Resumen
Introducción Esta investigación visibiliza el cotidiano de tres mujeres mayores que habitan Antilhue, un territorio rural del sur de Chile, con foco en su agencia y emancipación. Se utilizó la fotografía como herramienta de performance e investigación de Terapia Ocupacional crítica.
Objetivos Comprender la cotidianidad de mujeres mayores que viven en Antilhue a partir de una aproximación etnográfica y un enfoque feminista interseccional y sensibilizar a la comunidad urbana acerca de la vida cotidiana de estas mujeres mayores que envejecen en el sur rural, mediante una exposición fotográfica producida colaborativamente.
Método Diseño de etnografía performativa que contempló inicialmente la observación participante y notas de campo con tres participantes. Tras un análisis temático, se construyeron los ejes para la producción colaborativa de fotografías, utilizadas como herramientas de performance en una exposición artística.
Resultados Se identificaron tres ejes principales: “Territorio”, “Historicidad” y “Cotidianidad”. Las mujeres generaron retratos que visibilizan su vida cotidiana construida mediante “redes de apoyo femeninas”, “un espacio percibido compartido”, “la condición de salud” y “una activa participación comunitaria”, en diálogo con el territorio desde su “construcción histórica” reconocido en tanto “espacio geográfico” y “espacio social”. Asimismo, representan visualmente la historicidad de sus vidas destacando la socialización de género y la violencia de género.
Conclusiones Las mujeres han conformado una cotidianidad colectivizada, producida por la participación comunitaria que han desarrollado a lo largo de sus vidas y que construye un envejecer compartido, donde despliegan formas de resistencia, agencia y acción por la emancipación en su territorio rural.
Palabras clave:
Actividades Cotidianas; Medio Rural; Mujeres; Investigación Cualitativa; Marco Interseccional; Terapia Ocupacional
Abstract
Introduction This study gives visibility to the everyday life of three older women living in Antilhue, a rural territory in southern Chile, focusing on their agency and emancipation. Photography was used as a performance and research tool within critical occupational therapy.
Objectives To understand the everyday life of older women living in Antilhue through an ethnographic approach and an intersectional feminist perspective, and to raise awareness among urban communities about the everyday life of these older women aging in rural areas of southern Chile through a collaboratively produced photographic exhibition.
Method A performative ethnography design was used, initially involving participant observation and field notes with three participants. After thematic analysis, axes were developed for the collaborative production of photographs, which were used as performance tools in an artistic exhibition.
Results Three main axes were identified: “Territory”, “Historicity”, and “Everyday life”. The women produced portraits that make visible their everyday lives, constructed through “female support networks”, “a shared perceived space”, “health condition”, and “active community participation”, in dialogue with the territory based on its “historical construction”, recognized both as a “geographical space” and a “social space”. They also visually represent the historicity of their lives, highlighting gender socialization and gender-based violence.
Conclusions The women shaped a collectivized everyday life, produced through the community participation they developed throughout their lives and constructing a shared aging process in which they mobilize forms of resistance, agency, and action toward emancipation in their rural territory.
Keywords:
Activities of Daily Living; Rural Areas; Women; Qualitative Research; Intersectional Framework; Occupational Therapy
Resumo
Introdução Esta pesquisa dá visibilidade ao cotidiano de três mulheres idosas que vivem em Antilhue, território rural do sul do Chile, com foco em seus processos de agência e emancipação. A fotografia foi utilizada como ferramenta de performance e de pesquisa na terapia ocupacional crítica.
Objetivos Compreender o cotidiano de mulheres idosas que vivem em Antilhue a partir de uma abordagem etnográfica e de uma perspectiva feminista interseccional, e sensibilizar a comunidade urbana acerca do cotidiano dessas mulheres idosas que envelhecem em áreas rurais do sul do Chile, por meio de uma exposição fotográfica produzida de forma colaborativa.
Método Utilizou-se um delineamento de etnografia performativa que contemplou inicialmente a observação participante e registros em diário de campo com três participantes. Após análise temática, foram construídos eixos para a produção colaborativa de fotografias, utilizadas como ferramentas de performance em uma exposição artística.
Resultados Foram identificados três eixos principais: “Território”, “Historicidade” e “Cotidianidade”. As mulheres produziram retratos que dão visibilidade à sua vida cotidiana, construída por meio de “redes de apoio femininas”, “um espaço percebido compartilhado”, “a condição de saúde” e “uma participação comunitária ativa”, em diálogo com o território a partir de sua “construção histórica”, reconhecido tanto como “espaço geográfico” quanto como “espaço social”. Além disso, representam visualmente a historicidade de suas vidas, destacando a socialização de gênero e a violência de gênero.
Conclusões As mulheres conformaram uma cotidianidade coletivizada, produzida pela participação comunitária que desenvolveram ao longo de suas vidas e que constrói um envelhecer compartilhado, no qual mobilizam formas de resistência, agência e ação orientadas para a emancipação em seu território rural.
Palavras-chave:
Atividades Cotidianas; Zona Rural; Mulheres; Pesquisa Qualitativa; Enquadramento Interseccional; Terapia Ocupacional
Introducción: Mujeres y Envejecimiento en Territorios Rurales
El envejecimiento puede ser entendido como un proceso inherente a la existencia humana, que, según esté situado en un espacio-tiempo particular, tendrá características socioculturales específicas que no son generalizables ni universales, lo que nos permite reconocer una heterogeneidad de vejeces (Gómez, 2019). En Latinoamérica, existe una transición demográfica marcada por el envejecimiento de la población a un paso relativamente acelerado (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2022b), siendo Chile el segundo país con mayor índice dentro de América del Sur y Centroamérica (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2022a). En Chile, la población mayor de 65 años representa el 14% de la población total para 2024 (Instituto Nacional de Estadísticas, 2025), y se estima que esta cifra presentará “un crecimiento continuo, alcanzando un 42,6% del total de la población hacia 2070” (Instituto Nacional de Estadísticas, 2026, p. 19). Lo anterior, más allá de un dato demográfico, expone una problemática social creciente que trae consigo necesidades, y, por tanto, demandas particulares de los/as sujetos/as y comunidades.
Actualmente, la esperanza de vida en Chile presenta diferencias generizadas dado que las mujeres tienen una mayor esperanza de vida, esto es, 83,7 años en contraste a 78,4 años para los hombres (Instituto Nacional de Estadísticas, 2025). No obstante, de acuerdo a la Encuesta de Bienestar Social realizada en 2023, las mujeres chilenas presentan mayores niveles de soledad y un mayor balance afectivo negativo que los hombres, sumado a brechas de género significativas reportadas en todas las categorías de salud mental (Chile, 2026a). Adicionalmente, el Censo de Población y Vivienda desarrollado en 2024 expone que el índice de masculinidad va disminuyendo en tanto mayor es el rango etario, es decir, en el rango de 15 a 64 años hay 95,7 hombres por cada 100 mujeres lo cual disminuye desde los 65 años y más ya que por cada 77,2 hombres hay 100 mujeres (Instituto Nacional de Estadísticas, 2025). El que la mayoría de la población de personas más longevas sea principalmente femenina, ha sido descrito por Salmerón et al. (2014, como se cita en Osorio-Parraguez et al., 2022) como feminización de la vejez, planteamiento que reconoce la particularidad de las condiciones de vida y, a su vez, las desigualdades estructurales de género que operan en las mujeres que envejecen (Osorio-Parraguez et al., 2022).
A lo largo del tiempo, se ha reconocido cómo la articulación de desigualdades económicas, educacionales, laborales e incluso de invisibilidad política y administrativa (Ramos, 2018) han repercutido en las formas de envejecer de las mujeres en ruralidad. En este sentido, Silva et al. (2022) plantean que las desigualdades sociales permean la cotidianidad de las personas que viven en ruralidad, las que pese a producirse a partir de distintas relaciones de poder, se vivencian como una sinergia en el cotidiano. Por ejemplo, Muñoz et al. (2021) evidencian que la pobreza y la seguridad económica son elementos que atraviesan las condiciones de vida de las personas mayores en el sur de Chile. En el caso de la Región de Los Ríos, donde se sitúa esta investigación, el 19,4% de la población mayor de 60 años se encuentra en situación de pobreza por ingresos (Chile, 2026b).
En este contexto, la trayectoria educacional y laboral de mujeres mayores se caracteriza por la presencia de restricciones laborales, las cuales están asociadas al desempeño del trabajo de cuidados no remunerado, entendido como una capacidad socializada durante el desarrollo de sus vidas (Ramos, 2018). Por tanto, las desigualdades de género establecen “distintas (…) posibilidades de usar y acceder a los bienes y recursos del espacio que habitan, como consecuencia de la división sexual del trabajo” (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2016 como se cita en Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2019, p. 41), evidenciando que “el territorio no es neutro desde el punto de vista de género” (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2019, p.41).
En este punto, queda en evidencia el entramado interseccional que contempla esta investigación entre el género, la edad y el territorio (Caro, 2017) como categorías estructurales presentes en las experiencias de envejecimiento femenino (en Osorio-Parraguez et al., 2022) y su influencia en la producción de procesos de exclusión y de desigualdades sociales (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2019) específicos para las mujeres mayores que envejecen en ruralidad. Consecuentemente, podemos sostener que ser mujer mayor en el sur rural de Chile tiende hacia la experiencia de exclusión de una serie de derechos sociales, lo cual implica reconocer y visibilizar esta realidad, así como las formas en que se presenta el empoderamiento y la emancipación de las mujeres mayores (Ramos, 2018) en su vida cotidiana.
En este escenario, existe una brecha de investigación para la Terapia Ocupacional, ya que los estudios que abordan la ruralidad se centran en el desempeño profesional y las prácticas clínicas desarrolladas en estos contextos (Silva et al., 2022), mas no en comprender el cotidiano de las personas mayores que habitan estos territorios, especialmente respecto de mujeres que allí viven, considerando su mayor experiencia de desigualdad. A la vez, se observan escasos abordajes sobre la interseccionalidad entre género, edad y territorio desde perspectivas críticas y/o emancipatorias de la disciplina, que se aproximen de forma despatologizante y situada hacia los procesos de envejecimiento. Así, surge una primera interrogante: ¿cómo es la vida cotidiana de mujeres mayores que envejecen en la ruralidad de la Región de Los Ríos?
Considerando el rol que tiene la Terapia Ocupacional en la transformación de las condiciones sociales de personas y colectivos, con foco en la inclusión de la diversidad humana (Silva et al., 2021), se ha descrito en la literatura disciplinar el uso de la fotografía como estrategia para trabajar con sujetos/as y comunidades excluidas a través del Arte y la Cultura (Assis et al., 2017; Gonçalves et al., 2020; Perez et al., 2014). Se ha descrito la producción de actividades artísticas y culturales como experiencias de “intercambios significativos y acciones construidas colectivamente con los sujetos y grupos con los que se comprometen las acciones” (Silva et al., 2021, p. 247), consolidando a la fotografía tanto como un dispositivo para la comprensión de la realidad social, así como también en una herramienta de recolección de datos en materia de investigación (Gonçalves et al., 2020). En base a dichas experiencias, nace una segunda pregunta de investigación respecto a cómo se puede sensibilizar a la sociedad civil sobre el cotidiano de mujeres mayores que envejecen en ruralidad desde la Terapia Ocupacional.
En concordancia a dichas preguntas, este estudio tuvo 2 objetivos: a) Comprender la cotidianidad de mujeres mayores que viven en Antilhue a partir de una aproximación etnográfica y un enfoque feminista interseccional y b) sensibilizar a la comunidad urbana acerca del cotidiano de estas mujeres mayores que envejecen en el sur rural, a través de una exposición fotográfica producida colaborativamente.
Aproximaciones Teóricas al Cotidiano de Mujeres Mayores que Habitan lo Rural: Una Lectura Interseccional
Nuestra problematización bibliográfica se construye en una disposición argumental articulada, en primera instancia, por una lectura del problema de investigación desde el enfoque feminista interseccional como una perspectiva transversal de la investigación y que dialoga con la gerontología crítica feminista. En segundo lugar, desarrollaremos una lectura crítica sobre la ruralidad a partir de los conceptos de territorio y cotidiano, basados en perspectivas disciplinares latinoamericanas. Finalmente, en tercer lugar, relacionaremos estas perspectivas con la producción de actividades artísticas y culturales como formas de promover la transformación social desde la Terapia Ocupacional, particularmente a través de la fotografía entendida como un relato que desnaturaliza el cotidiano al plasmarse como una performance.
Interseccionalidad y gerontología crítica feminista
Esta investigación comprende la vida cotidiana de mujeres mayores que habitan la ruralidad desde el enfoque interseccional, entendido como una “perspectiva teórica y metodológica que busca dar cuenta de la percepción cruzada o imbricada de las relaciones de poder” (Viveros, 2016, p. 2). En particular, nos situaremos a partir de lo planteado por Collins (2000), quien establece un análisis micro y macrosocial (Viveros, 2016), presentando los conceptos interseccionalidad y matrices de dominación respectivamente.
De acuerdo a lo planteado por Collins (2000) el término interseccionalidad alude a formas particulares de opresiones que se cruzan, por ejemplo, las intersecciones de raza y género, o de sexualidad y nación (Collins, 2000, traducción propia1). Según Ferrufino et al. (2019) la perspectiva de Hill Collins nos permite “evidenciar los diferentes sistemas y múltiples estructuras de opresión que influyen en la experiencia cotidiana de las personas” (p. 4). Así, podemos situar a la vida cotidiana como proceso microsocial donde se representan los efectos de las estructuras productoras de la desigualdad social. A su vez, el concepto de matrices de dominación interroga cómo se organizan realmente las opresiones imbricadas a partir de sistemas que producen y mantienen las injusticias (Collins, 2000). Bajo este marco, al hacer un análisis situado, se puede reconocer al menos, la interacción entre el género, la edad y el territorio entendidos como marcadores de diferencia (Munévar, 2013) que operan en la vida cotidiana de mujeres mayores que viven en ruralidad, lo cual representa a nivel macrosocial esta imbricación.
Por lo tanto, una lectura interseccional posibilita el reconocimiento del género, edad y territorio como categorías estructurales para problematizar la vejez desde la diversidad (Osorio-Parraguez et al., 2022) y a la vez, cuestionar “el modelo hegemónico de “La Mujer” universal” (Viveros, 2016, p. 8) en contextos con una construcción histórica de dominación, como son los espacios rurales, reconociendo cómo el territorio “puede favorecer la exclusión de las mujeres o transformar la situación de desigualdad” (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2019, p. 41). Así, “la interseccionalidad es fundamental para la comprensión de las condiciones en las que se vive la vejez” (Gómez, 2019, p. 68), poniendo en análisis las condiciones micro y macrosociales donde ésta se sitúa, cuestión que la gerontología crítica feminista articula con una crítica al positivismo científico y el androcentrismo.
La gerontología crítica surge en la década de los 90 como parte de una emergencia de nuevas voces que apuntaron a impulsar procesos emancipatorios con foco en la transformación social (González Soriano, 2002, como se cita en Gómez, 2019), frente a una mayor representatividad de teorías dentro de los estudios del envejecimiento que no consideran las desigualdades estructurales que existen a la base de las vejeces2 (Gómez, 2019). Nos posicionamos en este enfoque, ya que supone la comprensión de la realidad como socialmente construida, haciendo una crítica a “la visión androcéntrica del estudio del desarrollo humano (…) [dispuesto] en etapas cronológicamente sucesivas, marcadas por el trabajo remunerado” (Gómez, 2019, p.67), donde la vejez es reducida a una comprensión biológica y evolutiva.
En consecuencia, desde la gerontología crítica feminista, podemos visualizar la vida cotidiana de mujeres mayores que viven en ruralidad considerando la heterogeneidad de las formas de envejecer en los distintos contextos sociohistóricos (Gómez, 2019). Este posicionamiento nos permite reconocer cómo el sistema patriarcal ha moldeado la trayectoria de vida de las mujeres mayores a través de los roles de género (Ramos, 2015) relegando a las mujeres al desempeño de trabajos no remunerados, como experiencia vital que se contrapone a una visión androcéntrica organizada en torno al trabajo remunerado y la jubilación, especialmente de aquellas que viven en territorios rurales. Por tanto, esta propuesta teórica propone un abordaje de las vejeces en clave interseccional generando procesos emancipatorios que pretenden reinterpretar lo que socialmente se ha delimitado como envejecimiento femenino (Ramos, 2015), cuestionando la visión edadista para visualizar a las mujeres mayores desde el reconocimiento de su agencia y diversidad (Ramos, 2015).
Ruralidad desde una perspectiva de territorio y cotidianidad
La comprensión de la ruralidad fue conducida por la conceptualización de territorio que realizan Bianchi & Malfitano (2021) a raíz de un análisis del uso de dicho concepto en la terapia ocupacional colombiana, referida a comprenderle como:
un espacio geográfico y social, utilizado y transformado por las comunidades que lo habitan y compuesto por características físicas y su construcción histórica, en el que es posible conocer las vidas, las experiencias, las relaciones que se establecen entre las personas, en un contexto microsocial; y las relaciones de poder, ejemplificadas en las disputas económicas y políticas que afectan la dinámica de ese espacio (Bianchi & Malfitano, 2021, p. 18).
Esta acepción nos permite proponer una comprensión sociohistórica y situada de la ruralidad que supere la visualización del espacio rural en una lógica dicotómica de retraso-desarrollo respecto de lo urbano. La noción de territorio articulada con el enfoque interseccional permite considerar las diferencias en el uso y acceso a condiciones materiales de vida que existen para las mujeres que habitan en contextos rurales. El territorio, visto desde el análisis interseccional propuesto por Hill Collins, observa a la vida cotidiana como un espacio microsocial (Viveros, 2016), siendo el territorio y el cotidiano un tejido dinámico que produce al espacio que las personas habitan y las relaciones sociales que allí construyen. En esta lectura, la agencia de las comunidades es relevada en tanto utilizan y transforman su propio territorio, pese a las desigualdades sociales que persisten en la ruralidad.
En cuanto a la propuesta analítica de Bianchi & Malfitano (2021) sobre la noción de territorio, nos centraremos en una de las líneas teóricas que ellas identifican, esto es, el territorio como espacio social. Sobre esta línea, añaden el concepto de espacio basándose en las proposiciones de Barrera (2009), quien reconoce las relaciones de poder presentes sobre los espacios como un análisis necesario al abordar la territorialidad. En este sentido, la lectura de Barrera (2009) diferencia tres tipos de espacios basándose en una de las trilogías de Henri Lefebvre, siendo éstos: “el espacio percibido o primer espacio, que (…) corresponde al espacio material; el espacio concebido o segundo espacio, que se refiere al espacio mental, y el espacio vivido o tercer espacio, que se refiere a las experiencias” (Barrera, 2009, p. 15).
Dicho análisis imprime una analítica del poder sobre los espacios que las personas habitan en lo microsocial, articulándose con la noción de cotidiano planteada desde la terapia ocupacional crítica en Brasil, que le concibe como una construcción sociohistórica que posibilita conocer las condiciones concretas de existencia de sujetos/as y colectivos (Galheigo, 2020). Así, “las escenas cotidianas sirven como testimonio de un espacio-tiempo moldeado por la cultura, las historias de vida y las relaciones sociales (…), [y que] permite también conocer las formas de pensar, actuar y sentir de sujetos y colectivos” (Galheigo, 2020, p. 8). De tal modo, un análisis de la vida cotidiana nos orienta hacia una comprensión crítica de la realidad social, reconociéndole como un producción histórica y política.
Finalmente, la sinergia entre la perspectiva interseccional y la perspectiva de lo cotidiano como enfoques de esta investigación cobran relevancia en la construcción de conocimientos y prácticas en la terapia ocupacional latinoamericana frente a un compromiso con las luchas contrahegemónicas que evidencian ejes de opresión interconectados como lo son la colonialidad, el racismo y el cis-heteropatriarcado, y, en consecuencia, las matrices de dominación que éstos establecen (Ambrosio & Silva, 2022). Teniendo en cuenta lo anterior, podemos pensar cómo a través de la producción de conocimiento y el arte, con foco en la cotidianidad, se puede revelar el tejido de la vida visibilizando “la diferencia, la discriminación, los prejuicios y las injusticias” (Galheigo, 2020, p. 8), promoviendo una práctica humana transformadora (Galheigo, 2020).
Producción de arte y cultura en la Terapia Ocupacional
Durante los últimos años, en las producciones científicas de Terapia Ocupacional latinoamericana se ha sistematizado una serie de experiencias en torno al uso del Arte y la Cultura como parte del ejercicio de la ciudadanía de sujetos/a y comunidades excluidas. Hemos revisado diversas investigaciones (Assis et al., 2017; Gonçalves et al., 2020; Perez et al., 2014) y proyectos realizados por el Laboratorio de Actividades Humanas y Terapia Ocupacional de la Universidad Federal de São Carlos (Brasil), donde se han producido actividades artísticas y culturales que, por ejemplo, han permitido reflejar mediante la fotografía la narrativa de jóvenes excluidos acerca de su movilidad urbana en Río de Janeiro. Estas actividades han consolidado a la fotografía como una herramienta de producción de conocimiento y al mismo tiempo como un dispositivo para la comprensión de la realidad social (Gonçalves et al., 2020), plasmando su potencial como recurso para conocer el cotidiano (Assis et al., 2017).
Estas prácticas desarrolladas especialmente en Brasil constituyen acciones donde la dimensión cultural ha sido abordada con un enfoque basado en los derechos humanos y la ciudadanía, estableciendo prácticas disciplinares en el ámbito de la cultura y/o políticas culturales con diferentes personas y grupos, ampliando así el alcance de la acción y la producción de conocimiento (Silvestrini et al., 2019 como se cita en Correia et al., 2021). Sobre estas bases, enfatizamos en la importancia del Arte y la Cultura como una forma de sensibilizar a la comunidad sobre el cotidiano de mujeres mayores que habitan la ruralidad, ya que, el proceso de producción de fotografías promueve “el fortalecimiento y la defensa de los derechos culturales desde la existencia simbólica hasta la dimensión de la creación y el acceso a los bienes culturales”3 (Correia et al., 2021, p. 43).
Ahora bien, la producción de fotografías como parte de una investigación en terapia ocupacional aún es incipiente, sin embargo, ha sido ampliamente utilizada como metodología de trabajo en investigación social. En este sentido, hemos adherido a la propuesta de Triquell (2015), respecto a que “la imagen habilite una complejidad del campo de trabajo (…) que sea a su vez un instrumento y una herramienta válida para conocer más sobre cierto aspecto del mundo social” (p.122), en este caso, respecto al entramado interseccional entre género, edad y territorio.
En el contexto de esta investigación, la imagen ensambla un recurso metodológico que corresponde a la dimensión performativa del diseño de esta investigación, proponiendo la producción intencionada de un relato fotográfico a través de una acción colaborativa. Desde su potencia comunicativa, la fotografía puede constituir una performance, dado que presenta una “materialidad específica de la experiencia discursiva, en las que se condensan miradas sobre la experiencia personal, (…) orientadas a ser vistas por otro” (Triquell, 2015, p. 127). Por tanto, este proceso nos habla de una producción que no es casual, sino que está dada por “convenciones propias de la representación visual fotográfica (…) su modo de entender y mirar el mundo” (Triquell, 2015, p. 127). Así, entendemos la fotografía como una escritura visual que transmite sentidos mediante operaciones de montaje, que, en tanto relato, promueve la desnaturalización del espacio cotidiano al completarse en el momento en que es exhibida a otro/a (Triquell, 2015). Por tanto, aplicada como herramienta de performance bajo una acción colaborativa, puede constituirse una forma de emancipación en los procesos de envejecimiento de las mujeres que habitan lo rural, construyendo una gramática propia (Triquell, 2015), tanto para ellas, así como en los estudios de terapia ocupacional y ciencias de la ocupación.
Metodología: Etnografía Performativa A Través de la Fotografía
Dado que la vida cotidiana se constituye como una realidad social heterogénea, esta investigación corresponde a un enfoque de tipo cualitativo, que nos permite aproximarnos a una comprensión situada y profunda de la cotidianidad de mujeres mayores que viven en territorios rurales. Nuestras decisiones metodológicas se han desarrollado bajo el paradigma crítico, conceptualizado como un conjunto de supuestos filosóficos, epistemológicos y ontológicos que se enfocan en el empoderamiento de las personas para que puedan trascender las limitaciones que les imponen las matrices de dominación (Creswell, 2007). Este posicionamiento representa un cuestionamiento de los intereses en la producción de conocimiento disciplinar, especialmente dado su rol técnico-social que, en lugar de reproducir el modelo de opresión, busca transformar las condiciones materiales de la vida cotidiana a través de acciones liberadoras (Correia et al., 2021). Además, en coherencia a este paradigma, nos hemos posicionado desde las epistemologías feministas que nos invitan, por una parte, a reconocer al género como ordenador social que interactúa con otros marcadores de diferencia, y por otra, cuestionar los supuestos de objetividad y neutralidad en los procesos de investigación, visualizando de forma clara cómo todo conocimiento es situado (Blazquez, 2010).
Respecto al diseño de investigación, desarrollamos una aproximación desde la etnografía performativa la cual “aboga por la expansión de las acciones de observación y participación de la etnografía tradicional, generando la dimensión artística (performativa) en la producción de los sujetos que colaboran en la investigación” (Viera, 2023, como se cita en Hartmann & Castro, 2024, p. 83) y a su vez, considera la amplia gama de expresiones artísticas en su potencial como herramientas performativas de intervención en lo social (Pelias, 2015). Así, podría decirse que este diseño consta de una etapa de inmersión etnográfica y de una etapa performativa a través del arte. Así, inició mediante un proceso colaborativo de producción de fotografías, planteado como un modo de performance de las mujeres mayores que habitan territorios rurales, y culminó en una exposición fotográfica mediada por las propias colaboradoras de la investigación. Esto, aspirando a plasmar una creación política y transformadora a partir de su propia cotidianidad.
Técnicas de producción y análisis de la información
El proceso fue planteado a partir de las etapas que propone Saldaña (2003) para la creación de un etnodrama ⎯que es la expresión artística con mayor reconocimiento en este tipo de diseño⎯ pero aplicado a la fotografía como herramienta de performance. Se realizaron observaciones participantes y notas de campo en los contextos cotidianos de las colaboradoras entre los meses de agosto a diciembre del 2023, y así tras un análisis inicial, dichas técnicas delinearon la tercera técnica que corresponde a la producción de fotografías mediante una acción colaborativa entre las participantes e investigadoras. Esto, con el fin de generar un relato fotográfico sobre su propia cotidianidad entendido como un proceso performativo. En este sentido, las participantes fueron parte del diseño, selección y edición de las fotografías, así como de creación de las leyendas o descriptores de las fotografías, proceso que tuvo lugar entre diciembre de 2023 y abril de 2024. Esta técnica fue completada con el montaje de una exposición fotográfica abierta a la comunidad, que fue mediada por las participantes junto al equipo de investigación, en alianza con la Casa de Las Mujeres y Diversidad4 en la ciudad de Valdivia durante diciembre de 2024.
Respecto a la primera técnica de producción de la información, se realizaron notas de campo bajo la idea de registrar anotaciones a partir de la experiencia subjetiva de quien investiga, tales como pensamientos y observaciones a partir de los encuentros con las participantes en su cotidianidad (Gibbs, 2012). Así, los registros fueron archivados y separados por período, detallando la fecha y hora correspondiente, mediante notas de audio que posteriormente se transcribieron a un diario de campo. Como segunda técnica, se desarrollaron observaciones participantes en el cotidiano de las colaboradoras, técnica guiada que requiere que quien investiga esté inmersa en la vida cotidiana de las personas, vale decir, desarrolle un rol activo, y realice observaciones y/o entrevistas quienes participan del estudio (Creswell, 2007). Este proceso estuvo guiado por una pauta de observación elaborada en función de los objetivos y marco teórico de la investigación.
Posteriormente, se realizó un análisis temático sobre los registros de las notas de campo y observaciones participantes, estrategia analítica que consiste en un “proceso en el que se identifican y describen temas, se establecen vínculos entre ellos, se diseñan dispositivos visuales y se integran en un modelo interpretativo que requiere hacia el final del proceso” (Borda et al., 2017, p. 23). Así, se estableció un proceso inicial de codificación abierta que construyó una matriz general que, tras una codificación axial, fue modificada y se configuró a partir de la identificación de 3 temas centrales: a) territorio, b) historicidad y c) vida cotidiana. Siguiendo lo propuesto por Saldaña (2003), esto es, que las categorías identificadas en el análisis inicial conformen las escenas de la obra de teatro en el marco de un etnodrama, en nuestro caso, los temas centrales que fueron identificados se transformaron en los ejes curatoriales de la exposición fotográfica.
Finalmente, como se ha anticipado, la tercera técnica de producción de información correspondió a un proceso fotográfico colaborativo, conducido a partir de los temas identificados en la primera etapa. Con ello se generó una guía para el diseño de las fotografías, que fueron co-producidas con las participantes de esta investigación. Así, cada participante construyó un relato sobre dónde y cómo quería ser retratada, intencionando en cada fotografía una performatividad sobre su propia historia y vida cotidiana.
Participantes y criterios de inclusión
De acuerdo a la capacidad operativa de producción y el financiamiento de la investigación, se contó con la colaboración de 3 participantes. Fueron convocadas mediante una estrategia de muestreo mixta: en primera instancia se realizó un muestreo por conveniencia y en segunda instancia, un muestreo en cadena.
Los criterios para convocar a las participantes fueron identificarse como mujer (respecto a identidad de género), ser residente de un sector rural de la Región de los Ríos, tener más de 60 años y la capacidad de consentir voluntariamente de participar de la investigación, además de aceptar colaborar en la producción, selección y exposición de las fotografías.
El trabajo de campo se realizó en el sector de Antilhue, perteneciente a la comuna de Los Lagos y ubicado en la ribera del río Calle-Calle. La investigación se focalizó exclusivamente hacia este territorio dado que cumplía con ser un territorio rural y todas las participantes que consintieron en participar vivían en este sector. Además, Antilhue se encuentra próximo a la ciudad de Valdivia (aproximadamente 35 kilómetros), que es donde se sitúa la Universidad donde se elaboró la investigación. Entre los meses de agosto de 2023 y abril de 2024 se realizaron un total de 6 observaciones participantes en el cotidiano de cada una de las 3 mujeres mayores, instancias que tuvieron una duración promedio de 2-3 horas. Además, se realizaron 3 jornadas para la toma de fotografías, y 1 sesión con cada una de las colaboradoras para la selección, edición y creación de las leyendas de las fotografías.
Consideraciones y resguardos éticos
La participación de las mujeres estuvo supeditada a la firma de un consentimiento informado, donde se explicitó desde un inicio que el producto final de la colaboración en la investigación implicaba visibilidad, de forma que las personas convocadas contemplaron que la producción fotográfica se establecía como un criterio fundamental para participar en este estudio. Así, las participantes aceptaron voluntariamente ser fotografiadas en su cotidiano, quedando a elección de ellas si deseaban o no ser directamente retratadas. Asimismo, ellas decidieron aparecer con sus nombres reales en la presentación de resultados y en las leyendas generadas durante la producción fotográfica. Por tanto, acorde a la epistemología feminista, las colaboradoras son consideradas como partícipes activas de la performance en sus distintos procesos de producción fotográfica (diseño, toma, edición y selección), así como también de la mediación de la exposición fotográfica que culminó esta investigación5. La participación en esta última instancia no fue planteada de carácter excluyente, de manera que se incorporó en el consentimiento informado que, si alguien solicitase el retiro del estudio, esto implicaría no usar las fotografías en ningún tipo de producción.
El consentimiento fue reconfirmándose en cada momento de la investigación, y se cautelaron eventuales riesgos emocionales surgidos a raíz del proceso, permitiendo detener las sesiones fotográficas cuando ellas lo estimasen conveniente y no exponer fotografías sin su previa aprobación. Además, se establecieron prácticas de retribución y reciprocidad, como el financiamiento y traslado de las colaboradoras y sus familias hacia la exposición final, su rol activo mediándola, y por último, la entrega de una de las fotografías exhibidas, escogida por ellas, enmarcada en gran tamaño. Cabe señalar que, para ellas, el hecho de ser partícipes de la investigación dando a conocer su historia y vida cotidiana, fue reconocido como un hito importante en sus vidas, motivo de alegría y emoción.
Organización de resultados
La comprensión del cotidiano de las colaboradoras como mujeres mayores que habitan la ruralidad de Antilhue requiere una compleja lectura que dé cuenta de la construcción histórica de este territorio, así como de los modos en que ellas han catalizado transformaciones en este espacio geográfico-social a lo largo de sus trayectorias vitales, para entender las condiciones en que se presenta su vida cotidiana en la actualidad. A modo de plantear un primer acercamiento a la experiencia de las colaboradoras, Jovina, Marisol y María, presentaremos breves descripciones biográficas a modo de situarles. Luego, abordaremos los 3 ejes temáticos de territorio, historicidad y vida cotidiana, que conformaron los ejes curatoriales de la exposición fotográfica, en base a los cuales cada colaboradora diseñó cómo y dónde quería ser retratada. La descripción de los ejes irá acompañada de algunas de las fotografías que fueron parte de la exposición artística “Tramas de la vida cotidiana”, que buscó tejer nuevos sentidos y dar cuenta de las formas que puede adoptar la etnografía performativa como una investigación comprometida políticamente con los ideales de justicia y agencia en clave interseccional. Cabe señalar que el diseño de las fotografías fue realizado por las colaboradoras, Jovina, Marisol, María y la investigadora principal; y los registros fotográficos fueron realizados por la segunda autora durante diciembre de 2023 y enero de 2024.
Tramas de la Vida Cotidiana: Jovina, Marisol y María
Jovina tiene 61 años, creció en Antilhue y a los 12 años migró por primera vez a la ciudad de Valdivia en búsqueda de oportunidades laborales y educacionales, obteniendo a esa edad su primer trabajo remunerado como asesora del hogar. Posteriormente, desempeñó este trabajo al menos durante 20 años en la capital de Chile, Santiago, y de forma paralela fue cuidadora de su madre, viajando frecuentemente a Antilhue para visitarla. Tras la muerte de su madre, regresó a vivir en Antilhue junto a su esposo, hija e hijos y construyó la primera paquetería (bazar) de forma aledaña a su casa, actividad remunerada que realiza hasta el día de hoy. A lo largo de su vida ha participado activamente en la comunidad y actualmente posee el cargo de tesorera de la Agrupación Amigos del Tren. Además, es parte del Comité de Bienestar de la Junta de Vecinos y administra su propio local dedicado a la venta de artesanías que ella misma elabora en la feria costumbrista del sector. Jovina destaca como actividades de disfrute los encuentros familiares y la cotidianidad compartida con Marisol, otra colaboradora de esta investigación.
Marisol tiene 60 años, creció en Osorno y llegó hace 30 años a Antilhue a vivir con su familia por un traslado laboral de su expareja. Durante muchos años vivió en el campamento “Villa 2000” junto a sus hijos, destacando como parte de su trayectoria vital las severas desigualdades sociales que ha experimentado, limitando sus oportunidades educacionales y laborales, principalmente asociadas a dificultades para leer y escribir. A lo largo de su vida se ha desempeñado en trabajos de temporada y en el ejercicio de trabajos de cuidados, por ejemplo, siendo durante muchos años cuidadora de los padres de María, también colaboradora de esta investigación. En la actualidad realiza trabajos de limpieza en la feria costumbrista de Antilhue y participa activamente en distintos comités de la Junta de Vecinos y de otros programas municipales en el área de la salud. Marisol reconoce disfrute en la articulación de actividades de acción social, en sus encuentros con Jovina y María, y en las visitas familiares.
María tiene 64 años, nació y creció en Antilhue, y durante gran parte de su vida trabajó en la venta de productos gastronómicos al alero de la estación del ferrocarril, que cesó su flujo en la década del 90. Comenzó comercializando productos lácteos junto a su padre y posteriormente se dedicó a la venta de kuchenes, pan amasado y mermeladas. Fue cuidadora de su madre en situación de dependencia durante muchos años. Históricamente, ha tenido una participación comunitaria importante en el territorio, siendo una de las mujeres que impulsó la formalización de la organización Amigos del Tren, con la consecutiva demanda de un espacio de trabajo formal que hoy está consolidado en la feria costumbrista. Por motivos de salud, decidió dejar de trabajar en dicho espacio, pero mantiene ventas de helados y mermeladas en su hogar. Respecto a actividades asociadas al disfrute, María destaca las celebraciones familiares, así como pasar tiempo con su familia y su perro.
La vida de estas 3 mujeres se ha configurado en función de una trama articulada y dinámica entre el territorio, la historicidad y la vida cotidiana, cuestión que describiremos a continuación siguiendo la organización que presenta la Figura 1.
Material gráfico acerca de las interacciones que se dan en la complejidad de la vida cotidiana de mujeres mayores que habitan Antilhue. Fuente: elaboración propia.
Territorio
La caracterización geográfica y social de Antilhue refleja la naturaleza dinámica de las transformaciones que emergen en las interrelaciones comunidad-territorio, y que, por tanto, conforman su construcción histórica. Un primer elemento de esta historicidad territorial que las colaboradoras tienden a relevar son las escasas oportunidades de acceso a derechos y servicios, derivadas de un país altamente centralizado y urbano. Por una parte, reconocen cómo su territorio ha estado atravesado por restricciones laborales que derivan de esta desigualdad social, a la vez que han limitado la educación formal, incluyendo la falta de educación sexual integral. Así, el espacio geográfico rural configura al espacio social, que a su vez ha producido una experiencia social de ruralidad, entendida como realidad social situada y particular, que excede de una consideración netamente demográfica o poblacional.
Construcción histórica
De acuerdo a lo observado en la inmersión al campo, otro elemento identificado como parte de la historicidad del territorio es la gran influencia que tuvo el desarrollo de la minería, la actividad forestal y el ferrocarril. Al narrar su historia de vida, las colaboradoras destacan la huella que dejó en ellas y en Antilhue la presencia del ferrocarril que operó desde la primera mitad del siglo XX hasta 1992 (Grallert, 2013), siendo Antilhue una importante estación de conexión entre recorridos ferroviarios. El aumento que significó en las oportunidades laborales de la comunidad fue relevado como un hito cultural, conformándose como la principal fuente de trabajo durante un período significativo. Aún más, permitió fuertemente la incorporación de las mujeres a actividades productivas remuneradas, fundamentalmente en la comercialización informal de productos agrícolas y gastronómicos en la estación del tren —desarrollados en varios casos, intergeneracionalmente— en un contexto donde las mujeres se enfrentaban a amplias restricciones educacionales y laborales.
De acuerdo a lo narrado por las colaboradoras, durante el año 1993 se suspendieron definitivamente los servicios del ramal Antilhue-Valdivia, lo que generó una serie de cambios en distintas esferas de la vida de las mujeres que trabajaban en torno a la estación del ferrocarril, como la disminución de las oportunidades laborales y de la conectividad, tanto regional como nacional. En este contexto, dichas mujeres se organizaron comunitariamente para subsistir, colectivizando las demandas y visibilizando los problemas que trajo consigo la retirada del ferrocarril. Así, se fue formalizando esta red comunitaria que abogaba por la construcción de empleos formales con el nombre de “Agrupación Amigos del Tren de Antilhue”, que fue precisamente una memoria local intencionada en los diseños fotográficos de María. Ella, socia fundadora de la agrupación, escogió aparecer con las “creaciones de sus manos” ⎯alfajores, pan amasado, mermelada, kuchen⎯, que elaboraba para la venta informal, vestida con la pechera que usaba para vender productos en la estación (Figura 2).
Espacio geográfico
Al analizar las observaciones de los primeros acercamientos al campo y los testimonios expresados por las colaboradoras, Antilhue se caracteriza, en tanto espacio geográfico, como un territorio atravesado por la presencia histórica de dificultades de acceso a servicios y conectividad, así como de riesgos asociados a las crecidas de río durante los inviernos. Estas dificultades en la conectividad territorial generaron la vivencia de otras desigualdades de acceso a derechos sociales básicos, dando cuenta de una forma particular en la que se ha forjado su cotidiano como espacio-tiempo. A modo de ejemplo, Antilhue no cuenta con una escuela donde las juventudes puedan cursar sus estudios secundarios, por lo que al finalizar la escuela básica, deben viajar o migrar a otras ciudades para poder finalizar su escolaridad.
En este marco, durante el diseño de la propuesta fotográfica Jovina describió la pavimentación del camino como un hito importante en las transformaciones materiales y sociales de este espacio, mencionando: cómo “el camino, la carretera fue lo más importante (…) eso hizo cambiar mucho, hizo cambiar también la mentalidad de las personas”. Esta relevancia le hizo querer retratar el lugar que tuvieron estos cambios a nivel personal, sobre todo en función de la experiencia de migración rural-urbana que vivenció al trabajar 20 años en la capital: “hay distintas etapas de mi vida (…), me devolví a los 20 años (…) yo después volví, vine con otra idea, el bazar que no había”. Simbólicamente, la propuesta fotográfica de Jovina incluye la calle pavimentada como representación de las transformaciones territoriales que se generaron a partir de la ampliación de la conectividad de Antilhue, y que, a su vez, atravesó la conformación de su espacio vivido al generar cambios en su trayectoria vital, instalando un bazar (Figura 3).
Espacio social
Respecto a la esfera social del territorio, se observa que a lo largo de su historia ha existido una alta presencia de vulnerabilidad socioeconómica y consumo problemático de alcohol en sus habitantes. En este sentido, las colaboradoras como parte de su activa articulación comunitaria han generado distintas instancias de encuentro y disfrute para la comunidad, entre ellas, actividades orientadas a personas mayores que se encuentran en la situación descrita, y otras como la celebración comunitaria de festividades enfocadas principalmente hacia los niños y niñas de Antilhue. Estas acciones reflejan la red femenina que las colaboradoras conforman y como construyen activamente espacios de cuidado colectivo a través de su trabajo comunitario que, por ende, produce relaciones sociales en las que convergen acciones, saberes, afectos y la conformación de un nosotros/as, un sentido de comunidad (Bianchi & Malfitano, 2021).
Historicidad
La historicidad, como eje, corresponde a la caracterización de las trayectorias vitales de las colaboradoras a la luz de su contexto sociohistórico, el cual ha sido ampliamente descrito anteriormente. Según lo anticipado, en las interrelaciones comunidad-territorio se producen los fenómenos sociales que han marcado las trayectorias vitales de las colaboradoras. En éstas destacan las experiencias de migración rural-urbana que se produjeron al alero de múltiples desigualdades en el acceso a derechos sociales, vale decir, escasas oportunidades educacionales, laborales y de obtener una vivienda. Durante el proceso, Marisol reconoce “Nunca pensé en quedarme a vivir aquí y criar a mis hijos (…) poco trabajo, poca oportunidad, no había oportunidad o uno no sabía”, motivo por el cual decidió ser retratada en la mediagua que vivió durante muchos años, que hoy mantiene como bodega en el patio de su actual vivienda, de la cual se siente profundamente orgullosa. En la Figura 4, desde el interior de la mediagua ella observa su casa actual, que se ve reflejada en el vidrio roto.
A la vez, en las trayectorias vitales de las colaboradoras se reconoce la influencia que ha tenido la socialización de género y violencia de género, considerando particularidades interseccionales a partir del territorio que han habitado, como desarrollaremos a continuación.
Socialización de género
La influencia de la socialización de género es un elemento que ha determinado el ejercicio de trabajo doméstico y de cuidados como una constante a lo largo de sus vidas, iniciada durante sus niñeces y mantenida durante sus vejeces. Uniendo la historicidad del territorio con la de sus propias vidas, se deja entrever que los roles de género han moldeado los comportamientos, acciones y destrezas respecto al cuidado, y que, ante un territorio cruzado por la profunda desigualdad social y económica, la socialización de género ha condicionado las actividades remuneradas que las colaboradoras han podido desempeñar. No obstante, ellas han revindicado esta capacidad socializada a lo largo de sus vidas para agenciarse sobre su cotidiano, en pro de mejorar sus condiciones laborales y materiales de vida, resistiendo a los efectos de las matrices de dominación en lo microsocial mediante la interdependencia.
Las actividades productivas que las colaboradoras describen han sido históricamente parte de mercados laborales feminizados y precarizados que, en este caso, responden a una necesidad de cuidados desde sectores urbanos y demandados por sectores socioeconómicos altos. Esto, da cuenta del carácter extractivo-social del capitalismo neoliberal, que opera junto a otras matrices de dominación sobre ciertas geografías con acentuadas desigualdades sociales, estableciendo condiciones para usar y acceder a los recursos del espacio arraigadas en la división sexual del trabajo (Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2016 como se cita en Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2019). Estas actividades remuneradas marcadas por la informalidad repercuten en la falta de seguridad social actual de las mujeres, que a su vez determina las condiciones materiales de vida en sus vejeces.
Violencia de género
La violencia de género aparece como una experiencia compartida por las colaboradoras a lo largo de sus vidas. Durante conversaciones generadas durante las observaciones participantes y el diseño de las propuestas fotográficas, ellas relataron los distintos tipos de violencia que han experimentado, principalmente ejercida por parejas y familiares. Sus espacios vividos han estado vulnerados por experiencias de violencia física, psicológica, sexual, patrimonial e incluso estructural, estableciéndose como determinantes relevantes en sus condiciones de vida y salud. Estas vivencias reiteradas de violencia de género constituyen una marca dolorosa en su espacio vivido, en la compleja experiencia encarnada de ser mujer en la ruralidad, calando profundo en sus trayectorias biográficas y en las condiciones en que se da su cotidiano a la luz de las vejeces.
Al respecto, no podemos desconocer que los territorios rurales en Chile se han configurado como contextos con una construcción histórica de dominación derivada de la matriz cultural hacendal y el disciplinamiento de la Iglesia Católica, los cuales cimentaron discursos del modelo familiar patriarcal y reforzaron la división sexual del trabajo (Valdés et al., 1995). Así, a lo largo del tiempo se ha estabilizado una estructura social que perpetúa el sistema patriarcal a través de la violencia y subordinación de las mujeres en la compleja trama género-clase-territorio.
Vida Cotidiana
Como hemos presentado, las vivencias de las mujeres mayores que habitan territorios rurales están cruzadas por múltiples desigualdades sociales que operan a la base de distintas matrices de dominación. La cotidianidad y calidad de sus vejeces presentan estragos de dicha desigualdad estructural, por ejemplo, expresadas en problemáticas de salud y en sus condiciones materiales de vida. Sin embargo, sus vidas también están atravesadas por procesos de agencia y emancipación. Particularmente, la agencia se ha expresado mediante una activa participación comunitaria que alberga la interrelación de cuidados, afectos, reciprocidad, e interdependencia, construyendo un bienestar colectivo sostenido por redes de mujeres.
Condición de salud
En el desarrollo de las observaciones participantes, se reconoce que el espacio vivido de las colaboradoras se caracteriza por las experiencias de malestar y dolor asociadas a su condición de salud. Al momento de narrar estas vivencias envueltas por el malestar, mencionan la presencia constante de dolor, el uso intensivo de medicación y la vivencia de duelo persistente como experiencias compartidas. Ello da cuenta de cómo viven el espacio-tiempo que habitan, visualizando los ecos que tienen este tipo de vivencias en su bienestar físico y mental.
Es relevante analizar estas experiencias asociadas a la condición de salud considerando la perspectiva que nos otorga la historicidad de sus vidas y del territorio que han habitado: ¿son estas experiencias de malestar atribuibles al envejecimiento, en sí mismo, o es el resultado histórico de la interrelación de sistemas opresores que han operado a lo largo de sus vidas?
Espacio percibido
De acuerdo a lo observado, el espacio percibido de las colaboradoras se caracteriza como casas de madera rodeadas de flores, que en sus paredes exponen múltiples cuadros con fotografías familiares y diplomas de hijas/os, nietas/os, y que además cuentan con una estufa o cocina a leña. Es interesante cómo esta materialidad responde a una organización del espacio y de los objetos cargada de significados. Un claro ejemplo, fue uno de los diseños que Jovina plantea como parte de la propuesta fotográfica sobre la historicidad de su vida, al resaltar el valor que tiene para ella habitar la casa que era de su madre. Decidió situar la propuesta fotográfica en el patio de su casa, como un lugar significativo que representa cómo ella ha intentado sostener intergeneracionalmente como un lugar de encuentro para su familia. Jovina decidió incluir elementos como cigarrillos y una tetera para tomar mate, para simbolizar este espacio como un lugar de disfrute y encuentro (Figura 5).
Entender el cotidiano desde los espacios basados en la interpretación de Barrera (2009) en base a las trilogías de Lefebvre, tributa a otorgar una complejidad mayor en el análisis del territorio, superando su reducción solo a un lugar, vaciado de sentidos, usos, historicidad y modos de habitar.
Red de apoyo
La vida cotidiana de María, Jovina y Marisol se organiza y sostiene en una red de apoyo típicamente femenina que interrelaciona sus vidas, principalmente a través de vínculos de familiares y de amistad. En estas redes circulan distintos tipos de apoyo: emocionales, económicos, domésticos y de cuidado, generados en este denso tejido social femenino. A modo de ilustrar este punto, se observan prácticas colectivas de cuidado que han generado desde su histórica articulación comunitaria como mujeres organizadas. Por ejemplo, cuando Marisol se encontraba en una situación de pobreza, describe que María la apoyaba preparando comida para ella y sus hijos; y también que le iba a dejar a su casa donaciones para actividades escolares, para que ella misma pudiera llevarlas a su propio nombre. Estas prácticas de cuidado se tejieron bidireccionalmente en sus vidas, ya que más tarde Marisol acompañó a María con el cuidado de sus padres durante muchos años, dando cuenta de interrelaciones entre las vidas de Marisol, María y Jovina.
Hoy en día estas prácticas han tomado otras formas, pero se siguen manteniendo e incluso se extrapolan a cuidados colectivos en el territorio. Ejemplo de aquello son las “porotadas”6 organizadas por Marisol y Jovina como una actividad abierta a la comunidad, o las navidades comunitarias que organizan para las niñeces de Antilhue. Asimismo, las observaciones participantes realizadas con Marisol y Jovina se dieron en su mayoría de forma conjunta, debido a que gran parte de su día lo pasan en compañía de la otra. En base a este vínculo profundo y cotidiano, decidieron crear un diseño fotográfico conjunto, en un espacio significativo que comparten cotidianamente, que es la feria costumbrista donde ambas trabajan (Figura 6).
Participación comunitaria
En sinergia con esta red de apoyo femenina, la participación comunitaria se ha convertido en un elemento central en la vida cotidiana de las colaboradoras, dialogando además con la historicidad particular de Antilhue, ya que la organización comunitaria de este territorio ha sido históricamente articulada por mujeres. Reflejo de esta constante articulación comunitaria es la formalización de la “Agrupación Amigos del Tren” que logró el establecimiento de una feria costumbrista en Antilhue, y que en la actualidad ha consolidado oportunidades formales de empleo, y se ha constituido como un espacio de encuentro y cultura. En este sentido, las colaboradoras han liderado distintos espacios de participación comunitaria de Antilhue, siendo uno de ellos la feria costumbrista, pero también han participado en la Junta de Vecinos y en la conformación de comités a través de programas ministeriales.
Por tanto, la participación comunitaria accionada por ellas se configura como un elemento reiterativo de su espacio concebido, descrito ampliamente en las notas de campo y en distintas conversaciones durante las observaciones participantes. Así, reconocemos cómo su vida cotidiana es producida por la participación comunitaria que han desarrollado a lo largo de sus vidas, moldeando una cotidianidad colectivizada y un envejecer compartido en el presente, construyendo formas de resistir, agenciar y accionar por la emancipación territorial.
Discusiones y Conclusiones
Como hemos presentado, al comprender el cotidiano de estas mujeres mayores mediante una lectura articulada entre la historicidad del territorio con la de sus vidas, se destaca que su espacio vivido ha estado atravesado por la vivencia de una serie de desigualdades sociales por habitar en un territorio rural. A nivel de sus haceres, estos elementos han definido su limitado acceso a trabajos remunerados, así como también sus condiciones materiales específicas de existencia. Sus trayectorias biográficas han estado moldeadas por una rígida socialización de género, atravesada por experiencias de violencia de género de diferentes tipos, estableciéndose como determinantes relevantes en sus condiciones de vida y salud actuales.
Así, en la confluencia de Antilhue como territorio rural y la historicidad de las trayectorias vitales de las colaboradoras, emerge el tejido de la vida cotidiana, espacio-tiempo que se constituye en “la subjetividad, la cultura, la historia y el poder” (Galheigo, 2012, p.187). Tanto la historicidad como el territorio articulan el diálogo individuo-sociedad, dando cuenta de las dimensiones sociopolíticas que configuran el presente cotidiano (Heller, 1984 como se cita en Malfitano et al., 2023), permitiendo reconocer a través de sus vidas y fotografías la memoria local del territorio que habitan.
Este análisis en clave territorial pone sobre la mesa que Antilhue es tanto aquello que se puede observar en la materialidad: su calle principal, las casas, la vegetación, el río, los almacenes, los animales, la feria costumbrista, y sus habitantes; así como aquello que se encuentra en otras capas menos visibles: la historicidad del territorio, las relacionen sociales que allí tienen vida, y el cotidiano que emerge en cada una de esas trayectorias interconectadas (Bianchi & Malfitano, 2021). Así, la perspectiva crítica sobre el territorio reconoce la complejidad de los procesos políticos-sociales de las comunidades, posibilitando superar las lógicas instaladas por los ideales del progreso y el neoliberalismo respecto a cómo es conceptualizada la ruralidad. En este caso particular, podría decirse que allí donde no ha sostenido el Estado, sí lo han hecho las mujeres, siendo protagonistas en la articulación comunitaria y territorial, creando vidas atravesadas por la interdependencia.
Desde un análisis feminista interseccional, observamos cómo el cotidiano de mujeres mayores que habitan la ruralidad proyecta una imbricación de las matrices de dominación género-edad-clase-territorio en la trayectoria de sus vidas, y, a su vez, da cuenta de cómo sus vidas cotidianas se tejen a través de los procesos de agencia articulados en la conformación de una red de apoyo entre mujeres que resiste, articula y las moviliza comunitariamente. Esta red de apoyo femenina conforma un tejido social denso que sostiene no solo sus vejeces, sino también a las transformaciones de un espacio social completo a través de su participación comunitaria, siendo un elemento fundamental en la caracterización de su vida cotidiana y del territorio de Antilhue. Así, la vida cotidiana de las colaboradoras se reconoce como una cotidianidad colectivizada y entramada, donde comparten casas, alimentos, labores, afectos y tiempos, enfrentándose a la soledad y aislamiento.
A partir de lo anterior, refrendamos la importancia de aproximarse hacia las vejeces desde una impronta interseccional (Gómez, 2019; Osorio-Parraguez et al., 2022), para comprender su heterogeneidad situada y reconocer desde lo práctico y teórico cómo dialogan sus vivencias con estas imbricaciones complejas de las matrices de dominación a un nivel macrosocial. Ubicar el envejecimiento como un fenómeno individual centrado en la funcionalidad del cuerpo, mas no en cómo las experiencias de malestar en las vejeces se han producido a la luz de los efectos del género, la clase social, el territorio, la edad y otras matrices de dominación, reproduce una mirada pasiva y medicalizada sobre la vejez, naturalizando formas específicas de subordinación. Desde las prácticas críticas de la disciplina, es preciso enfatizar que la construcción de conocimiento en los ámbitos de género y vejez debe enfocarse en las voces de las mujeres mayores, desplazándose de miradas patologizantes, para valorar y visibilizar su agencia y emancipación, reconociendo cómo los territorios son producidos por las acciones y relaciones sociales que allí tienen lugar.
Esta investigación recalca la importancia de explorar metodologías que nos permitan responder a la construcción de formas éticas y colaborativas de investigación en Terapia Ocupacional, con foco en las transformaciones sociales a través de intercambios significativos y la creación de sentidos comunes. En particular, reconocemos la potencia de la fotografía para desnaturalizar el cotidiano, ya que, la construcción de los diseños fotográficos permitió a las mujeres escoger cómo querían visibilizar su historia y vida cotidiana ante otros/as, performance que permite que sujetos históricamente marginados narren su historicidad.
En este sentido, la fotografía permitió expresar la existencia simbólica (Correia et al., 2021), ejerciendo el derecho de aparición mediante una gramática propia (Triquell, 2015), construida como un modo de performatividad. Podemos analizar que, así como ellas ejercen cotidianamente agencia sobre su territorio, la fotografía devino una forma de agencia estética y visual que habilitó la posibilidad de construir un relato sobre su propia vida, destinado a irrumpir la vida urbana mediante una exhibición pública sobre la vida en ruralidad. Entendida en esos términos, la fotografía constituye un dispositivo capaz de subvertir la invisibilización y de garantizar acceso a bienes culturales, a partir del protagonismo y la narrativa en primera persona, donde el cuerpo se hace parte activa de un proceso de investigación transformador. La fotografía permitió a las colaboradoras usar la potencialidad artística como un modo de intervenir en el mundo (Hartmann & Castro, 2024) y de crear conocimiento situado a partir de su propia interseccionalidad.
A partir de lo anterior, observamos en el uso del Arte y la Cultura una apertura crítica y democratizadora en materia de investigación disciplinar, que tensiona no sólo las barreras sobre quién produce investigación, sino también sobre quién puede producir arte y devenir sujeto de representación artística, especialmente en territorios invisibilizados como la ruralidad. Por otra parte, como investigadoras, este proceso transformó nuestros modos de investigar, que además de todo lo ya señalado, supuso acciones de gestión y articulación con actores locales y comunitarios para la concreción de la exposición fotográfica, así como trabajo de fabricación manual de paneles y biombos para la instalación de las fotografías. Así, entre viajes, notas de campo, madera, clavos, presupuestos, softwares de edición e impresiones, se tejió una propuesta colaborativa y afectiva atravesada por la acción ética y comprometida que valoriza las micropolíticas situadas de mujeres que envejecen en la ruralidad.
Limitaciones del estudio
Respecto a las limitaciones presentes en la investigación, se identifican dos factores centrales: (1) la falta de bibliografía disciplinar disponible acerca del cotidiano de mujeres mayores que habitan la ruralidad, y (2) las condiciones materiales en las que se realizó la investigación, dado el alto coste de montar una exposición fotográfica. Además, reconocemos que los resultados no pueden ser extrapolables a otros territorios rurales, y que la realización de una etnografía performativa anclada en la fotografía requiere de conocimientos técnicos específicos, lo cual podría devenir en una limitación para estudios posteriores que sigan este tipo de diseños.
Agradecimientos
Rodrigo Ugarte Vásquez, por la guía y apoyo en la construcción de los paneles de la exposición fotográfica; a Cynthia Vergara por su apoyo en el traslado de la exposición; a Tatiana y Danae por su apoyo en la producción del cóctel de la inauguración de la exposición fotográfica.
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Referencias
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