Open-access PROBLEMAS METAFÍSICOS DE LA REACTUACIÓN: NUEVAS PERSPECTIVAS SOBRE LA FILOSOFÍA DE LA HISTORIA DE R. G. COLLINGWOOD*

METAPHYSICAL PROBLEMS OF RE-ENACTMENT: NEW PERSPECTIVES ON R. G. COLLINGWOOD’S PHILOSOPHY OF HISTORY

RESUMEN

La concepción de la historia en R. G. Collingwood se articula en torno a dos tesis fundamentales: que toda historia es historia del pensamiento y que el historiador debe reactuar pensamientos pasados. Entendidas como condiciones de posibilidad del conocimiento histórico, estas tesis han suscitado interpretaciones divergentes y críticas persistentes. Uno de los principales focos del debate concierne al estatuto y a la posibilidad misma de la reactuación del acto original de pensamiento. Mientras autores como Dray, D’Oro y Robson han defendido lecturas que destacan, respectivamente, la fuerza racional, los patrones inferenciales o el carácter continuante del pensamiento, Eric Levy ha cuestionado la teoría, calificándola de “agujero metafísico” en la filosofía de la historia de Collingwood. Frente a estas posiciones, este trabajo sostiene que la teoría de la reactuación solo puede evaluarse adecuadamente a partir de su inserción sistemática en la metafísica y en la teoría de la mente defendidas por Collingwood. Sobre esta base, se propone una lectura trascendental de la reactuación, entendiéndola como una reflexión sobre la constitución del objeto histórico por parte del sujeto cognoscente. En este marco, el artículo examina la viabilidad de una concepción de la reactuación que, al asumir explícitamente sus compromisos metafísicos, permita responder a las aporías señaladas por la crítica contemporánea.

Palabras clave:
Filosofía de la historia; Collingwood; Reactuación; Metafísica; Pensamiento histórico.

ABSTRACT

R. G. Collingwood’s conception of history is structured around two fundamental theses: that all history is the history of thought, and that the historian must re-enact past thoughts. Understood as conditions of possibility for historical knowledge, these theses have generated divergent interpretations and sustained criticism. One of the central issues in this debate concerns the status and possibility of re-enacting the original act of thought. While authors such as Dray, D’Oro, and Robson have advanced interpretations that emphasize, respectively, the rational force, inferential structure, or continuant character of thought, Eric Levy has challenged the coherence of the theory, describing it as a “metaphysical sinkhole” in Collingwood’s philosophy of history. Against these positions, this article argues that the theory of reenactment can only be properly assessed when situated within Collingwood’s broader metaphysical commitments and philosophy of mind. On this basis, it proposes a transcendental reading of re-enactment, understood as a reflection on the constitution of the historical object by the knowing subject. Within this framework, the article examines the viability of a conception of re-enactment that, by explicitly acknowledging its metaphysical commitments, is able to avoid the aporias identified by contemporary criticism.

Keywords:
Philosophy of History; Collingwood; Re-Enactment; Metaphysics; Historical Thinking.

Introducción

La concepción de la historia en R. G. Collingwood se articula en torno a dos tesis fundamentales: que toda historia es historia del pensamiento y que el historiador debe reactuar pensamientos pasados. Si bien ambas tesis han sido objeto de discusión, es la segunda - la relativa a la reactuación - la que ha generado el debate más intenso dentro de la filosofía contemporánea de la historia (Dray, 2012, p. 5; D’Oro, 2000, p. 98; Van der Dussen, 2018, p. 75; Skagestad, 2021, p. 69).

Aunque la reactuación constituye la piedra angular de la comprensión de la historia como un proceso continuo de autoconocimiento (Boucher, 2023, p. 15), su formulación dista de ser clara o unívoca. Uno de los principales desafíos de la teoría de Collingwood reside en la plurivocidad de los términos y significados asociados al concepto de reactuación: a lo largo de su obra, Collingwood emplea de manera aparentemente intercambiable expresiones como “repensar”, “recrear” y “reconstruir”.1 En cuanto a su alcance conceptual, en Autobiography Collingwood alude al carácter “encapsulado” de los pensamientos pasados en el presente (Collingwood, 2013, p. 114), mientras que en The Idea of History enfatiza su carácter “continuante” (Collingwood, 1994, p. 286). Se trata de caracterizaciones que, como se mostrará, resultan difíciles de precisar a la luz del corpus textual. La elucidación de la reactuación parece haber constituido, de hecho, uno de los principales escollos que Collingwood enfrentó durante la redacción de The Principles of History (Collingwood, 1999, p. lxiii) y, previsiblemente, en la configuración general de su filosofía de la historia.

A estas dificultades intrínsecas se añade un problema adicional derivado de las decisiones editoriales de T. M. Knox y de la pérdida - hoy solo parcialmente subsanada - del manuscrito original utilizado en la preparación de The Idea of History.2

Las tensiones, tanto internas como externas, que atraviesan la teoría de la reactuación encuentran un reflejo particularmente claro en la literatura especializada. Un testimonio elocuente de ello es la extensa y sostenida controversia en torno a si la propuesta de Collingwood constituye, o no, el método específico de la investigación histórica (Nielsen, 1981, p. 3).

Para Collingwood, la reactuación de pensamientos pasados constituye un requisito indispensable para que pueda hablarse propiamente de conocimiento histórico. Sin embargo, a la luz de las dificultades terminológicas previamente señaladas, no resulta sorprendente que sea complejo determinar qué significa exactamente esta reactuación o revivencia dentro de su marco teórico. William Dray sostiene, por ejemplo, que la relación entre el acto original de pensamiento y su reactuación debe comprenderse a partir de la “fuerza racional” de los pensamientos (Dray, 1957, p. 431), mientras que Giuseppina D’Oro interpreta la repetición como un rasgo inherente a los patrones de inferencia que estructuran dichos pensamientos (D’Oro, 2000, p. 96). Más recientemente, Mark Robson ha propuesto una lectura que enfatiza el carácter continuante del pensamiento (Robson, 2024), lo que implica concebirlo como una acción que, una vez realizada, persiste como objeto en el mundo (Robson, 2024, p. 105). A pesar de sus diferencias, estas interpretaciones convergen en señalar la necesidad de introducir elementos conceptuales adicionales para esclarecer una teoría que, en su formulación original, permanece en buena medida ambigua e imprecisa.

Todos estos factores han llevado a Jan van der Dussen - uno de los intérpretes más influyentes de la obra de Collingwood - a sostener que “la recepción de la filosofía de la historia de Collingwood puede caracterizarse como una comedia (o, más bien, una tragedia) de errores” (Van der Dussen, 2012, p. vii).3 Van der Dussen subraya, al igual que antes Nielsen y como se hará aquí, la persistente ambigüedad que rodea a la noción de reactuación, así como la dificultad de alcanzar un consenso interpretativo respecto de su alcance y su función teórica.

Reconocida, pues, la necesidad de ofrecer una interpretación detallada del concepto de reactuación, el problema central en el que se concentra este trabajo es la afirmación según la cual la reactuación - entendida como condición indispensable del conocimiento histórico - requiere la revivencia del mismo acto original de pensamiento (Collingwood, 1994, pp. 175, 283, 303).

Nuestra propuesta consiste, en cierto sentido, en reactuar el propio pensamiento de Collingwood. Sostenemos que, al enfrentarnos a su obra, la pregunta inicial no debería centrarse en la veracidad o falsedad de sus tesis, sino en las razones que lo condujeron a formularlas. En otros términos, se trata de esclarecer qué motiva a Collingwood a arribar a la -en apariencia - extravagante conclusión de que es posible reproducir un mismo e idéntico acto de pensamiento concebido por otro ser humano en el pasado. Con este propósito, la primera sección del artículo examina el modelo de historia que Collingwood rechaza, para luego considerar la posibilidad de que desarrolle una concepción alternativa con un alcance más específico. Este modelo funciona como el trasfondo argumentativo sobre el cual Collingwood articula su teoría de la reactuación, presentada en la segunda sección. Finalmente, la tercera sección explora una línea de argumentación alternativa que permite iluminar los presupuestos metafísicos de la teoría e introducir distinciones fundamentales para evaluar las interpretaciones recientes de la filosofía de la historia de Collingwood. Lejos de configurar elementos externos a la filosofía de la historia de Collingwood, este artículo muestra que sin una comprensión fuerte de los elementos metafísicos no puede explicarse cómo la historia puede ofrecer un conocimiento del pensamiento.

1. La historia científica

William Walsh, uno de los primeros comentaristas de la filosofía de la historia de Collingwood, sostiene, a propósito de la teoría de la reactuación, que “Collingwood ha propuesto una solución imposible a una dificultad que, quizá, no era en absoluto real” (Walsh, 1967, p. 92). Dejando provisionalmente entre paréntesis la supuesta imposibilidad de la solución propuesta - cuestión que será abordada más adelante -, resulta necesario examinar, en primer lugar, la legitimidad misma de la pregunta a la que la teoría de la reactuación pretende responder. Si, como afirma Walsh, dicha pregunta carece de un carácter genuinamente apremiante, entonces tampoco habría razones suficientes para otorgar un lugar central a la respuesta formulada por Collingwood.

La clave para comprender la dificultad que enfrenta Collingwood reside en la propia práctica histórica. En The Principles of History, sostiene que el único modo de determinar el objeto específico del conocimiento histórico consiste en examinar las pretensiones mismas de la historia y que, de manera correlativa, no existe otra vía para evaluar la legitimidad de tal conocimiento que reflexionar sobre la práctica efectiva de los historiadores (Collingwood, 1999, p. 48). Expresado de forma sintética, “ninguna ciencia puede ser criticada excepto desde dentro” (Collingwood, 1999, p. 43).

Como se señaló en la introducción, la concepción de la historia científica defendida por Collingwood se articula en torno a dos tesis fundamentales: (1) que toda historia es historia del pensamiento (Collingwood, 2013, pp. 110; 1994, p. 215; 1999, p. 67)4 y (2) que la tarea del historiador consiste en la reactualización o reactuación de pensamientos pasados (Collingwood, 2013, p. 112; 1994, pp. 282, 288).5 Cabe añadir ahora que, según el propio Collingwood, estas dos tesis deben ser entendidas como condiciones de posibilidad del conocimiento histórico, esto es, como los presupuestos necesarios para que el pasado pueda llegar a ser conocido (Collingwood, 1994, p. 282).6

Si se amplían estas tesis sucintas hacia una caracterización más sustantiva, la posición de Collingwood puede describirse como aquella que sitúa la actividad espiritual del ser humano en el centro de la historia. En consecuencia, la tarea del historiador consiste en interpretar - mediante un complejo proceso de análisis de la evidencia disponible - los documentos como expresiones de pensamientos pasados, pensamientos que han contribuido a configurar el presente tal como lo conocemos (Collingwood, 1999, p. 126; Ahlskog, 2017, pp. 303-304).7 No obstante, la aparente claridad de esta caracterización se ve matizada por su alcance específico: se trata de una definición de la historia científica, y no de una concepción general de la historia. En este sentido, funciona más bien como un punto de llegada que como un punto de partida para una discusión en profundidad de la posición de Collingwood.

La historia científica constituye una invención relativamente tardía en el marco de la civilización occidental y se desarrolla, en buena medida, en contraste con dos modos espurios de concebir la tarea del historiador. Antes de que se formulara una definición rigurosa - como la que propone Collingwood - predominaba lo que él denomina el método de “copiar y pegar”.8 The Idea of History examina precisamente el tránsito desde ese modelo tradicional hacia una concepción propiamente científica de la disciplina, en la medida en que Collingwood considera que muchas de las dificultades teóricas relativas al estatuto del conocimiento histórico se derivan del desarrollo tardío de la historia como ciencia (Collingwood, 1999, p. 78).

En la historia de “cortar y pegar”, el método histórico se limita a reunir un conjunto de acontecimientos observados y registrados - los testimonios - que el historiador adopta como verdaderos en virtud de la autoridad del testigo que los transmite, sin someterlos a un examen crítico de su sentido o de sus condiciones de posibilidad (Collingwood, 1999, p. 13; cfr. Collingwood, 1999, p. 30).

Junto a esta concepción, Collingwood identifica un segundo modelo igualmente problemático: el naturalismo histórico (Collingwood, 1999, p. 78). En este caso, la dificultad no reside tanto en la autoridad de las fuentes cuanto en una confusión más profunda relativa a la naturaleza misma del conocimiento histórico. Desde la perspectiva naturalista, la autonomía de la historia queda subordinada al prestigio y al éxito metodológico de las ciencias naturales. Bajo este enfoque, la historia se concibe fundamentalmente como un estudio de la naturaleza humana.9 Esta orientación conduce, según Collingwood, a una confusión decisiva entre sentimiento y pensamiento, cuyas consecuencias resultan especialmente perjudiciales para una comprensión adecuada de la disciplina.

Estas caracterizaciones de la historia precientífica constituyen un punto de referencia ineludible para interpretar la propia concepción de Collingwood. En este sentido, la afirmación puede entenderse como un argumento de carácter trascendental: un razonamiento orientado a establecer la única forma posible de comprender la autonomía de la historia como un modo legítimo de pensamiento y conocimiento frente a las definiciones precientíficas. De este modo, el argumento se desarrolla a través de la negación tanto del método de “copiar y pegar” como del naturalismo histórico, subrayando que la posición de Collingwood aspira a ofrecer la única formulación capaz de legitimar y salvaguardar la autonomía del pensamiento histórico.

La autonomía de la historia, en la perspectiva de Collingwood, es un rasgo constitutivo de la cientificidad:

Como toda ciencia, la historia es autónoma. El historiador tiene el derecho, y está bajo la obligación, de decidir por sí mismo cuáles son los métodos propios de su ciencia en tanto ofrecen la solución correcta de los problemas que le acontecen en el devenir de esta misma (Collingwood, 1999, p. 11).

La premisa fundamental de la teoría de la reactuación reside en la autonomía de la historia, entendida como la capacidad del historiador para reconstruir actos de pensamiento pasados sin depender de afirmaciones previamente formuladas por otros. Este principio resulta decisivo para distinguir la historia científica de la mera historia “de cortar y pegar”, que se limita a compilar y reproducir fuentes externas. Como explica Collingwood: “En esencia, para el historiador de ‘cortar y pegar’, hacer historia significa repetir afirmaciones que otras personas han hecho antes que él. Por eso solo puede comenzar su trabajo cuando se le proporcionan afirmaciones prefabricadas sobre los temas que desea pensar, escribir, etc.” (Collingwood, 1999, p. 30). Esta autonomía se revela, así, como un presupuesto necesario de toda concepción rigurosa de la historia, pues delimita la frontera entre una disciplina científica y los enfoques precientíficos que la preceden. La teoría de la reactuación - como se mostrará en la sección siguiente - constituye, en este sentido, la única vía a través de la cual puede hacerse inteligible la autonomía del pensamiento histórico.

2. Historia y Reactuación

Esta sección tiene por objetivo reactuar el pensamiento de Collingwood en el momento mismo en que formula su teoría, evitando el recurso a paradojas o juegos de palabras. En otros términos, se busca esclarecer el sentido preciso de sus afirmaciones acerca de la posibilidad misma de la reactuación. En este punto sigo el juicio de Rex Martin, quien sostiene que “si queremos comprender la lógica interna de The Idea of History, y en particular su noción de reactuación, debemos reconstruir con cuidado su estructura argumental” (Martin, 1977, p. 19). Al mismo tiempo, me propongo examinar el argumento de Collingwood a la luz de dos objeciones críticas formuladas por Eric Levy.

El primer punto es de carácter estrictamente hermenéutico. Según Levy, Collingwood presenta la reactuación como una prescripción - esto es, como una tarea que los historiadores efectivamente realizan o como un método que aplican - antes que como un argumento acerca de las condiciones de posibilidad del conocimiento histórico.10 Puede reconocerse aquí una cierta ambigüedad en Collingwood, comprensible si se atiende al contexto en el que formula la pregunta central del cuarto parágrafo de los Epilegómenos a The Idea of History: “¿Cómo, o bajo qué condiciones, puede el historiador conocer el pasado?” (Collingwood, 1994, p. 282; cfr. Connelly, 2023, p. 31).11 Esta formulación admite tanto una lectura prescriptiva (el “cómo”) como una lectura descriptiva (las “condiciones”) del conocimiento histórico. Sin embargo, como intentaré mostrar, Levy se equivoca al sostener que Collingwood “reduce sus condiciones necesarias [esto es, la reactuación] a una mera asunción respecto de la cual [Collingwood] ni se cuestiona ni se explaya adecuadamente” (Levy, 2025, p. 23).

La segunda cuestión abordada en el artículo de Eric Levy es, sin duda, la más relevante. Levy sostiene que Collingwood “ofrece una justificación metafísica elaborada pero espuria de la posibilidad de que un acto previo de pensamiento pueda ocurrir en el pasado, subsistir intacto fuera del tiempo y luego reingresar en el tiempo cuando un pensador posterior lo reactúa” (Levy, 2025, p. 23). A juicio de Levy, la singular maniobra argumentativa del texto sobre la reactuación solo puede comprenderse mediante el recurso a metáforas como la de una “odisea ontológica” (Levy, 2025, p. 24) o una “migración metafísica” (Levy, 2025, p. 27). Según esta lectura, no es posible establecer criterios que permitan verificar si un acto de reactuación es efectivamente tal; en otros términos, no existirían condiciones que permitan mostrar que un acto supuestamente de reactuación satisface las exigencias de identidad definidas por Collingwood (Levy, 2025, p. 25). De ello se sigue que, en sentido estricto, la reactuación resultaría ser metafísicamente imposible. Esta crítica metafísica puede, por tanto, descomponerse en dos tesis diferenciadas: (a) el acto de reactuación es en sí mismo metafísicamente imposible, en la medida en que no pueden determinarse sus condiciones de identidad (la “odisea ontológica” de la reactuación); y (b) su justificación parece exigir un tránsito del pensamiento dentro y fuera del tiempo (la “migración metafísica” de la reactuación).

Debemos ocuparnos ahora de examinar en detalle la serie de argumentos que Collingwood desarrolla en el cuarto parágrafo de los Epilegómenos a The Idea of History, teniendo presentes estas críticas realizadas por Eric Levy.

El argumento general que Collingwood desarrolla en el cuarto parágrafo de los Epilegómenos presenta una estructura compuesta por cuatro pasos claramente diferenciables, cuyas conclusiones pueden sintetizarse de la siguiente manera:

  • (a) el acto de pensamiento posee un carácter continuo;

  • (b) la continuidad del acto de pensamiento hace posible la revivencia;

  • (c) dicha revivencia permite reproducir los actos de pensamiento de otras mentes; y

  • (d) tal reproducción constituye la condición de posibilidad de la reactuación histórica.

Estas cuatro tesis se apoyan, a su vez, en la discusión de dos premisas filosóficas fundamentales del pensamiento de Collingwood. La primera es la afirmación de que existe un tipo de identidad en la diferencia, distinto de la mera pertenencia de un individuo a una clase común, que Collingwood denomina identidad del continuante (Collingwood, 1994, p. 285). La segunda es la distinción, propia de la filosofía de la mente, entre sentimiento y pensamiento.

Si bien la sección de los Epilegomena se centra específicamente en el concepto de reactuación, entendido como una noción clave para la comprensión histórica, la discusión que Collingwood desarrolla allí resulta, en última instancia, decisiva para esclarecer el sentido que atribuye a la historia científica.12 Asimismo, la reflexión sobre la reactuación se articula en torno a la determinación y articulación de conceptos procedentes de distintos ámbitos de la filosofía, en particular de la filosofía de la mente, la teoría del conocimiento, la filosofía de la historia y la metafísica.

El argumento de Collingwood se articula como un análisis de las objeciones dirigidas a una tesis central: “el historiador debe reactuar en pasado en su propia mente” (Collingwood, 1994, p. 282). Según la estructura del libro - al menos tal como la presenta su editor, Malcolm Knox -, dicha tesis constituye la culminación de la reconstrucción histórica de la idea de historia que Collingwood desarrolla en The Idea of History. La práctica histórica se fundamenta, de este modo, en el reconocimiento de que la historia no posee una naturaleza perceptiva ni puede apoyarse exclusivamente en testimonios. Como advierte el propio Collingwood, el conocimiento del pasado es, por definición, inferencial o indirecto (Collingwood, 1994, p. 282).13

Esta formulación, que en una primera lectura podría parecer meramente descriptiva, encierra, sin embargo, un aspecto decisivo para distinguir entre dos concepciones opuestas: por un lado, la historia “realista” - tanto en su variante de “cortar y pegar” como en su versión crítica14- ; por otro, la historia científica.15 En este sentido, cuando Collingwood reformula su definición de reactuación y sostiene que “para descubrir cuál fue el pensamiento [pasado], el historiador debe pensarlo él mismo nuevamente” (Collingwood, 1994, p. 283), no hace sino precisar los dos criterios fundamentales que estructuran su posición: frente a la percepción, el historiador debe pensar; y frente al testimonio, debe pensar por sí mismo.

La objeción en cuestión - que organiza la discusión de los tres primeros puntos mencionados anteriormente - se formula del siguiente modo:

Reactuar una experiencia o repensar un pensamiento… puede significar cualquiera de las dos opciones. Puede significar reactuar una experiencia o efectuar un acto de pensamiento semejante [resembling] el primero, o puede significar reactuar una experiencia o efectuar un acto de pensamiento literalmente idéntico con el primero (Collingwood, 1994, p. 284; énfasis mío).

Nos encontramos, por tanto, ante una disyunción excluyente. Sin embargo, cualquiera de sus términos conduce a una contradicción con la concepción de la historia defendida por Collingwood y expuesta en el apartado anterior. Si se opta por la semejanza, el resultado equivale a admitir el testimonio como fundamento del conocimiento histórico; si, por el contrario, se asume una identidad literal, la inferencia histórica se reduciría a una mera percepción.16 En el primer caso, para que el relato del historiador fuese verdadero, debería consistir en una copia del pensamiento o de la experiencia pasados, tomando de ellos un patrón de adecuación externo.17 En el segundo, se anularía precisamente la mediación inferencial que constituye la especificidad del conocimiento histórico.

En consecuencia, los elementos de esta objeción resultan decisivos para comprender la pretensión de cientificidad de la historia en la perspectiva de Collingwood.

Collingwood sostiene que ambos términos de la disyunción - tanto el que remite a la semejanza como el que alude a la identidad literal - están formulados de modo tal que presuponen una concepción específica de la “identidad en la diferencia” y, correlativamente, una teoría particular de la mente y del conocimiento:

Supongo que la persona que afirma la primera estaría defendiendo una visión de la experiencia como la siguiente. En cada experiencia, al menos en tanto ella es conocimiento, hay un acto y un objeto; de modo que dos actos diferentes pueden tener el mismo objeto (Collingwood, 1994, pp. 284-285).

Desde esta perspectiva, la reactuación consistiría en pensar un mismo contenido proposicional (el objeto), puesto que los actos, por definición, nunca podrían coincidir ni ser idénticos, ya sea por la pluralidad de los sujetos o por la diversidad de los tiempos. En este esquema, la identidad correspondería al género del contenido, mientras que su instanciación temporal o subjetiva introduciría la diferencia.

Sin embargo, Collingwood aclara que lo propio de la reactuación no reside en la mera repetición de un mismo contenido en actos distintos, sino en la relación específica entre un acto de pensamiento y su contenido proposicional: no se trata simplemente de pensar el teorema de Pitágoras, sino de pensar a Pitágoras pensando el teorema de Pitágoras.18

Para justificar la posibilidad de esta tesis, Collingwood vuelve a presentar un argumento de estructura claramente definida. La clave de dicho argumento reside, para Collingwood, en concebir la identidad entre pensamientos como sui generis. Frente a la identidad de género, introduce la posibilidad de otro tipo de identidad, que denomina identidad del continuante.

En primer lugar, Collingwood propone un caso relativamente sencillo de lo que más tarde resultará ser la reactuación. Cuando una persona, sentada en su escritorio, piensa una idea determinada - siguiendo el mismo ejemplo, reflexiona sobre el teorema de Pitágoras -, durante un cierto lapso de tiempo no estamos dispuestos a negar que haya sostenido un mismo pensamiento a lo largo de ese período. Nadie afirmaría que, transcurridos diez segundos, haya pensado diez veces el teorema, una vez por cada segundo. Del mismo modo, si la concentración durante esos diez segundos se viera interrumpida por el vuelo de una mosca y, acto seguido, la atención regresara a la relación entre la hipotenusa y los catetos, también estaríamos inclinados a decir que la persona retoma el mismo pensamiento, aun cuando su atención haya sido momentáneamente interrumpida. Al retomar el pensamiento del teorema, la persona se introduce, por primera vez, en el terreno de la reactuación.

Frente a la dicotomía entre la dispersión en múltiples actos o la continuidad que ilustra el ejemplo, Collingwood considera que: “La única respuesta posible es que el acto de pensamiento es un único acto sostenido durante cinco segundos; y el objetor, si se quiere, puede admitirlo afirmando que tal identidad en un acto sostenido de pensamiento es ‘la identidad de un continuante’” (Collingwood, 1994, p. 286).

Es un acierto de Robson (2024) haber subrayado el carácter fundamental de este concepto para comprender la argumentación de Collingwood, al advertir que: “Este aspecto de las ideas de Collingwood ha sido en gran medida ignorado y, cuando no se lo ha pasado por alto, ha sido casi universalmente rechazado” (Robson, 2024, p. 94).19 Lejos de ser un elemento marginal, la noción de identidad del continuante ocupa, en realidad, un lugar decisivo en la estructura del argumento collingwoodiano. Según Robson, Collingwood sostiene que los actos de pensamiento deben entenderse como continuantes, es decir, como realidades que perduran a lo largo del tiempo, incluso cuando dejan de ser pensados y, en ese sentido, dejan de existir (Robson, 2024, p. 102). Estos actos pueden ser reconstruidos por otros siempre que cuenten con la evidencia necesaria para rehacerlos, y una vez reconstruidos, pueden ser reenactuados.20

Collingwood parece defender la posible continuidad de los actos de pensamiento a través de una crítica dirigida contra una concepción errónea de la mente: “La afirmación de que un acto no puede ocurrir dos veces porque el flujo de la conciencia lo arrastra consigo es, por tanto, falsa […] El proceso del conocimiento no es, por consiguiente, un mero flujo de conciencia” (Collingwood, 1994, p. 287).

Lo que no resulta del todo claro, sin embargo, es de qué modo puede justificarse esta reapertura o reaparición de un acto de pensamiento. Para abordar esta cuestión, Collingwood distingue entre la conciencia inmediata, concebida como una sucesión de estados, y el pensamiento, que interrumpe dicha sucesión para aprehender su estructura general. A diferencia de las sensaciones y los sentimientos, el pensamiento no queda restringido al flujo temporal, sino que, en cierto sentido, se sitúa más allá de él. Si bien los actos de pensar tienen lugar en momentos concretos - por ejemplo, cuando Arquímedes formuló la idea de la gravedad específica -, no se relacionan con el tiempo del mismo modo que los meros estados de conciencia. Tanto el objeto pensado como el acto mismo de pensar trascienden el tiempo, en la medida en que un mismo acto puede sostenerse a lo largo de un lapso o ser reactivado tras haber quedado en suspenso (Collingwood, 1994, p. 287).

De ahí que Collingwood se pregunte por qué habría que suponer una diferencia esencial entre el acto de pensamiento realizado por Euclides y el acto mediante el cual yo mismo lo retomo. Se trata, en efecto, de cuestiones propias de la filosofía de la mente. Estas referencias resultan ineludibles, pues permiten fundamentar el argumento en favor de la tesis (b). Esta distinción es explicitada con claridad por Giuseppina D’Oro: “Collingwood intenta defender una distinción entre dos conceptos: el de procesos racionales (mente) y el de procesos psicológicos o neurofisiológicos (cuerpo). Es precisamente esta distinción la que Collingwood empleará como una herramienta fundamental para refutar la posición del objetor imaginario, a quien se acusa de malinterpretar el concepto de lo mental” (D’Oro, 2000, p. 90). La posibilidad de la reactuación queda así justificada por la propia naturaleza del pensamiento reactuado. Por el contrario, la objeción que pretende negar esta posibilidad solo puede formularse a partir de una concepción errónea del pensamiento, a saber, aquella que confunde las características del pensamiento con las del sentimiento.21

Al abordar la tesis (c), Collingwood sostiene que la mente no debe concebirse como una máquina compuesta por funciones separadas, sino como un complejo de actividades interconectadas (Collingwood, 1994, p. 288).22 Su argumento, aunque inusual, apunta directamente al problema de la identidad personal y plantea la cuestión de si los actos de pensamiento son realmente distintos entre sí o, por el contrario, deben entenderse como momentos diferenciados de una misma actividad intelectual.23

Collingwood transpone el acto mediante el cual retomo un pensamiento propio del pasado al caso en el que el pensamiento pasado corresponde a la acción de otra mente. La clave de este paralelismo reside en que Collingwood niega enfáticamente la cosificación de la mente: “una mente no es una máquina con varias funciones, sino un complejo de actividades” (Collingwood, 1994, p. 288).

La diferencia entre el acto de Pitágoras y el acto de Collingwood no radica en que se trate de dos sustancias pensantes distintas, sino en que la actividad de pensar el teorema se inserta en complejos de acciones diferentes. Por otra parte, la afirmación según la cual Pitágoras y Collingwood piensan el mismo contenido proposicional sin que exista identidad del acto presupone, según Collingwood, la propia teoría de la reactuación y resulta, por ello, autorefutatoria.24 En efecto, sostener que se trata de dos actos distintos con un mismo contenido exige, como condición previa, la identificación del acto de Pitágoras - por ejemplo, como el pensamiento de su célebre teorema.

Así, no se trata simplemente de pensar el teorema, sino de pensar el teorema y a Pitágoras pensando el teorema. Como señala D’Oro: “Desde la perspectiva de la filosofía de la mente de Collingwood, este ‘problema’ simplemente no se plantea; no tanto se resuelve como se disuelve mediante la adopción de una concepción distinta de lo que es la mente” (D’Oro, 2000, p. 93).25

En suma, a partir de las tesis (a), (b) y (c), Collingwood concluye que el pensamiento nunca puede reducirse a un mero objeto: conocer el acto de pensar de otra persona solo es posible bajo la condición de que esa misma actividad pueda ser reactuada en la propia mente (Collingwood, 1994, p. 288). Esta afirmación constituye el fundamento de su concepción de la historia como conocimiento de pensamientos pasados, concepción que resultaría inviable sin la capacidad de repetir dichos actos en primera persona. Rechazar este planteamiento - advierte Collingwood - conduciría inevitablemente a una posición solipsista (Collingwood, 1994, pp. 288-289).

Ahora bien, desde un punto de vista descriptivo, la reactuación no parece consistir en pensar directamente el objeto, sino más bien en pensar el pensamiento que se dirige al objeto; este matiz introduce una complejidad adicional y, al menos, vuelve menos transparente la propia formulación de Collingwood.

3. La reactuación histórica

Resta considerar la tesis (d), a saber, la afirmación de que existe una reactuación propiamente histórica (Collingwood, 1994, p. 289). El problema, sin embargo, es que demostrar la posibilidad de la reactuación en cuanto tal no constituye todavía una garantía suficiente de que dicha reactuación pueda entenderse como conocimiento. Esta objeción resulta particularmente relevante, ya que permite situar en primer plano la diferencia fundamental que Collingwood establece entre memoria e historia.

Collingwood vuelve a desarrollar su argumento en forma de respuesta a un posible objetor. Este sostendría que la reactuación histórica, en sentido estricto, no es posible por la siguiente razón: “Debemos ser capaces no solo de reactuar el pensamiento de otra persona, sino también de conocer que el pensamiento que estamos reactuando le pertenece a ella. Sin embargo, en la medida en que lo reactuamos, se convierte en nuestro: lo realizamos únicamente como propio y solo somos conscientes de él en esta ejecución. En ese momento, se ha vuelto subjetivo y, precisamente por esa razón, ha dejado de ser objetivo; se ha vuelto presente y, por lo tanto, ha dejado de ser pasado” (Collingwood, 1994, p. 289).26

Collingwood mismo señala que detrás de este argumento se encuentra una idea central para comprender el problema del conocimiento histórico. En otros términos, solo podemos ser conscientes de un acto de pensamiento mientras lo estamos realizando, y no del mismo acto tal como fue llevado a cabo por otra persona en un momento anterior. Esta crítica pone en cuestión la posibilidad de que la historia pueda mediar entre pensamientos pasados y presentes, y subraya la tensión entre conciencia subjetiva, sentimiento (feeling), autoconciencia (self-consciousness) y percepción.

Una nota procedente del legado manuscrito de Collingwood ayuda a comprender cómo estas afirmaciones permiten desenredar el argumento presentado en relación con la tesis (d):

La conciencia es la habilidad de comer el pastel y conservarlo al mismo tiempo: comerlo, en el sentido de disfrutar los efectos de la experiencia pasada fusionados en la cualidad inmediata del presente; conservarlo, en el sentido de recordar esa experiencia pasada como algo distinto del presente. En otra oportunidad he mostrado que la exterioridad se supera en una fusión perpetua; en la conciencia, esta fusión efectivamente se produce (solo un ser sintiente es consciente), pero los elementos fusionados son mantenidos separados y juntos a la vez (Collingwood, 1999, p. 132).27

Del mismo modo, los Epilegómenos subrayan el carácter singular del acto de pensamiento, ya que, si bien es subjetivo, debe ser objetivo al mismo tiempo. Inversamente, Collingwood también sostiene que, aunque el acto de pensamiento pueda convertirse en objeto de pensamiento, ello no implica que pierda su condición subjetiva: “El acto de pensar, al volverse subjetivo, no deja de ser objetivo; es el objeto de un autoconocimiento que se diferencia de la mera conciencia por ser autoconciencia o conciencia reflexiva, y se distingue de la mera autoconciencia por ser autoconocimiento” (Collingwood, 1994, p. 292; cfr. Guyer, 2018, p. 10).

Es por este motivo, por otra parte, que la historia si es entendida como reactuación solo puede ser la historia del pensamiento. Pasemos ahora, entonces, al problema del conocimiento histórico propiamente tal.

La distinción entre memoria y conocimiento articula las otras dos distinciones ya mencionadas: entre sentimiento y pensamiento, y entre lo subjetivo y lo objetivo. La memoria designa aquel acto que tiende un puente entre el pasado y el presente únicamente en virtud de la capacidad del pensamiento para superar ese intervalo temporal, es decir, sin depender de la supervivencia o la revivencia del objeto (Collingwood, 1994, p. 293). En cambio, en el caso del conocimiento histórico, la superación de la brecha se produce tanto del lado subjetivo como del lado objetivo:

“El conocimiento histórico es ese caso especial de memoria en el que el objeto del pensamiento presente es un pensamiento pasado; la distancia entre presente y pasado se salva no solo por el poder del pensamiento presente para pensar el pasado, sino también por el poder del pensamiento pasado de reactivarse a sí mismo en el presente” (Collingwood, 1994, p. 294).28

Nuevamente se advierte aquí que la distinción entre sentimiento y pensamiento constituye la clave para comprender que, en Collingwood, la teoría de la reactuación - y, con ella, la posibilidad misma del conocimiento histórico - se halla estrechamente vinculada a un modelo específico de concebir la mente. Por el contrario, toda interpretación que identifique de manera excluyente la subjetividad con el flujo inmediato de estados de conciencia bloquea de raíz la posibilidad del conocimiento histórico.

En The Principles of History, Collingwood ofrece elementos adicionales que permiten profundizar esta distinción cualitativa entre distintos modos de conciencia del pasado: “Con la acumulación o el enriquecimiento de lo existente mediante la suma de su propio pasado. Para la mente en general, esta acumulación se llama experiencia; para la conciencia, se llama memoria; para una unidad social, se llama tradición; y, para el conocimiento, se llama historia” (Collingwood, 1999, p. 131).29

Desde la perspectiva de Collingwood, la presencia del pasado - entendida como una identidad de pensamientos - constituye un supuesto necesario de la historia: sin ella, la comprensión y el conocimiento resultarían imposibles (Ahlskog, 2017, p. 300). Esta identidad, a su vez, solo puede aprehenderse a partir de - y descansa en - una distinción fundamental entre dos dimensiones de la conciencia: la sensitiva y la cognoscitiva. De modo análogo, el desarrollo de la historia científica, tal como se analizó en la primera sección, presupone un recorrido a lo largo del gradiente que se extiende desde la memoria hasta la historia propiamente dicha.

4. Reactuación y Metafísica

Una vez que hemos reconstruido el esquema argumental que emplea Collingwood para defender su idea de la reactuación, podemos considerar nuevamente los problemas metafísicos que Eric Levy encuentra en la teoría de Collingwood.

En primer lugar, Levy sostiene que no existe un modo de comprobar que un presunto acto de reactuación lo sea efectivamente, ya que no habría criterios de identidad verificables para este tipo de actos. De ello concluye que la reactuación es, en última instancia, metafísicamente imposible (Levy, 2025, p. 25). A mi juicio, este planteamiento es erróneo: llevado a sus últimas consecuencias, implicaría negar la capacidad reflexiva de la conciencia, algo que el propio Levy no está dispuesto a hacer. Además, la respuesta a esta objeción es más sencilla de lo que cabría suponer.

Lo que hace que un acto sea propiamente una reactuación no es que su contenido sea un objeto, sino que dicho contenido esté constituido por el pensamiento de un sujeto pensando un objeto. Collingwood pone de relieve esta diferencia al explicar por qué la identidad de los actos no puede entenderse como una mera identidad de contenido proposicional o de objeto. La acción de Pitágoras consiste en pensar el teorema; la reactuación, en cambio, exige no solo pensar el teorema, sino pensar a Pitágoras pensándolo.30 En este sentido, la reactuación implica una articulación que es, en sí misma, más compleja que la simple acción de pensar: requiere, por un lado, la comprensión de un pensamiento objetivo - el teorema de Pitágoras - y, por otro, la incorporación de una dimensión reflexiva adicional, a saber, el reconocimiento de que Pitágoras, si la evidencia histórica lo justifica, llevó a cabo esa misma acción hace más de dos mil años. Y, por esta misma dimensión reflexiva, el reconocimiento que el historiador tiene del propio proceso de reactuación (Guyer, 2018, pp. 7-8).

Esto nos conduce, sin embargo, a la segunda objeción metafísica, que resulta más compleja y filosóficamente más significativa. Levy sostiene - y hemos mostrado aquí de qué modo lo hace - que Collingwood dedica una parte sustantiva de su argumentación a defender que un acto de pensamiento pasado puede “revivir” en el presente sin alteraciones, gracias a una suerte de intervalo intemporal que mediaría entre ambos momentos (Levy, 2025, p. 27). Sobre esta base, Levy critica a Collingwood, alegando que su teoría de la reactuación “engendra un paria metafísico: una entidad […] que no pertenece a ninguna categoría ontológica” (Levy, 2025, p. 30).

La explicación del estatuto ontológico del pensamiento histórico no se encuentra desarrollada de manera explícita en los Epilegómenos. Sin embargo, las Notes towards a Metaphysics - una compilación procedente del legado manuscrito de Collingwood y publicada junto a The Principles of History - permiten aportar algunos elementos adicionales para reflexionar sobre esta cuestión.

En estas notas, Collingwood caracteriza la historia como un fenómeno que articula dos órdenes irreductibles: “la historia es la coincidencia entre el orden lógico y el orden temporal” (Collingwood, 1999, p. 121). En la página siguiente, añade que “la historia es el despliegue de un concepto en un proceso que es, al mismo tiempo, lógico y temporal” (Collingwood, 1999, p. 122). Esta concepción posee un alcance filosófico significativo, en la medida en que Collingwood busca mostrar, a través de ella, el modo en que el pensamiento histórico responde a una exigencia central de la filosofía moderna: “El racionalismo y el empirismo, supongo, son intentos unilaterales de derivar la realidad, respectivamente, de fuentes lógicas y de fuentes temporales” (Collingwood, 1999, p. 122).

En este contexto, la reactuación histórica puede entenderse como el punto de convergencia entre ambos órdenes. El pensamiento pasado no se “reproduce” como una copia, sino que se reconstruye conceptualmente en el marco de un proceso histórico en el que pasado y presente constituyen una unidad dinámica. Ahlskog interpreta esta perspectiva en términos de la presencia activa del pasado en la historia: “En un proceso histórico, la relación entre pasado y presente no es causal, sino conceptual. Esto se vincula directamente con el principio collingwoodiano según el cual la historia estudia un pasado vivo. La supervivencia del pasado es una condición para la posibilidad misma de estudiarlo, pero para Collingwood ello no implica simplemente la perduración de objetos materiales” (Ahlskog, 2017, p. 303). La reactuación es posible porque los actos de pensamiento del pasado sobreviven conceptualmente y pueden ser revividos en la mente del historiador, quien, mediante su propio acto, los interpreta en términos temporales. Sin esta presencia activa del pasado, el conocimiento histórico sería imposible.

La historia tiene una característica que, vista desde la óptica del pensamiento moderno, tiene un carácter ambivalente o ambiguo. Es precisamente desde esta óptica que Levy considera la propuesta de Collingwood: “a través de un acto de migración metafísicamente imposible desde la ocurrencia en el tiempo, a la subsistencia fuera del tiempo, a la revivencia en un momento posterior, [Collingwood] viola los principios de que nada puede ser abstracto y concreto o contingente y necesario a la vez” (Levy, 2025, p. 37).

Aunque ello implique adentrarse en consideraciones de carácter dialéctico que no parecen afines al modo de pensar de Levy, la propiedad que Collingwood atribuye al pensamiento histórico - a saber, su capacidad de mediar entre lo lógico y lo temporal - no puede ser soslayada si se quiere comprender su concepción de la reactuación. El pensamiento puede y debe ser considerado desde dos perspectivas: la lógica y la temporal.

Desde la perspectiva temporal, todo acto de pensamiento pertenece a una conciencia y se halla presente en ella de modo inmediato; en esta inmediatez, el pensamiento es temporal y se encuentra asimismo atravesado por el sentimiento y la emoción. Al mismo tiempo, el pensamiento pertenece al orden lógico, esto es, a un orden que trasciende la inmediatez y el sentimiento. Precisamente por ello, el pensamiento puede ser revivido en un nuevo contexto de inmediatez sin perder su identidad: “Porque es un pensamiento y no un mero sentimiento o una sensación, puede existir en dos de estos contextos [dos mentes] sin perder su identidad, aunque sin un contexto apropiado tampoco pueda existir” (Collingwood, 1994, p. 301).

El conocimiento histórico se configura como una forma autónoma de conocimiento que opera según su propia “lógica” interna, esto es, a partir de la articulación entre los distintos órdenes. Esta concepción enlaza, además, el concepto de historia con la dimensión propiamente filosófica de la propuesta de Collingwood, en la medida en que el método histórico se halla indisolublemente vinculado a una concepción ontológica más amplia: “… sería engañoso llamar a la filosofía de la historia simplemente la ciencia del método histórico, o la metodología de la historia. Es, al mismo tiempo, una metodología del pensamiento histórico y una metafísica de la realidad histórica” (Collingwood, 1926, citado en Nielsen, 1981, p. 19).

La reactuación histórica no consiste en la mera repetición de lo ya dicho, sino en la reconstrucción consciente y autónoma de los actos de pensamiento del pasado. Esta reconstrucción constituye la tarea permanente de interpretar cómo el orden lógico y el orden temporal se encuentran imbricados en la evolución de la vida humana y en el proceso de su autoconocimiento. Gracias a esta capacidad, la historia científica se distingue de manera radical de la historia precientífica y se configura como un ámbito específico de conocimiento, dotado de su propia lógica interna y de autonomía epistémica.

Desde la perspectiva del orden temporal, la historia se desarrolla conforme a una tendencia natural hacia la entropía. El historiador de Asia moderna Ralph Smith señala que “el historiador en ejercicio trabaja en perpetua oposición a un proceso natural de entropía histórica que ya habrá destruido (o no habrá preservado) la mayoría de los pensamientos que efectivamente tuvieron lugar en cualquier momento del pasado” (Smith, 2007, p. 356).

Por el contrario, el historiador - en el sentido collingwoodiano - opera también en una dirección inversa cuando considera el orden lógico. Cada reactuación implica situar un pensamiento en un nuevo entramado de acciones y conexiones conceptuales. De este modo, la reactuación incorpora el pensamiento pasado en una estructura y, al mismo tiempo, lo trasciende: ya no se trata simplemente del pensar de x, sino del pensar de y pensando x. Esta característica del pensamiento histórico resulta fundamental para la filosofía, pues constituye el punto mismo en el que, para Collingwood, el pensamiento filosófico y el pensamiento histórico se superponen: “la comprensión del pensamiento filosófico de otro pensador es ella misma su trascendencia y su reducción al estatuto de pasado o de momento absorbido en el propio pensamiento” (Collingwood, 1999, p. 224).

La memoria es la forma inmediata en que el pasado perdura y un componente indispensable de la experiencia histórica; sin embargo, permanece expuesta a los procesos de desintegración y dispersión a los que alude Smith. La reactuación, en cambio, constituye lógicamente esa memoria como conocimiento: fija y confiere solidez a lo pensado en el transcurso del tiempo, algo que solo es posible cuando el ser humano se hace efectivamente presente en el mundo (Collingwood, 1999, p. 132).

En suma, memoria y conocimiento, destrucción y organización, lógica y tiempo designan tendencias opuestas que coexisten en el pensamiento histórico y hacen de él un modo de conciencia singular e irreductible. Si cabe hablar aquí de una “odisea ontológica”, ello no debe entenderse en sentido peyorativo, sino como el reconocimiento de la especificidad de la mente al constituir el pasado en el presente de tal modo que la pérdida irreparable de la inmediatez se vea compensada por el incremento constante de la mediación, esto es, por el horizonte inagotable del autoconocimiento humano.

Conclusión

En este artículo hemos sostenido que la teoría collingwoodiana de la reactuación no constituye un residuo oscuro o marginal de su sistema, sino el elemento que articula la autonomía de la historia con una filosofía de la mente y una metafísica del pensamiento. Frente a la objeción que plantea una dicotomía entre semejanza e identidad literal, la noción de “identidad del continuante” permite comprender cómo un acto de pensar puede sostenerse, suspenderse y reanudarse sin perder su identidad. Esto explica por qué el historiador no se limita a copiar contenidos, sino que reconstruye actos de pensamiento del pasado. En este marco, la distinción entre sentimiento y pensamiento vuelve inteligible la posibilidad misma de la revivencia.

Esta reconstrucción permite, a su vez, responder a las dos objeciones metafísicas más relevantes. En primer lugar, el llamado “criterio de verificación” no se busca fuera del pensamiento, sino en la estructura reflexiva del acto reactuado: hay reactuación cuando el contenido del acto consiste precisamente en “el historiador pensando a un agente actuando [o pensando] en algún momento del pasado”, y cuando la evidencia disponible justifica tal imputación. En segundo lugar, no se produce ninguna “migración ontológica” incoherente si se entiende la historia como la articulación del orden lógico del pensamiento con el orden temporal de la causalidad: el pasado sobrevive conceptualmente y reaparece en el presente a través de la actividad histórica. Muy por el contrario, el tipo de objeción que formula Levy presupone una concepción del pensamiento histórico que ya ha renunciado a explicarlo como un conocimiento del pasado y es, por este motivo, un gesto filosóficamente empobrecedor.

Finalmente, queremos señalar a modo de cierre del artículo, que la clarificación de las críticas en torno al concepto de reactuación sienta las bases para una valoración positiva tanto de este concepto como de la herencia de la filosofía de Collingwood en el pensamiento contemporáneo y, específicamente, en la historia intelectual.

Como señalamos en la introducción, el problema de la reactuación ha sido uno de los puntos más controvertidos en la apropiación del legado de Collingwood. Dejando de lado los estudios dedicados a Collingwood, este problema de apropiación se muestra de modo paradigmático en la metodología de la historia intelectual defendida por Quentin Skinner (Skinner, 1969; Skinner, 2001).

Skinner defiende, al mismo tiempo, un “enfoque collingwoodiano” (Skinner, 2001) de la historia intelectual, pero que se caracteriza ya sea por el rechazo explícito de la teoría de la reactuación, o al menos por el abandono de este concepto en particular (Skinner, 2001, p. 185; Connelly, 2023, pp. 4344). En términos generales, lo que ello implica es la aceptación de un modo de comprender la empresa histórica como una práctica orientada a la recuperación del significado a partir de la intención de un autor.31 Formulado de este modo, el “enfoque” presentado por Skinner introduce una enmienda significativa a la caracterización collingwoodiana del pensamiento histórico, tal como se expresa en The Idea of History: “Cuando un hombre piensa históricamente, tiene ante sí ciertos documentos o vestigios del pasado. Su tarea consiste en descubrir cuál fue el pasado que dejó tras de sí esos vestigios. […] Esto significa descubrir el pensamiento (en el sentido más amplio de la palabra…) que fue expresado por medio de ellos. Para descubrir cuál fue ese pensamiento, el historiador debe volver a pensarlo por sí mismo” (Collingwood, 1994, pp. 282-283). Mientras que la primera caracterización de la tarea del historiador resulta adecuada, la aclaración posterior introducida en la última oración del pasaje es precisamente la que Skinner considera problemática.

Skinner sostiene que la reactuación, tal como ha sido interpretada por los críticos de Collingwood, resulta aceptable en la medida en que “nunca podemos esperar abolir la distancia histórica que nos separa de nuestros antepasados, hablando como si pudiéramos hacer desaparecer la influencia de todo aquello que ha intervenido, reviviendo empáticamente su experiencia y relatándola tal como fue vivida” (Skinner, 2001, p. 185). En este sentido, Skinner considera problemática toda concepción de la reactuación que pretenda suprimir dicha distancia. De ahí que su enfoque consista en reinterpretar la referencia collingwoodiana al pensamiento - en el sentido más amplio del término - como una referencia a intenciones encarnadas en actos de comunicación lingüística (Skinner, 2001, p. 185).

Desde la reconstrucción aquí propuesta del argumento de Collingwood, sin embargo, esta modificación resulta objetable. Al desplazar el núcleo de la comprensión histórica hacia el reconocimiento de convenciones públicas y de su aplicación en casos particulares, y no hacia la reaprehensión del pensamiento del agente, el enfoque de Skinner abandona precisamente aquello que, en la concepción collingwoodiana, hace posible la historia como conocimiento del pensamiento. La reactuación histórica no puede reducirse a la identificación de reglas, prácticas o usos compartidos, pues exige un ejercicio de imaginación mediante el cual un pensamiento pasado es vuelto a pensar como pensamiento, y no meramente reconocido como instancia de una convención.

En este sentido, resulta significativo que Collingwood deje “más espacio para la libertad de la imaginación en el caso original de la reactuación histórica de lo que cabría esperar” (Guyer, 2018, p. 4). Lejos de constituir un residuo subjetivo irrelevante, esta libertad imaginativa cumple una función estructural en el conocimiento histórico, en la medida en que permite articular la identidad del pensamiento a través de la distancia temporal sin disolverla en una mera exterioridad convencional. Si esta reconstrucción es correcta, la teoría collingwoodiana de la reactuación no debe entenderse como una tesis extravagante ni como un residuo metafísico problemático, sino como la condición que permite pensar la historia como un conocimiento del pensamiento. En este sentido preciso - y solo en este -, la apertura metafísica de la reactuación conecta la cientificidad de la historia con su función reflexiva, o, como sostenía el propio Collingwood, con la empresa del autoconocimiento de la humanidad.

  • 1
    Margit Nielsen ofrece una lista detallada de la ocurrencia de estos vocablos en los libros de Collingwood, así como también en sus manuscritos y lecciones (Nielsen, 1981, p. 2).
  • 2
    Con independencia del reconocimiento que Knox merece como defensor del legado filosófico de Collingwood, sus decisiones no se corresponden con el estándar actual del trabajo editorial. Además, según un testimonio de Knox recogido por Margit Nielsen, es justamente en la teoría de la reactuación donde más se habría dejado sentir su mano editorial (Nielsen, 1981, p. 1).
  • 3
    Todas las traducciones de textos en inglés me pertenecen.
  • 4
    El alcance de esta tesis puede ser objeto de debate o, al menos, de una formulación más precisa, a la luz de la publicación de los manuscritos correspondientes a The Principles of History. En los manuscritos Collingwood introduce dos cualificaciones a la definición de la historia como la investigación del pensamiento. En los manuscritos, Collingwood indaga tanto la posibilidad de incluir instancias de irracionalidad humana (Collingwood, 1999, p. xxxv), como así también de otorgar un lugar específico para la dimensión emocional de la acción humana (Collingwood, 1999, pp. 68, 77).
  • 5
    En este contexto, prefiero traducir reenactment como reactuación antes que como recreación (la opción empleada por O’Gorman y Hernández Campos en la traducción del Fondo de Cultura Económica) para enfatizar que se trata de una acción realizada por el historiador.
  • 6
    James Connely, basándose en “Outlines of a philosophy of history”, un ensayo de 1928, incorpora dos tesis adicionales vinculadas con el carácter encapsulado del pensamiento pasado y con la caracterización de la historia como autoconocimiento (Connelly, 2023, p. 27). En tanto este trabajo se concentra en el problema de la reactuación considero que es suficiente limitarme a la caracterización más tradicional, proveniente de The Idea of History. Discutiré brevemente el problema de la encapsulación del pensamiento en las conclusiones al presente trabajo.
  • 7
    Las descripciones más pormenorizadas del proceso de interpretación de la evidencia se encuentran en los manuscritos de The Principles of History, principalmente bajo las rúbricas “Evidence and Language” (Collingwood, 1999, p. 48 y siguientes) y “Excavation at Highbury, 193” (Collingwood, 1999, p. 63 y siguientes). En estos textos, Collingwood define a la historia del siguiente modo: “la historia persigue el conocimiento de los eventos en tanto y en cuanto estos eventos son acciones que encarnan y expresan la racionalidad que, según la tradición, es peculiar al ser humano entre los animales” (Collingwood, 1999, p. 76; Cfr. Connelly, 2023, p. 28).
  • 8
    La traducción de O’Gorman y Hernández Campos emplea la expresión compuesta ‘historia de tijeras y engrudo’ para traducir “scissors-and-paste”. Me permito aquí modernizar su traducción. En “Inaugural: Rough Notes” (1935) hay una caracterización un poco diferente, pero que también involucra los dos aspectos contenciosos que analizo: “La teoría de sentido común de la historia la presenta como una cuestión de tradición. Se trata de una actividad cooperativa que requiere, al menos, dos participantes. El evento o estado de cosas que ha de conocerse históricamente debe, en primer lugar, ser recordado por una persona que haya estado familiarizada con él; luego, esta persona debe expresar su recuerdo a otra; y, finalmente, esta segunda persona debe aceptar su declaración como verdadera. El historiador es la segunda de estas dos personas. La primera no es un historiador: es la autoridad del historiador (Collingwood, 1999, p. 143).
  • 9
    Hay que considerar a este respecto el modo en que Collingwood presenta los trabajos historiográficos de David Hume en The Idea of History.
  • 10
    Dejo de lado aquí la discusión clásica entre las lecturas metodológicas y no metodológicas de la teoría de Collingwood. En términos generales, mi posición se aproxima a la de Alan Donagan, quien sostiene: “La pregunta de Collingwood sería: ‘¿Bajo qué condiciones es posible el conocimiento histórico?’, lo cual no constituye una cuestión metodológica, sino filosófica. Y su respuesta no indicaría a los historiadores cómo formular y verificar tesis históricas, sino que especificaría qué condiciones deben cumplirse para que tales tesis puedan ser planteadas en absoluto: a menos que los pensamientos pasados puedan ser reactuados, la historia es imposible” (Donagan, 1979, p. 203). Eric Levy ha criticado con dureza esta posición: “El análisis de Donagan distorsiona la teoría de la reactuación de Collingwood de manera tan fundamental que debe ser refutado antes de que nuestra propia investigación pueda comenzar” (Levy, 2025, p. 21). La incomodidad de Levy frente a la interpretación de Donagan deriva, en parte, de la dicotomía que este último establece entre prescripción y descripción, una división que Levy considera problemática. Sin embargo, esta crítica pasa por alto un punto central: la imaginación histórica desempeña, en la teoría de Collingwood, un papel a priori en la constitución del conocimiento histórico.
  • 11
    Cfr. el reciente artículo de Giuseppina D’Oro, quien sostiene que la tarea central de la filosofía de la historiografía no consiste prioritariamente en fundamentar una epistemología del conocimiento histórico ni en determinar si el pasado puede ser conocido objetivamente, sino en esclarecer la concepción del pasado que subyace a la investigación histórica (D’Oro, 2025, p. 67). Solo una vez establecido este marco ontológico-conceptual - frecuentemente pasado por alto en los debates contemporáneos - resulta legítimo abordar las cuestiones epistemológicas relativas al conocimiento histórico, las cuales han tendido a dominar la filosofía de la historiografía bajo el supuesto, rara vez problematizado, de que lo propio de la investigación histórica es su referencia al pasado en cuanto tal (D’Oro, 2025, p. 74).
  • 12
    Y en consecuencia, para precisar la diferencia entre memoria e historia, sobre la cual volveré en la última sección de este trabajo.
  • 13
    Este es un punto de suma importancia para considerar varias discusiones dentro de la literatura secundaria. Por ejemplo, para saldar la discusión respecto a la caracterización de la reactuación como una metodología intuitiva. Seguimos aquí, entre otros intérpretes el juicio de Skagestad quien reconoce, negando la interpretación intuicionista, que “es fácil malinterpretar la reactuación como una identificación subjetiva, intuitiva o empática - o incluso telepática - del historiador con el agente histórico, tal como ha sido malinterpretada por muchos comentaristas” (Skagestad, 2021, p. 70).
  • 14
    La historia crítica es, en la narrativa de Collingwood, el estadio inmediatamente previo a la historiografía científica. Se caracteriza fundamentalmente por la discusión respecto a la veracidad de los testimonios, mientras que la historiografía científica desplaza la pregunta histórica desde la veracidad hacia el problema del significado de las fuentes (Collingwood, 1999, p. 25).
  • 15
    Collingwood también la denomina “historia constructiva”. Por ejemplo, “Su esencia radica en que toma los enunciados hechos por sus autoridades, una vez sometidos a crítica, no como simples piezas de un hecho que deban encajarse en un mosaico, sino como pistas a partir de los cuales se debe alcanzar inferencialmente el hecho requerido. El producto terminado - la narración o descripción histórica - no consiste, por tanto, en una mera colección de afirmaciones tomadas directamente de las autoridades y simplemente seleccionadas y ensambladas por el historiador, sino en algo a lo que el propio historiador ha llegado al elaborar las implicaciones de lo que dichas autoridades le han transmitido” (Collingwood, 1999, p. 150). El término constructivo, entonces, sirve para enfatizar el elemento inferencial de la práctica histórica.
  • 16
    Cfr. sobre la percepción y su rol en el conocimiento, cfr. Collingwood, 1999, p. 151.
  • 17
    Dicho de otro modo, el pensamiento histórico dejaría de ser autónomo. Esta no es la única línea argumental para criticar la idea de ‘semejanza’ desde un punto de vista epistemológico, pero la prefiero para mantener un paralelismo que a mi juicio Collingwood podría haber enfatizado mejor.
  • 18
    Este punto es discutido en la bibliografía y muchas veces interpretado de modo defectuoso. Por ejemplo, Ahlskog resume el punto de vista de la discusión de Collingwood del siguiente modo: “Si vuelvo a pensar, por ejemplo, en el teorema de Pitágoras, no estoy creando una copia de su teorema en mi propia mente. No tiene sentido decir que he producido mi teorema de Pitágoras, en contraste con otra persona que también está pensando que a2 + b2 = c2. Más bien, repienso el teorema de Pitágoras y, al hacerlo, tengo el mismo pensamiento que tuvo Pitágoras” (Ahlskog, 2017, p. 297).
  • 19
    En relación a este rechazo, Robson presenta como evidencia la afirmación de William Dray: “it is unfortunate that Collingwood, in attempting to emphasize the necessity of a sameness of rational force in the two thoughts, should have accepted … the suggestion that this sameness is therefore like the identity of a continuant” (Dray, 1957, p. 432, citado en Robson, 2024, p. 95).
  • 20
    No concuerdo, sin embargo, con el intento de entender la continuidad del pensamiento mediante la referencia a la continuidad de objetos físicos, tal y como lo hace Robson (Robson, 2024, pp. 101-102). También: “Para Collingwood, entonces, cuando pienso que los ángulos son iguales, no me limito a acceder al mismo contenido proposicional al que accedió en su día Euclides; más bien revivo, reconstruyo o vuelvo a ensamblar el mismo acto que él realizó en la Antigüedad, y cuando eso se logra puedo re-actuar la actividad mental de Euclides. Para usar nuestra analogía: reconstruyo la mesa” (Robson, 2024, pp. 103).
  • 21
    La presentación más acabada de la distinción cuerpo/mente y sentimiento/pensamiento las encuentra el lector en la última obra escrita por Collingwood: The New Leviathan. Especialmente en los capítulos 1-5 y 14 de la primera parte.
  • 22
    Cfr D’Oro (2000, p. 90).
  • 23
    Cfr. “Porque niego la teoría subjetivista de la memoria, niego la teoría de identidad de la conciencia. Mi identidad con mi propio pasado no depende de mi memoria, en la memoria descubro parcialmente la identidad: ‘la mente no piensa siempre: recuerda la pregnante respuesta de Leibniz, señalando que la conciencia es un campo mucho más reducido de lo que él reconoce como pensamiento, aunque Locke identifique a los dos” (Collingwood, 1999, p. 132).
  • 24
    Cfr. La reconstrucción diferente de este argumento que ofrece James Connelly (Connelly, 2023, p. 30).
  • 25
    En un texto más reciente, Giuseppina D’Oro incorpora un elemento adicional para rebatir la crítica proveniente de la concepción substancialista de la mente. D’Oro afirma, en este caso, que la perspectiva del conocimiento histórico, en el sentido de una ciencia del pensamiento humano, requiere un conocimiento interno de las normas y prácticas que los agentes consideraban vinculantes, y no un conocimiento del interior de las mentes de los agentes entendida en términos del ejercicio de facultades mentales similares a la telepatía. La reconstrucción histórica se realiza a partir de la evidencia provista por objetos que no son de carácter privado (D’Oro, 2025, p. 73). Esta línea argumental que enfatiza la diferencia entre normas racionales y leyes naturales como criterio de demarcación entre diferentes modos de comprender el pasado puede ofrecer una alternativa si se considera que la teoría de la mente de Collingwood es deficitaria. Aquí me he concentrado, sin embargo, en la reconstrucción del argumento que ofrece Collingwood en Epilegómenos.
  • 26
    Cfr. Collingwood (1999, p. 142) en relación al hecho de que ambos pasajes discuten la teoría de M. Oakeshott.
  • 27
    Es decir, puede ser objeto de reflexión.
  • 28
    “El pasado se conserva en el presente, y el presente no podría existir si no fuera así. Por lo tanto, si existe una historia del pensamiento, la física de Newton sigue constituyendo un elemento necesario en la de Einstein; si no lo hiciera, no habría historia, sino solo cambio. El historiador no se limita a inferir retrospectivamente desde el presente lo que el pasado debe haber sido: encuentra el pasado viviendo en el presente. La forma inmediata de esto es la memoria, donde el pasado vive como pasado en la conciencia, constituyendo un elemento sin el cual la conciencia presente no sería lo que es” (Collingwood, 1999, p. 130).
  • 29
    “No podemos revivir el triunfo de Arquímedes ni la amargura de Mario; pero la evidencia de lo que estos hombres pensaron está en nuestras manos” (Collingwood, 1994, p. 296).
  • 30
    Esta respuesta contrasta de modo muy claro con el resumen que Levy hace de su crítica: “Esta dificultad aparece en el tratamiento que hace Collingwood de Euclides, donde la teoría de la reactuación no logra distinguir entre (1) la reactuación de un acto previo de pensamiento y (2) la mera realización de un acto de pensamiento a priori que, en virtud de ser un acto de pensamiento a priori, es, por definición, idéntico a todos los demás actos de pensamiento a priori sobre el mismo concepto” (Levy, 2025, p. 44). De esta manera se confunde al pensamiento geométrico (pensamiento de un objeto) con el pensamiento histórico (pensamiento de un pensamiento pasado).
  • 31
    Como argumento el propio Skinner: “toda afirmación realizada o acción llevada a cabo presupone una intención de haberla hecho, pero también una intención al hacerla, la cual debe ser captada si la acción misma ha de ser correctamente caracterizada y, por ende, comprendida” (Skinner, 1969, p. 45).

Disponibilidad de datos:

El conjunto completo de datos que respalda los resultados de este estudio ha sido publicado en el propio artículo.

Referencias

  • AHLSKOG, J. “R. G. Collingwood and the Presence of the Past”. Journal of the Philosophy of History, Vol. 11, Nr. 3, pp. 289-305, 2017.
  • BOUCHER, D. “‘The Idea of History’ Revisited”. Collingwood and British Idealism Studies, Vol. 29, Nr. 1, pp. 5-24, 2023.
  • COLLINGWOOD, R. G. “The Idea of History”. Revised edition with Lectures 19261928. Oxford: Oxford University Press, 1994.
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Editado por

  • Editor responsable:
    Mauro Luiz Engelmann.

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    06 Jul 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    29 Ago 2025
  • Acepto
    22 Feb 2026
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