RESUMEN
La eugenesia, surgida a finales del siglo XIX, fue un paradigma científico-social que en occidente propagó la implementación de una biopolítica preocupada por la selección reproductiva. En ese sentido, apeló a las mujeres como un objeto clave de la vigilancia eugénica. Esto las convirtió tanto en víctimas como defensoras de la eugenesia. Por su carácter hegemónico entre las diferentes disciplinas académicas y en la sociedad, en el contexto del reformismo progresista estadounidense, pudieron expresarse variadas voces femeninas que, al mismo tiempo que buscaban instalar cambios en la doctrina de las esferas separadas, recurrieron a los imaginarios patriarcales eugénicos. Fuentes producidas por ellas serán analizadas para entender el modo en que el rol materno, entendido como una responsabilidad biológica y moral exclusiva de las mujeres, fue una cuestión que las feministas finiseculares y de principios del siglo XX, apropiaron para encontrar canales de expresión ambiguos y coincidentes con los objetivos de la eugenesia. Es objetivo de este artículo indagar en las interseccionalidades de raza, clase y género en las teorías feministas que se desarrollaron en el marco de la preeminencia del paradigma de la eugenesia. Esto limitaba el grado de ruptura con la hegemonía discursiva eugénica que las feministas podían desarrollar.
PALABRAS CLAVE:
Eugenesia; Maternidad republicana; Feminismo eugénico
ABSTRACT
Eugenics, which emerged in the late nineteenth century, was a scientific-social paradigm that, in the West, promoted the implementation of a biopolitics concerned with reproductive selection. In this sense, it positioned women as a key object of eugenic surveillance. This made them both victims and defenders of eugenics. Due to its hegemonic character across different academic disciplines and within society, in the context of U.S. progressive reformism, diverse female voices were able to emerge. These voices, while seeking to challenge the doctrine of separate spheres, nonetheless drew upon eugenic patriarchal imaginaries. Sources produced by these women will be analyzed in order to understand how the maternal role—conceived as an exclusively biological and moral responsibility of women—became a question that turn-of-the-century and early twentieth-century feminists appropriated to find channels of expression that were both ambiguous and aligned with the objectives of eugenics. The aim of this article is to explore the intersections of race, class, and gender in feminist theories developed within the framework of the eugenics paradigm’s preeminence. This context limited the extent to which feminists could rupture with eugenic discursive hegemony.
KEYWORDS:
Eugenics; Republican Motherhood; Eugenic Feminism
INTRODUCCIÓN
En 1883, el británico Francis Galton – primo de Charles Darwin – fue quién utilizó el término eugenesia por primera vez, a partir de resultados de indagaciones científicas que desarrollaba desde 1869. Para Galton, la eugenesia se trataba de una “ciencia que se ocupa de todas las influencias que mejoran las cualidades innatas de una raza; también de las que las desarrollan al máximo”1 (Galton, 1909, p. 35). En consecuencia, la aplicación del conocimiento eugénico permitiría mejorar la calidad de la raza humana en vistas de las generaciones futuras, lo cual traería aparejado un avance en cuestiones sociales. De este modo, la eugenesia consistía en la implementación de una biopolítica, es decir, la intromisión del poder liberal, mediante políticas gubernamentales, en la vida privada y los cuerpos de las personas en aspectos relacionados con las prácticas de población, tales como la higiene, la pobreza, la inmigración y la procreación (Foucault, 2007).
Como parte del biopoder, la eugenesia aplicó recetas de selección reproductiva con el fin de mejorar la calidad de la descendencia tanto en términos físicos como morales. Galton afirmaba que al aplicar recetas eugénicas “el tono general de la vida doméstica, social y política sería más elevado. La raza en su conjunto sería menos tonta, menos frívola, menos excitable y políticamente más previsora que ahora”2 (1909, p. 37-38).
Esta propuesta no se trataba de una selección natural, sino de una selección artificial que buscaba intervenir allí donde se suponía que aquella había fallado (Leonard, 2005, p. 227). Se constituyó, entonces, como la imposición de un biopoder que apeló a la intervención directa de los especialistas ya que Galton se había convencido de que la mejora en la calidad humana podía alcanzarse sólo de manera indirecta:
puede que no seamos capaces de originar, pero sí de guiar. Los procesos de evolución están en constante y espontánea actividad, unos hacia lo malo, otros hacia lo bueno. Nuestra parte consiste en estar atentos a las oportunidades de intervenir controlando los primeros y dando libre juego a los segundos3 (Kevles, 1985, p. 19).
Si bien Galton propuso principalmente que esta orientación se diese en relación a la mejora de las prácticas matrimoniales, en la eugenesia primigenia se encontraba la semilla de futuras intervenciones más agresivas ya que se trataba de estudiar y controlar todos los factores que afectasen las leyes de la herencia biológica. El hereditarismo se postulaba como una explicación tanto de enfermedades biológicas como de patologías sociales, expresadas en conductas inmorales (Degler, 1991, p. 41). La eugenesia, pues, fue una disciplina científica que pretendía aplicar recetas que mitigasen ambas cuestiones, lo que generaría una mejora a nivel colectivo.
En las dos primeras décadas del siglo XX, la eugenesia se volvió un paradigma hegemónico en occidente. Particularmente, en Estados Unidos fue muy prolífica entre académicos de variadas disciplinas, sobre todo a partir de las tareas de Charles Davenport. Este biólogo fundó la Eugenics Record Office en 1910. Se trataba de un laboratorio de herencia en Cold Spring Harbor (Nueva York) que se ocupó de recolectar registros genealógicos sobre los estadounidenses indeseables. El trabajo de esta institución orientó en gran medida el tono hereditarista de la eugenesia estadounidense, el cual colocaba en un segundo plano las explicaciones de tipo ambiental. De este modo, la eugenesia imponía a la sociedad la obligación de hacer algo para controlar la herencia, lo cual podía traducirse como el impedimento de la reproducción de personas mentalmente defectuosas o criminales (Degler, 1991, p. 44).
En términos coyunturales, el contexto del reformismo de los progresistas que duró desde finales de la Reconstrucción (1877) hasta la década de 1920, fue propicio para la eugenesia en Estados Unidos. Representantes de variadas disciplinas académicas, tales como biólogos, economistas, sociólogos, médicos, criminólogos y juristas, incorporaron el paradigma eugénico como marco teórico de sus teorías sobre la capacidad de perfeccionamiento de la sociedad humana. Este se constituyó en una política de estado en un periodo en el que el Estado federal estaba otorgándose mayores atribuciones bajo la égida científica de las nuevas disciplinas. Thomas C. Leonard explica la complementariedad entre eugenesia y progresismo en Estados Unidos al afirmar que ambos rechazaban el individualismo a favor del colectivo, ya sea la raza o la nación, al mismo tiempo que consideraban al capitalismo industrial desenfrenado como un elemento disgénico (2005, p. 212).
En ambos casos se trataba de aumentar la presencia estatal entre la población. Prácticas eugenistas como la esterilización forzosa no sólo fueron una propuesta de la comunidad científica, sino que conformaron parte dentro del sistema de bienestar público estatal (Ladd-Taylor, 2017), junto con legislaciones inmigratorias o prohibiciones de matrimonios mixtos. Todas estas, estrategias biopolíticas que buscaban limitar las posibilidades reproductivas de las personas.
Por lo tanto, esto interfería con el modelo del laissez-faire ya que la eugenesia y los progresistas eran esencialmente anti-individualistas y anti-liberales. Como tales, negaron libertades políticas y civiles, al pisotear derechos individuales como el traslado, el matrimonio y la reproducción (Leonard, 2016, p. 190-191). El objetivo era convertir a Estados Unidos en una nación moderna y al Estado federal, en una entidad burocrática eficaz. La ciencia era entendida por estos progresistas como garante de una autoridad moral (Leonard, 2016, p. 16) que colaboraría en la mejora de la sociedad en su conjunto ya que era un conocimiento capaz de determinar quiénes eran los aptos socialmente y quiénes no.
En este contexto se desplegó un gran desarrollo urbano e industrial, en deterioro del ámbito y la economía rural y en beneficio del crecimiento de la economía de mercado. Esto significó una transformación para la institución familiar, que pasó de ser una unidad productiva a una unidad de consumo. Problemáticas, no todas nuevas pero sí potenciadas por la rápida y radical transformación socio-económica, emergían en paralelo al crecimiento de las ciudades industriales y ponían en jaque los modelos tradicionales de familia: crecimiento inmigratorio, mujeres trabajadoras, conflictos laborales, alcoholismo, pobreza, delincuencia, prostitución etc.
La eugenesia se preocupó por encontrar soluciones a estos problemas a los que consideraba consecuencia de la existencia de personas ineptas para la vida en sociedad. En esta categoría se encontraban los pobres, criminales, enfermos mentales, alcohólicos, prostitutas y mendigos. Se trataba de un conjunto amplio de personas que eran descriptas por el término unfit por parte de los cientistas sociales del periodo (Carlson, 2001, p. 9). Era, en definitiva, una lucha contra la degeneración física y/o moral. La transmisión hereditaria de estas degeneraciones y, por ende, la capacidad de eliminarlas mediante la exclusión o imposiciones reproductivas, es la esencia del pensamiento eugénico. Así, en nombre del bien comunitario, durante la primera mitad del siglo XX, académicos y burócratas estatales colaboraron en el establecimiento de medidas que buscaban impedir la reproducción de las personas consideradas indeseables ya que su presencia significaba un perjuicio social.
Este paradigma se articulaba perfectamente con el racialismo de la supremacía blanca estadounidense. Ocurre, pues, un proceso de subordinación de todo aquello considerado degenerado o inferior debido a que, en este marco teórico, “lo físico y lo moral están indefectiblemente vinculados” (Todorov, 2007, p. 128). Razón por la cual el pensamiento racializado habilita las más radicales prácticas de subordinación (Todorov, 2007, p. 128).
En este entramado, se suma, a su vez, el modelo patriarcal tradicional. De hecho, las mujeres ocupaban un rol fundamental en el marco eugenésico. El mismo Galton consideraba fundamental la aplicación estatal de restricciones maritales como un instrumento para poder alcanzar el ideal eugenésico. Se trataba de impedir matrimonios con personas no aptas, lo cual garantizaría que la reproducción estuviese vedada para ellos. Y el principal fundamento para que un matrimonio fuese válido en términos eugénicos, dependía de la calidad de la mujer tanto para aportar un carácter hereditario deseable como para encarar correctamente la crianza de los hijos.
De este modo, al tratar de imponer normas de conducta que tenían como objetivo tanto fomentar la reproducción de lo deseable (eugenesia positiva) como reducir la reproducción de lo no deseable (eugenesia negativa), las mujeres estuvieron directamente afectadas por el paradigma eugénico ya que la maternidad era considerada una responsabilidad social y no un acto de decisión individual.
Cabe aclarar que tanto las prácticas positivas como negativas eran indisociables en la eugenesia. Por ejemplo, el control inmigratorio o la esterilización forzosa, hitos de la eugenesia negativa, no podían desvincularse de estrategias positivas que buscaban incrementar la educación eugénica, como lo demuestra la popularidad de la asesoría prematrimonial en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX. Ambas estrategias actuaban en paralelo con el fin de establecer biopolíticas que incrementasen la calidad de la descendencia. De ahí que las mujeres, por su capacidad materna, fuesen un factor clave en la ecuación. Responsabilizadas tanto de la progenie indeseada como de la deseada, ellas fueron principales depositarias de la necesidad de ejercer una vigilancia eugénica tanto en sí mismas como a nivel comunitario.
Este entramado puede entenderse a partir del concepto de interseccionalidad (Crenshaw, 1991), el cual supone que la posición subalterna femenina es estructural y está altamente interrelacionada con la condición racial y de clase. En dicho marco, la discriminación por raza y género estaba, además, altamente relacionada con la pertenencia de clase de las personas. Se reproducen, pues, jerarquías que no sólo imponían una posición superior a los hombres blancos, sino también a quienes pertenecían a clases sociales medias o altas, todo en deterioro de las clases bajas, consideradas más proclives a la degeneración.
Por lo tanto, la eugenesia fue parte de un proyecto político y social que buscaba establecer una sociedad bajo los parámetros de la hegemonía blanca, capitalista y patriarcal. Lo cual compone un paradigma que discrimina a todo aquello que se aleja de la norma y, por lo tanto, actúa explícitamente en desventaja de las víctimas de raza y género (Crenshaw, 1991).
El concepto de interseccionalidad resulta útil como una herramienta analítica que permite comprender en mayor profundidad el modo en que diferentes estructuras de poder, como la raza, la clase o el género, se relacionan entre sí para generar opresión. De hecho, las identidades se construyen en vínculo con el poder y en ella misma se estructuran las categorías de raza, clase y género como un sistema integral (Collins Hill; Bilge, 2019, p. 110-120) que motiva tanto ideas como acciones. Es objetivo de este artículo indagar en el modo en que el tanto el racialismo como el clasismo de la supremacía blanca se interconectó con las nociones de género de las teorías feministas que se desarrollaron en el marco de la hegemonía del paradigma eugénico. El mismo limitaba, en gran medida, el grado de ruptura del modelo interseccional hegemónico que las feministas podían desarrollar.
Esta realidad generó una situación contradictoria para las mujeres blancas, para quienes fue más difícil desprenderse de su condición racial y, por lo tanto, estaban insertas en una profunda invisibilización de su posición interseccional de discriminación. Lo cual las llevó, incluso, a sostener el racismo estructural a la hora de defender sus intereses de género.
Si tradicionalmente en Estados Unidos las mujeres blancas encontraron una capacidad de acción pública a partir de la explotación de su rol doméstico, no es de extrañar que muchas de ellas apelasen a ese mismo rol para mantener una vigilancia social que se traduciría en un contexto favorable para la crianza de las futuras generaciones. Todo esto, conjugado en el marco del surgimiento de una “nueva mujer estadounidense” entre 1850 y las dos primeras décadas del siglo XX, permitió un movimiento feminista (primera y segunda ola) plagado de contradicciones ya que dentro de este se integraban tanto sufragistas como prohibicionistas, universitarias, socialistas y defensoras del aborto y el control natal (Patterson, 2008, p. 1).4 Fenómeno difícil de homogenizar, se trató de la posibilidad de expresión para nuevas voces femeninas, que pudieron participar de discusiones en la esfera pública mediante la acción en agrupaciones femeninas, publicaciones literarias, de prensa o discursos públicos. Todo ello motivado por la mayor integración de mujeres de clase media y alta en el ámbito educativo universitario (Skocpol, 1992, p. 340-343). Se trataba, de un modo u otro, de reconocer la necesidad de reformas del rol femenino en la frenética coyuntura.
Estos discursos presentaron contradicciones propias de la época ya que estaban plagados de los imaginarios patriarcales del paradigma propuesto por la eugenesia. Del cual no podían dejar de depender en vistas de poseer aceptabilidad social. Como afirma Marc Angenot, el marco teórico-metodológico de esta investigación supone que en las coyunturas de cada sociedad existen “dispositivos que funcionan independientemente de los usos que cada individuo les atribuye… y que están dotados de un poder social en virtud del cual se imponen a una colectividad, con un margen de variaciones” (2010, p. 15). Lo cual significa que existe una hegemonía de lo pensable – en este caso, la eugenesia como marco teórico y paradigma científico dominante – dentro de la que “los espíritus curiosos y originales están encerrados al igual que los conformistas” (Angenot, 2010, p. 16). Esto implica la existencia de cierta limitación tanto en lo pensable como en lo decible con la que se topan incluso los discursos más disruptivos, que para poder expresarse necesitan dialogar con la hegemonía discursiva de su periodo. Son límites de los que es difícil salirse de una manera abrupta y completamente revolucionaria. Enfatizar en estas limitaciones, enmarcadas en la hegemonía discursiva, es objeto principal de esta investigación.
Si bien había una concientización de la necesidad de libertad y participación femenina en la vida política, económica y social, la domesticidad era un baluarte de fondo, difícil de desintegrar absolutamente. Existía un consenso en que el ejercicio de superioridad moral ejercido por las mujeres estaba ligado a su rol doméstico. El cual se asociaba, a su vez, con la hegemonía blanca ya que, en definitiva, “el culto sexista a la maternidad fue, asimismo, permeando el mismo movimiento cuyo objetivo declarado era la eliminación de la dominación masculina. El emparejamiento del sexismo y el racismo supuso un reforzamiento para ambos” (Davis, 1981, p. 125).
De este modo, las mujeres blancas de Estados Unidos se encontraban insertas en una dicotomía que les otorgaba una doble posición en el marco del paradigma eugénico. Por un lado, eran objeto y víctimas del mismo y, por otro, fueron productoras activas de la eugenesia en tanto responsabilizadas de ejercer una vigilancia social en los términos promovidos por dicha disciplina.
MATERNIDAD REPUBLICANA Y EUGENESIA
Para la eugenesia, el género tenía tanta importancia explicativa en términos hereditarios como la raza. Ambas cuestiones eran interpretadas bajo un marco biológico determinista que ocultaba explicaciones sociales y culturales a la hora de definir diferentes conductas. En relación con las mujeres, la eugenesia defendía la doctrina de las esferas separadas, idea que sostenía que el rol femenino debía ser incuestionablemente el doméstico, en tanto biológicamente responsable de las tareas maternas y del hogar. Esto incluía, además, la atención del esposo. Estaba, así, subordinada al hombre, cuyo rol era el de proveedor.
Según Francesca Morgan, ante la falta de participación en la esfera pública, en Estados Unidos las mujeres encontraron un nacionalismo consciente de su condición de género (2016, p. 3). Esto significa que muy tempranamente significaron su lugar femenino como fundamental en términos políticos. Así, entre las clases medias y altas la feminidad fue fuertemente asociada al concepto de “maternidad republicana”, el cual surgió durante la revolución independentista y se consolidó hacia mediados del siglo XIX con el auge del culto a la domesticidad. Esto significó que, a partir del rol doméstico, las mujeres eran el centro de la autoridad moral social (Matthews, 1987, p. 6). A su función social designada por las esferas separadas, se le otorgó un rol político y cultural que les era propio: criar a futuros buenos ciudadanos de la república (Morgan, 2005, p. 5), tanto hombres como mujeres – futuras madres de la nación. Su rol era, en consecuencia, el de ser guardianas de la moralidad en términos sociales más que individuales, lo cual implicó que sobre ellas recayese la responsabilidad del futuro de la nación.
Si el culto a la domesticidad se basaba en la idea de que el hogar tiene una función política específica (Matthews, 1987, p. 34), dicho lugar femenino estaba determinado por el rol doméstico, a partir del cual sentían la necesidad de influir en la esfera pública. En consecuencia, desde esa posición podían ocupar un lugar importante en los acontecimientos históricos. Esto significó que muchas de estas mujeres formasen variadas organizaciones civiles que tenían como objetivo colaborar con el saludable desarrollo de la nación, lo cual se constituyó en una tradición que continúa al día de hoy.
Así, muchas mujeres encontraron un canal de participación política y en la toma de decisiones culturales de carácter moral, sin dejar de estar asociadas a su rol de madre. De este modo, no contradecían totalmente la hegemonía discursiva y los imaginarios sociales asociados a ella. Se presentaban, entonces, como las responsables últimas de la virtud y la calidad ética social. Esto era consecuencia de la creencia de que las mujeres poseían una serie de cualidades que les eran propias y que determinaban su grado de positividad en relación al beneficio social. Estos atributos, definidos a lo largo del siglo XIX, eran las virtudes deseables para ser socialmente consideradas buenas esposas, hijas y, sobre todo, madres: la piedad, la pureza, la sumisión y la domesticidad (Welter, 1966, p. 152).
En el periodo de cambios liderados por los progresistas en Estados Unidos, muchas mujeres respondieron con entusiasmo a las posibilidades cívicas contenidas en el marco de la esfera asignada a ellas a partir de su género (Skocpol, 1992 p. 324). Esta retórica política maternalista tuvo una importante injerencia a nivel cultural desde la acción de asociaciones civiles femeninas del periodo, que influyeron en decisiones políticas concretas, tales como la regulación del trabajo femenino y, la principal de ellas, la obtención del voto en 1920.
Toda esta ambivalencia ha generado una paradoja recurrente en la historia estadounidense, a partir de la cual
las mujeres hasta mediados del siglo XX han obtenido participación política principalmente desde el fomento de organizaciones civiles comprometidas con las diferentes necesidades socio-políticas coyunturales. Si bien lo hacían desde un lugar de domesticidad, al mismo tiempo entendían su rol como una contribución al bien público. Por eso mismo resulta clave resaltar que los límites entre lo público y lo doméstico… son en realidad elásticos y es esa elasticidad la que otorga a las mujeres un margen de acción desde el cual pueden actuar aún desde el más acérrimo conservadurismo político y cultural (Bochicchio, 2020, p. 50).
Lo que ocurrió durante este periodo fue que el feminismo doméstico se volvió fuertemente político porque las nuevas mujeres reformistas comenzaron a atacar ciertos aspectos de la cultura patriarcal en el nombre de la virtud que les era propia (Matthews, 1987, p. 67). Por eso mismo, en el marco de la expansión de la eugenesia, esta apeló a ellas como un factor imprescindible e incluso solicitó su activismo político-moral tanto en campañas contra el alcoholismo o la prostitución, como su inserción dentro la ciencia eugénica, en la que participaron como respetables promotoras (Kevles, 1985, p. 64).
De hecho, en la institución de Davenport, las mujeres cobraron una singular importancia al haber sido contratadas como trabajadoras de campo en la tarea de recolección de datos familiares para los estudios familiares eugenésicos de las décadas de 1910 y 1920. Su tarea consistía en viajar por el país con el objetivo de recolectar información sobre familias y caracteres disgénicos, sobre todo entre la población pobre rural, lo cual serviría como justificación de una posible esterilización en casos graves (English, 2004, p. 142). Este conjunto de mujeres contaba con educación universitaria y respondían ideológicamente al clima progresista de su tiempo. En general, poseían una preocupación por la condición de pobreza e inmoralidad de sus sujetos analizados, el cual en el clima de época se traducía en intenciones eugénicas que se suponía iban a significar una mejora en sus condiciones y la promoción de un incremento en las clases medias. La incapacidad de conformar una maternidad englobada en el marco de los típicos hogares burgueses, bajo parámetros patriarcales, era pues, entendida como consecuencia de la incapacidad o retraso mental – lo cual era necesario erradicar (English, 2004, p. 161).
De este modo, las mujeres colaboraron, de un modo u otro, en el sostenimiento del marco eugénico. Este respondía perfectamente a las nociones de la maternidad republicana a partir de la cual eran interpeladas a actuar a favor de la nación. Así, al mismo tiempo que eran objeto predilecto y víctimas de la eugenesia, tanto en lo discursivo como la práctica, también fueron sus promotoras aún cuando al hacerlo estaban reforzando el sistema patriarcal.
Esta maternidad republicana eugénica atravesó incluso las luchas sufragistas, iniciada en Estados Unidos a fines del siglo XIX. Que el rol femenino era doméstico era un punto en común compartido tanto las sufragistas como las que se oponían a ello. De hecho, la discusión se daba en términos de domesticidad: quienes estaban a favor del voto femenino lo veían como la integración de la virtud a la vida nacional, mientras quienes se oponían entendían que era peligroso el alejamiento de la mujer de la esfera doméstica para adentrarse en el ámbito público, exclusivo de los hombres (Baker, 1984, p. 620). Si se rompían las esferas separadas, podía perderse la virtud de la nación.
En Estados Unidos tanto las prácticas eugénicas de tipo negativo como positivo funcionaron conjuntamente con el fin de mejorar la calidad de la descendencia en el país, aunque la cuestión hereditaria tenía una gran preponderancia. Detrás de estas estrategias se encontraba la idea de que los aptos podían ser educados para orientar sus conductas reproductivas hacia el ideal eugénico. En cambio, los ineptos no contaban con esa capacidad y, por eso mismo, debía evitarse su reproducción. Para ello se implementaron estrategias intrusivas con el fin de limitar la proliferación de caracteres considerados indeseables. Se trataron de prácticas como la esterilización forzada de enfermos mentales y delincuentes, la institucionalización, la prohibición de matrimonios interétnicos o limitaciones inmigratorias. Y, al mismo tiempo, se desarrollaron campañas pedagógicas que tenían como objetivo moldear las conductas relacionadas con la reproducción entre las personas consideradas aptas. En estas últimas, además de la cuestión hereditaria, cobraba importancia el aspecto ambiental y la creencia, en consecuencia, en la capacidad de aprendizaje de las personas aptas para fortalecer actitudes deseadas por el biopoder eugénico.
Una de las estrategias eugénicas de tipo negativo más agresivas fue la esterilización forzosa, legalizada en la mayoría de los estados desde 1907. El objetivo era prevenir futuras tasas de criminalidad, enfermedades mentales, promiscuidad social y “pobreza hereditaria”, lo cual conllevaría grandes gastos estatales. En concreto, esta práctica afectó a más de sesenta mil personas en Estados Unidos, entre las cuales dos tercios eran mujeres (Carey, 1998, p. 74), sobre todo después de 1927. Si el bienestar de la nación era responsabilidad femenina, eran las mujeres quienes debían principalmente sacrificar su capacidad reproductiva en caso de ser disgénicas (Carey, 1998, p. 82). Esto es coincidente con el hecho de que los eugenistas querían hacer de la maternidad un privilegio exclusivo en lugar de un derecho inherente, animando a los “aptos”, principalmente la clase media blanca, a tener más hijos y restringiendo a quienes no lo eran (Kline, 2001, p. 2).
El caso más paradigmático de esterilización forzosa y su vínculo con el sistema legal es el de Carrie Buck, esterilizada Virginia en 1927 por orden de la Corte Suprema, que en el fallo judicial incorporó una frase lapidaria para justificar su decisión: “tres generaciones de imbéciles son suficientes”. La eugenesia preventiva que omitía explicaciones de tipo ambiental, enmarcó la visión de los jueces, quienes sostuvieron que “es mejor para todo el mundo si, en lugar de esperar a ejecutar a los vástagos degenerados por el crimen o dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad puede impedir que aquellos que son manifiestamente incapaces continúen con su especie”.5 Este fallo sentó el precedente a partir del cual los números de mujeres esterilizadas superaron al de los hombres víctimas de la misma práctica (Carey, 1998, p. 84).
Estudios académicos respaldaban la idea de la heredabilidad del retraso mental y la consecuente degeneración moral. Uno de los primeros y más influyentes, fue el realizado por el Reverendo congregacionalista de Indianápolis, Oscar McCulloch. Su libro sobre The Tribe of Ishmael (1891) – nombre dado a la población blanca marginal – colaboró en la conformación de la ley de esterilización forzosa de 1907 en el estado de Indiana, a partir de la cual fueron moldeadas las que se sancionaron en los diferentes estados de Estados Unidos posteriormente.
Bajo esta égida, en 1912 se publicó el análisis de Henry Hebert Goddard, titulado The Kallikak Family: A Study in the Heredity of Feeble-Mindedness. A partir de los datos recolectados por Elizabeth S. Kite, una trabajadora de campo especializada en reconstruir genealogías, el autor intentó explicar las causas de las enfermedades mentales entre mujeres internadas en reformatorios, lo cual era un sinónimo de la posesión de tendencias inmorales, promiscuas y criminales (Goddard, 1912, p. 11-12). Esto, por supuesto, constituía un alegato a favor de la institucionalización, es decir, la segregación eugénica de personas socialmente ineptas. El argumento de la herencia por sobre lo ambiental significa una estigmatización como respuesta a la supuesta inmodificable naturaleza de las personas. De ahí que entre los eugenistas fue común la realización de genealogías familiares para encontrar el origen el defecto hereditario.
El estudio de Goddard es paradigmático ya que reconstruyó el linaje de la familia Kallikak, de quien descendía una de las internadas cuyo caso analizó en profundidad. La conclusión es que ella provenía de una buena familia que remontaba sus orígenes al periodo revolucionario. Según explica Goddard, fue su ancestro, Martin Kallikak Sr., quien ensució el linaje al procrear un hijo ilegítimo con una joven que padecía retraso mental. Esto tuvo como consecuencia la infiltración de una semilla negativa entre la familia: “se ha transmitido a la posteridad el nombre del padre y la capacidad mental de la madre”6 (Goddard, 1912, p. 18). Se trata, así, de la presencia de una especia de feeble-minded Eva, a quien se responsabiliza de los defectos de su descendencia, entre los que se encontraban, según Goddard, numerosos desviados sexuales, alcohólicos, epilépticos y criminales (1912, p. 18-19). En cambio, entre los hijos legítimos “no encontramos más que buena ciudadanía representativa. Hay médicos, abogados, jueces, educadores, comerciantes, terratenientes, en fin, ciudadanos respetables, hombres y mujeres destacados en todas las fases de la vida social”7 (Goddard, 1912, p. 30). Aunque el ambiente de crianza fue similar, según Goddard, el caso demostraba de manera inequívoca las consecuencias de la degeneración hereditaria por sobre lo ambiental (1912, p. 50-51). El presupuesto detrás de esta afirmación es que ambas progenies de los Kallikak se habían criado en el mismo ambiente, por lo que sus diferencias de carácter podían ser explicadas sólo por una condición hereditaria, de la que se responsabiliza a la mujer.
La responsabilidad femenina de engendrar y educar buenos ciudadanos, queda expuesta en esta acusación que legitima la segregación de aquellas que serían incapaces de responder correctamente a su rol biológico-social. Parece ser, además, un castigo a la actitud promiscua de Martin Sr., al entablar relaciones sexuales con una mujer que no era su esposa. Tanto para hombres como para mujeres, el compromiso familiar debía ser primordial para evitar lo que Goddard denomina “el verdadero pecado de poblar el mundo con una raza de degenerados defectuosos que probablemente cometerán nuevamente el mismo pecado sin reconocerlo” (1912, p. 103). Eugenesia pura se puede observar en tal afirmación.
FEMINISMO EUGÉNICO: CONTROL DE NATALIDAD, EUTENESIA Y ECONOMÍA DOMÉSTICA
En el contexto de rápidos cambios del periodo progresista, una de las principales preocupaciones de los expertos fue la modificación en las estructuras familiares, que tendieron a volverse más pequeñas y enfrentaron riesgos para el modelo tradicional, tales como la inserción femenina en el ámbito laboral. En este marco, feministas pudieron exponer argumentos contra la coerción matrimonial (Kennedy, 1970, p. 49). Se pudo expresar un activismo político femenino que tuvo como intención liberar a la mujer blanca de la hegemonía masculina mediante la apelación a la eugenesia, que se articuló con la agenda feminista debido a que ambas estaban intrínsecamente conectadas (Seitler, 2003, p. 64) a través del ideal de la maternidad republicana. Este apelaba a las mujeres como garantes de la moral innata de la raza blanca, razón por la cual muchas de estas activistas se enfocaron en campañas éticas contra la prostitución, el alcohol, el trabajo femenino y los embarazos no deseados, al auto-percibirse como garantes de las buenas costumbres que la eugenesia buscaba imponer. Las campañas de estas mujeres estaban apoyadas por el Estado, preocupado por las problemáticas sociales acarreadas por la inmigración y los cambios culturales de la consolidación de una nación industrial-urbana.
Esta new womanhood no dejaba de estar llena de contradicciones ya que el feminismo del periodo estaba inserto en la lógica eugénica. De hecho, los discursos feministas que abogaban por la educación, el trabajo, el voto, el divorcio o la libertad sexual femenina, se referían a estos cambios como elementos beneficiosos para la sociedad al permitir a las mujeres ejercer su rol materno con mayor dignidad. En efecto, encontraron en la eugenesia una manera de expresarse a favor de obtener ciertas libertades como el acceso a la educación superior o al voto ya que explotaron los ideales de una maternidad socialmente comprometida en beneficio propio. De este modo, cuestiones relativas a incrementar la libertad sexual de las mujeres no estaban desprovistas del ideal reproductivo normativo ya que lo que se proponía era un método para mejorar la calidad de la selección de pareja con fines reproductivos – o a no comprometerse, en caso de no ser apta.
Las propuestas novedosas apelaban principalmente a la capacidad femenina de escoger conductas reproductivas que fuesen socialmente beneficiosas pero que también le diesen cierto margen de elección y participación social ya que, en definitiva, se trataba de congeniar la nueva modernidad con los roles femeninos que se creían innatos y atemporales (Scanlon, 1995, p. 49). Más que un empoderamiento femenino absoluto, se trataba de encontrar pequeñas vías de acción que permitiesen a las mujeres obtener una capacidad electiva mayor en relación a su conducta sexual pero siempre en una búsqueda de respetar la responsabilidad social como gestoras y criadoras de las generaciones futuras.
Un medio popular de transmisión del feminismo eugénico fue la literatura y ensayística producida por mujeres que se hacían cargo de estos discursos normativos, paradójicamente otorgándoles un gran poder e influencia. Autoras como Charlotte Perkins Gilman abrazaron los postulados de la eugenesia al defender la eutanasia de los incurables, la esterilización forzosa de los ineptos socialmente y los controles inmigratorios. A todo lo cual se sumaba el desprecio por las personas negras, a las que consideraba inferiores (Davis, 2003, p. 82). Esta autora produjo obras literarias que promovieron un feminismo de tipo eugénico ya que los personajes femeninos, desde su rol materno, son capaces tanto de amenazar como de salvar y restaurar un orden social deseado (Seitler, 2003, p. 63).
Gilman produjo lo que Dana Seitler denomina “narrativas de la regeneración”. Estas racializan el lenguaje feminista al articular el paradigma de la maternidad blanca de clase media como un modelo ideal de progreso social que permite la grandiosidad de la expansión estadounidense en paralelo a la actividad política masculina (2003, p. 66). Concretamente, ante la pregunta sobre cuál sería el beneficio social en la obtención de la igualdad femenina, Gilman responde que:
la mujer, libre por fin, inteligente, reconociendo su verdadero lugar y su responsabilidad en la vida como ser humano, no será menos, sino más, eficaz como madre... en la línea de la evolución física, la maternidad es el proceso más elevado; y su trabajo, como contribución a una raza mejorada, debe implicar siempre esta gran función8 (1914, p. 245).
El rol materno no es cuestionado por las feministas eugenistas como la función biológica femenina por excelencia. Y justamente por considerarla como esencial para la sociedad es que Gilman postula la necesidad de la igualdad ante la ley y la libertad económica femenina, lo que significaría que deje de estar subordinada primero al padre y, luego, al marido. Podría, así, desempeñar mejor su rol maternal y, por ende, servir mejor al bienestar social: “la condición subsiguiente de servidumbre femenina es un perjuicio al exigir un trabajo incompatible con la maternidad correcta, y al reducir el promedio de la herencia mediante la detención del desarrollo social en la madre”9 (Gilman, 1909, p. 602).
La obra más representativa de Gilman es Herland, publicada en 1915. Allí presenta una sociedad feminista utópica que coincide con la visión eugénica (que es esencialmente una utopía biopolítica). En la novela, un grupo de exploradores estadounidenses descubren Herland, una sociedad aislada compuesta únicamente por mujeres. Se trata de un lugar altamente pacífico donde no existe el crimen, los vicios ni la pobreza. Ese es el ideal eugénico que las mujeres colaborarían en crear.
Mediante la sátira, la autora ridiculiza los roles de género tradicionales al invertirlos y demostrar que las mujeres tienen las mismas aptitudes físicas que los hombres, lo cual las libera enormemente, sobre todo para practicar una maternidad voluntaria y una sexualidad anticonceptiva. Esto es consecuencia de la capacidad de partenogénesis que poseen estas mujeres, es decir la fecundación sin necesidad de participación masculina en el proceso. “Somos madres, todas, pero no hay padres”,10 afirma una de las habitantes de Herland. Metáfora y apología clara de la idoneidad femenina para elegir practicar su sexualidad de manera libre pero también responsable, sin la imposición de un marido que sea perjudicial.
Este discurso se desarrolló en paralelo a la campaña de control de la natalidad, liderada por Margaret Sanger entre 1912 y 1945. Ella fue la fundadora de la American Birth Control League en 1921, institución cuya preocupación principal quedó expuesta en su estatuto de propósitos:
los complejos problemas a los que ahora se enfrenta Estados Unidos como resultado de la práctica de la procreación imprudente amenazan rápidamente con crecer más allá del control humano. En todas partes vemos que la pobreza y las familias numerosas van de la mano. Aquellos menos aptos para continuar la raza están aumentando más rápidamente11 (Roberts, 1997, p. 75).
El directorio de la institución estaba compuesto por eugenistas y eran también estos quienes proveían la mayor parte del financiamiento económico (Grant, 1995: 71). Lo cual comprueba que el control de la natalidad fue una práctica de interés para la eugenesia, justamente por su capacidad de intervenir en las prácticas reproductivas y por poseer la capacidad de controlar la población. Los eugenistas de la década de 1920 y 1930 lo utilizaron como un instrumento para promover la selección artificial que buscaban imponer en un momento en el que particularmente preocupaba a las elites intelectuales el hecho de que entre las clases medias bajas estaban decreciendo las tasas de natalidad mientras que lo contrario ocurría entre los inmigrantes y la población pobre, ya sea blanca o no. Se trataba, concretamente, de promover un instrumento para controlar el número de los nacimientos no deseados (McCann, 1994, p. 3).
Este movimiento fue producto de un discurso femenino que buscaba imponer la idea de una aplicación eugénica, bajo control femenino, de la reproducción en vistas de un beneficio social generalizado. Así, al mismo tiempo que se les otorgaba cierta libertad de control sobre su condición reproductiva, seguía vigente la imposición social de la responsabilidad republicana de las mujeres. De ahí que eugenesia y control natal tenían agendas que coincidían. Sumado a esto, cabe mencionar que era idea popular del periodo que el derecho al aborto - como parte del control natal - era considerado una alternativa potable a para disminuir los problemas asociados a la pobreza (Davis, 1981, p. 206).
La figura de Margaret Sanger resulta controvertida debido a que sus argumentos para justificar la libertad de ejercer prácticas anticonceptivas por parte de las mujeres estaban cargados de un discurso eugénico y, por ende, no desprovisto de imaginarios patriarcales. En concreto, el ideal de mejora de la raza intentaba conferir a la maternidad un nuevo poder social, pero sin cuestionar la idea de que la maternidad era la principal contribución social de las mujeres (McCann, 1994, p. 17). La división de las esferas separadas no era discutida por Sanger, que sólo enfatizaba en la capacidad electiva de la mujer para ejercer el virtuosismo de la maternidad de manera voluntaria. Ello aseguraría una mejora para la raza en su conjunto puesto que la independencia femenina, acompañada de educación eugénica, generaría automáticamente un efecto positivo en la sociedad. Y esto era gracias a la continuidad del imaginario decimonónico sobre la pureza de las virtudes femeninas innatas que las convertían en eugenistas natas (Gordon, 2002, p. 81-82).
De hecho, la campaña de Sanger tenía como objetivo la limitación de los nacimientos considerados indeseables ya que, como ella misma expresó: “más hijos de los aptos, menos de los no aptos: ese es el principal problema del control de la natalidad”12 (Kevles, 1985, p. 90). De este modo, más allá de las intenciones feministas en relación a la liberación sexual femenina, el control natal se convirtió en un medio de control de la población más que en un medio de aumentar la autonomía reproductiva de las mujeres (Roberts, 1997, p. 80). Según Sanger, la raza entera se beneficiaría de la aplicación de esta estrategia y, por eso, era necesaria la promulgación educativa de los valores de la maternidad controlada ya que significaría un mejor ejercicio de la maternidad por parte de las mujeres, al ser liberadas de numerosos embarazos continuos, la mayoría de ellos indeseados por ellas mismas.
Con igual fin, además de la anticoncepción, la esterilización voluntaria era una opción abrazada por Sanger, en tanto método anticonceptivo. Para ella, estas estrategias significarían controlar la cantidad de nacimientos “defectuosos”. El control natal, por lo tanto, actuaba como una antesala preventiva de la esterilización forzosa. Esta debía aplicarse en caso de que la primera fallase. Detrás de estas nociones prevalecía la idea de que eran las personas indeseables quienes principalmente debían practicar el control natal. La misma Sanger afirmó en 1921 que “la campaña a favor del control de la natalidad no sólo tiene un valor eugenésico, sino que es prácticamente idéntica en su ideal a los objetivos finales de la eugenesia”13 (Roche, 2003, p. 264).
Cabe resaltar que en la concepción de Sanger, el determinismo hereditario no era tan taxativo puesto que, según ella, se podían reeducar a las personas hacia una reproducción más saludable (McCann, 1994, p. 101). En cualquier caso, Sanger no descartaba totalmente los riesgos hereditarios al proponer que las personas con enfermedades hereditarias, sobre todo mentales, no deberían arriesgarse a tener hijos (Engelman, 2011, p. 133). Así, resaltaba la necesidad de una eugenesia positiva junto con la implementación prohibitiva de la eugenesia negativa ya que ambas trataban de moldear el comportamiento para conformar a la mujer ideal en parámetros eugénicos: blanca, consumista, clase media y dedicada a las tareas domésticas y de crianza.
El discurso de Sanger recalca que la libertad femenina significaría un beneficio para las futuras progenies y una mejora en la calidad de la raza ya que:
la función esencial de la maternidad voluntaria es elegir a su propia pareja, determinar el momento de la maternidad y regular estrictamente el número de hijos… El ejercicio de su derecho a decidir cuántos hijos tendrá y cuándo los tendrá le proporcionará el tiempo necesario para el desarrollo de otras facultades además de la reproducción. Dará rienda suelta a sus gustos, talentos y ambiciones. Se convertirá en un ser humano completo. Así, y sólo así, la mujer podrá transmitir a su descendencia las cualidades que hacen una raza más grande... El propio control de la natalidad, a menudo denunciado como una violación de la ley natural, no es ni más ni menos que la facilitación del proceso de eliminación de los no aptos, de prevención del nacimiento de los defectuosos o de aquellos que se convertirán en defectuosos... Si queremos hacer progresos raciales, este desarrollo de la feminidad debe preceder a la maternidad en cada mujer individual. Entonces y sólo entonces la madre puede dejar de ser una incubadora y ser una madre de verdad. Sólo entonces podrá transmitir a sus hijos e hijas las cualidades que hacen fuertes a los individuos y, colectivamente, a una raza fuerte14 (Sanger, 1920, p. 227-229).
El moldeado de conductas a favor del comportamiento eugénico era el objetivo último, por lo que el control de natalidad apelaba principalmente a ser una práctica a fomentar entre las clases más pobres, entre quienes se encontraban las familias blancas pero también las afroamericanas. Las clínicas anticonceptivas para negros fueron fomentadas por Sanger, que promulgó el Negro Project en 1938. Este proyecto se encargó de contrarrestar lo que se creía que eran prácticas de reproducción negativas entre la población negra, especialmente del Sur dominado por la legislación Jim Crow (Roberts, 1997, p. 76-79). La fundamentación para el funcionamiento del proyecto aseguraba que “la masa de los negros, particularmente en el Sur, sigue criando de forma descuidada y desastrosa, con el resultado de que el aumento entre los negros, incluso más que entre los blancos, procede de la parte de la población menos inteligente y apta”15 (Grant, 1995, p. 72). En consecuencia, las mujeres negras fueron un target especial de las campañas de reproducción voluntaria puesto que reinaba una visión racista y clasista de tipo paternalista que buscaba imponer una reproducción planificada entre las personas de color (Engelman, 2011, p. 177).
Consecuentemente con este ideal, mucha de la información divulgada por Sanger a través de panfletos o cartas, no estaba destinada a mujeres de clase media o alta blancas ya que eso podría haber sido considerado una conducta disgénica (Roche, 2003, p. 265). Sin embargo, la principal ironía del movimiento fue que la práctica del control natal se popularizó principalmente entre las clases medias (Kennedy, 1970, p. 278), algo que la eugenesia no deseaba particularmente.
Otra personalidad destacada del feminismo eugénico fue Victoria Woodhull, sufragista y propulsora del amor libre ya que consideraba al sexo en un matrimonio no deseado una conducta tan inmoral como la prostitución (Frisken, 2004, p. 27). Su figura, como la de todas estas autoras, es problemática ya que, en su discurso a favor del voto femenino, argüía un argumento contra las personas negras, a quienes consideraba con menor derecho a la hora de ejercer el voto democrático.
La principal razón por la que Woodhull se oponía a los matrimonios por interés era que estos podían resultar disgénicos y, por lo tanto, la descendencia que surgiría sería inepta, con inclinaciones hacia la idiotez o la delincuencia (Woodhull, 1891, p. 21). El fin último del matrimonio, que era cumplir con los requisitos eugénicos en función de la necesidad de la mejora de la raza y la nación, requería que el matrimonio fuese de buena calidad. Esa es la razón principal por la que Woodhull fomentaba la libertad de elección y experimentación sexual femenina.
Las mujeres, al igual que proponía la eugenesia, eran responsables de elegir un buen marido con el objetivo de dar a luz a una descendencia socialmente beneficiosa. La responsabilidad sexual era esencial para ello y, en caso de desear practicar un amor libre que no condujese a una sana reproducción, los métodos anticonceptivos eran esenciales para evitar infectar la nación con una descendencia indeseable. En 1873, antes del surgimiento de la eugenesia, Woodhull ya afirmaba que
si la salud depende de una sexualidad adecuada, se deduce que la enfermedad depende de una sexualidad inadecuada... Las relaciones sexuales que están de acuerdo con la naturaleza, y por lo tanto son adecuadas, son aquellas que se basan en el amor y el deseo mutuos, y que terminan en beneficio recíproco. Las relaciones sexuales impropias son aquellas que no se basan en el amor y el deseo mutuos, y que no terminan en beneficio recíproco... En primer lugar, sin matrimonio; y con las mujeres independizadas, como debe ser, del hombre individual para su sustento, no nacerán niños no deseados; en segundo lugar, nacerán sanos y con una renta de vida más allá de la edad adulta, y, en tercer lugar, todos heredarán el mismo derecho a una educación igual - física, mental y moral, y así entrarán en la vida adulta habiendo tenido la misma preparación16 (Carpenter, 2010, p. 177-180).
De este modo, la autora separaba la sexualidad de la reproducción, la cual de ser llevada a cabo debía responder a las necesidades eugénicas de la nación. Por eso mismo, también defendía la posibilidad de divorcio en caso de que el hombre no fuese apto para una procreación saludable. Fiel al ideal eugénico, Woodhull afirmaba que
las mejores mentes del mundo han aceptado el hecho de que si se desean personas superiores, éstas deben ser criadas; y si los imbéciles, criminales, indigentes y otros incapaces son ciudadanos indeseables, no deben ser criados... Nuestros jóvenes, hombres y mujeres, deben darse cuenta del propósito por el cual se están uniendo en el vínculo más sagrado de la vida física17 (1891, p. 38-39).
Bajo estos mismos parámetros, otro elemento que puede sumarse a los discursos femeninos del periodo, es la disciplina de la economía doméstica – que se desarrolló desde finales del siglo XIX. Esta compartía con los progresistas el ideal de maximizar la eficiencia a partir del conocimiento científico, en este caso, del hogar. Se trataba de racionalizar el trabajo en el hogar moderno por parte de las mujeres para que este sea lo más efectivo posible. La principal gestora de esta corriente en Estados Unidos fue Christine Frederick, quien colaboró en el desarrollo del mundo empresarial naciente al fomentar un nuevo mercado consumista femenino a partir de la contradicción propia de su contexto. Es decir, promover que la nueva mujer de clase media, más independiente, educada y combativa, mantenga su rol doméstico tradicional para que se convierta en una consumidora profesional. Al mismo tiempo, su propuesta buscaba volver más eficiente el manejo del hogar bajo los parámetros del taylorismo (Scanlon, 1995, p. 62-63).
Bajo influencia de los escritos de Charlotte Perkins Gilman, que en Women and Economics (1900), proponía que el cuidado del hogar debía consumir el menor tiempo posible a las mujeres para que pudiesen dedicarse a la crianza de los hijos de una manera más eficaz, Frederick se sumó a la idea al promover la eficiencia científica del desempeño hogareño. Esto, en parte, minimizaba la carga horaria dedicada a los quehaceres domésticos al mismo tiempo que les permitía a las mujeres tener mayor tiempo para maternar y consumir. Todo lo cual, suponía Frederick, conllevaría una consecuencia positiva: la mujer disfrutaría más de pasar tiempo en el hogar (Rutherford, 2003, p. 57). El objetivo era contrarrestar la tendencia femenina a incorporarse en el mercado laboral. Se apelaba, para ello, junto con la eugenesia, al modelo tradicional de feminidad forjado durante el siglo XIX bajo la égida de las esferas separadas.
En consecuencia, la economía doméstica, enseñada tanto en las escuelas como popularizadas en revistas de consumo masivo bajo la forma de consejos del hogar y la publicidad (industria naciente), compartía las expectativas de la eugenesia. Mediante la difusión de pedagogías no naturales de comportamiento que, en definitiva, pretendía estandarizarse por el biopoder que buscaba homogenizar una sociedad patriarcal, consumista y blanca – la clase media blanca era, por supuesto, la principal destinataria de estos discursos en Estados Unidos.
Por otro lado, la eutenesia, es decir el estudio de las prácticas cotidianas (ambientales) para mejorar la sociedad, fue fuertemente asociada a la economía doméstica. Se trataba de encontrar el perfeccionamiento cientificista de las conductas sociales, en el marco del modelo progresista. Ellen S. Richards, ecóloga y química estadounidense, es considerada una de las pioneras tanto de esta ingeniería ambiental. Fue, a su vez, defensora de la educación universitaria femenina. En el marco teórico eugénico, la propuesta del incremento en el nivel educativo de las mujeres tenía como objetivo mejorar sus comportamientos domésticos y maternales, lo cual claramente tendría un correlato la mejora de la raza y, por ende, un progreso en la calidad social.
Según Richards, esta eutenesia era condición primordial para la correcta aplicación de la eugenesia (1910, p. 151). En este marco, lo ambiental es indisoluble de lo hereditario. Pero ambas explicaciones exigían una intervención directa sobre los comportamientos de las personas, ya sea a nivel educativo o en términos más agresivos. Apelaba, para ello, directamente a la intervención estatal ya que aseveraba que el Estado era el responsable de educar a las generaciones para convertirlos en padres y madres adecuados en vistas a futuro (Richards, 1910, p. 74).
Si se ven en conjunto, el racismo y el clasismo propios de la eugenesia atravesaba de manera omnipresente estos discursos femeninos. Los cuales colaboraron en el fortalecimiento del paradigma eugénico. Paradójicamente, este les condescendió expresar ciertos temas disruptivos que permitieron a las mujeres canalizar algunas libertades con respecto a su vida reproductiva y doméstica – cuestiones indisociables para la doctrina de las esferas separadas, pero sin dejar de responder a la hegemonía discursiva de la coyuntura en la que se enunciaron.
CONCLUSIÓN
La eugenesia se trató de un paradigma científico-social que encaró prácticas para establecer una selección artificial de tipo biopolítica para mejorar la calidad de la sociedad. Con tal fin en mente, los eugenistas buscaron intervenir en los procesos reproductivos ya que según entendían, ese era el método más eficaz para acercarse al ideal de sociedad patriarcal, racista y clasista de los sectores medios y altos blancos.
En occidente en general y en Estados Unidos en particular, la eugenesia se volvió hegemónica durante las dos primeras décadas del siglo XX. Esto permitido por la preexistencia de imaginarios sociales en relación a la herencia biológica que se desarrollaron a lo largo del siglo XIX, especialmente a partir de la segunda mitad. Esto coincidió, además, con el periodo progresista estadounidense, momento en el cual creció considerablemente la influencia del Estado federal en el marco de la consolidación del país como una potencia industrial y urbana.
La eugenesia fue congruente con los intereses de consolidar una sociedad lo más libre posible de elementos definidos como defectuosos, que fuesen contra el avance capitalista. Se trató de eliminar todo aquello que el biopoder consideraba improductivo o un gasto innecesario. En tal entramado, la mujer ocupó un lugar particular, sobre todo a partir de su rol materno, entendido como una responsabilidad social y no una elección individual. En tal sentido, era la responsable última de la reproducción saludable, tanto en términos físicos como morales. Eran, por tanto, sujetos claves a la hora de ejercer una vigilancia eugénica.
El modelo victoriano de esferas separadas, consolidado en el siglo XIX, se entremezclaba con el surgimiento del fenómeno heterogéneo de la “nueva mujer estadounidense”, orientado hacia el siglo XX. Nuevas voces femeninas pudieron expresarse en la búsqueda de una reestructuración de su lugar en la sociedad, pero sin desligarse completamente de los imaginarios tradicionales en relación a su función maternal.
Por su carácter hegemónico, la eugenesia no estaba disociada de estos discursos ya que incluso las feministas del periodo colaboraron en sostenerla y potenciarla como disciplina válida. Esto fue posible por su coincidencia con la tradición política de la maternidad republicana. Al igual que la eugenesia, esta les otorgaba a las mujeres una responsabilidad colectiva en relación a la crianza de los futuros ciudadanos. Sin embargo, lo dicho no las desalentó a actuar en la esfera pública, si no a hacerlo en virtud de su rol doméstico. Apelaron, para ello, a cierta elasticidad en la doctrina de las esferas separadas, que les permitió accionar desde agrupaciones civiles que promovían intereses socio-políticos concretos, sobre todo de carácter moralizante. Esto avalado desde su posición materna.
De este modo, la eugenesia las afectó directamente tanto como principal objeto de prácticas negativas y positivas, al mismo tiempo que las significaba como un baluarte social. Por eso mismo, el feminismo eugénico encontró canales de expresión, a partir de los cuales cuestiones como el sufragio femenino, la anticoncepción, el amor libre, la eutenesia y la economía doméstica estuvieron atravesadas por las interseccionalidades del clasismo, el racismo y el modelo patriarcal. A partir de este mismo, en Estados Unidos pudieron manifestarse mujeres que buscaban que buscaban tanto fomentar su calidad materna como encontrar más libertad de acción y participación política.
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-
DECLARACIÓN DE DISPONIBILIDAD DE DATOS:
Todo el conjunto de datos que respalda los resultados de este estudio fue publicado en el propio artículo.
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1
Trad. libre del autor: “a science which deals with all influences that improve the inborn qualities of a race; also with those that develop them to the utmost advantage”.
-
2
Trad. libre del autor: “The general tone of the domestic, social and political life would be higher. The race as a whole would be less foolish, less frivolous, less excitable and politically more provident than now”.
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3
Trad. libre del autor: “We may not be able to originate, but we can guide. The processes of evolution are in constant and spontaneous activity, some towards the bad, some towards the good. Our part is to watch for opportunities to intervene by checking the former and giving free play to the latter”.
-
4
Es interesante notar que, como afirma Patricia Hill Collins, fueron las feministas negras quienes, a partir de la década de 1970, comenzaron a cuestionar la universalidad del feminismo blanco. Lo cual implicó la incorporación de la dimensión racial como un elemento esencial para entender la opresión patriarcal de una manera más integral que nos aleje de las formas tradicionales de entender la lógica de la dominación (Jabardo, 2012, p. 34-36).
-
5
BUCK V. BELL. Disponible en: https://supreme.justia.com/cases/federal/us/274/200/. Acceso en: 24 de octubre de 2025. Trad. libre del autor: “It is better for all the world if, instead of waiting to execute degenerate offspring for crime or to let them starve for their imbecility, society can prevent those who are manifestly unfit from continuing their kind”.
-
6
Trad. libre del autor: “has been handed down to posterity the father´s name and the mother´s mental capacity”.
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7
Trad. libre del autor: “we find nothing but good representative citizenship. There are doctors, lawyers, judges, educators, traders, landholders, in short, respectable citizens, men and women prominent in every phase of social life”.
-
8
Trad. libre del autor: “the woman, free at last, intelligent, recognizing her real place and responsability in life as a human being, will be not less, but more, efficient as a mother… in the line of physical evolution, motherhood is the highest process; and that her work, as a contribution to an improved race, must always involve this great function”.
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9
Trad. libre del autor: “The ensuant condition of female servitude is an injury in demanding labor incompatible with right maternity, and in lowering the average of heredity through the arrest of social development in the mother”.
-
10
GILMAN, Charlotte Perkins. Herland. 1915. Disponible en: https://www-gutenberg-org.translate.goog/files/32/32-h/32-h.htm?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc. Acceso en: 27 abril 2025.
-
11
Trad. libre del autor: “the complex problems now confronting America as the result of the practice of reckless procreation are fast threatening to grow beyond human control. Everywhere we see poverty and large families going hand in hand. Those least fit to carry on the race are increasing most rapidly”.
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Trad. libre del autor: “more children from the fit, less from the unfit – that is the chief issue of birth control”.
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Trad. libre del autor: “the campaign for Birth Control is not merely of eugenic value, but is practically identical in ideal with the final aims of Eugenics”.
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Trad. libre del autor: “It is the essential function of voluntary motherhood to choose its own mate, to determine the time of childbearing and to regulate strictly the number of offspring… The exercise of her right to decide how many children she will have and when she shall have them will procure for her the time necessary to the development of other faculties than that of reproduction. She will give play to her tastes, her talents and her ambitions. She will become a full-rounded human being. Thus and only thus will woman be able to transmit to her offspring those qualities which make for a greater race… Birth control itself, often denounced as a violation of natural law, is nothing more or less than the facilitation of the process of weeding out the unfit, of preventing the birth of defectives or of those who will become defectives… If we are to make racial progress, this development of womanhood must precede motherhood in every individual woman. Then and then only can the mother cease to be an incubator and be a mother indeed. Then only can she transmit to her sons and daughters the qualities which make strong individuals and, collectively, a strong race”.
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Trad. libre del autor: “the mass of Negroes, particularly in the South, still breed carelessly and disastrously, with the result that the increase among Negroes, even more than among Whites, is from that portion of the population least intelligent and fit”.
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Trad. libre del autor: “if health depend upon proper sexuality, it follows that disease depends upon improper sexuality… Sexual intercourse that is in accordance with nature, and therefore proper, is that which is based upon mutual love and desire, and that ultimates in reciprocal benefit… In the first place, without marriage; and with women made, as they must be, independent of the individual man for support, there will be no unwelcomed children born; secondly, they will be born in health and with a lease of life beyond the adult age, and, thirdly, they will all inherit the same right to equal education—physical, mental and moral, and thus enter upon adult life having had equal preparation”.
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Trad. libre del autor: “the best minds of to-day have accepted the fact that if superior people are desired, they must be bred; and if imbeciles, criminals, paupers, and otherwise unfit are undesirable citizens they must not be bred… Our young men and women should realize the purpose for which they are uniting in the holiest bond of physical life”.
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FINANCIACIÓN:
Esta investigación se enmarca en el proyecto TransatlanticLab- 101235830, HORIZON-MSCA-2024-SE-0
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Editor responsable:
Ely Bergo de Carvalho
Todo el conjunto de datos que respalda los resultados de este estudio fue publicado en el propio artículo.
