Open-access La sostenibilidad de la vida: memorias migrantes entre mujeres mayores paraguayas en Posadas (Misiones, Argentina)

A sustentabilidade da vida: memórias de migrantes entre mulheres paraguaias idosas em Posadas (Misiones, Argentina)

Resumen

En este trabajo reconstruimos las trayectorias migratorias de tres mujeres paraguayas adultas mayores radicadas en Posadas, con el objetivo de comprender cómo, a través de sus memorias, se expresan las estrategias de subsistencia, las vicisitudes y los dilemas vividos en distintos momentos de su vida. Para ello, ponemos en diálogo algunas lecturas clave del campo de estudios en migración con los testimonios obtenidos mediante entrevistas en profundidad realizadas entre 2023 y 2024. A través de este enfoque analítico reconstruimos tanto las dinámicas de inclusión/exclusión que incidieron en la movilidad y la residencia, así como los hitos evocados que marcaron experiencias de desarraigo y arraigo, y el acceso a derechos. Consideramos que los modos en que la matriz de diversidad misionera moduló el flujo transfronterizo entre Paraguay y Argentina son fundamentales para interpretar las memorias del sostenimiento de la vida y la recreación de los sentidos de pertenencia de las personas adultas mayores paraguayas.

Palabras Claves:
memorias migrantes; sostenibilidad de la vida; región transfronteriza; Provincia de Misiones

Resumo

Neste artigo, reconstruímos as trajetórias migratórias de três idosas paraguaias residentes em Posadas, com o objetivo de compreender como, por meio de suas memórias, elas expressam as estratégias de subsistência, as vicissitudes e os dilemas vivenciados em diferentes momentos de suas vidas. Para isso, colocamos em diálogo algumas leituras-chave do campo de estudos sobre migração com os depoimentos obtidos por meio de entrevistas em profundidade realizadas entre 2023 e 2024. Por meio dessa abordagem analítica, reconstruímos a dinâmica de inclusão/exclusão que influenciou a mobilidade e a residência, bem como os marcos evocados que marcaram as experiências de desenraizamento e enraizamento e o acesso a direitos. Consideramos que as formas pelas quais a matriz da diversidade missionária modulou o fluxo transfronteiriço entre o Paraguai e a Argentina são fundamentais para interpretar as memórias de sustentação da vida e a recriação do senso de pertencimento dos idosos paraguaios.

Palavras-chave:
memórias de migrantes; sustentabilidade da vida; região transfronteiriça; Província de Misiones

INTRODUCCIÓN

A partir del entramado de relaciones que han configurado el espacio transfronterizo argentino-paraguayo (Abínzano 2017) y la matriz de la diversidad misionera, nos interesa abordar las experiencias de la población migrante paraguaya en Posadas (Misiones). Concretamente retomamos las perspectivas de tres mujeres paraguayas adultas mayores que emigraron en diferentes etapas: niñez, adolescencia y juventud, con quienes nos contactamos durante 2023 y 2024.

Para ello, realizamos una reconstrucción sociohistórica de esta zona transfronteriza que ponemos en diálogo con los testimonios de mujeres paraguayas, cuyas vivencias de desarraigo y arraigo permiten repensar las dinámicas de inserción social a partir de ciertas regularidades y matices.

Abordamos las memorias de las trayectorias migratorias desde la noción de “sostenibilidad de la vida” (Carrasco 2014), donde se condensan distintas dimensiones que afectan las condiciones, relaciones y prácticas que posibilitan la producción y reproducción social en contextos marcados por desigualdades estructurales. En el caso de las mujeres migrantes mayores, esto implica comprender cómo las trayectorias de movilidad han configurado su acceso a recursos materiales y simbólicos, su inserción en el mundo del trabajo, la asunción de responsabilidades de cuidado y la construcción de redes familiares-comunitarias para sostener tanto su propia vida como la de otras/os. Desde esta perspectiva, la sostenibilidad de la vida no se limita a la mera subsistencia individual, sino que se vincula a procesos colectivos de reproducción social, donde roles de género y coyunturas político-económicas han condicionado a quienes se les han asignado históricamente las tareas esenciales para la continuidad de la vida.

Como señalan Mallimaci Barral y Magliano (2023), la mayoría de los estudios sobre migración se han centrado en la población económicamente activa vinculada al mundo laboral, desatendiendo las experiencias de envejecimiento de las personas migrantes. No obstante, estos estudios han aportado valiosas perspectivas y herramientas para problematizar los desplazamientos-emplazamientos (Bruno 2022; Halpern 2011; Jiménez Zunino y Trpin 2021), proporcionando puntos de apoyo que aquí recuperamos para explorar las memorias migrantes entre personas adultas mayores. En este sentido, también resultan relevantes los estudios sobre experiencias de familias migrantes, en particular aquellos que abordan los vínculos generacionales inscriptos en distintos contextos de movilidad para afrontar la “integración/asimilación” en los lugares de destino (Gavazzo y Gerbuado Suárez 2020; Gavazzo et al. 2020; Gerbaudo Suárez 2024). Por ello, consideramos que trabajar desde una perspectiva diacrónica en las experiencias de envejecimiento (Cohen 1994) puede profundizar el análisis de los procesos migratorios y sus implicaciones en la sostenibilidad de la vida a lo largo del ciclo vital.

A los fines de organizar nuestro recorrido, en primer lugar, explicitamos las coordenadas teórico-metodológicas que orientan la reconstrucción e interpretación de las narrativas de las trayectorias migrantes. En segundo lugar, retomamos los distintos momentos del flujo migratorio paraguayo en la provincia de Misiones, considerando los procesos sociopolíticos, y económicos que los han modulado. Dichos procesos han tejido historias colectivas que, a la vez, diferencian y vinculan biografías según sus especificidades contingentes (Brah 2004). Mediante el análisis de fragmentos seleccionados de las entrevistas -que aluden a hitos significativos en el proceso de “asentarse”- damos cuenta de los dilemas propios de los “espacios de diáspora” (Brah 2011). En estos espacios, las nociones de “lo paraguayo” adquirieron ponderaciones y sentidos sociales que fueron configurando el sostenimiento de la vida de las mujeres migrantes paraguayas y su entorno inmediato.

BREVE ENCUADRE TEÓRICO-METODOLÓGICO

Algunas de las dimensiones analíticas que ponemos en consideración tienen como propósito comprender de qué maneras las producciones de las diferencias que encierra el misionerismo (Jaquet 2019) fueron incidiendo e inciden en los modos de relacionamiento de los grupos/sectores sociales y, por lo tanto, en el acceso a derechos, servicios, espacios habitacionales y laborales. Específicamente, en nuestro caso, nos interesa reconstruir los vínculos forjados entre la población nativa y las mujeres migrantes paraguayas que llevan varias décadas asentadas en la ciudad de Posadas.

Misiones es una provincia “joven”1, en relación a otras jurisdicciones, que funda su sello de distintividad en términos de biodiversidad y pluralidad de grupos constituyentes - colectividades migrantes y comunidades mbya guaraní- (Gallero y Krautstofl 2009). Desde su condición fronteriza2, y a lo largo de su historia, un conjunto de procesos sociopolíticos y económicos ha modulado sentidos de pertenencia local, donde lo nacional y lo foráneo se contornearon mutuamente con distintas intensidades.

En la actualidad, es común escuchar, por un lado, discursos públicos donde “integración”, “vecindad”, “hermandad”, forman parte del acervo con que se hace referencia a las personas de origen paraguayo, mientras por otro lado, algunas expresiones tales como “changa paraguaya”3 o el etiquetamiento de “paragua” remiten a situaciones, donde quien las enuncia, da cuenta de una situación desventajosa, de poco valor o algo poco deseable. Estas apreciaciones, que pivotean ambivalentemente de un extremo a otro, o bien con frecuencia están presentes en el discurso de una/un mismo enunciador, son las que nos conducen a detenernos en algunas dimensiones de las experiencias migrantes paraguayas en la ciudad de Posadas.

Si entendemos la migración paraguaya como la condensación de las significaciones de los “espacios de frontera” y de las configuraciones legales que regulan modos de desplazarse y fijar residencia (Halpern 2009), nos resulta imprescindible adoptar una mirada procesual capaz de mostrar la imbricación entre los hitos que modelaron los flujos migratorios y las huellas que dejaron en las experiencias de las personas. Esto implica abordar la cuestión migratoria paraguaya articulando niveles macro y micro para hilvanar los acontecimientos de mayor escala con los aspectos vivenciales de las residentes adultas paraguayas, vinculados a procurarse bienestar, sortear desventajas y afrontar sufrimientos en las distintas etapas del curso de sus vidas.

El planteo de Sayad (2010) que señala la necesidad de recuperar el fenómeno de la emigración y la inmigración como una unidad constituye el punto de partida de la reconstrucción migratoria del colectivo paraguayo en esta zona de frontera. En este sentido, el enfoque diacrónico de las migraciones nos permite captar los diversos pliegues que ha tenido el flujo poblacional-vecinal de acuerdo a los distintos momentos mediante los cuales se fueron conformando redes y circuitos de contención en la radicación de la población paraguaya en la ciudad. Desde esta perspectiva, resulta clave atender los dilemas del desarraigo y de la sobrevivencia en el nuevo destino, enlazando la vivencia subjetiva migratoria con su contexto social (Halpern 2011).

En este trabajo nos centramos en los relatos de mujeres mayores paraguayas, de entre 65 y 84 años, que residen actualmente en Posadas. Gracias a los contactos previos con sus familiares allegados (hijas/os y sobrinas/os), quienes se convirtieron en nexos imprescindibles para reconstruir sus testimonios, nos fue posible entrevistar a estas mujeres adultas. Sin embargo, esta no fue una tarea sencilla. Por un lado, muchas personas mayores a prima facie no se reconocen migrantes o expresan sentirse “más misioneras que paraguayas”. Por otro lado, la posibilidad de llevar a cabo las entrevistas suscitó con frecuencia cierto resquemor al rememorar el desplazamiento desde Paraguay, al que siguieron otros -ya sea hacia distintas localidades de la provincia o, en un caso, hacia Buenos Aires- hasta establecerse finalmente en Posadas. A medida que mis interlocutoras narraban los pormenores de su radicación en Misiones, fui comprendiendo las huellas que el desarraigo había dejado: el proceso de hacerse de un lugar/hogar, las vicisitudes de reconocerse paraguayas y la necesidad, en ocasiones, de desdibujar sus orígenes para mostrarse integradas en la sociedad misionera. En cierto modo, el acto de contar representaba para ellas un alto grado de exposición, pues identificarse y ser identificadas con “lo paraguayo” les remitía a situaciones adversas que habían sido difíciles de afrontar.

En la reconstrucción de los relatos buscamos resaltar las implicancias de los procesos migratorios respecto del acceso a la educación, la organización del cuidado familiar, la crianza, los trabajos formales e informales y las estrategias de sostenimiento ante diversas circunstancias. Estas dimensiones conforman las “memorias migrantes”: actos de recordar atravesados por borraduras y silencios donde las personas significan performativamente vivencias pasadas desde marcos interpretativos del presente (Baeza et al. 2016). Reconstruir-las conlleva un análisis de “narrativas de posición” (Rojas Silva y Álvarez Martínez-Conde 2023), es decir, de relatos que, si bien están moldeados por la estructura social, no están completamente determinados por ella y solo pueden comprenderse en su carácter procesual y relacional. Bajo estas coordenadas, abordamos entonces cómo en dichos relatos se despliega un entramado de sentidos y prácticas de identificación y desidentificación que configuran posiciones sociales en contextos específicos. Estas posiciones -atravesadas por nociones de alteridad, jerarquías y sentidos de pertenencia (Rojas Silva y Álvarez Martínez-Conde 2023)- se articulan con las experiencias de envejecimiento y las construcciones de género, en las cuales se releen determinados roles, expectativas y normas sociales (Debert 1994).

En síntesis, nuestro análisis avanza en dos direcciones: reconstruye los procesos sociales, políticos y económicos que marcaron los movimientos poblacionales en la frontera, y ofrece una interpretación de las “memorias migrantes” de estas mujeres mayores, en torno al sostenimiento de sus vidas en origen y destino, las posibilidades de arraigo, las expectativas de “estar mejor” y los modos de percibirse/sentirse paraguayas.

FLUJOS MIGRATORIOS Y PROCESOS SOCIALES-ECONÓMICOS-POLÍTICOS

Las dinámicas migratorias transfronterizas entre Misiones, en particular Posadas (Argentina), y Encarnación (Paraguay) han sido una constante que caracteriza la región (Bruno 2009a). Sin embargo, la corriente migratoria paraguaya hacia la Argentina varió en magnitud, zonas de asentamiento y perfiles poblacionales, según las políticas de ocupación y los ciclos político-económicos de ambos países (Bruno 2021; Cerrutti y Parrado 2006; PNUD 2009)4.

La presencia paraguaya en el actual territorio misionero es de larga data (Palau 2011). En 1885 representaba el 11,9 % de la población de Posadas y en 1920 el 13,8 % (Pyke 2016), en su mayoría hombres. Tras la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), la movilidad desde Paraguay respondió a la demanda de mano de obra en ciclos de cosecha y frentes extractivos que acompañaron la ocupación del Territorio Nacional Misionero (Abínzano 1985)5.

El flujo paraguayo se intensificó entre la Guerra del Chaco (1932-1935) y la guerra civil de 1947 en Paraguay, sumado al declive minifundista que expulsó a las familias rurales (Morínigo 2005). Hacia fines de los años cuarenta, migrantes paraguayos/as reemplazaron la mano de obra nativa que emigraba a Buenos Aires (Bruno 2009b). Su inserción laboral fue precaria y fluctuante tanto en las economías regionales como en los procesos de urbanización (Bruno 2008). Entre 1947 y 1960 se registró el mayor flujo hacia el noreste argentino (Palau 2011).

Entre 1950 y 1970, la dictadura de Stroessner y la consolidación de los latifundios en Paraguay (Cossi 2012; Halpern 2009) impulsaron nuevas migraciones. En Misiones, ello coincidió con la crisis agraria local, que expulsaba población rural hacia los cordones urbanos, sobre todo en Posadas (Schiavoni 2008). Allí, la población paraguaya se concentró en barrios ribereños segregados y pauperizados, vinculada a trabajos informales en construcción y servicio doméstico (Bruno 2009a; 2009b).

La valorización del espacio derivada del proyecto hidroeléctrico Yacyretá, impulsado entre Argentina y Paraguay en la década de 1970, implicó un reordenamiento territorial y la relocalización de numerosas familias (Brites 2019; Jaume 2011), consolidando nichos laborales de empleos considerados “poco o no calificados”.

En los años 90, la expansión del monocultivo de soja en Paraguay provocó un nuevo desplazamiento de las familias rurales hacia las ciudades, especialmente Buenos Aires, y hacia destinos limítrofes y europeos (Palau 2011; López 2009). Misiones se convirtió entonces en un espacio de residencia transitoria. El inicio del proceso democrático en 1989 coincidió con el refuerzo de las políticas neoliberales regionales que acentuaron los flujos migratorios. Entre 1990 y 1994 se registró uno de los picos más altos de ingreso de paraguayos a la Argentina (López 2009). Las políticas migratorias argentinas fueron ambiguas y contradictorias. El Tratado de Asunción de 1991 creó el Mercosur, promoviendo la integración regional (Linares 2021; Novick 2010). Si bien se abrió una amnistía para regularizar la situación de ciudadanos limítrofes, el Decreto 1013/92 del gobierno argentino restringió el ingreso y la permanencia de migrantes, amplificando los discursos discriminatorios (López 2009).

A nivel local, la inauguración del puente internacional San Roque González de Santa Cruz en 1990, entre Encarnación y Posadas, también expresó esas ambivalencias: aunque impulsó la integración, generó nuevas tensiones (Betrisey Nadali 2007). En el ámbito sanitario, la recesión argentina impulsó una “racionalización de recursos” que evidenció las fisuras del Mercosur: los acuerdos bilaterales entre Argentina y Paraguay establecieron prioridades de atención, arancelamientos y certificados de pobreza para eximir ciertos pagos para el acceso al sistema público de salud (Sintes y Báez 2001).

Las fricciones no se limitaron al campo sanitario, también se expresaron en términos de “competencia laboral” (Betrisey Nadali 2007). En este contexto, la figura del paraguayo/a fue asociada a nociones de “aprovechadores” y “ventajeros”, alimentando la desconfianza hacia los proyectos de ordenamiento territorial derivados de la Entidad Binacional Yacyretá (EBY). Tales discursos reforzaron los controles fronterizos y legitimaron inserciones laborales precarias, mientras la “integridad fronteriza” adquiría significados fluctuantes. Los imaginarios sociales oscilaron entre ver al colectivo paraguayo como “consumidor-depredador” de recursos y reconocerlo como mano de obra indispensable para el desarrollo urbano de Posadas.

Durante la segunda mitad del siglo XX, la condición de extranjería se redefinió en negociaciones cotidianas entre “nosotros-otros” permeadas por fricciones diversas. En el siglo XXI, la Ley 25.871/2004 reconoció el derecho a migrar como derecho humano, garantizando salud y educación sin distinción de estatus (Pacecca y Courtis 2008). En 2006, el Programa “Patria Grande” promovió la regularización documentaria (Domenech 2011), aunque su impacto local fue limitado: en 2013 aún persistía el desconocimiento de la ley y del programa entre los funcionarios y la población local (Krautstofl y Bondar 2013).

Estas coyunturas -inscritas en los procesos sociopolíticos mencionados- plantearon dilemas y estrategias de sostenimiento de la vida entre las personas adultas mayores paraguayas a lo largo de sus trayectorias migratorias. A continuación, reconstruimos sus recorridos a partir de los hitos señalados en las conversaciones con nuestras interlocutoras, iniciando con una semblanza que destaca similitudes y particularidades, para luego retomar sus relatos6.

TRES TRAYECTORIAS: EL “HACERSE UN LUGAR”

La permanencia en la provincia de mis interlocutoras es de larga data, hace al menos 45 años que viven aquí. Cada una migró, tal como adelantamos, en una etapa distinta de su vida: niñez, adolescencia y juventud temprana.

Todas ellas nacieron en entornos rurales, en las chacras de abuelas/os y padres/madres de familias numerosas, teniendo entre 8 y 15 hermanas/os. Dos vinieron sin su familia nuclear, para integrarse a la dinámica familiar de parientes próximos o allegados (tías/tíos, compadres/comadres) ya instalados en Misiones. Como veremos, la salida de Paraguay remite, para dichas mujeres, a una serie de cuestiones que se encadenan como “consecuencia de” aspectos vinculares ante situaciones de vulnerabilidad. Algunos de los derroteros migratorios aluden a un desplazamiento ligado a las circunstancias de sus familias nucleares. En este marco, la crianza de hijas/os a través de la familia extendida -localizada en Posadas u otros puntos de la provincia de Misiones- o bien en algunas instituciones religiosas constituyó una manera de hacer frente a las constricciones de vida en el Paraguay. Así, la “elección” del traslado fue asumida por las personas adultas mayores a cargo, antes que, por ellas mismas, lo cual confiere un cariz particular a dicho desplazamiento/emplazamiento. Otra emprendió su traslado en su juventud temprana, con el apoyo de la familia paraguaya residente y con ciertos conocimientos de los circuitos de movilidad establecidos por otros connacionales.

En lo que sigue, reconstruimos los tres relatos organizándolos en torno a las condiciones de partida y llegada, las formas de inserción social y las redes de contención en el sostén de sus vidas-entornos que permiten dar cuenta de las relaciones entre “nosotros” y “otros”. Elegimos un modo de hilvanar sus vivencias recuperando las propias concatenaciones que nuestras interlocutoras iban trazando al evocar los distintos momentos de sus vidas, para luego adentrarnos en las cuestiones comunes y en los matices de las experiencias narradas.

AMELIA (84 AÑOS)

Amelia llegó de niña a Posadas para vivir con uno de sus tíos, quien trabajaba como sereno en un hotel de Posadas cercano a la zona portuaria que se conoce como la Bajada Vieja. A pesar de haber logrado un trabajo estable aquí, la manutención familiar no era fácil, estaba sujeta a fluctuaciones: “¿sabes qué decía él?... que sacaba más de la propina que le daba la gente, que el sueldo. Mira cómo era ya así la gente. Vivía más por propinas, que por el salario”.

No recuerda la edad exacta en la que vino para la Argentina. En el documento figura su entrada al país en 1948, a los 7 años de edad. Estima, no obstante, que ella debió ser más grande pues, “vine a ayudar en las tareas de la casa de mis tíos”. Su tío viajaba periódicamente cada año a la chacra de su padre ubicada en el Municipio de Gral. Artigas (Departamento de Itapúa), donde había yerbales y se criaban algunos animales de granja. Cuenta que en una de esas visitas su tío le preguntó al padre: “si me quería mandar para acá, para la Argentina. Y ahí papá dijo que sí. Ellos decidieron. Mi tío fue como un papá aquí. Era una práctica muy común: vos tenés tus hijos a una determinada edad y si hay otro pariente, más o menos mejor, le das tu hijo”.

Señala que era difícil gestionar los documentos en Argentina: “te registraban cuando podían. Hasta ahora hay problemas de personas que vinieron hace años, criaron todos sus hijos aquí y no figura la entrada al país o tuvieron que poner otro año”. Amelia tiene su residencia permanente y actualmente vive en la casa de una de sus hijas. Recuerda que su primer viaje fue en tren hasta Encarnación y que de allí cruzó en bote hacia Posadas.

A cambio de realizar las tareas domésticas de la casa, Amelia fue a la escuela primaria junto con sus primos:

Siempre llegaba tarde a la escuela. Una vez la directora me llamó para hablar y preguntarme: “¿cómo -si tenés buenas notas, tenés el cuaderno completo- llegas todos los días tarde? (...) Es que primero tenía que dejar listas las cosas de la casa antes de salir y eso me retrasaba. Me propuso que me fuera a vivir con ella como su criada, así eso no me pasaba. Pero no era así, mis tíos eran mi familia, yo debía ayudar ante todo a mi tía con las tareas de la casa. Ni mi tío, ni mi papá, iban a permitir eso. Ellos aquí eran mi familia.

La decisión de venir hacia la Argentina era “para tener un mejor porvenir”.

Algunas/os de sus hermanos vinieron hacia la Argentina, posteriormente, para instalarse en Buenos Aires y en Posadas, mientras que otro/as quedaron en las inmediaciones de la chacra del padre, en Encarnación y en Asunción. Todos los que se fueron a instalarse a otros sitios -remarca Amelia- lo hicieron “con una mano atrás y otra adelante”.

En la chacra se crió con su madrastra que “sabía hacer de todo en el campo”. Cuenta que la vida allí era muy sacrificada:

No había comodidades, ni confort. Mi madrastra hacía de todo, hilaba lana para hacer en el telar las mantas de cama, para no pasar frío. Se carneaba algún animal y hacían charqui como le dicen acá. Todo se aprovechaba, el cuerito (…). Se mataba esos chanchos grandes, llenos de cebo. Mamá fritaba para hacer chicharrón y alzaba la grasa para octubre. Es la época más seca. No hay nada para cosechar. Por eso está el karaí octubre, que es muy famoso. Tenés que cocinar como si fuese… con todo lo que te resta en la casa para espantar al karaí octubre que es lo que te trae penuria.

Actualmente Amalia sigue preparando el primero de cada octubre el Yopará [guiso] para pedir prosperidad a su familia: “siempre hay que recordar, trabajar y cuidar para espantar la miseria, no podés desatender”.

Su padre era veterano de la Guerra del Chaco. Relata que por un tiempo la familia lo había dado por muerto:

Terminó la guerra y mi papá no había aparecido, habían perdido el rastro. A él le dieron por muerto. Le dieron por muerto porque no volvió a la casa cuando terminó la guerra. Entonces parece que él terminó la guerra y salió a recorrer. Vino a la Argentina (…). Se fue a Asunción y después vino acá. Y nadie, nadie sabía. Cuando lo vieron de nuevo quedaron impresionados.

Tiempo después volvió al Paraguay “era todo un desastre”. De la Guerra del Chaco su padre no contaba mucho: “era reservado, solo entre hombres se hablaba de esas cosas”. Amelia piensa que su padre no quería contar porque ese período es parte de una “historia triste”.

Casi todos los años Amelia volvió a la chacra de “visita nomás” acompañada por sus tíos y luego por su marido y sus dos hijos. Cuando iban, “era la alegría de encontrarse”. No obstante, matiza esas visitas al relatar algunos sinsabores: “Ellos nos llamaban curepí. Mi marido no entendía guaraní. Quedaba fuera de las conversaciones y yo tenía que siempre estar así al lado, de traductora. Me miraba él y nosotros éramos los curepí” [kuré o cure (cerdo), (piel), piel de cerdo]. Según Amelia, el término alude al cuero de cerdo que usaban los soldados argentinos como protección en la Guerra de la Triple Alianza. Se aplica a paraguayos en Argentina que exhiben “formas de hablar o actitudes que les hace parecer argentinizados (…) para marcar arrogancia, prepotencia. Es una picardía, una broma”.

Amelia no les enseñó a sus hijos a hablar guaraní: “sabes que antes me decían, ¿sabes por qué yo no le dejaba a ellos? Me decían que ellos no tienen que hablar porque les atrasa en el colegio”. Cuando iban de visita los primos también solían reírse de sus hijos: “porque tampoco entendían nada”.

Comenta que nunca pensó en volver, fue siempre de visita para “sentirme con los míos”, con los cuales, a pesar de la distancia, tenía una relación especial. La vida en el barrio de Villa Sarita (Posadas) -cercano a la costa del río Paraná- donde Amelia pasó su infancia y adolescencia tampoco era fácil. En ese entonces, las calles eran de tierra y el acceso al agua era posible en una “canilla pública” donde las personas iban con baldes para acarrear hacia la casa:

Cargaba en esos tanques de… de no sé cuántos litros ha de tener, porque de ese lavábamos la ropa a mano, todo. No es como ahora que tenés todo servido (…). Del aguatero comprábamos agua para lavar la ropa, limpiar la casa nomás. Mi tía no quería tomar esa agua, tenía que ser de la canilla.

En su juventud, los domingos le gustaba ir a pasear e ir a los bailes sociales en el club de fútbol Guaraní que quedaba cerca de su casa. Amelia comenta que, también, “se hacían bailes en el Parque Japonés”, emplazado en lo que hoy se conoce como parque República del Paraguay. En ese entonces: “(...) había tres pistas de baile para cada clase social: alta, media y baja. No se mezclaba la gente”. Relata que cada pista tenía un nombre: en la Puloil [referencia a un polvo limpiador] iban las jóvenes paraguayas que trabajaban en casas de familia como domésticas; la Palmolive [marca de limpieza de aseo personal] la clase media; y la pista Caté de la clase alta, para los niños bien, caté, no se cruzaban”.

Si bien conoció a quien fue su esposo en uno de esos bailes a los que concurría: “ya nos teníamos vistos. Nos encontrábamos la canilla pública. En la esquina de la casa de él estaba la canilla”. Cuando su marido entra a prefectura, ya casados se trasladan al norte de la provincia de Misiones: “Era en medio del monte, teníamos 23 años. El destacamento era dos casas nomás”. Ahí vivía el encargado, ellos vivían un poquito más separados, “en otra casita qualunque, tenía piso de madera. No había electricidad, no tenía radio. La luz era de farol nomás. Era sacrificado”. En ese entonces Amelia, su primer hijo tenía tres años y estaba embarazada de su segunda hija. Cuenta lo sacrificado que era vivir allí:

Para ir a lavar había que ir al arroyo. Tenía que caminar un poquito. Estaba prácticamente sola y tal vez algunos vecinos (…). Bastante sola, digamos, a la noche y todo eso era monte. Ni miedo que teníamos. Nos levantábamos, mirábamos por la ventana el río.

Cuando su hija menor cumple los tres años, se mudan a una localidad cercana, Eldorado: “allí era un poco más fácil, vivíamos cerca del muelle”. Pudo tener animales de chacra, se las “rebuscaba” para complementar la economía del hogar. Comenzó a cocinar el almuerzo de quienes trabajaban en el puerto, luego se puso una despensa en su casa: “podía hacer las cosas de la casa, manejar los horarios, a la tarde se llenaba de gurises [niños/as] mi casa”. Rememora que había buena relación con sus vecinos “(…) en el terreno teníamos muchos frutales, teníamos muchos árboles de la que se conoce como mandarina mariscal. Se llenaba, se cargaba de mandarinas. Llamaba a los vecinos para que carguen y lleven”.

Cuando sus hijos llegaron a la adolescencia, Amelia y su marido decidieron enviar a sus hijos a Posadas para que estudien la secundaria. En este caso, fueron la hermana menor -que Amelia había traído a vivir con ella a Posadas apenas se casó con su marido- y una familia amiga quienes “cuidaron de los chicos hasta que a mi marido le salió el traslado de nuevo a Posadas”. Tener a su hermana cerca, le daba mucha alegría. Su hermana vivió por mucho tiempo cerca de lo que se conocía como la “Laguna de San José”: un lugar conocido porque ahí se juntaban las lavanderas para lavar la ropa en la vera del río. Amelia rememora que cuando su hermana se enteró de que la EBY iba a relocalizar por la crecida del río, “le agarró el quebranto (…) pensó que, por ser paraguaya, no la iban a trasladar a su familia. Le dio miedo de perder todo”. Solo al ser censados como “familia damnificada”, la hermana quedó tranquila. Finalmente fue trasladada al barrio denominado A3 2.

Amelia actualmente cobra la pensión de su marido. Me confiesa: “tengo muchos dolores en las rodillas, pero no me gusta ir al médico”. Se considera una mujer “fuerte”: “muy pocas veces me enfermé. Cuando era chica había que aguantar si te dolía. Mis tíos me llevaban a un médico particular que conocía y atendía a paraguayos”.

ALBA (78 AÑOS)

Alba se instala en Posadas en su adolescencia, a los 13 años (1960). Ya conocía la ciudad, porque “tenía a mi madrina, la hermana de mi mamá, veníamos de visita”. Cuenta que sus abuelos españoles se instalaron en Paraguay luego de la Primera Guerra Mundial:

(...) Era un lugar donde iban todos los inmigrantes y se les daban campos, que después ellos tenían que trabajar, convertirlos en chacra o criar animales. Bueno, mi abuelo criaba animales. Crecieron sus once hijos.

Cuenta que su abuela se quedó sola con la crianza de sus hijos, luego que su abuelo la abandonara. Su papá iba y venía de Paraguay a Oberá (Misiones):

(...) No faltó uno que apareció y le dijo “vamos a la Argentina”; entonces él vino para acá (...) Él se hizo una casa ahí, trabajaba allá y se iba cada tres, cuatro meses a Paraguay, donde vivía mi abuela a llevar un poco de dinero y a manejar a los peones, ver qué plantar, si plantar mandioca o qué. Y si comprar animales (...).

Cuenta que conoció a su mamá en un baile de un pueblito cercano a Oberá. En ese entonces su mamá tenía 16 años: “le trajo acá en Encarnación y le pasó en canoa para acá a mi mamá. A los 17 ella ya se embarazó, a los 18 ya me tuvo a mí”. Relata que su padre:

Iba y venía (…). Trabajaba acá y allá, trabajaban otras pobres gentes de sol a sol. Yo vi todas las miserias. Nosotros no pasábamos tan mal. Hambre, esas cosas no, porque se procuraba todo lo que se podía en el campo (…). Vino mi abuelita a vivir con nosotros. La abuela, la mamá de mi papá y ella era muy hacendosa, hacía de todo para comer (…).

Alba, relata que

En un enero apareció una bandada de monjitas que buscaban chicas para traer al convento (…). Y a mi papá y a mi mamá le pidieron por mí las monjitas de acá, de la Santa María. Mi otra hermana se fue a Buenos Aires, en el otro convento. Otra hermana se quedó en Encarnación. Nos distribuyeron por todos lados. Bueno, yo estuve ahí hasta los 17 que terminé el quinto año de la secundaria.

Cuenta que en ese entonces “eran muchas bocas para alimentar, había que buscar un destino para los hijos”. Al terminar el secundario, Alba tenía que decidir si iba a tomar los votos para consagrarse monja: “me mandaron de nuevo a la casa de mis padres para ponerme a prueba, para ver si yo tenía tendencia al mundo, si yo quería bailar, si quería tener novio. Si era así tenía que volver y renunciar (…). Yo ya era novicia”. Alba cuenta que en Paraguay salió con sus primas al baile:

(…) Mi mamá me hizo un vestidito de una telita floreada, fruncidito acá y con voladitos acá [hace las señas con las manos]. Allá llegué y como avispa los muchachos, encima yo blanca como miel. Y mi pelo, distinto. Cuando vos no salís al sol, sos distinta. Y enseguida conseguí tres candidatos (…). Me fui y le conté a mi papá. “¿Qué sentiste?”, me dijo, y en ese momento le digo: alegría, porque me halagaron; pero a la vez arrepentimiento porque estoy faltando a mi voto y yo tengo que ir de acá a hacer el voto para monja. ¿Y cómo? ¿Qué le voy a decir al padre? ¿Qué vine a bailar, que me gustaron los muchachos? Y me dijo mi papá, “¡pensá bien, hija, lo que vas a hacer! Porque una vez que salís, no entras más”.

Pasado el verano, Alba regresa al convento para tomar una decisión:

Me dieron 15 días de enclaustramiento para pensar (…) hablé con el cura: “yo quiero servir a la humanidad, quiero servir a mi prójimo” y me dijo: “hay muchas formas, podés estudiar para enfermera, para maestra, y podés ser, no te digo médica, porque cuesta mucho en plata (…).

Alba narra que: “les dijeron a mis padres que me retiraran porque no era mi vocación. Para ellos era una vergüenza que la hija que ya era casi monja renunciara. Entonces me quedé con mi madrina acá”. Aquí me veían diferente: “no era simplemente una paraguayita. Había terminado el secundario”. Alba con la ayuda de su madrina comienza a estudiar en la Cruz Roja por tres años. Recuerda de modo ambivalente su adolescencia: “gracias a las monjas aprendí muchas cosas, ser hacendosa, a cuidar, estudiar me permitió entrar a la Cruz Roja”. Además, asentarse en Posadas le permitió ser el nexo para que sus hermanos menores pudieran venir:

(…) Porque en ese entonces no tenían derecho a pasar en ciudades, tenían poco acceso. Pero mi madrina y yo servíamos de nexo y le trajimos a todos (…). Ellos ni se acuerdan o no se quieren acordar. Vinieron todos para acá. Y después papá los llevó a todos a [menciona una localidad del interior de Misiones], en la casa que había comprado para poder estar como argentinos. Así les puso argentinos a todos, le cambiaron todos los nombres, todo. Porque ellos tenían nombres paraguayos, documentos paraguayos y eso no servía, eso se quemó todo (…). Adoptaron otro nombre. Tenían que cambiarse el nombre, no se podía llamar Wilson. Se cambiaba el nombre, mismo apellido. Y bueno, así fue que cada uno de mis hermanitos empezó a estudiar. Se recibieron en la escuela primaria, después hicieron secundario en la nocturna (...).

Alba remarca: “ninguna de mis hermanas y hermanos que vinieron se reconocen paraguayos. Es algo que no se puede hablar con ellos”. Cuenta que asumió la crianza de sus hermanos hasta que sus padres se instalaron en Misiones: “(…) yo ya me había casado y vivía acá, traje un hermano, después traje dos hermanas a estudiar acá. Y después le hablé a mi papá y mi mamá: “¿Qué van a quedarse los otros hermanos allá?”. En ese entonces,

Había mucho trabajo en Posadas (…) Nosotros hacíamos los trabajos que los argentinos no querían. Mi hermano trabajó en la construcción y después estudió en maestro mayor de obras. Había más posibilidades de trabajo porque acá se empezó a hacer edificios; entonces había más trabajo en la construcción, se hacían los caminos y los paraguayos trabajaban en eso, también en plomería, en tornería (…). Mis hermanas trabajaban, una trabajaba a la mañana como cuidadora de chicos. La más grande como empleada doméstica y a la tarde estudiaba.

Alba recuerda que tuvo varios “quebrantos” durante su vida: “era sacrificado todo, mucho de poner el cuerpo (…). Los paraguayos somos de salir adelante, pese a todo”. A lo largo de su vida laboral trabajó como enfermera en dos hospitales públicos de Posadas: “en el comienzo hacia las guardias de emergencia, 12 horas por día trabajaba”. Alba entró en el sistema público de salud en la década del setenta y recuerda su actividad laboral como dura, de mucha dedicación y desgaste: “yo entré a trabajar y a veces no había camillero. Bajábamos las enfermeras, entre dos y si el chofer de la ambulancia estaba con el buen chipá [predispuesto] nos ayudaba. O si no, las dos enfermeras nomás. Así también terminé, con tres hernias de disco, arruinadas las rodillas”. Cuenta que se fue ganando el puesto en el hospital: “Curso que se daba, curso que yo hacía”. Además, saber el guaraní le fue abriendo paso en el reconocimiento de su labor:

Yo sé hablar bien el guaraní, el guaraní fronterizo. Cuando venían a atenderse mis paisanos ya me llamaban a mí para que se vaya traduciendo lo que decían. Por eso no se desprendían de mí, me pedían en distintas salas (...).

Relata que los pacientes paraguayos,

Siempre venían como de urgencia para atenderse. Siempre de urgencia. Porque era la única manera de acceder. Porque si ellos pedían turno, no era posible. O sea, venían siempre ahí al filo, de urgencia: reventando el apéndice o la vesícula, grandes quemaduras, accidentes de construcción. Se atendían los de acá, pero también de Encarnación y de más lejos, de lugares que yo ni conocía (…). Algunos venían con un familiar que se quedaba muchas veces a cuidarles y otras veces, una vez que se internaba, volaban. Algunos le mandaban con historia clínica, le mandaban con un familiar y los médicos de acá tenían la obligación de internarle, porque había un convenio entre Paraguay y Argentina para ese tipo de paciente y cuando estaban bien, se le daba el alta y después volvían peor, porque allá no había remedio allá. Si tenían algún pariente, se las arreglaban acá, con alguno que tuviera los papeles en regla, con residencia (...).

Aclara, no obstante: “los paraguayos somos de aguantar mucho, demasiado, no le vamos al médico fácilmente”. Alba afirma haberse

(…) hecho de abajo. Crié a mis hijos prácticamente sola, enviudé joven (…). Cuando me vine a vivir acá [en referencia a su actual casa], ni agua teníamos. Venía el carrito con caballo a cargar (…). Vivíamos en un barrio con muchas necesidades. Ahora Posadas cambió mucho.

Cuenta que, como sus vecinos sabían que ella era enfermera, le venían a consultar, a pedirle que les aplicara las inyecciones y a preguntarle cómo tratar la sarna. “Me fui ganando un lugar aquí. Me respetan”, afirma.

A diferencia de sus hermanas/os, Alba se dedicó a estrechar lazos con residentes paraguayos en Posadas. Le quedan parientes en Paraguay, pero no ha mantenido contacto fluido con ellos. Sigue en contacto con algunos médicos a los que considera “amigos”, a los que consulta por sus dolores de espalda y rodillas: “¿Cómo es que comiendo tan sano ando así, con tantos dolores?” Ellos le responden: “Doñita, usted trabajó duro, tuvo una vida muy sacrificada”.

BERTA (65 AÑOS)

Berta nació en una zona rural, a 70 kilómetros de Asunción: “en el medio del campo, allá donde el diablo perdió el poncho como se dice, la vida ¿no? Es gracioso ¡eh!”. Recuerda que en su infancia:

Mi papá iba a pescar y comíamos mucho pescado, nunca nos faltó nada, ninguna legumbre. Teníamos choclo, maíz, batata, mandioca y carne. Por ahí no se podía carnear tan seguido, se consumía algo y lo que quedaba se dejaba que seque al sol, cecina le decimos nosotros (…). Eso se guardaba todo después en una bolsa de arpillera y ahí secaba para hacer empanada, guiso, etc. Fue una infancia linda y mi mamá no sé cómo de dónde sacaba la paciencia y la enseñanza de los valores (...) criaron 13 hijos (…).

Rememora que, en el campo, su papá era ayudado por sus hermanos:

(…) Tengo 8 varones (…) mis hermanos que eran todavía chicos aprendían las cosas de la chacra; por ahí mi papá le decía a otra persona que le venga a ayudar (…). Allá eso es lo que tenía, si se tenía se ayudan, no se vendía nada (…). En el campo no se vendía nada (…). Sí tenías mandioca que plantaste antes que yo, vos me dabas dos líneas para mí ponele…y cuando yo tengo también te doy las dos líneas y así era la mano (…). Préstame plata o lo que sea y se daban la mano y ya está, qué papelito ni nada, era la palabra. A fin de mes te voy a pagar y era fin de mes y te pagaba. Y después era si tenías vos poroto, ya le dabas también por otra cosa. También con la fruta, si yo tengo mango y vos, naranja, y así, muchas cosas.

Cuenta que solo dos hermanos pudieron quedarse cerca del campo, los demás “nos fuimos desperdigando”. Algunos de sus hermanos quedaron próximos en el pueblito, y otros se fueron a instalar en Asunción: “Una de mis hermanas de Asunción, de generación a generación, cuidó chicos. Empezó con su primera patrona y después siguió con la hija que tuvo sus hijos”.

Berta, llegó a la Argentina con 22 años de edad, en el año 1980. Estuvo en Buenos Aires dos años donde vivió con su suegra, también paraguaya, quien ya hacía décadas se encontraba residiendo en uno de los barrios de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Conoció a su actual marido, nacido en Buenos Aires, en Paraguay en un baile:

Mi marido había venido a visitar a sus parientes. Resulta que la abuela y la mamá son paraguayas. La abuela siempre vivió como ama de llaves, ella era la dueña cuando se iban de vacaciones la patrona, era una fiel señora (…). La abuela envejeció y ya con 80 y pico le dijo a mi marido que quería ir a Asunción para morir y enterrarse junto con los hermanos, que no quería morirse en Buenos Aires, entonces le acompañó a su abuela a Paraguay (…). Y bueno, ahí fue que nos conocimos nosotros. Había sido que en el mismo barrio donde yo estaba trabajando en una casa de niñera, siempre estaba trabajando (…) Se hacía una fiesta cerca.

Entusiasmada expresa:

Cuando escuché así porteño digamos, me enamoré así de la voz linda, porque el paraguayo siempre fue [se queda pensativa]. Yo tenía a mi novio y siempre fue tan duro y yo siempre decía: “cómo quisiera un argentino, dios” y cuando escuché, me enamoré a primera vista.

Cuenta que, en su casa, enseguida aceptaron a su marido: “no sabés, el amor que le tenían, todos embobados quedaban como él hablaba y todos lo querían un montón”. Contrasta la situación de la familia de su marido: “mi suegra no me quería, había un rechazo. Su familia por más que era paraguaya [se interrumpe], como diciendo acá [Buenos Aires] hay miles de mujeres y cómo va a ir allá a traer a ésta. Después, con el correr del tiempo, me aceptaron”.

Berta comenta que se casaron al año de haberse conocido. Vivieron un tiempo en un pueblito, cerca del campo de sus padres, donde pusieron un negocio donde vendían minutas, pizzas, sándwiches: “Estuvimos un tiempito nomás, imagínate que ninguno de los dos teníamos plata; él era un chico joven, 22 años y lejos de su lugar. Plata en sí -a no ser que se venda una vaca o algo así- no teníamos. Y él estaba lejos de su lugar”. Ante las dificultades económicas deciden mudarse a Buenos Aires, su hija mayor -nacida en Paraguay- apenas tenía 9 meses.

Una de sus hermanas vino a la Argentina: “ella me ayudó cuando nació prematuramente mi hijo y terminó instalándose”. En ese entonces vivían en Eldorado [norte de la provincia de Misiones] donde su marido trabajaba en la fábrica de celulosa. Allí Berta y su esposo tienen cuatro hijos más. Cuenta que esos años fueron para ella los “más felices”: “casi todas las familias de la fábrica nos conocíamos, eran de todos los lugares: Córdoba, San Juan, Santiago del Estero, Rosario”. Entre las familias se visitaban, hacían festejos de cumpleaños, encuentros en la plaza mientras sus hijos jugaban. Relata que era frecuente conversar y compartir con las vendedoras paraguayas que pasaban por su casa:

Las vendedoras eran mis amigas y hablábamos en guaraní o tomamos mate hablando guaraní porque a mí me encanta. Mis hermanas y hermanos, todos hablamos guaraní, lo que pasa que los de Asunción son como creídos con el idioma, como que los que hablan guaraní son indios y yo no reniego de mis antepasados, ¿no? O sea que no me molesta.

No obstante, señala que ninguno de sus cinco hijos puede mantener una conversación en guaraní. Algunos de ellos le “(...) recriminan que no les haya enseñado. Mi marido algo entiende, habla poquito, pero los chicos no. Era mejor que aprendan el español nomás”.

Menciona que, a raíz de un “proceso de modernización”, la empresa empezó a ofrecer retiros voluntarios y jubilaciones a las personas que llevaban 25 años o más trabajando: “entonces nos vinimos para Posadas”. Aquí le costó “hallarse”. Para ella fue,

Volver a empezar. No había nada acá, no me gustaba, era descampado, calles de tierra, estábamos sobre la ruta de acá (…). El barrio recién se estaba armando. Estaba todo loteado, no era que podías armar una chacra.

Berta comenta que nunca perdió contacto con su familia de Paraguay: “mis hermanas y hermanos venían desde Asunción dos o tres veces al año”. Ella también visitaba seguido a su familia. En la casa de campo quedó su mamá, luego que su papá falleció. Explica detenidamente:

Soy extranjera, tramité la residencia; pero fue un montón de lío (...). Tenés que ir acá, ir allá a Paraguay y viste que todo tiene que ser legalizado. Tres meses tuve que ir a los consulados, todas esas cosas. Entonces, legalizar todo bien, pero bueno, todavía tenía que tener la entrada del país (…). En uno de los viajes guardé y no sé cuántos años tenía. Saqué mi residencia permanente cuando quedé embarazada para hacerme atender. Estar casada con un argentino me hizo más fácil, a pesar de todas las vueltas.

Menciona que hay muchos prejuicios entre argentinos y paraguayos, y en ciertas ocasiones los sufrió en carne propia. Ante estas situaciones ella piensa:

(…) Yo no tengo la culpa de la guerra que se hizo entre Argentina-Paraguay [se refiere a la Guerra de la Triple Alianza] para que se odien, no tengo la culpa. No estaba todavía cuando eso pasó, les digo. No tengo la culpa, para que ustedes me discriminen o digan cosas así. Eso sentía y no me molestaban, claro. Mi papá tenía 13 años cuando se hizo la otra guerra -Guerra del Chaco-. Mi abuelo sí se fue a esa guerra, el papá de mi papá.

A raíz de esto, rememora que la última vez que vio a su abuelo tenía 19 años y estaba embarazada de su primera hija: “era cerrado mi abuelo, le faltó un dedo y era de la guerra que se disparó. No teníamos mucha relación con él. Había cosas que no se hablaban en mi casa”. Lamenta no tener fotos:

(…) La gente pudiente digamos, que por ahí tenía la cámara sí, claro, debe tener fotos. Imagínate que yo tengo solo una foto de mamá que está con su vestido, muy hermosa. Alguien le habrá sacado, le rebeló y le dio. Nosotros tenemos recuerdos acá [se señala la sien].

Remarca en varias oportunidades estar “agradecida con Argentina” porque pudo con esfuerzo “formar una familia”, “armar una casa”, “criar a mis hijos”. Exclama:

¡Qué riqueza tiene Argentina! ¿Qué es lo que le falta al país? No le falta nada. Hace 43 años que estoy aquí (…). A veces me pregunto: por qué es tanta cosa que sacan y no te dan nada, no están las cosas distribuidas (…). Pero también agradezco a dios y digo: “no nos falta para comer todos los días, hay gente que por ahí come una sola vez. No me falta por lo menos para comer y bueno agradezco siempre a dios. En la familia están sanos, nadie está internado (…). Pero nunca pudimos tener la libertad, digamos de decir compro lo que quiero, lo que me gusta, como lo que quiero, porque a veces hasta comer es hasta ahí nomás o lo que podés.

Berta lamenta no disponer de medios económicos para visitar a su familia en Asunción. Cuenta que disfruta mucho de los encuentros con sus hermanas y hermanos que quedaron allí.

HILVANANDO LAS TRAYECTORIAS

Al detenernos en las evocaciones de los desplazamientos y las formas de inserción social de nuestras interlocutoras, podemos identificar ciertos modos en que los procesos políticos, económicos y sociales más amplios de inclusión/exclusión cobran encarnadura en sus repertorios. Estos se expresan, como detallaremos a continuación, en los “marcadores de diferencia” presentes en las interacciones cotidianas. También se manifiestan en la forma de habitar los espacios y en los reconocimientos sociales de las/os migrantes paraguayos.

En cada “hoja de ruta” de nuestras interlocutoras, las dinámicas que hacen a la sostenibilidad de la vida con sus tribulaciones y eventos críticos, están entrelazadas en un continuum de aspectos que cobran significación en sus relatos y maneras de interpretar los acontecimientos desde un pasado-presente. En ese continuum se condensan condicionalidades que han impactado en las formas de habitar tanto en la ciudad de Posadas como en otros destinos de la provincia donde, en algún momento de su ciclo vital, se han instalado. Los testimonios van expresando las encrucijadas de las modalidades de estratificación (Debert 1994) atravesadas por marcadores de clase social, género, nacionalidad y etarios que hacen de la experiencia migratoria y del envejecimiento no solo itinerarios personales sino también colectivos, en tanto han afectado a más de una persona en las tramas de interacción que mantuvieron y mantienen junto con otras (Olmedo 2011).

Todas ellas recordaron la vida rural de sus familias en Paraguay como sacrificada, marcada por penurias, como así también su carácter pujante, resaltando un saber-hacer del campo que proporcionaba el sustento necesario para proveerse de comida y abrigo. Describieron a las/os paraguayos laboriosos e incansables, donde la palabra-compromiso y las reciprocidades-intercambios formaban parte de la red de contención entre parientes y allegados. Maneras de relacionarse que, nuestras interlocutoras, fueron replicando para vincularse con sus vecinos y hacerse un lugar en el espacio de llegada y/o entre sus familiares cuando se convirtieron en nexo para que sus hermanos también se trasladaran a Misiones. Así, las tareas de cuidado realizadas por las interlocutoras -la crianza, el acompañamiento a familiares, las labores domésticas o de servicio y el sostenimiento de redes vecinales- emergen de posiciones históricas específicas que modelan tanto las obligaciones morales como las oportunidades efectivamente disponibles de vida para el desenvolvimiento personal y acceso a recursos vitales básicos. En este sentido, la sobrecarga y la naturalización del “estar al servicio de…” se expresan en las formas en que fueron asumiendo, en distintas etapas de sus vidas, responsabilidades asociadas a su condición de mujeres, dentro de una sociabilidad marcada por la necesidad de sortear diversas formas de exclusión y estigmatización social.

Varios son los “marcadores de diferencias” enunciados con distintas intensidades: las tres pistas de baile, convertirse en “criada” en una casa de familia o ser “ama de llaves de una patrona”, la posibilidad de ascenso social al casarse con un argentino, la aceptación de trabajos no valorados por las/os argentinos, vivir en lugares postergados, las dificultades para tramitar los documentos y las distintas etapas en las que debieron “empezar de nuevo” al mudarse a otros destinos del interior de Misiones y volver a Posadas.

En los recorridos narrados se conjugan los esfuerzos por “forjarse un porvenir” donde las tareas de cuidados en el ámbito doméstico y laboral adquieren centralidad. Dos de ellas trabajaron tempranamente en casas de familias -una en tareas de limpieza en el hogar (Amalia) y otra cuidando niños/as (Berta)-, mientras que Alba se desempeñó como enfermera en dos hospitales públicos de la localidad de Posadas. En conjunto, las trayectorias de Amalia, Berta y Alba muestran una sociabilidad aprendida en torno a las tareas de cuidado en la infancia y juventud que se proyecta en sus vidas adultas cuando conforman sus familias nucleares. En las tres, este aprendizaje se tradujo en el sostenimiento cotidiano del hogar, concentrado en la crianza, la administración doméstica y el acompañamiento a otras/os. Sin embargo, en los relatos de Amalia y Berta aparecen actividades de cuidado “hacia el afuera” -como cocinar para los hombres del puerto, poner una pequeña despensa en la casa o realizar tareas de cuidado infantil por horas- que ellas mismas describen como “ayuda” y no como trabajo. La noción de que se trataba de tareas “complementarias” revela que estas prácticas, aun cuando contribuían a generar ingresos y sostenían la economía doméstica ampliada, no eran percibidas como “trabajo” en sentido estricto, sino como extensiones “naturales” de su disposición a cuidar. A diferencia de Amalia y Berta, cuyas experiencias/servicios de cuidado permanecieron asociadas a ideas de “ayuda”, en el caso de Alba ese repertorio pudo traducirse en un trabajo formal mediante su desempeño como enfermera, donde las habilidades relacionales y la capacidad de resolver necesidades urgentes adquirieron un reconocimiento en la atención sanitaria a sus connacionales.

Dichas trayectorias permiten observar cómo las prácticas de cuidado operaron como un repertorio relacional que sostuvo sus vidas y las de su entorno a lo largo del curso vital, al tiempo que configuró sus modos de transitar la migración, construir sentidos de pertenencia y posibilidades de agenciamiento. Al respecto, resulta relevante detenerse en el modo en que son narrados los hombres y las mujeres en la organización de la vida cotidiana y en las tomas de decisión. En los tres relatos observamos que las figuras familiares -particularmente tíos y padres, y en menor medida madrinas, abuelas y hermanas- emergen como agentes decisores que moldean tempranamente los cursos de vida de estas mujeres, delimitando posibilidades, orientando movimientos y elecciones.

En Amelia y Alba, su movilidad durante la niñez y adolescencia está mediada por adultos mayores que “disponen” su traslado hacia Posadas o hacia instituciones de formación (familiares, convento), con lógicas que combinan necesidad económica, reciprocidades familiares y mandatos morales asociados a “dar un mejor porvenir”. En ambos casos, los hombres -padres, tíos- son narrados como quienes tienen la facultad última de “autorizar” o “entregar” a las niñas, aun cuando las mujeres adultas -madrastra, tía, madrina- sostienen la materialidad cotidiana de su cuidado. Esa división del trabajo aparece naturalizada en la narración: los varones deciden trayectorias; las mujeres sostienen los cuerpos, los tiempos y las tareas que hacen posible esa movilidad.

En este sentido, los relatos describen a los varones más como figuras de autoridad -mediadores de decisiones críticas o representantes de obligaciones económicas- que como partícipes de las actividades de cuidado. En Amelia, Alba y Berta los padres “van y vienen”, administran chacras, trabajos temporarios o entradas y salidas transfronterizas, generando ciertos márgenes de estabilidad económica pero también discontinuidades afectivas. La figura paterna aparece como proveedor y organizador de la producción de la chacra, sostenido por la colaboración masculina entre hermanos. En las narraciones, los maridos o parejas ingresan en la toma de decisiones que incluye proyectos familiares, lugares de residencia o trayectorias laborales. Sin embargo, incluso allí, los varones son narrados como dependientes de la capacidad de organización, traducción cultural, trabajo cotidiano y redes que las mujeres construyen y sostienen.

En las tres historias, las parientes mujeres emergen como figuras imprescindibles en la organización de los cuidados y en la continuidad migratoria. En Amelia, la tía estructura la vida cotidiana doméstica y la posibilidad de su escolarización; más tarde será la hermana quien ofrece un “anclaje” para la educación de los hijos. En Alba, la madrina funciona como garante de la transición entre el convento y el trabajo sanitario; luego, Alba misma se convierte en la cuidadora-experta que “trae” hermanos y los inscribe en la vida urbana-misionera. En Berta, la suegra y la abuela del marido -migrantes paraguayas- habilitan su llegada a Buenos Aires y el inicio de su vida conyugal, aunque no sin recelos: lo que para Berta era una vía de ascenso social, su familia política connacional lo percibía como un retroceso para el hijo nacido en Argentina.

En este entramado, la organización de la vida cotidiana y las tomas de decisión de nuestras interlocutoras se vuelven legibles también a la luz del carácter históricamente patriarcal tanto de la sociedad paraguaya (Potthast 2015) como de la argentina -entendidas, en línea con Segato (2003 y 2016)- en tanto formaciones donde la participación económica de las mujeres y su presencia como sostén de hogar no implican una inversión de las jerarquías de género, sino que coexisten con un orden social, legal y moral de dominación masculina persistente. Este trasfondo analítico permite comprender por qué, en los relatos, los varones aparecen como figuras de autoridad que “disponen”, habilitan o fijan rumbos, mientras las mujeres sostienen la materialidad del cuidado y la reproducción cotidiana. Así, aun cuando estas mujeres desplegaron agencia, trabajo y capacidad organizativa en sus trayectorias migratorias, lo hicieron dentro de un horizonte marcado por mandatos y asimetrías de género que estructuraron sus cursos de vida.

Una especie de “ethos femenino” -entendido aquí como una disposición narrativa y afectiva situada- parece traslucirse también cuando dos de ellas refieren particularmente a la Guerra del Chaco. Tanto Amalia (en referencia a su padre) como Berta (a su abuelo) aluden a dicho hito como un asunto silenciado, del que “no se hablaba” por tratarse de “historias tristes”, y en el cual las mujeres no aparecen reconocidas como partícipes. En este sentido, nos preguntamos si estas apreciaciones sobre la guerra reposan en ideas-fuerza que la rememoran como una epopeya eminentemente masculina, diluyendo la afectación y el protagonismo de las mujeres en esta historia. En esta línea, el trabajo de Sosa (2010) resulta especialmente pertinente, pues muestra que dicha ausencia no es meramente anecdótica, sino ante todo el efecto de una construcción androcéntrica de la memoria histórica oficial que invisibilizó las múltiples tareas asumidas por las mujeres -desde su alistamiento en servicios socio-sanitarios hasta la confección de uniformes y el sostenimiento agrícola frente al desabastecimiento-, cuestiones fundamentales para dimensionar la amplitud de su participación en el conflicto bélico7.

En relación con la tramitación de la documentación, resultan interesantes las acotaciones que formulan las tres. Mientras Amelia explica que a “ella la anotaron cuando pudieron”, Alba cuenta el cambio de nombre de sus hermanos para que no se delatara su paraguayidad, Berta explica lo engorroso de “las idas y vueltas” para poder tramitar la residencia permanente. De allí que Amelia señale el desfase de su edad cronológica respecto de la que figura en su documento; Alba subraye las diferencias con sus hermanos, que se rehúsan a hablar de sus orígenes; y Berta aluda a su documentación como una necesidad surgida al quedar embarazada de su segunda hija y requerir atención en el hospital público. Por lo tanto, la tramitación del documento no es meramente un procedimiento administrativo, sino una instancia en la que se condensan desigualdades, estrategias familiares de resguardo o silenciamiento, condiciones materiales y necesidades concretas.

En lo que hace al uso del guaraní como diacrítico distintivo de la nacionalidad paraguaya, podemos también identificar algunas similitudes y matices. Todas dicen usarlo con familiares y allegados que aún viven en Paraguay, pero ninguna se lo ha enseñado a sus hijos/as. Berta cuenta que “era feliz cuando se encontraba con las vendedoras” y señala que en Asunción no se valora el guaraní por asociarse a una cuestión de “indios”. Amalia no lo transmitió por temor a afectar el aprendizaje del castellano: “les atrasa en el colegio”, lo que además le valía ser señalada curepí en sus visitas a Paraguay. Para Alba, en cambio, entender y hablar el guaraní le permitió ganarse un reconocimiento en su trabajo como enfermera al ser requerida desde las distintas salas de internación. En ese movimiento de desenraizamiento y enraizamiento, el habla guaraní no pierde su carácter performativo en tanto se activa o silencia-oculta según las interacciones sociales que en ciertas condiciones la habilita, en otras la estigmatiza. En dicho marco de negociación, el hablar o no el guaraní deviene así en un campo tensionado, de ambivalencias múltiples, donde no sólo se vivencia el modo de sentirse paraguaya/o en el espacio fronterizo, sino que también fue y va configurando las relaciones intergeneracionales entre adultos y niñas/os tanto en el espacio doméstico como en el público (Gandulfo 2007).

En los cursos de acción orientados a la sostenibilidad de la vida que las tres interlocutoras evocan, podemos observar cómo, en ese “hacerse un lugar”, se recrean vínculos con el “aquí y el allí”, asumen responsabilidades de cuidado y elaboran percepciones sobre la argentinidad y la paraguayidad. Siguiendo el planteo de Debert (1986) sobre la historia de vida y el carácter situado de los actos de recordar, podemos señalar que la forma en que nuestras interlocutoras periodizan sus relatos biográficos está profundamente vinculada con su experiencia presente y con el contexto desde el cual rememoran el pasado. En efecto, dichas reconstrucciones biográficas ponen en juego sentidos del pasado que se reordenan desde el presente migratorio y desde las exigencias relacionales-materiales que configuran la sostenibilidad cotidiana de la vida. De este modo, a pesar de los “quebrantos” y de haber atravesado trayectorias marcadas por el sacrificio, todas expresan gratitud hacia Argentina por haber podido criar a sus hijos e hijas, formar una familia y construir una casa. No obstante, junto al agradecimiento coexiste la percepción de las desigualdades: saben que nada está garantizado y que “siempre hay que trabajar y cuidar para espantar la miseria”. Reconocen que sostener la vida implica un esfuerzo permanente, una dedicación constante en la que se entretejen múltiples prácticas de cuidado desestimadas como trabajo y reconocidas apenas como “ayuda”. En conjunto, estas evocaciones y recuerdos nos permiten vislumbrar las formas concretas en que la experiencia migratoria se encarna y resignifica, dando lugar a modos situados de sostener la vida, vivificar los sentidos de pertenencia y enfrentar, sin garantías, las desigualdades persistentes.

A MODO DE CIERRE

Las lecturas de los trabajos migratorios, de cuidados y curso de la vida nos permitieron interpretar los escenarios sociales y las tramas en las cuales tuvieron lugar los desplazamientos-emplazamientos donde inscribieron las trayectorias de las mujeres adultas paraguayas residentes en Posadas. Dado que “las personas no se dividen en emigrantes e inmigrantes, sino que ambos procesos conforman una unidad biográfica” (Avallone y Molinero Gerbeau 2021: 4), recuperamos la centralidad de los sujetos y de las historias que se inscriben en espacios temporales específicos dando cuenta también de los procesos sociopolíticos y económicos más amplios.

Sin pretender agotar todas las aristas que encierra reconstruir las memorias migrantes a partir de la noción de sostenibilidad de la vida, nos interesó realizar un ejercicio que permitiera vislumbrar algunos ejes analíticos desde los cuales pensar las maneras en que ser reconocido y reconocerse como migrante paraguaya/o habilitó posibilidades de acceso a derechos laborales, educativos, habitacionales y de salud. Asimismo, exploramos cómo esas interacciones sociales “aprendidas” fueron incidiendo en las identificaciones ligadas al reconocimiento de “lo paraguayo”, así como también en el carácter de la cuestión migratoria que se fue configurando al calor de la sedimentación de ciertas narrativas sociales de inclusiones subordinadas.

En esta dirección, reconstruimos las distintas coyunturas -a uno y otro lado de la frontera- en las que se inscribieron los flujos migratorios de personas nativas de Paraguay con el propósito de contextualizar las circunstancias, vicisitudes y derroteros que nuestras interlocutoras evocaron en los relatos reconstruidos durante las entrevistas. Optamos por presentar los fragmentos en forma de narración para dar cuenta de las concatenaciones propias con que ellas fueron hilando sus trayectorias de vida, trayendo a colación algunos recuerdos de las interacciones cotidianas en diferentes momentos y espacios.

En sus relatos podemos advertir el carácter performativo de una matriz de diversidad que fue y va modulando las maneras de entender los vínculos dentro de las familias, los allegados y los integrantes de la colectividad paraguaya, así como las distintas relaciones con los sectores y espacios de los lugares de asentamiento en Misiones. Asimismo, nos detuvimos en las improntas de los modos de afrontar la sostenibilidad de la vida, en donde reconocerse y ser reconocida como paraguaya fue dejando distintos sinsabores. De hecho, en sus vínculos con sus hijos e hijas, “desdibujar” sus propios recorridos y no transmitir el guaraní se constituyó, en cierto modo, como el precio para poder “integrarlas/os” a la sociedad misionera.

En resumen, las perspectivas de las mujeres sobre sus experiencias nos brindan recuerdos que forman un caleidoscopio de una memoria social en movimiento, vinculada a la búsqueda de “formas de ser” y “formas de sentirse parte” (Gerbaudo Suárez 2024) en un espacio transfronterizo. En dicho entramado se condensan relatos respecto de la sostenibilidad de la vida, atravesada por nociones ambivalentes de cercanía, fraternidad y desconfianza, así como de sospecha y desvalorización.

REFERENCIAS

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  • SOSA, Estela Mary. 2010. El papel de las mujeres paraguayas en la Guerra del Chaco (1932-1935) Posadas: Edunam-Editorial Universitaria de la Universidad Nacional de Misiones.
  • 1
    Misiones se instituye jurídicamente como provincia en el año 1953. Hasta entonces conformaba el Territorio Nacional de Misiones creado en 1881.
  • 2
    La provincia tiene aproximadamente un 90 % de fronteras internacionales, delimitadas al oeste y norte por Paraguay, y al norte y este por Brasil, mientras que al sur y suroeste limita con la provincia de Corrientes (Argentina).
  • 3
    La palabra “changa” suele usarse para referirse a trabajos temporales, precarios o informales.
  • 4
    De acuerdo con el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de 2022, las personas nacidas en Paraguay continúan representando la principal población migrante residente en Argentina, manteniendo el primer lugar en relación con los demás países de origen (INDEC 2024: 12).
  • 5
    Durante el período comprendido entre 1820 y 1870, el área que ahora ocupa la ciudad de Posadas estuvo bajo la administración paraguaya y era conocida como Trinchera de los Paraguayos o Trinchera de San José. Tras la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), fue la provincia de Corrientes quien, en 1876, fundó la ciudad con el nombre de Posadas (Pyke 2016). En 1881 se creó el Territorio Nacional de Misiones.
  • 6
    Los nombres asignados a las mujeres con quienes llevamos a cabo la ronda de conversaciones son ficticios, con el fin de resguardar sus identidades.
  • 7
    En dicho trabajo —basado en archivos y en una reconstrucción mediante historia oral— la autora muestra cómo, pese al rol relevante de las mujeres en la guerra, operó un borramiento por parte de quienes minimizaron su participación en la Junta Nacional de Aprovisionamiento y de la historiografía oficial, que consolidó una visión androcéntrica del conflicto (Sosa 2010: 35).
  • Declaración de Disponibilidad de Datos:
    Los datos provenientes de las entrevistas realizadas durante el trabajo de campo y analizados en este artículo no han sido depositados en repositorios, ni en plataformas de acceso público, con el fin de resguardar el anonimato y la confidencialidad de las personas participantes, de acuerdo con los compromisos éticos asumidos en la investigación.

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Disponibilidad de datos

Los datos provenientes de las entrevistas realizadas durante el trabajo de campo y analizados en este artículo no han sido depositados en repositorios, ni en plataformas de acceso público, con el fin de resguardar el anonimato y la confidencialidad de las personas participantes, de acuerdo con los compromisos éticos asumidos en la investigación.

Fechas de Publicación

  • Publicación en esta colección
    10 Abr 2026
  • Fecha del número
    2026

Histórico

  • Recibido
    02 Mayo 2025
  • Acepto
    19 Dic 2025
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