Open-access Hacia una antropología del cambio climático y del Antropoceno: Aportes desde América Latina para recrear la imaginación colectiva

Towards an anthropology of climate change and the Anthropocene: contributions from Latin America to recreate the collective imagination

Para uma antropologia da mudança climática e do antropoceno: contribuições da américa latina para recriar o imaginário coletivo

RESUMEN

Este artículo analiza las contribuciones de la antropología al estudio del cambio climático y del Antropoceno como campo de indagación social y política. Se destaca el enfoque holístico, situado y reflexivo de la disciplina para comprender la diversidad de respuestas a la crisis climática, especialmente en y desde América Latina. El artículo revisa algunos de los principales abordajes históricos sobre el clima y expone la evolución de los intereses teóricos y metodológicos de este campo ante su creciente relevancia global y local. En este marco, se examina cómo la irrupción del Antropoceno ha impulsado grandes debates sobre la producción de conocimiento en la región y se reflexiona sobre los aportes de la antropología para recrear la imaginación colectiva y pensar futuros alternativos que se encuentran en disputa.

Palabras clave:
Antropología; Cambio climático; Antropoceno; Imaginación; América Latina

ABSTRACT

This article analyzes the contributions of anthropology to the study of climate change and the Anthropocene as a field of social and political inquiry. It highlights the discipline’s holistic, situated, and reflexive approach to understanding the diversity of responses to the climate crisis, particularly in and from Latin America. The article reviews some of the main historical approaches to climate and outlines the evolution of the field’s theoretical and methodological interests in light of its growing global and local relevance. In this context, it examines how the emergence of the Anthropocene has fostered major debates on knowledge production in the region, and reflects on the contributions of anthropology to reimagining collective imaginaries and thinking about alternative futures that are currently under dispute.

Keywords:
Anthropology; climate change; Anthropocene; Imagination; Latin America

RESUMO

Este artigo analisa as contribuições da antropologia para o estudo das mudanças climáticas e do Antropoceno como campo de investigação social e política. Destaca-se a abordagem holística, situada e reflexiva da disciplina para compreender a diversidade de respostas à crise climática, especialmente na e a partir da América Latina. O artigo revisa algumas das principais abordagens históricas sobre o clima e apresenta a evolução dos interesses teóricos e metodológicos deste campo diante de sua crescente relevância global e local. Nesse contexto, examina-se como a emergência do Antropoceno tem impulsionado grandes debates sobre a produção de conhecimento na região, e reflete-se sobre as contribuições da antropologia para recriar a imaginação coletiva e pensar futuros alternativos que estão em disputa.

Palavras-chave:
Antropologia; Mudanças climáticas; Antropoceno; Imaginação; América Latina

Introducción

El tiempo meteorológico y el clima son dimensiones centrales en la interacción ambiente-sociedad y han sido tema de abordaje histórico de las ciencias sociales y particularmente de la antropología. Las diversas interpretaciones de los fenómenos atmosféricos - vientos, lluvias, truenos -, los eventos extremos, las variaciones estacionales, reflejan ciertas nociones de la naturaleza y un entendimiento particular ligado a construcciones socioculturales, políticas e históricas. Las percepciones del tiempo y el clima trascienden la cuestión meramente “física” y están vinculados con aspectos y valores sociales y culturales embebidos en la experiencia cotidiana de las personas (Ulloa 2011). La antropología, mediante el trabajo de campo etnográfico - las narrativas, historias, mitos, anécdotas - se orienta a comprender las múltiples formas de ser y estar en el mundo, las diversas percepciones de la(s) naturaleza(s), las prácticas, representaciones y sus implicaciones socioculturales y políticas. Asimismo, la disciplina explora cuáles son los factores que promueven el cambio cultural y social. Uno de los más relevantes es el ambiente, el clima, entre muchos otros factores que influyen en la organización social y política de las comunidades (Peterson y Broad 2011).

En el pasado, los análisis de la relación entre el clima y la cultura se centraban, por un lado, en la fuerza del clima para configurar de manera determinante ciertas características físicas, sociales y culturales de las personas y las sociedades. Por otro lado, algunos análisis daban cuenta de la domesticación de la naturaleza y el clima a través de tecnologías y formas de adaptación social al entorno (Hulme 2009, 2011). Si bien los enfoques que tienden a explicaciones causales entre la naturaleza y la sociedad nunca han sido totalmente superados, en las últimas décadas el panorama se ha complejizado a la luz de uno de los desafíos más relevantes que enfrentan las sociedades modernas: el cambio climático en la época del Antropoceno. Ambos fenómenos, uno contenido bajo el paraguas del otro, refieren a los impactos irreversibles de las acciones humanas en la naturaleza.

El objetivo principal de este artículo es dar cuenta de las contribuciones de la antropología en el escenario actual, signado por los impactos del cambio climático y del Antropoceno en los territorios. Los intereses de este campo de indagación han mutado desde el análisis de “lo local” de la experiencia meteorológica hasta la articulación global - local, mostrando la imbricación de los fenómenos climáticos y ambientales de escala planetaria en las esferas locales, y viceversa. Los discursos y las narrativas sobre el cambio climático y el Antropoceno presentan futuros distópicos, ya que estaríamos traspasando ciertos límites planetarios, no solo por las crecientes emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) sino también por los diversos impactos de la acción humana en la naturaleza. Este proceso está generando alteraciones, desequilibrios y efectos en cascada que afectan a todas las especies del planeta, incluida la nuestra.

En este contexto surgen múltiples respuestas a la crisis, algunas de carácter científico-tecnológico y otras sociales, políticas y territoriales. Prepararnos para el futuro requiere nuevas formas de organización, adaptación y resistencias frente a los contextos que se avecinan. En este sentido, la crisis está impulsando replanteamientos y reflexiones ético-políticas para pensar estrategias de acción que vislumbren otros futuros posibles. Aquí la antropología tiene mucho que aportar, ya que la mirada holística, situada y reflexiva de la disciplina puede dar cuenta de la diversidad y complejidad de las respuestas sociales y territoriales a la crisis climática y ambiental.

El artículo se estructura de la siguiente manera. En primer lugar, se presentan, de manera descriptiva y no exhaustiva, los principales abordajes históricos sobre el tiempo y el clima y su vinculación con la organización social. Se mostrará de qué forma las significaciones atribuidas al clima representan diferentes visiones del mundo, con dimensiones ideológicas y políticas particulares. Examinar la pluralidad de perspectivas nos permite comprender cómo las sociedades humanas han encontrado diversas formas de vivir en y con el clima que reflejan ciertas nociones de naturaleza, concepciones sociales y políticas y vínculos entre los seres humanos y el ambiente. En segundo lugar, se describen los principales intereses teóricos y metodológicos de la disciplina y cómo estos han ido cambiando con la relevancia del cambio climático antropogénico en las agendas globales y locales. Asimismo, la irrupción del Antropoceno como categoría analítica ha propiciado importantes replanteamientos sobre las bases mismas de la producción de conocimiento al interior de las ciencias, orientándola hacia prácticas más participativas. Para finalizar, se reflexionará sobre los principales aportes de la antropología para pensar futuros alternativos, especialmente desde América Latina, territorio de resistencias y propuestas creativas para imaginar múltiples horizontes de futuro.

La antropología del tiempo y el clima en perspectiva histórica

La historia del clima -del ambiente-- y su impacto en los seres humanos es muy larga y nos remite a las culturas griegas y a teorías sobre las zonas climáticas, las primeras clasificaciones en torno a la latitud, la inclinación del sol sobre la tierra y su relación con la superficie terrestre. A partir de estas variables se comenzó a clasificar el clima por zonas. Se postulaba que la zona del Mediterráneo era la más apta para el desarrollo, en comparación con la zona fría del norte y el clima caluroso del inhabitable sur (Hulme 2009). También, en términos de salud, ya Hipócrates (s. V a. C., 460 a. C.) planteaba conexiones entre el humor de las personas, el ambiente y las condiciones atmosféricas, como la humedad y la temperatura.

Durante el siglo XIX y principios del siglo XX hubo un apogeo del determinismo ambiental. Las teorías de aquella época vinculaban la localización geográfica con ciertas características físicas y culturales. El clima se convirtió en un factor explicativo del desempeño de los individuos, las sociedades y el ambiente. Estas teorías proponían que el clima ejercía una poderosa influencia en la configuración de la psicología y el comportamiento de los individuos y las razas. Se asociaban las zonas tropicales con ciertas características negativas, como falta de desarrollo y la vaguedad, mientras que las zonas templadas se vinculaban con gran vigorosidad y mayor productividad. Tal como destaca Hulme (2009, 2011), el determinismo geográfico y cultural sirvió para justificar el racismo y el imperialismo que dominaron las perspectivas de la época. Se resaltaba la dimensión ideológica del clima como un factor para promover ciertas visiones y narrativas del mundo, así como una mirada etnocentrista sobre otras sociedades, que asociaba las cualidades positivas al lugar de donde es el observador (Rayner 2003).

La antropología no estaba exenta de estos debates, ya que surgió vinculada a ciertos intereses coloniales. Sin embargo, fue Franz Boas (1858 -1942), uno de los antropólogos más influyentes de la disciplina, quien rechazó de plano este determinismo ambiental y postuló otros factores explicativos, como la cultura, el contexto político y social, que influyen en las distintas percepciones de la naturaleza, representadas a través del tiempo y el clima. Boas logró deconstruir el concepto de raza y los atributos y capacidades vinculados a ella, resaltando que los prejuicios raciales están en la base de las desigualdades e inequidades sociales y, por lo tanto, eso es lo que debe abordarse (Hastrup 2013).

Entre 1930 y 1950 este pensamiento fue desacreditado ética y políticamente, lo que habilitó una reconfiguración del mundo político, social y moral (Hulme 2011). Al mismo tiempo, se sentaron las bases para el “giro modernista” en la antropología del siglo XX (Hastrup 2013). El trabajo etnográfico, que tuvo como uno de sus máximos exponentes a B. Malinowski (1884-1942), configuró nuevas formas de “estar ahí” y “entender el punto de vista del nativo” a través de la observación participante y la permanencia del antropólogo durante largos períodos de tiempo en el territorio. Además, en la misma época se fue instalando la mirada holística, que da cuenta de la inextricable relación de los múltiples aspectos involucrados en la comprensión de procesos sociales complejos, como la dimensión sociocultural y política, las creencias, costumbres e instituciones. Sin embargo, tal como advierten algunos autores, el determinismo ambiental hizo que las ciencias sociales y humanas, particularmente la geografía y la antropología, se abstuvieran de teorizar sobre el clima como un tema central de la relación ambiente-sociedad (Hulme 2011; Peterson y Broad 2011; Rayner 2003). El clima no representaba un factor de análisis en sí mismo, sino que formaba parte de descripciones complementarias sobre paisajes y lugares, o de explicaciones accesorias sobre la organización social y política. Sin embargo, hubo algunas excepciones, como los abordajes de Mary Douglas (1921-2007) en la década del sesenta con las comunidades africanas. A través de estudios etnográficos y comparativos de las economías Lele y Bushong, Douglas pudo mostrar cómo las representaciones del tiempo y el clima se encontraban influenciadas por factores socioculturales y la organización política de las comunidades, descripciones que trascienden las perspectivas deterministas, sean sociales o ambientales, mostrando ambas inevitablemente coproducidas (Rayner 2003).

El giro teórico y metodológico: de lo local a la articulación global-local

En la década del setenta, con el incremento de la conciencia ambiental y las transformaciones políticas, sociales y económicas a nivel mundial, los debates se reconfiguran y comienza a surgir la antropología del tiempo y el clima bajo la influencia de ciertas corrientes teóricas y metodológicas, como la ecología cultural, la antropología ambiental, la economía y la ecología políticas (Peterson y Broad 2011). Asimismo, hacia 1950 surgieron otras corrientes como la antropología del riesgo y el desastre, que entiende a este último como producto de la interacción ambiente-sociedad (Oliver-Smith 1996; Peterson y Broad 2011). Los riesgos se analizan como una combinación de factores que trascienden lo estrictamente natural, ya que son socialmente construidos y experimentados de maneras distintas por las sociedades (García Acosta 2005). Desde este marco, se exploran las relaciones sociales y estructurales que hacen a determinadas poblaciones más vulnerables al riesgo.

Entre la década del setenta y el ochenta comienzan a tomar preponderancia la etno-ciencia, y la etno-meteorología como campos de estudio que buscan conocer y describir la diversidad de conocimientos y representaciones de los fenómenos ambientales y climáticos a escala local. Adentrarse en las clasificaciones y descripciones de la flora, los comportamientos animales y los sistemas de conocimiento sobre la naturaleza, permite encontrar indicadores para que las comunidades puedan anticiparse y adaptarse a los cambios en el clima propios de la variabilidad y posteriormente al cambio climático antropogénico (Goloubinoff et al. 1997; Peterson y Broad 2011).

A partir de las mismas décadas, al calor de los nuevos movimientos ambientales de carácter global, comenzó a discutirse de qué forma los cambios en el clima, el cambio climático y el cambio social se encontraban interrelacionados y cuáles podrían ser sus impactos y significados en las sociedades (Hulme 2009, 2011). Asimismo, se identifican nuevos abordajes de la interacción ambiente- sociedad por parte de la antropología y las ciencias sociales y un giro en el entendimiento de los fenómenos climáticos de naturaleza global, como el cambio climático antropogénico. En efecto, el cambio climático se constituye como problema global a partir de la década de los 70, previamente se enmarcaba como una cuestión regional y/o local, con riesgos e impactos en estas escalas. Siguiendo a Miller (2004), hasta esta década la visión y el entendimiento de la atmósfera, tanto en términos científicos como políticos, se representaban en términos locales, luego este proceso fue cambiando por las grandes transformaciones en la producción de conocimiento en las ciencias del clima. En efecto, la incorporación de nuevas tecnologías, como los modelos computacionales de circulación global de la atmósfera lograron representar al sistema climático a escala planetaria, esto significó un cambio de paradigma en las ciencias del clima. Los modelos climáticos basados en supercomputadoras se convirtieron en la representación y las narrativas dominantes sobre el futuro tanto en la esfera científica como política (Hulme 2011). Incluso, tal como describe Miller, uno de los ejemplos más emblemáticos de este cambio de perspectiva es la creación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) en 1988, organismo con máxima autoridad científica internacional. La creación el IPCC tuvo su correlato en la necesidad de respuestas políticas globales al cambio climático a través de acuerdos de cooperación que se cristalizaron en diferentes espacios de negociación y colaboraciones entre países, como la emblemática Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Su creación pone en evidencia uno de los tantos principios en que el orden social y natural se configuran mutuamente a través de la coproducción de conocimiento, política y sociedad (Jasanoff 2004). En otras palabras, el carácter global del cambio climático refleja y prioriza las respuestas y los abordajes globales.

Esta configuración de la cuestión del cambio climático se basa fundamentalmente en el uso de previsiones y escenarios futuros en los que la autoridad del conocimiento proviene de las ciencias de la tierra y el uso de modelos que transfieren y traducen ese conocimiento a los ámbitos sociales y políticos produciendo sentidos y proyecciones de futuro. Sin embargo, esta perspectiva tiene ciertas limitaciones, porque relega a un segundo plano la capacidad de agencia humana y las dimensiones sociales y políticas del clima, esto es, cómo se experimentan, perciben e interpretan los fenómenos climáticos en los territorios y las respuestas que se dan desde los ambientes locales (Hulme 2009, 2011).

La antropología del cambio climático

La capacidad de las ciencias del clima para proyectar el futuro a través de modelos computacionales fue adquiriendo cada vez mayor preponderancia y reconfiguró el tratamiento del cambio climático en los ámbitos sociales y políticos. Al mismo tiempo, las ciencias sociales en general y la antropología en particular se fueron involucrando lentamente en el tema. En el marco de las investigaciones sobre el clima, varios referentes de la antropología fueron abriendo un camino para la antropología del cambio climático y del cambio global; tal es el caso de Margaret Mead en los años setenta, Steve Rayner y Mary Douglas en los noventa (Baer y Reuter 2015). En efecto, Margaret Mead fue una de las pioneras en abordar las dimensiones sociales y humanas del cambio global. En 1975 colaboró en la organización de la conferencia “The atmosphere: endangered and endangering” para analizar la atmósfera y los riesgos globales de la contaminación atmosférica, destacando la naturaleza global del problema. En un informe posterior sobre el evento, Margaret Mead adelantó las dificultades de un abordaje global de la atmósfera debido a los obstáculos de articular la ciencia, la política y la toma de decisiones a escala mundial (Fiske et al. 2014). Mead fue una de las pocas-o quizá la única-científica social en la conferencia y una pionera en el abordaje del “cambio ambiental global” (Baer y Reuter 2015).

Pasaron algunos años hasta que la cuestión climática fue abordada en una de las reuniones de la Asociación Americana de Antropología (AAA), en 1988, con un trabajo del antropólogo británico Steve Rayner. Ese mismo año se constituyó el IPCC y el discurso científico y político sobre el tema se fue expandiendo. Cada vez más, la antropología se fue involucrando en temas de gobernanza del clima global, dando cuenta de las implicancias políticas y socioculturales de la producción de conocimiento, de las cuestiones geopolíticas involucradas en los acuerdos y protocolos internacionales, así como de la participación pública de las sociedades en la toma de decisiones (Barnes et al. 2013).

En 1998 Steve Rayner y Elizabeth Malone publicaron la compilación “Human Choice and Climate Change” que aborda las dimensiones humanas del cambio climático y su complejidad intrínseca. Si bien su causa principal es la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera, hay muchas otras causas subyacentes: los estilos de vida occidentales, el hiperconsumismo, la falta de innovación y desarrollo de tecnologías ambientalmente sustentables, la dificultad para crear acuerdos de cooperación internacionales y normativas para cumplirlos, y la ausencia de planificación e implementación de medidas con perspectivas futuras que puedan beneficiar a las generaciones venideras, entre otras (Rayner y Malone 1998). A lo largo del libro los autores plantean que el cambio climático es abordado como un desafío que admite “soluciones” y estas se presentan de múltiples formas y ángulos: desde la necesidad de ampliar el conocimiento científico disponible para disminuir la incertidumbre; crear mayores acuerdos de colaboración entre sectores, países y disciplinas; aumentar inversiones de desarrollo tecnológico; y transformar los hábitos de consumo de las sociedades modernas. Todas estas soluciones implican “elecciones humanas”, desde lo local a lo global y desde lo individual a lo colectivo, y se encuentran en el centro de los análisis de las ciencias sociales y particularmente de la antropología. En este sentido, el cambio climático pone en el centro de la escena los diversos modelos de desarrollo, las visiones del mundo, las creencias y los valores puestos en juego en múltiples escalas espaciotemporales. De ahí la relevancia de enfoques sociales que analicen las diversas estrategias y alternativas a problemas que tienen un componente científico, aunque son inherentemente políticos y sociales.

Profundizando esta perspectiva en, 2009 Rayner caracterizó al cambio climático como un “problema perverso” con “soluciones torpes”1. Los problemas perversos son aquellos que presentan circularidad y son “sintomáticos de problemas más profundos”. Abordar el cambio climático requiere accionar sobre las desigualdades sociales el acceso a los recursos, la pobreza y las actividades extractivas. Estos problemas no dan lugar a la experimentación o prueba y error; no hay claridad sobre soluciones alternativas y además muestran intereses contrapuestos y arraigados (Rayner 2017). Por su parte, las soluciones torpes se caracterizan por mostrar la complejidad del problema, ya que no hay una solución mágica única. Resulta evidente que el abordaje del cambio climático requiere de enfoques holísticos que enfaticen los comportamientos y las dinámicas sociales, las distintas visiones del mundo, las diversas formas de organización social y política y las interacciones inter- e intraescalares.

En esta misma línea, Mike Hulme (2009) identifica al cambio climático como una “idea” que circula de manera creativa por diferentes mundos y que, al viajar se transforma logrando nuevos sentidos y significados en las diferentes sociedades. Por ende, no cuenta con una solución definitiva, ya que cada aspecto del problema refleja otras cuestiones entrelazadas más complejas. Por ejemplo, hay perspectivas distintas y contrapuestas sobre las soluciones al cambio climático, desde cambiar radicalmente los sistemas de producción y consumo, usar tecnologías planetarias como la geoingeniería climática2, hasta la implementación de energía nuclear para transformar la matriz energética basada en combustibles fósiles. Cada una de estas propuestas presenta argumentos que resultan válidos para los actores sociales que las promueven y reflejan respuestas distintas. En consecuencia, los análisis sociales y culturales de los diferentes sentidos puestos en juego en este tipo de propuestas se tornan fundamentales, así como también la articulación entre el conocimiento científico y los saberes localmente situados.

En este sentido, estas perspectivas nos permiten entrever que el cambio climático no puede reducirse únicamente a las dimensiones físicas de la atmósfera, sin incorporar las múltiples cuestiones políticas y sociales (Carabajal e Hidalgo, 2021), como la forma en que se organizan las sociedades, los valores, las creencias y las prioridades puestas en juego, los riesgos que las sociedades están dispuestas a asumir para continuar con determinados estilos de vida, hábitos de consumo y modelos de desarrollo. Estas discusiones trascienden lo estrictamente cuantitativo y reflejan desafíos prácticos, políticos y éticos.

En la actualidad, existe un consenso abrumador sobre el origen antrópico del cambio climático y más del 97% de la comunidad científica coincide con esta declaración. Sin embargo, no hay acuerdos sobre las implicancias de la ciencia para la acción social y política. El cambio climático es una condición bajo la cual los seres humanos debemos tomar decisiones de gran magnitud, que van desde arbitrar sobre diversos tipos de controversias sociopolíticas, tecnológicas, dilemas multisectoriales hasta establecer prioridades sobre qué modelos de desarrollo es necesario implementar en el presente con perspectiva intergeneracional. No es en la esfera científica, sino justamente en la dimensión política y social donde puede surgir el desacuerdo sobre las implicancias de la ciencia para la acción colectiva (Carabajal et al. 2023). Allí donde la ciencia presenta grandes consensos se abren las polaridades sociales (Rayner 2009). En otras palabras, no es suficiente con la ciencia y el conocimiento científico: es necesario reconectar con la comunidad política y los actores sociales en los territorios, ya que es allí donde más impactarán los efectos de los cambios en el clima.

Hacia una antropología del cambio climático y del Antropoceno: nuevos desafíos y oportunidades para la disciplina

Cada día se hace más evidente que el cambio climático es uno de los desafíos más dramáticos que enfrentan las sociedades modernas y una de las manifestaciones más perceptibles de una nueva época geológica que muchos científicos han denominado Antropoceno. En efecto, el Antropoceno da cuenta de que los seres humanos se han convertido en una de las fuerzas de transformación a escala planetaria (Crutzen 2000). Acuñado en el año 2000, el concepto destaca que los seres humanos han pasado de ser agentes biológicos a ser una fuerza geológica determinante en el mundo (Chakrabarty 2019). La ambigüedad respecto a su naturaleza ya sea como una categoría geológica o cultural, ha sido objeto de gran escrutinio (Briones, Lanata y Monjeau, 2019; Trischler, 2017), al igual que la pregunta sobre si la crisis planetaria puede ser atribuida a un "Anthropos" en tanto categoría abstracta o a la especie humana en su totalidad (Descola 2017). Lo que sí se puede sostener es que la crisis climática y ecológica que la sociedad experimenta hoy es uno de los síntomas y símbolos más visibles de esta nueva época (Descola 2017). Asimismo, es claro que este concepto trasciende lo estrictamente climático, ya que incluye cambios en todas las dimensiones del ecosistema terrestre; sin embargo, la asociación entre ambos fenómenos parece bastante explícita. El Antropoceno como fenómeno globalizante refleja una afectación total de la naturaleza, la ruptura de los equilibrios del planeta y la alteración de la vida de múltiples especies, incluida la del ser humano. Si bien este concepto surgió del ámbito de las ciencias de la tierra y de la geología, a lo largo de los últimos veinte años se fue extendiendo a todo el espectro de las ciencias sociales y humanas, generando grandes debates sobre los orígenes, las causas y las consecuencias presentes y futuras.

Las ciencias sociales se incorporaron al debate sobre el Antropoceno unos años más tarde de sus primeros usos por las ciencias de la tierra. Sin embargo, estas intervenciones han sido muy contundentes ya que ponen en cuestión que el “Anthropos” abstracto y homogéneo oculta las dimensiones políticas y las responsabilidades históricas de los países en la actual crisis global, de manera similar a como ocurre en el abordaje del cambio climático antropogénico. Dada la complejidad de los factores involucrados en el análisis del origen y las causas del Antropoceno, los abordajes inter- y transdisciplinarios se han convertido en una tendencia creciente (Carabajal et al. 2025). En este sentido, abundan los estudios que articulan no sólo los aportes de la geología, disciplina que en definitiva es la encargada de definir si nos encontramos en una nueva época geológica o no, sino también los de las ciencias de la tierra, que incluyen un conjunto interdisciplinario de perspectivas que muestran el profundo impacto de los seres humanos en el sistema terrestre. La mirada que proveen las ciencias de la tierra es global, ya que deriva de la forma de producir conocimiento sobre las interacciones de los ecosistemas a escala planetaria. Por su parte, las ciencias sociales y humanas plantean interrogantes respecto a la universalidad de las narrativas sobre el Antropoceno. En lugar de atribuir los cambios ambientales a una entidad abstracta como el "Anthropos", proponen examinar el sistema económico, sociocultural e ideológico que configura nuestra manera particular de interactuar y percibir el entorno (Descola 2017). Surge así un intenso debate que propone reemplazar el concepto de Antropoceno por el de Capitaloceno (Moore, 2017; Haraway, 2016), destacando los conflictos inherentes a la valorización y explotación de la naturaleza dentro de las dinámicas propias del sistema capitalista. Según la periodización propuesta por Moore (2017), el Capitaloceno se extiende a lo largo de un período más amplio, desde 1450, caracterizado por los ciclos de apropiación, expansión y diversificación introducidos por el capitalismo temprano en los regímenes ecológicos (Svampa 2019). En este marco conceptual, los recursos naturales son considerados "naturalezas baratas", explotados mediante actividades extractivas para la acumulación de capital.

En el contexto de América Latina, las conversaciones sobre el Antropoceno y el Capitaloceno adquieren una complejidad adicional al resaltar las interconexiones entre lo global y lo local, así como las relaciones de poder y las desigualdades arraigadas en la posición de los países del Sur dentro de la geopolítica mundial (Ulloa 2017). Estas narrativas reflejan debates que trascienden fronteras y exigen análisis situados en contextos sociohistóricos que permitan comprender las dinámicas (neo)extractivistas locales y las múltiples implicaciones que estos procesos tienen en los territorios, abarcando aspectos sociales, políticos, ambientales y económicos (Ulloa 2017).

(Re)imaginando futuros alternativos e inciertos desde América Latina

El Antropoceno y el cambio climático generan diversas narrativas y ejes de análisis para las ciencias sociales en general y para la antropología en particular. La multiplicidad de debates que ambos conceptos proponen entrelaza diferentes espacios y temporalidades. Se trata de una época de oportunidades, pero también de importantes desafíos para los seres humanos y así lo empiezan a reflejar los debates científicos, los medios de comunicación masivos y la ciencia ficción, que retratan cada vez con mayor frecuencia la aceleración de los cambios y la huella desenfrenada de los seres humanos en el planeta.

Las imágenes de futuros distópicos, crisis civilizatorias, colapsos y fines del mundo se tornan cada día más visibles y cercanas para la humanidad (Danowski y Viveiros de Castro 2019), propiciando diferentes respuestas por parte de la comunidad científica, los movimientos sociales, los sectores políticos y la sociedad en general. Las respuestas frente a la crisis ecológica y climática son heterogéneas: desde las movilizaciones de jóvenes en el mundo, la acción política “insuficiente” de los gobiernos, el impulso de tecnologías de gran escala, hasta la negación de los hechos científicos. En definitiva, si hay algo claro es que un mayor conocimiento científico no ha redundado en acciones políticas concretas; más bien todo lo contrario, cada vez es más amplia la brecha “entre nuestra capacidad (científica) de imaginar el fin del mundo y nuestra capacidad (política) de imaginar el fin del capitalismo”, en palabras de Danowski y Viveiros de Castro (2019: 69).

La representación del presente y la prefiguración del futuro se han convertido en un espacio de disputa simbólica, material y cultural. En diversos ámbitos interdisciplinarios se discuten la definición del problema, el lenguaje y las narrativas que utilizamos para darle visibilidad a esta época los cuales inciden en la proyección del futuro y enmarcan las posibles “soluciones” para su abordaje. La forma en que se enmarca el Antropoceno y las visiones de mundo y de naturaleza que la impulsan influyen en las potenciales soluciones y la valoración de respuestas tanto locales como globales.

En el Antropoceno convergen las paradojas de la humanidad. Por un lado, el excepcionalismo humano plantea que “el hombre” es el problema, pero también la solución a la crisis actual. Las soluciones remiten a un mayor dominio del entorno a través de la fe ciega en la ciencia y la tecnología, que podría conducirnos a un “buen Antropoceno” (Asafu-Adjaye et al. 2015). Asimismo, emerge el reconocimiento de la fragilidad de los seres humanos frente a la ruptura irreversible de los equilibrios de la naturaleza ponen en peligro la vida de todas las especies del planeta, humanos y no humanos.

Más que certezas, este escenario nos abre varias preguntas: ¿Es posible pensar soluciones al Antropoceno dentro del mismo marco de producción de conocimiento científico modernista o es necesario reconsiderar las bases del pensamiento ontológico materialista occidental? ¿Cómo construir herramientas colectivas para lidiar con el presente y (re)pensar futuros alternativos e inciertos? ¿Cómo configurar otros imaginarios sobre lo que es factible y deseable para las diversas sociedades? ¿Qué experiencias y realidades es necesario conocer y difundir para transitar de otra manera el presente y (re)imaginar el futuro?

En América Latina hay debates críticos sobre qué categoría define mejor la época actual. Algunos autores han optado por interpelar el Antropoceno por su pretensión de universalidad, así como su capacidad para difuminar las diversas formas de organización de la vida, los vínculos de las comunidades locales con la naturaleza y las relaciones históricas de poder. Situados localmente, el Capitaloceno podría reflejar mejor el rol histórico que ha tenido América Latina en el entramado de provisión de “naturalezas baratas”, desde los tiempos de la conquista y la colonización. Como destaca J. Moore, esta concepción no solo incluye lo que denominamos bienes comunes (tierra, agua, aire, bosques y biodiversidad), sino que comprende a comunidades indígenas, personas esclavizadas y mujeres, revelando así un sistema de explotación diverso, con dimensiones materiales, sociales, raciales y de género, que permean la construcción del mundo en la actualidad.

La conquista no solo conllevó el genocidio de los pueblos originarios, sino también la supresión de otros imaginarios y la subordinación de distintas formas de pensar y de relacionarse con el mundo (Carabajal et al. 2023). Esta hegemonía del pensamiento ha sentado las bases de la modernidad, donde emergen las ideas de desarrollo y progreso propias del paradigma occidental, junto con la influencia de una ciencia positivista y materialista que impregna la forma de producir conocimiento y visiones del mundo y de la naturaleza. De esta forma, la historia de la “colonización”, que de múltiples maneras perdura hasta nuestros días, fue gestando las condiciones necesarias para la aparición y posterior consolidación del capitalismo, el epistemicidio, el eurocentrismo y el Antropoceno (Carabajal et al. 2024).

Las discusiones alrededor de ambas categorías -el Antropoceno y el Capitaloceno-resultan necesarias para comprender las influencias globales que impactan en las prácticas, representaciones y relaciones sociales a nivel local. Sin embargo, por sí solas no son suficientes para capturar las complejas dinámicas de cada territorio y las diversas realidades que lo caracterizan. Por ello los análisis territoriales pueden recuperar estas discusiones, pero resaltando las construcciones socioculturales específicas de los espacios donde las ciencias sociales llevan a cabo sus investigaciones. Una vez más, la intersección entre lo global y lo local permite comprender los alcances y las limitaciones de estas categorías cuando se relacionan con las perspectivas locales, las identidades y las formas de interacción dentro de los territorios.

Para las comunidades indígenas y numerosos pueblos locales y sustentables del mundo, la naturaleza no es percibida como inerte o sin vida, sino más bien todo lo contrario (Taddei 2022). Existe un reconocimiento de la naturaleza como un agente activo, con subjetividad, y por ende se mantienen relaciones de cuidado y reciprocidad con ella. Valorizar y comprender estas perspectivas para relacionarnos y entender el mundo del cual somos parte puede transformar la percepción de lo no humano y, en definitiva, recrear la imaginación en la búsqueda de soluciones alternativas a la crisis del Antropoceno. Profundizar en la comprensión de los lazos que nos conectan con la naturaleza, basados en la interconexión y la interdependencia, son los principios que la crisis del Antropoceno y el cambio climático ponen de manifiesto (Carabajal et al. 2024; Carabajal et al. 2025).

Recreando los lazos de interconexión e interdependencia

América Latina es reconocida por su gran capacidad de resistencia frente a los embates de la crisis ambiental. Es la tierra donde emergen estrategias alternativas que cuestionan críticamente los sentidos y significados de esta época actual (Ulloa 2017). Las propuestas teóricas y corrientes de pensamiento que surgen de esta región interpelan nuestra imaginación y enriquecen concepciones prácticas, políticas y éticas que problematizan los postulados de la modernidad occidental. Tal como indica Descola (2017), la antropología es una de las disciplinas mejor posicionadas para dar cuenta de cómo las sociedades componen y habitan el mundo y/o los mundos de múltiples maneras. Desde el marco del giro ontológico en antropología y los enfoques relacionales, los fenómenos del universo tienen agencia y subjetividad y por lo tanto es necesario construir relaciones de cuidado, cortesía y alianzas entre humanos y no humanos para mantener el buen funcionamiento y equilibrio del mundo (Carabajal et al. 2023). Considerar seriamente estas perspectivas en el Antropoceno, ya sea como ejemplos o como herramientas conceptuales y analíticas, resulta crucial para reflexionar y transformar las relaciones hacia otras prácticas y representaciones éticas, políticas y ontológicas; es decir, para el ejercicio de una cosmopolítica (Carabajal et al. 2023; Taddei 2017; Viveiros de Castro 2011). En este sentido, la antropología no solo puede dar cuenta de las estrategias de adaptación y mitigación que las diversas sociedades implementan para lidiar con los cambios climáticos, sino también incorporar a las discusiones las múltiples formas en que las comunidades se relacionan con la naturaleza (Cometti 2020; Tola et al. 2019; Taddei 2017; Taddei e Hidalgo 2016).

Muchos conceptos de carácter global, como el Antropoceno y el cambio climático presentan fuertes limitaciones cuando son analizados desde perspectivas territoriales y ontologías relacionales. Desde estas ontologías se plantea una mirada crítica que interpela el antropocentrismo, en tanto que el ser humano no es concebido como una especie privilegiada en el universo. Algunos autores destacan que, en las narrativas indígenas, la concepción del tiempo no es lineal, sino cíclica, espiralada, con múltiples finales y surgimientos (Tola et al. 2019). Asimismo, los pueblos indígenas han vivido cambios profundos desde la conquista y la colonización que denotan múltiples Antropoceno(s), destrucciones y actualizaciones del mundo, con explicaciones distintas de las que brinda la comunidad científica (Tola et al. 2019).

Como lo muestra la crisis ambiental y “civilizatoria”, transitar el Antropoceno requiere propuestas renovadas y colaborativas que no provengan sólo de los ámbitos académicos, sino que incluyan múltiples saberes y experiencias, muchos de ellos relegados de los espacios legitimados de producción de conocimiento. Pensar futuros alternativos para esta época constituye un gran desafío creativo, pero también una oportunidad para reflexionar sobre nuestro habitar en el mundo y (re)componer vínculos con los humanos (entre sí) y con los no humanos. Se trata de estimular la imaginación creativa y construir otros mundos y futuros alternativos.

La antropología del cambio climático y del Antropoceno: herramientas para lidiar con futuros inciertos

La humanidad atraviesa momentos turbulentos que son globales en escala, pero locales en impacto. La antropología del cambio climático y del Antropoceno viene ganando terreno, ya que históricamente se emplaza en y junto a las poblaciones más afectadas por los cambios en el clima. Estas poblaciones locales son las que tienen mayor capacidad creativa para adaptarse y proponer alternativas de futuro desde y para los territorios. Las herramientas conceptuales y metodológicas de la disciplina permiten construir un conocimiento local y contextualizado de las múltiples formas de habitar el mundo, reflejando la complejidad de las formas de vida humana y no humana y su interdependencia.

Uno de los desafíos más relevantes para las ciencias sociales y humanas es justamente vislumbrar y coproducir narrativas de futuro, especialmente en lo que refiere a la generación de propuestas que sean tomadas en consideración con el grado de legitimidad necesario en la búsqueda de soluciones a la crisis actual. Las perspectivas territoriales pueden permitir vislumbrar opciones que estimulen la imaginación creativa, que resalten la agencia humana y no humana y su capacidad de transformación constante. No es necesario proyectar hacia adelante para encontrar estas alternativas, ya que están en los territorios, en las luchas de los movimientos sociales e indígenas, en las prácticas comunitarias y soberanas, en los conocimientos locales. Por lo tanto, es clave fomentar las instancias participativas y abrir las discusiones a la pluralidad de sectores de la sociedad involucrados, no solo a los expertos, científicos y políticos como voces autorizadas (Carabajal et al. 2024). La inclusión de saberes y experiencias otras en la producción de conocimiento pueden potenciar la acción política en cuestiones que conciernen y atraviesan a todas las sociedades, aunque en diversa medida, intensidad y efectos. Aquí, la antropología puede convertirse en un puente de diálogo, en una plataforma de diplomacia ontológica que vincule múltiples y variadas formas de componer los mundos (Taddei 2020; Taddei e Hidalgo 2016).

La irrupción del Antropoceno y el cambio climático en tanto fenómenos globalizantes ha desencadenado un proceso reflexivo dentro de los ámbitos científicos sobre la forma en que se produce conocimiento con incidencia política, así como las maneras en que (co)habitamos el planeta con otras especies y nos relacionamos entre nosotros mismos. Sin embargo, no es solo en la esfera global donde se dirime el presente, sino más bien en las arenas locales, donde la contingencia y la incertidumbre, lejos de ser un obstáculo para las transformaciones son una potencialidad para (re)imaginar horizontes de futuro plurales. Las historias que contamos sobre el cambio climático, el tiempo y el clima en el Antropoceno, configuran nuestras percepciones y crean mundos. De esta forma, las narrativas que utilicemos para representar y definir esta época son cruciales para construir futuros distintos.

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Notas

  • 1
    Traducción de “Wicked Problem” y “Clumsy solutions” (Soluciones torpes).
  • 2
    Refiere las intervenciones a gran escala a través del uso de diversas tecnologías, sean de remoción de dióxido carbono de la atmósfera (CDR) o la modificación de la radiación solar (MRS).
  • Declaração de Disponibilidade de Dados:
    Todo o conjunto de dados que dá suporte aos resultados deste estudo foi publicado no próprio artigo.

Editado por

  • Editor-Chefe:
    Luiz Costa
  • Editora Adjunta:
    Adriana Vianna
  • Editor Adjunto:
    Carlos Fausto

Disponibilidad de datos

Todo o conjunto de dados que dá suporte aos resultados deste estudo foi publicado no próprio artigo.

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    06 Jul 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    31 Ago 2021
  • Acepto
    12 Feb 2026
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