de infraestructura y tipo de acompañamiento profesional. Los servicios más especializados, adaptados a las necesidades específicas de las personas mayores y con mayor supervisión, suelen orientarse a segmentos de ingresos medios y altos, mientras que las alternativas de menor costo presentan limitaciones en términos de accesibilidad territorial, continuidad o adecuación a condiciones de salud complejas (De la Torre, Morales y Quiroz, 2015).
Desde una perspectiva demográfica y económica, diversos autores han señalado que el crecimiento de los mercados asociados al envejecimiento no implica necesariamente una ampliación equitativa del acceso. Por el contrario, existe evidencia de que la economía plateada puede reproducir desigualdades sociales preexistentes, en la medida en que se organiza en función de la capacidad de consumo de determinados grupos de personas mayores (Enste, Naegele y Leve, 2008; Krzyminiewska, 2020). En este sentido, la expansión del mercado de la actividad física tiende a beneficiar de manera desproporcionada a los sectores socialmente más favorecidos, mientras que aquellos con mayores restricciones económicas, de salud o territoriales permanecen al margen de estas dinámicas.
Asimismo, investigaciones recientes advierten que el incremento de la oferta de servicios de actividad física dirigidos a personas mayores no se traduce automáticamente en una mejora generalizada de los niveles de práctica. Los aumentos más significativos suelen concentrarse en grupos que ya presentaban trayectorias activas, mejores condiciones de salud y mayor capital cultural, mientras que los sectores más vulnerables continúan enfrentando barreras persistentes para acceder a estos servicios (Bran, Popescu y Staciu, 2016). Este fenómeno pone en evidencia los límites de las estrategias basadas exclusivamente en la expansión del mercado como vía para promover la actividad física en la vejez.
La mercantilización de la actividad física también plantea tensiones desde el punto de vista de la salud pública y la equidad social. Si bien la actividad física constituye un componente central del envejecimiento saludable, su provisión predominantemente a través de mecanismos de mercado puede generar exclusiones significativas. La evidencia muestra que las personas mayores con menores ingresos, peor estado de salud o mayores limitaciones funcionales son precisamente quienes enfrentan mayores dificultades para acceder a servicios deportivos pagos, aun cuando podrían beneficiarse de manera más intensa de estas prácticas (Dionyssiotis, 2018).
En este contexto, distintos organismos internacionales han subrayado la necesidad de que el desarrollo de la economía plateada no desplace el rol del Estado en la promoción del bienestar. La actividad física en la vejez requiere de políticas públicas que garanticen condiciones mínimas de acceso, infraestructura adecuada y programas adaptados a la heterogeneidad de la población adulta mayor, especialmente en contextos de alta desigualdad social (European Commission, 2015; OMS, 2015). Sin esta intervención, existe el riesgo de que el mercado refuerce procesos de segmentación y exclusión en lugar de contribuir a la inclusión social.
Finalmente, la incorporación de la actividad física al discurso de la economía plateada contribuye a redefinir socialmente la vejez, alejándola de representaciones centradas exclusivamente en la dependencia. No obstante, también puede reforzar una visión instrumental de las personas mayores como consumidoras de bienes y servicios, en la que el valor del envejecimiento activo se mide en función de su potencial económico. Analizar la actividad física como mercado emergente desde una perspectiva crítica permite, por tanto, comprender tanto su potencial transformador como sus límites estructurales en sociedades crecientemente envejecidas.
Tensiones y límites del deporte en la economía plateada
La incorporación del deporte y la actividad física al marco de la economía plateada ha contribuido a reposicionar el envejecimiento poblacional como un fenómeno que excede la lógica del problema social y se inscribe en dinámicas de innovación, consumo y crecimiento económico. Sin embargo, esta reconfiguración no está exenta de tensiones estructurales que limitan su alcance como estrategia de inclusión social y promoción del bienestar colectivo. La principal de estas tensiones reside en la coexistencia de dos lógicas parcialmente contradictorias: la del envejecimiento activo y saludable como objetivo social amplio, y la del mercado como principal mecanismo de provisión de bienes y servicios vinculados a la actividad física.
Desde una perspectiva de desarrollo, diversos autores han advertido que el crecimiento de sectores económicos asociados al bienestar no garantiza, por sí mismo, mejoras generalizadas en las condiciones de vida si no se acompaña de políticas públicas redistributivas y de marcos institucionales que regulen el acceso a los beneficios generados (Ranis y Stewart, 2002). En el caso del deporte en la vejez, esta tensión se expresa con claridad en la expansión de servicios orientados a personas mayores que, si bien amplían la oferta disponible, tienden a concentrarse en segmentos socialmente favorecidos, dejando al margen a amplios sectores que enfrentan restricciones económicas, de salud o territoriales.
Uno de los límites centrales del enfoque de la economía plateada aplicada al deporte radica en su tendencia a priorizar una concepción funcional del envejecimiento, estrechamente asociada a la autonomía, la productividad y la reducción de la dependencia. En este marco, la actividad física se presenta como una herramienta para prolongar la vida activa, retrasar el deterioro funcional y disminuir los costos futuros en salud y cuidados. Si bien estos objetivos resultan relevantes desde el punto de vista sanitario y económico, su énfasis exclusivo puede invisibilizar las profundas desigualdades que atraviesan las trayectorias de envejecimiento, especialmente en contextos de alta desigualdad social (HelpAge International, 2011).
Esta lógica funcional tiende además a establecer estándares implícitos de envejecimiento “exitoso”, en los cuales la participación en actividades deportivas y el mantenimiento de un cuerpo activo operan como indicadores normativos. Desde una perspectiva crítica, diversos autores advierten que esta forma de concebir el envejecimiento puede reforzar procesos de exclusión simbólica, al responsabilizar a las personas mayores por su nivel de actividad física sin considerar las restricciones estructurales que condicionan sus posibilidades reales de participación (Klimczuk, 2016). En este sentido, el deporte puede convertirse en un criterio de distinción social más que en una herramienta de inclusión.
Desde el punto de vista demográfico, estas tensiones se inscriben en debates de larga data sobre los efectos sociales del cambio poblacional. Los enfoques clásicos de la transición demográfica ya señalaban que las transformaciones en la estructura etaria no producen efectos automáticos sobre el bienestar, sino que interactúan con sistemas económicos, instituciones y relaciones sociales que distribuyen de manera desigual los beneficios del desarrollo (Thompson, 1929; Notestein, 1945). En este marco, la expansión del deporte como componente de la economía plateada no puede analizarse aisladamente de los contextos sociales e institucionales en los que se inserta.
Otro límite relevante se vincula con las condiciones laborales y organizacionales del sector. El crecimiento del mercado de la actividad física para personas mayores se apoya, en muchos casos, en esquemas laborales caracterizados por bajos niveles de regulación, alta rotación y precarización del empleo, especialmente en servicios tercerizados o de bajo costo. Desde la perspectiva del trabajo decente, esta dinámica plantea interrogantes sobre la sostenibilidad social del modelo, tanto para quienes brindan los servicios como para quienes los consumen (Lee y Donehower, 2011). La expansión del mercado, en ausencia de regulaciones adecuadas, puede así generar beneficios económicos concentrados y costos sociales distribuidos de manera desigual.
Asimismo, el desarrollo del deporte en la economía plateada plantea desafíos en términos de articulación institucional. Distintos organismos internacionales han subrayado que la promoción del envejecimiento activo requiere de una coordinación efectiva entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil. Sin políticas públicas orientadas a garantizar infraestructura adecuada, programas accesibles y criterios de equidad territorial, la expansión del mercado tiende a reproducir desigualdades espaciales y sociales, particularmente en áreas urbanas fragmentadas (European Commission, 2015). En este sentido, el deporte como mercado emergente muestra límites claros cuando se lo concibe como sustituto, y no como complemento, de la acción pública.
Desde una perspectiva cultural, también emergen tensiones asociadas a las representaciones sociales del envejecimiento. La promoción del deporte en la vejez convive con imaginarios persistentes que asocian la edad avanzada con fragilidad, pasividad o dependencia. Al mismo tiempo, la exaltación del cuerpo activo y saludable puede generar expectativas poco realistas sobre las capacidades físicas en edades avanzadas, reforzando presiones normativas sobre cómo “debería” envejecer una persona mayor (Cornet, 2014). Estas representaciones pueden derivar tanto en exclusión simbólica como en frustración individual, especialmente entre quienes enfrentan limitaciones funcionales o de salud.
Finalmente, cabe señalar que la economía plateada, al incorporar el deporte como uno de sus ejes, corre el riesgo de reducir la complejidad del envejecimiento a su dimensión económica. Si bien el reconocimiento de las personas mayores como sujetos de consumo puede contribuir a visibilizar sus necesidades, también puede reforzar una mirada instrumental que valora el envejecimiento en función de su rentabilidad y no de su diversidad social. Desde esta perspectiva, el desafío central consiste en evitar que el deporte y la actividad física se conviertan en nuevos mecanismos de diferenciación social bajo el discurso del envejecimiento activo.
Conclusiones
El envejecimiento poblacional constituye uno de los procesos estructurales más significativos de las sociedades contemporáneas y plantea desafíos que trascienden el ámbito demográfico para impactar de manera directa en las dinámicas económicas, sociales y territoriales. A lo largo de este artículo se ha analizado la actividad física y el deporte en la vejez como un fenómeno complejo, situado en la intersección entre los enfoques de envejecimiento activo y saludable y el desarrollo de la economía plateada, poniendo especial énfasis en las desigualdades que atraviesan estas prácticas.
En primer lugar, el trabajo mostró que los paradigmas de envejecimiento activo y saludable representan un avance respecto de las visiones deficitarias de la vejez, al enfatizar la capacidad funcional, la participación social y el bienestar. No obstante, también se evidenció que estos enfoques pueden adquirir un carácter normativo cuando se los presenta como metas universalmente alcanzables, sin considerar las profundas desigualdades socioeconómicas, culturales y territoriales que condicionan las trayectorias de vida. En este sentido, la posibilidad de envejecer de manera activa y saludable no depende únicamente de decisiones individuales, sino de condiciones estructurales acumuladas a lo largo del curso de vida.
La actividad física emerge como un componente central de estos enfoques, debido a sus efectos positivos sobre la salud física, mental y social en la vejez. Pese a que, uno de los aportes principales de este artículo fue subrayar que la práctica de actividad física y deporte en edades avanzadas no es homogénea ni universal. Por el contrario, se distribuye de manera desigual según el nivel socioeconómico, el capital cultural, el territorio y las trayectorias laborales y de salud previas. Lejos de constituir una “nueva oportunidad” derivada del aumento de la longevidad, la actividad física tiende a reproducir ventajas y desventajas preexistentes.
El análisis del acceso y las prácticas mostró que la expansión de la oferta de servicios de actividad física no se traduce automáticamente en una mayor inclusión. En contextos urbanos, la concentración territorial de gimnasios y centros deportivos, los costos asociados a los servicios y las barreras simbólicas vinculadas a las representaciones del envejecimiento limitan el acceso efectivo de amplios sectores de la población adulta mayor. Estas desigualdades resultan especialmente visibles en ciudades caracterizadas por una fuerte segregación socioespacial.
En este marco, la incorporación de la actividad física y el deporte como componentes de la economía plateada constituye un eje central del debate contemporáneo. Por un lado, el desarrollo de mercados orientados a personas mayores responde a una demanda creciente de servicios vinculados al bienestar, la autonomía y la calidad de vida, y representa una oportunidad de dinamización económica en sociedades envejecidas. Por otro, el análisis realizado mostró que la mercantilización de la actividad física introduce nuevas formas de segmentación, en la medida en que el acceso a servicios de mayor calidad depende crecientemente de la capacidad de consumo.
Uno de los hallazgos centrales del trabajo es que la economía plateada no constituye un fenómeno neutral desde el punto de vista distributivo. La expansión del mercado de la actividad física para personas mayores tiende a beneficiar principalmente a los grupos socialmente más favorecidos, mientras que los sectores con menores recursos enfrentan barreras persistentes para acceder a prácticas regulares y de calidad. En este sentido, el envejecimiento activo, cuando se articula predominantemente a lógicas de mercado, corre el riesgo de convertirse en un privilegio antes que en un derecho social.
Asimismo, el artículo puso en evidencia las tensiones normativas asociadas a la promoción del deporte como eje del envejecimiento saludable. La centralidad otorgada a la actividad física puede derivar en una forma de responsabilización individual que invisibiliza las restricciones estructurales que limitan las posibilidades reales de participación. En contextos de alta desigualdad, esta lógica puede reforzar estigmatizaciones y jerarquías simbólicas entre distintas formas de envejecer, legitimando únicamente aquellas trayectorias que se ajustan a los ideales de autonomía y autocontrol promovidos por el mercado.
Desde esta perspectiva, el rol del Estado y de las políticas públicas adquiere una relevancia central. La promoción de la actividad física en la vejez no puede quedar exclusivamente en manos del mercado si se pretende garantizar un acceso equitativo y sostenido. El análisis realizado sugiere que las estrategias más efectivas combinan la oferta privada con políticas públicas orientadas a la provisión de infraestructura, programas comunitarios y regulaciones que reduzcan barreras económicas y territoriales. Sin este tipo de intervención, la economía plateada corre el riesgo de consolidarse como un espacio de consumo segmentado, más que como una herramienta de bienestar colectivo.
En términos teóricos, el artículo contribuye a articular la demografía del envejecimiento, los estudios sobre actividad física y deporte y el análisis de la economía plateada, proponiendo una lectura integrada que permite comprender la actividad física en la vejez como un fenómeno social, económico y territorialmente situado. Esta articulación ofrece un marco conceptual útil para futuras investigaciones empíricas que profundicen el análisis de las prácticas, las experiencias subjetivas de las personas mayores y el impacto de distintas configuraciones institucionales y territoriales.
En síntesis, la actividad física y el deporte constituyen componentes centrales del envejecimiento activo y saludable, pero su promoción en el marco de la economía plateada presenta límites y tensiones que no pueden ser ignorados. En sociedades crecientemente envejecidas y atravesadas por profundas desigualdades, pensar la actividad física exclusivamente como un mercado emergente resulta insuficiente. El desafío consiste en construir enfoques que integren bienestar, equidad y sostenibilidad, reconociendo la diversidad de trayectorias y condiciones que caracterizan a las vejeces contemporáneas.
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Declaración de disponibilidad de datos:
Todos los datos que sustentan los resultados de este estudio fueron publicados en el propio artículo, dado su carácter de revisión teórica y documental.
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Editores:
Lucia Bógus y Luiz César de Queiroz Ribeiro
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Organizadores de este número:
Ana Marcela Ardila Pinto, Carlos Fernando Ferreira Lobo, Natália Villamizar Duarte
Todos los datos que sustentan los resultados de este estudio fueron publicados en el propio artículo, dado su carácter de revisión teórica y documental.
