RESUMEN
Los días 2 y 3 de agosto de 2023, en el marco del XIX Congreso “Feminismos hoy…” organizado por la FFyL (UBA) y la IAWPh, se realizaron dos sesiones plenarias tituladas “Repensar el canon filosófico y la práctica de la filosofía”. Se invitó a seis destacadas filósofas (Mary Ellen Waithe, Virginia López Domínguez, Nastassja Pugliese, Ruth Hagengruber, Carolina Araújo y Silvia Manzo) a reflexionar sobre la transformación del canon filosófico, sus desafíos y su impacto en la práctica filosófica, en conexión con sus propias trayectorias personales y profesionales. Las intervenciones de las panelistas, que aquí ofrecemos por primera vez traducidas al español, constituyen un documento que consideramos fundamental para promover academias más justas, democráticas y libres de sesgos, y para poner en evidencia la relevancia política e historiográfica de integrar a las mujeres en la historia del pensamiento.
Palabras clave:
historia feminista de la filosofía; transformación del canon filosófico; enseñanza de la filosofía
ABSTRACT
On August 2nd and 3rd, 2023, as part of the 19th Congress “Feminisms Today…” organized by the Faculty of Philosophy and Letters (University of Buenos Aires) and the IAWPh, two plenary sessions were held under the title “Rethinking the Philosophical Canon and the Practice of Philosophy.” Six distinguished philosophers (Mary Ellen Waithe, Virginia López Domínguez, Nastassja Pugliese, Ruth Hagengruber, Carolina Araújo, and Silvia Manzo) were invited to reflect on the transformation of the philosophical canon, its challenges, and its impact on philosophical practice, in connection with their own personal and professional trajectories. The contributions of the panelists, presented here for the first time translated into Spanish, constitute a document we consider fundamental to promoting more just, democratic, and unbiased academic spaces, and to highlighting the political and historiographical significance of integrating women into the history of thought.
Keywords:
feminist history of philosophy; philosophical canon transformation; philosophy teaching
1 Introducción
Entre el 31 de julio y el 5 de agosto de 2023 la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (FFyL, UBA) fue la sede del XIX Congreso “Feminismos hoy. Contribuciones filosóficas contra las violencias, las discriminaciones y las exclusiones” de la International Association of Women Philosophers, conocida por sus siglas IAWPh (http://www.women-philosophy.org/). En este contexto, las cuatro editoras de este texto organizamos dos sesiones plenarias tituladas “Repensar el canon filosófico y la práctica de la filosofía”, que tuvieron lugar los días 2 y 3 de agosto. Invitamos a las destacadas filósofas Mary Ellen Waithe, Virginia López Domínguez, Nastassja Pugliese, Ruth Hagengruber, Carolina Araújo y Silvia Manzo a responder una serie de preguntas acerca de su experiencia como mujeres que hacen filosofía y que trabajan en pos de la transformación del canon filosófico:
¿En qué momento sintió la necesidad de trabajar en pos de transformar el canon filosófico y qué facilidades y dificultades encontró al emprender investigaciones que apuntaban a ese objetivo? ¿Qué significa para usted transformar el canon filosófico y cuáles criterios deberían ser tenidos en cuenta? ¿Qué impacto tuvo su reflexión acerca de la necesidad de transformar el canon en su práctica filosófica?
Las participantes prepararon sus respuestas con anticipación y las expusieron frente a un auditorio de más de 150 personas. Luego de la lectura de sus respuestas, algunas de las panelistas hicieron preguntas al mismo panel (que también transcribimos aquí) y respondieron inquietudes del público presente.
Fue una discusión riquísima sobre el significado y la necesidad de repensar el canon filosófico, sobre su relevancia historiográfica y política, y también sobre su impacto en nuestras prácticas desde una perspectiva de inclusión de las mujeres filósofas en la historia del pensamiento. La entrevista que aquí publicamos en lengua española -que fue revisada por las participantes en octubre de 2024 para la presente edición-, es un patrimonio que, a través de los relatos en primera persona de cada una de las panelistas, nos conduce a reflexionar críticamente acerca de los presupuestos que operan en nuestras prácticas como docentes e investigadoras en filosofía. Es un honor y un enorme gusto para nosotras ofrecerle al público lector este material que constituye un valiosísimo insumo en el esfuerzo de hacer de nuestras academias espacios más inclusivos, más justos y más democráticos.
2 Desarrollo de la entrevista
Entrevistadoras/editoras: ¿En qué momento sintió la necesidad de trabajar en pos de transformar el canon filosófico?
Mary Ellen Waithe:1 Era un caluroso día de 1980, en Nueva York. La Escuela de Posgrado de la Universidad de la ciudad de Nueva York me había invitado a presentar una ponencia basada en mi trabajo de entonces. En ese momento, yo era filósofa residente en el pabellón psiquiátrico penitenciario del Hospital Bellevue. Impartía seminarios y asesoraba a los psiquiatras que decidían si una persona acusada de un delito era mentalmente competente para ser juzgada. Mientras esperaba en la fría biblioteca del sótano del Centro para presentar aquella conferencia sobre bioética, encontré un libro que era una bibliografía de obras de filosofía. Una de las obras que citaba era la Historia Mulierum Philosopharum de Gilles Menage, del siglo XVII. Fue la obra que cambiaría la trayectoria de mi vida profesional. Tardé un año en conseguir un ejemplar de su obra, y meses en identificar las fuentes del siglo XVI que él cita. Era escéptica en cuanto a que hubiera muchas mujeres que hubiesen vivido antes del siglo XVII y que pudieran ser consideradas filósofas. Pero, el mero hecho de saber de ellas, conocer sus nombres, saber lo que enseñaron y escribieron me motivó a emprender nuevas investigaciones.
Pero mi residencia en Nueva York tocaba su fin y en 1981 regresé a la Universidad de Minnesota, donde estaba terminando mi doctorado sobre el paternalismo. Estaba trabajando en la biblioteca y me disponía a comenzar por la colección de escritos religiosos, que es la primera sección del Sistema Decimal Dewey, utilizado entonces por la mayoría de las bibliotecas estadounidenses para organizar los libros por temas. Fui avanzando hacia el 100, que es el nomenclador usado para las obras de filosofía. Pasé por libros de y sobre Abelardo, Tomás de Aquino y Aristóteles, hasta llegar a Wittgenstein. Pasé por la sección de Historia, donde, en algún momento, me topé con la obra de Estobeo en griego con portada latina. Estobeo es la única fuente de la obra de Aesara de Lucania Acerca de la naturaleza humana. Aunque no leía griego y sólo podía adivinar lo que decía, enseguida quedó claro que la obra era filosófica. Se me llenaron los ojos de lágrimas: había encontrado una obra de una filósofa antigua. En algún momento me di cuenta de que necesitaba colaboradores que dominaran otras lenguas y puse un anuncio en el boletín de la Asociación Americana de Filosofía. Así nacieron mis cuatro volúmenes sobre la Historia de las mujeres filósofas.
Nastassja Pugliese: La reflexión sobre mis prácticas docentes fue el detonante profesional para empezar a trabajar en la transformación del canon y también fue lo que me facilitó el proceso. Recuerdo que mi supervisora de docencia durante el doctorado (yo era auxiliar docente y tenía este tipo de apoyo) me dijo que buscara programas de estudio en mi área que me ayudaran a ver mi tema de otra manera para utilizarlo en mis clases y hacer de mis clases un experimento en mi propia disciplina. Encontré mucho material. Así, mi primera experiencia en la transformación del canon fue mediante la transformación de los programas de las materias, fue dentro del aula impartiendo mi propio curso de filosofía moderna, entrelazando autores que conocía y eran canónicos, con autoras, mujeres filósofas, que leía por primera vez. Cambiar mis programas de estudio y enseñar a mujeres filósofas -tan rápidamente- sólo fue posible gracias a los trabajos de generaciones anteriores. Ya había disponible mucho material por estudiar. Antes de decidirme a transformar las cosas, me vi contemplando la paradoja de la investigación filosófica y la enseñanza de la filosofía en la educación superior: si, por un lado, todo el mundo esperaba que una clase de Filosofía fuera un espacio para el pensamiento crítico, por otro, la propia comunidad filosófica (profesores, editores de revistas y los propios estudiantes) no parecía ser flexibles con respecto a la narrativa tradicional sobre la historia de la filosofía. Los autores canónicos y la historia “correcta” de la filosofía, la acertada, la oficial, -la que iba a estar en los exámenes de historia de la filosofía moderna, sobre la que era importante saber e investigar si ibas a buscar un trabajo y una carrera en filosofía, si ibas a publicar artículos y libros- parecía ser esa vieja historia que empezaba con el milagro griego y terminaba con Hegel después de la Ilustración europea. Las desviaciones parecen no ser bienvenidas en tus años de formación. Pero entonces te desvías y encuentras una comunidad de desviados; en ese momento, cuando te das cuenta de que hay comunidad, el trabajo empieza a adquirir más sentido.
Virginia López Domínguez: Apenas terminé la carrera e inicié la práctica filosófica, me sentí deseosa de transformar el canon, porque filosofar es siempre pensar por uno mismo y alcanzar la madurez intelectual suficiente como para ser autónomo adoptando un criterio propio. Esto necesariamente lleva a cuestionar la tradición heredada y a romper con ella, deshaciéndose de consignas políticas y prejuicios provenientes de grupos de poder, que, en el ámbito del pensamiento y la academia, fueron y todavía siguen siendo mayoritariamente patriarcales. Puesto que me dediqué a la historia de la filosofía, decidí estudiar a Fichte, un autor con una influencia enorme en su época, especialmente sobre el romanticismo, pero que fue eclipsado, además de tergiversado, por Hegel. Como resultado, se lo excluyó del canon filosófico. Aún hoy, cincuenta años después de aquella elección mía, sigue siendo un filósofo ignorado y marginado, especialmente en los países de lengua española, donde se han fraguado una serie de mitos sin fundamento y fuera de contexto. Se dice que es un idealista solipsista y subjetivista por hacer una filosofía del Yo, un machista por privilegiar la acción como fundamento de toda la realidad, el creador del nacionalismo y precursor del nazismo. Desde mi primer trabajo La concepción fichteana del amor publicado en 1982, adopté una línea propia de interpretación destacando una temática que nadie había trabajado hasta el momento, a la cual los investigadores sólo prestaron atención unos 40 años después. Alguien podría decir que con esta perspectiva estaba asumiendo preocupaciones femeninas, pero la verdad es que yo no lo pretendía, sólo procuraba responder al interés por mostrar la verdad de un pensamiento y esclarecer para qué resulta útil hoy en día. Construía mi mirada desde y para una situación específica, acorde a una época, a una sociedad e incluso a un género. Como consecuencia, el Fichte que yo enseñé y sobre el que escribí desde entonces, es el fundador de la filosofía de la intersubjetividad, quien presenta la imaginación como la facultad para cambiar el mundo, el defensor de una educación horizontal y dialógica, apologeta de la revolución francesa en Alemania, uno de los promotores de las independencias latinoamericanas y de un nacionalismo defensivo, que es el primer paso para la constitución de una sociedad cosmopolita. En suma, es el inventor del “primer sistema de la libertad”.
Carolina Araújo: Mi camino comenzó en 2013, cuando dos alumnas me notificaron sobre el ambiente que había en la zona de los lockers en sus clases obligatorias. Primero me quedé perpleja porque nunca me había pasado algo semejante, luego me di cuenta de que el problema estaba relacionado con el reducido número de alumnas que había en la carrera de Filosofía y decidí investigar. Esto impulsó la publicación de un informe sobre datos relativos a las mujeres en los programas de posgrado de Filosofía en Brasil, seguido por un estudio más exhaustivo (Araújo 2016; 2019). Estos informes demostraron la “fuga” en términos de género en la carrera académica de Filosofía en Brasil e hicieron evidente que había que tomar cartas en el asunto. Allí comenzó la campaña “¿Quantas Filósofas?” [¿Cuántas Filósofas?], un proyecto que combina investigación, enseñanza, divulgación y una cátedra en el Centro Nacional de Estudios Avanzados (CBAE).
En resumen, transformar el canon para mí fue una cuestión de lo que hoy llamamos metafilosofía, es decir, un análisis de cómo se practica filosofía. Entiendo que, dado que la filosofía no es una ciencia -ni en el sentido demostrativo de las ciencias formales ni en el sentido empírico de las ciencias naturales-, su práctica está regulada entre pares. Desde el principio esta ha sido para mí la cuestión central, donde residen todo el potencial y todas las dificultades.
Ruth Hagengruber:2 Empiezo con las dificultades que enfrentó la historia de las filósofas en sus inicios. En primer lugar, Simone de Beauvoir y su interpretación de la teoría marxista que ve la opresión de las mujeres como solo una más entre otras: su reconocimiento de la ausencia de pensadoras en la historia y la subsunción de ellas como solo un lado de la historia de la opresión reforzó, más aún, la exclusión patriarcal de las ideas de las mujeres en la historia y confirmó que no existía ni existe una historia de las ideas de las mujeres.
Cuando Simone de Beauvoir escribió su libro de mil páginas, El segundo sexo, en 1949, ya presentaba una impresionante cantidad de nombres de filósofas. Aspasia, Marie de Gournay, Emilie du Châtelet, Mary Wollstonecraft y muchas otras fueron mencionadas. Beauvoir tuvo, por supuesto, acceso a sus obras mientras preparaba su libro en las bibliotecas de París. Algunas de ellas hoy se consideran parte del canon de las filósofas. Sin embargo, Beauvoir hizo una interpretación llamativa cuando argumentó que siempre que las mujeres son visibles reflejan los valores de los hombres. Así confirmó que las mujeres existen en la historia solo como figuras creadas por los hombres.
Incluso cuarenta años después, la famosa historiadora de la filosofía, Gerda Lerner, utilizó el esquema interpretativo de Beauvoir para darle sentido al hecho de que “la erudición actual -en la filosofía del Renacimiento- sostiene que las mujeres no tuvieron un impacto significativo en la escritura de la historia hasta finales del siglo XVIII” y “... no participaron significativamente en la creación del sistema simbólico [de la cultura]”, aunque contaba con los escritos de Isotta Nogarola, Cassandra Fedele, Lucrezia Marinella, Christine de Pizan, Anna Maria van Schurman y muchas otras.
Se ha reconocido que el sistema de las grandes ideas ha sido creado por hombres como Descartes, Kant, Hegel. Al reconocer [solo] los nombres comúnmente considerados como los importantes, estas investigadoras, no solo Beauvoir o Lerner, sino también Harding, han confirmado la corriente mainstream que predicaba la no-importancia de las contribuciones de las mujeres. Ellas mismas han ignorado una historia que sí existió, aunque no fue considerada una contribución importante, ni valiosa ni significativa, ni siquiera influyente en la historia de la filosofía y que no fue integrada en la filosofía más extendida.
Cuando empecé a investigar a Du Châtelet en la década de 1990, por el hecho de que fuera tan destacada en Alemania, sus ideas me sugirieron que Kant podría haber tomado algo de su pensamiento -sugerencia que se confirmó incluso en la literatura del siglo XVIII-, pensadoras feministas me preguntaron por qué me interesaba esta marquesa. Como aristócrata, no formaba parte de la historia que se debía recuperar. Un cierto tipo de política feminista exigía que las mujeres de interés debían provenir de entornos poco educados. Pero, por supuesto, las mujeres de entornos poco educados no estaban escribiendo libros ni pensando en grandes ideas, como tampoco lo hacían todas o la mayoría de las personas provenientes de entornos de educación privados.
Así que la pregunta es, ¿cómo y por qué debemos estudiar la historia de las mujeres filósofas y por qué vale la pena investigarla? La filosofía es la disciplina fundadora de todas las disciplinas científicas. Nunca me convenció la idea de que la historia mainstream fuera la historia de la razón: era la historia de los hombres, pero no de la razón. Sin embargo, nada es más crucial para la filosofía que la razón. Esta tradición filosófica no sólo proporciona contenido de razón. Al contrario. Cuando comenzamos a investigar en la historia de las mujeres filósofas, descubrimos que muestra ser un medio crucial para develar una historia que se ha desviado de la razón. Y, a veces, esta historia extendida se ha convertido incluso en una historia corrupta de la irracionalidad. La irracionalidad no está únicamente del lado de los hombres o de las mujeres; está en todas partes y es la tarea más importante para los filósofos perseguir la razón en todas partes, entre mujeres y hombres, ricos y pobres, marqueses y plebeyos, en todas partes del mundo. Una filosofía con sentido, que en mi opinión es una filosofía racional, es el medio más importante para eliminar la miseria social, para superar la exclusión y para decir la verdad más allá de todas las particularidades de la pobreza y la riqueza, de los sexos, etc. Pero no muchas personas están dispuestas a seguir la razón filosófica.
Debe probarse y demostrarse que, en muchos casos, la historia que nos han contado no ha sido una historia de valores universales, sino de intereses sexistas y violencia patriarcal. Pero no se detiene ahí. Porque esta historia de opresión es perpetuada por aquellos que han sido oprimidos. No conozco ninguna raza en la que las mujeres no hayan estado en una situación peor que los varones.
La historia de las mujeres filósofas se remonta tan lejos como la propia historia de la filosofía. Tenemos una enorme cantidad de escritos filosóficos e ideas que nos informan sobre la existencia de mujeres filósofas, desde la antigüedad hasta el presente. De hecho, la presencia y ausencia de mujeres filósofas a lo largo de la historia es paralela a la historia de la filosofía. Los altibajos de la historia de la filosofía parecen reflejarse, incluso, en la historia de las mujeres filósofas. Cuando la filosofía floreció, vemos un número impresionante de mujeres pensadoras, mientras que en los períodos en los que la filosofía fue silenciada o utilizada para servir a otras agendas, también vemos relativamente pocas mujeres filósofas que pudieron desarrollar su pensamiento. Si queremos tener ideas razonables sobre nuestro mundo, entonces debemos mirar críticamente esta tradición de supuesta razón. Así que creo que esta crisis en la que nos encontramos, que afecta a toda la política, a las sociedades y a las ciencias, también nos permite releer esta historia. La revisión es necesaria para anclarnos nuevamente en lo histórico, para reescribir la historia, y escribirla mejor y un poco más sensatamente que la que hemos estado empleando hasta ahora.
La historia de las mujeres en la filosofía y la ciencia es un “espejo” de las deficiencias de la historia mainstream. Me permite obtener una perspectiva más reflexiva sobre la historia de la filosofía, sus altibajos. Al superar la exclusión de las mujeres filósofas, se puede recuperar un elemento crucial de la verdadera inspiración filosófica. Un renacimiento de la filosofía podría ser el resultado de una reconsideración muy profunda de la filosofía. Esto ayudaría a restaurar una mejor manera de hacer filosofía y, así, contribuir al renacimiento de todas las ciencias, del medio ambiente, de la naturaleza, la tecnología, la economía. Todo el mundo entiende inmediatamente lo que quiero decir. Entendemos inmediatamente que la historia de la ciencia y la ciencia en general serían diferentes si las mujeres hubieran desempeñado su papel en ellas.
Pero este problema no solo afecta al mundo occidental y su filosofía. Esta situación es cierta y se aplica a la mayoría, si no a todos, los países del mundo. Hay partes del mundo que aún están interesadas en frenar a las mujeres y mantenerlas al margen. Es importante para ellos hacer ciencia y política sin mujeres. Lo ven como un valor.
Estoy convencida de que todas las ciencias están sujetas a prejuicios patriarcales, y que necesitamos cambiar los fines y objetivos de las ciencias. La crítica a la tecnología y el movimiento ambiental, ambos fuertemente influenciados por mujeres, lo demuestran.
Silvia Manzo: Esa necesidad surgió de mis investigaciones en torno a las narrativas de la historia de la filosofía con las que procuraba definir mi propia apuesta historiográfica, tanto para la investigación como para la docencia. En un primer momento, me interesé por conocer y problematizar las metodologías historiográficas en general. En un momento posterior, apliqué esa línea de investigación al caso particular de la narrativa de la filosofía moderna. Como parte de ello, indagué las perspectivas historiográficas y filosóficas que dieron luz al relato tradicional de la filosofía moderna europea de los siglos XVII y XVIII. En el rastreo genealógico de la construcción de ese relato quedó de manifiesto cómo la historiografía kantiana incidió decisivamente en el armazón de lo que K. Haakonssen (2004) ha llamado “paradigma epistemológico” de la filosofía. Como investigadora y docente dedicada al periodo moderno, son muchas las acotaciones y reconsideraciones críticas que he dirigido al paradigma epistemológico que generó el canon de la filosofía moderna.
Si bien al comienzo, notaba la exclusión de las filósofas en los relatos de la filosofía moderna, no advertía que las causas de su exclusión no eran necesariamente las mismas por las que habían sido excluidas otras manifestaciones de la filosofía de esa época, tales como las filosofías no europeas, la filosofía de la historia, la antropología y la filosofía política, así como también la exclusión de filósofos “no canónicos”. Dicho en otras palabras, no me preguntaba por los dispositivos particulares por los cuales las mujeres filósofas no aparecían en el canon filosófico moderno. Y aquí es donde creo que ciertos factores “externos” influyeron en mi toma de conciencia de la necesidad de sumar a las mujeres al canon filosófico. Los discursos y las militancias feministas, sobre todo en el ámbito universitario, fueron un estímulo que en cierto modo “me obligó” a buscar respuestas más precisas para explicar el porqué de la exclusión de las filósofas. Así, pude salir de mi ingenua y prosaica caverna patriarcal para encontrar claves que me ayudaran a explicar las exclusiones de las mujeres hurgando en los presupuestos del discurso filosófico mismo construido tanto por los autores canónicos como por las narrativas historiográficas que se construyeron con posteridad. Junto con ello, encontré la necesidad, ahora sí imperiosa, de transformar el canon: no sólo para incluirlas a ellas sino también para incluir otras filosofías.
Entrevistadoras/editoras: ¿Qué facilidades y dificultades encontró al emprender investigaciones que apuntaban a transformar el canon?
M.E.W.: Por “facilidades” supongo (porque se opone a “dificultades”) que se entiende lo que en inglés podría llamarse “golpes de suerte”, “ayuda de los demás” y cosas por el estilo. A decir verdad, no hubo golpes de suerte, ni ayuda institucional hasta después de que hube publicado los dos primeros volúmenes de A History of Women Philosophers [Historia de las mujeres filósofas], pero hubo colegas dispuestas a colaborar, muchas, de todo el mundo. Sobre todo, hubo retos y dificultades. Algunos de los retos fueron aquellos a los que me enfrenté años antes de comenzar el proyecto de identificar y recuperar obras de las primeras mujeres filósofas. Y aunque ninguna de esas dificultades supuso una violencia manifiesta, sí me perjudicaron profesionalmente.
Sin el apoyo emocional de mi familia y sin ninguna ayuda económica de su parte, me abrí camino hasta conseguir una licenciatura, pero incluso ese intento se encontró con resistencia institucional. Para obtener el título, tenía que declarar mi especialización. Había completado casi todos los cursos que ofrecía el Departamento y casi todas mis notas eran A (sobresaliente). El director del Departamento de Filosofía tenía que firmar un documento en el que se indicaba que yo había cumplido todos los requisitos de la especialización en Filosofía y que podía obtener la licenciatura en Filosofía. Le presenté el formulario y le pedí que lo firmara. Se negó. Cuando le pregunté por qué, su respuesta, que nunca olvidaré, fue: “Porque te vas a casar, tendrás hijos y lo echarás a perder”. Como cualquier veinteañera madura, me fui llorando, maldiciéndolo en silencio y deseándole la muerte. Seis semanas después murió. El nuevo director aprobó gustosamente mi documento. Pero el retraso hizo que, en lugar de graduarme en mayo, tuviera que esperar hasta diciembre. Esto se convirtió en una bola de nieve. Tendría que retrasar el ingreso al posgrado todo un curso académico.
Por otra parte, padecí la envidia de mi padre por mis logros académicos. Me decía que hay doctores a montones.
Una de las primeras dificultades fue mi tesis doctoral sobre el paternalismo en la ética médica. Generalmente, le quitaba tiempo al trabajo en la tesis para investigar más en busca de mujeres filósofas. Aprendí por casualidad que muchas obras de mujeres filósofas de siglos anteriores estaban encuadernadas con obras de hombres y que el lomo del libro indicaba, por ejemplo, Ptolomeo, pero incluía las correcciones de Hipatia a la astronomía ptolemaica. ¿Cómo podría encontrar otras joyas que estuvieran encuadernadas con otras obras? Muy sencillo. Revisé todos los libros de la biblioteca, buscando autores que fueran mujeres y trabajos que fueran filosóficos. Miles de volúmenes. Y cada vez que iba a un congreso como éste, visitaba las bibliotecas académicas locales, buscando entre sus ejemplares. Durante los diez primeros años de mi investigación sobre las mujeres filósofas, sólo recibí ayuda de la docena de filósofas que respondieron a mi aviso en las Actas de la Asociación Americana de Filosofía. Estas académicas me enviaban una carta (¿se acuerdan del correo postal?) en la que me daban el nombre de una o más mujeres filósofas del pasado, los títulos de sus escritos y, si tenía suerte, me ofrecían escribir un capítulo sobre esa filósofa. Recuerden que esto era antes, cuando las computadoras ocupaban grandes salas. No había procesadores de texto, ni pantallas azules de IBM, ni computadoras portátiles. Los catálogos de las bibliotecas no estaban digitalizados y, a menudo, las fichas estaban mal archivadas o contenían errores. Recién después de publicar los dos primeros volúmenes, obtuve un puesto ordinario [tenure] en la Cleveland State University de Ohio, en 1990. Desde ese momento hasta justo antes de mi jubilación, tuve una ayudante de investigación y una carga docente reducida para poder dedicar más tiempo a la investigación y a la escritura.
N.P.: Lo que me facilita las cosas a mí hoy en día, como profesora brasileña que no tiene fácil acceso a archivos y bibliotecas importantes, es pertenecer a una generación que pudo ver florecer las humanidades digitales. Es simplemente impresionante lo que lxs investigadorxs de hoy son capaces de hacer con los Archivos Digitales. No me canso de insistir en que estamos viviendo una revolución digital que es extremadamente útil para la investigación en humanidades.
Las dificultades son varias. Una dificultad sencilla pero crucial es que, en primer lugar, hay que abrirse a aprender algo completamente nuevo. Con el tiempo, se hace cada vez más difícil estudiar un nuevo tema o unx nuevx autorx. Es difícil porque el cerebro tiene que procesar nuevo vocabulario, nuevos conceptos, un nuevo contexto histórico y una nueva biografía. Como comunidad que rinde culto a los especialistas, estudiar algo nuevo es colocarse en una posición de impotencia. Asumir la propia ignorancia es un problema; pero ¿no es eso también la filosofía? Si cuando era estudiante de doctorado me resultaba difícil abrirme a una nueva área de investigación, ahora que soy profesora, veo lo difícil que es para la gente abandonar su área de especialización, el área en la que se ha estado formando durante toda la vida para "saber algo original". Ahora, como profesora, creo que la lucha consiste en lidiar con lo que la comunidad considera central para el plan de estudios, los temas que se consideran clave para tener una buena formación filosófica en un área determinada, las ventajas de estudiar ciertos temas debido al círculo académico en el que te incorporas, el apoyo que recibes cuando trabajas en temas tradicionales y la falta de apoyo cuando no sigues ese camino. La dificultad de transformar el canon también radica en las dificultades de transformar la disciplina y convencer a tus compañerxs o colegas de que se necesita una transformación. Una sola no puede transformar el canon. No se trata de méritos personales ni de un sentimiento subjetivo de opresión: se trata de desigualdades estructurales y de cambios estructurales que exigen una acción colectiva.
V. L. D.: La apuesta por pensar libremente en contra del canon patriarcal trajo consecuencias nefastas para mi carrera académica, porque presenté este primer ensayo a un concurso en Argentina, donde fue premiado. Eso ocurrió antes de que yo concluyera mi tesis doctoral, cuando todavía era auxiliar docente, lo cual me granjeó todo tipo de críticas por parte del catedrático que la dirigía, quien se ofendió porque yo no hubiese secundado al pie de la letra sus interpretaciones manteniéndome a su retaguardia. Como solución a su narcisismo herido decidió desacreditarme públicamente durante cinco años y, a medida que avanzaba en la tesis doctoral, comenzó a sobrecargarme de trabajo con clases inesperadas y a acosarme sexualmente, mientras insinuaba que, si yo no accedía a sus demandas, estaría acabada académicamente. Una vez que concluí la tesis doctoral, retrasó deliberadamente la defensa formando mal el tribunal. Tuve que reclamar a instancias superiores y conseguí defenderla estando embarazada de 8 meses. La defensa se hizo con mucha oposición, a pesar de lo cual obtuve el cum laude y la disculpa de todos los miembros del tribunal, que habían sido predispuestos por él en mi contra. Pero esto fue sólo el comienzo. Dado que se trataba del director de Departamento de Filosofía, en los años siguientes me puso cantidad de obstáculos, algunos verdaderamente rocambolescos, para acceder a una plaza de profesora titular ordinaria, hasta que por fin me decidí a proceder judicialmente. Dado que entonces no se podía demandar a alguien por acoso sexual en el trabajo, me vi obligada a levantar una querella por difamación, además de interponer un recurso administrativo en la Universidad. Por supuesto, ninguna de las dos acciones judiciales resultó a mi favor, porque mis testigos eran mis propios compañeros, quienes dependían laboralmente de él y no estaban dispuestos a declarar en su contra. Considerando que tampoco se me podía acusar de nada y era una excelente trabajadora, el Rector y el Decano decidieron intervenir y me dejaron sin departamentalizar hasta se produjese la reforma de Departamentos, que tuvo lugar un año después. Este asunto, sin embargo, marcó mi carrera: desde entonces fui considerada una mujer peligrosa por su independencia, penalizada, boicoteada y humillada de muchas maneras en una Facultad con una abrumadora presencia masculina. De hecho, cuando pasé a integrar el Departamento, de quince miembros sólo dos éramos mujeres.
Pero lo que más me dolió no fue la actitud de los hombres, porque es habitual que entre pares masculinos se cubran entre sí frente a las mujeres, a quienes consideran inferiores intelectualmente, simples objetos sexuales -cuando son agraciadas- o, a lo sumo, secretarias. En este sentido, mi historia es seguramente la de muchas de las que están aquí. Lo que realmente me molestó fue la actitud indiferente, la falta de solidaridad de las pocas profesoras que había allí en un momento en el que el movimiento feminista comenzaba a tener presencia en las Universidades. Y esto ha sido una constante en mi vida académica. Como dice Simone de Beauvoir, “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre sus propios oprimidos” (De Beauvoir, 1962, p. 534). Ellas pensaban que era lógico que el catedrático se hubiese fijado en mí desde un punto de vista sexual, porque era sudamericana, guapa, me dedicaba al idealismo y no estaba claramente enrolada en filas feministas, es decir que, al igual que los compañeros varones, ellas también padecían de xenofobia, equivocadamente creían que la formación en España era superior a la de otros países y, sobre todo, tenían una actitud claramente gremialista porque defendían los puestos de trabajo de su propio grupo de presión. También aquí recurro de nuevo a Simone de Beauvoir: La cuestión -dice- no es que las mujeres simplemente tomen el poder de las manos de los hombres; eso no cambiaría nada. Se trata precisamente de destruir esa noción de poder. No hay duda de que la vida académica, al estar sometida a una competencia extrema, genera violencia. Lamentablemente, el feminismo dentro y fuera de ese ámbito copia a veces formas de ejercicio del poder que no democratizan ni nos liberan, sino que acentúan las jerarquías y persiguen el acopio de recursos económicos, actuando como dispositivos de silenciamiento y discriminación. Después de todo, la aparición y el desarrollo de grupos femeninos en las Universidades surgieron del poder masculino, puesto que, sin el voto de los varones a su favor, jamás habrían obtenido una plaza de profesor. Sin duda, la endogamia y el nepotismo son algunos de los graves problemas que terminarán por arrasar estas instituciones. Además, una vez constituido el grupo, surge el automático antagonismo y la exclusión de quienes no se adhieren a él como subordinadas. O estás con ellas o contra ellas, lo cual es ridículo.
Así es como, a la vista de la imposibilidad de tener un pensamiento creativo e independiente en España, decidí ampliar mis horizontes profesionales asociándome a la Internationale Fichte Gesellschaft, entregada por entonces a la edición crítica de sus obras completas. Mi presentación fue en 1994 con una ponencia sobre el sentimiento como el lado interno de la acción, compatible con la racionalidad, pues el ser humano -según Fichte- está instalado originariamente en el mundo desde su raíz emocional. Además, en 1996 presenté en sus grupos de investigación un ensayo que por primera vez llamó la atención sobre el revolucionario papel que la corporalidad tiene para el filósofo, quien considera el cuerpo como el lado de la subjetividad vuelto hacia el mundo y su forma de adaptación a él, lo cual produce impresionantes consecuencias jurídicas para la mujer. Esta proyección internacional no me sirvió de nada en España. Por eso, tras 30 años de docencia y de ser utilizada por mis compañeros varones debido a mi inmensa capacidad de trabajo y organización, decidí renunciar voluntariamente a mi plaza numeraria de Profesora Titular desechando cualquier posible sueldo, pese a ser entonces Vicedecana de alumnos, investigación y relaciones internacionales. Rodeada de toda clase de calumnias, me alejé de la institución con el convencimiento de que me habían engañado poniendo un techo a mi creatividad y con la convicción de que, a pesar de mi edad, aún era posible empezar de nuevo. En los años siguientes me dediqué a la literatura, publiqué varias obras que fueron premiadas y empecé una serie de ensayos con tema de género. Al mismo tiempo, volví a trabajar en investigación en Universidades de renombre mundial, mientras que desde Latinoamérica me reclamaban como Profesora visitante.
C.A.: Permítanme empezar por el potencial. La publicación de datos sobre la brecha de género demostró ser una herramienta muy eficaz para concientizar a los colegas sobre sus prácticas. Llamó a las filósofas brasileñas -aquellas que ya habían estado expuestas personalmente al impacto de la desigualdad- a la acción. En 2019 se fundó la Red Brasileña de Mujeres Filósofas, una asociación horizontal que cuenta hoy con casi 300 miembros, coordinada por Beatriz Sorrentino, Juliana Aggio, Mitieli Seixas, Silvana Ramos y yo. También cambió la perspectiva de quienes nunca vieron que había un problema en lo que hacían y, sobre todo, de quienes toman decisiones sobre políticas públicas. Recientemente se ha dado un paso más en esta dirección con la creación de Dataphilo, un grupo de investigación que incluye a mis colegas Marcos Fanton, Hugo Mota, Mitieli Seixas, Fernando Sá Moreira y yo, cuyo objetivo es analizar big data y realizar estudios empíricos sobre el campo de la Filosofía. Estoy muy orgullosa de formar parte de ambas iniciativas, a las que considero importantes agentes de la metafilosofía actual.
Sin embargo, había que hacer algo en las aulas. Casualmente, en 2016 una reforma curricular obligó a los estudiantes de grado a dedicar el 10% de su tiempo académico a proyectos de divulgación. “Quantas Filósofas?” se diseñó entonces, en colaboración con mi colega Ulysses Pinheiro, como un proyecto de divulgación en el que los estudiantes escribirían sobre mujeres filósofas (ver Araújo; Pinheiro, 2019). El objetivo era doble: a la vez que se proporcionaba información sobre estas pensadoras en forma de entradas de diccionario para un público ajeno a los muros académicos, los estudiantes tomarían conciencia de que estas autoras no se enseñaban con la misma frecuencia que sus colegas masculinos. Me pareció la mejor estrategia por dos razones: insertaría el problema de la desigualdad en la educación básica de los futuros compañeros sin restringir el debate a las clases que suelo impartir.
El éxito parcial de este proyecto me lleva a las dificultades que implica la transformación del canon. El acceso a la información es la primera de ellas. Los estudiantes necesitaban material de investigación en su lengua materna, el portugués, y era difícil encontrarlo. Curiosamente, esto incentivó la investigación sobre mujeres filósofas de lengua portuguesa, pero el proyecto no funcionaría dentro de este grupo únicamente. Una segunda dificultad fue la motivación. La comunidad académica no valora la divulgación en los mismos términos que otros productos académicos y, sintomáticamente, muchos estudiantes no daban prioridad a este tipo de tarea.
Yo describiría ambas dificultades como consecuencias de la circularidad de nuestra práctica filosófica regulada por los pares. La información disponible es la que antes se consideraba valiosa; el resultado valioso es el que coincide con la información disponible. Los sistemas regulados por pares tienden a la reproducción. Se ha escrito mucho sobre este tipo de profecía autocumplida (ver por ejemplo Lowe, 2021); no dedicaré el poco espacio del que dispongo a repetir estas afirmaciones, pues no tengo mucho que añadir. Lo que tengo que decir es que esta circularidad no es solamente viciosa, sino que puede utilizarse para mejorar la práctica filosófica.
R.H.: Cuando comencé mis estudios no se enseñaban textos escritos por mujeres. Pero si ibas a una biblioteca, encontrabas muchos textos escritos por ellas. El verdadero problema nunca fue que no hubiera textos escritos por mujeres, el verdadero problema fue y es que a estos textos no se les daba ninguna importancia, porque el mainstream no quería darles ningún valor. Pero los textos siempre han estado ahí, no a simple vista, pero presentes.
Aparte de ser excluidas en general, y excluidas de las instituciones, Diotima, Aspasia, Hildegard von Bingen, Luise Gottsched, Arendt, Stein siempre fueron conocidas y famosas. Siempre ha sido posible comenzar a restablecer las ideas de las mujeres e incluirlas en la historia de la filosofía. Nuevamente, la razón no es que los textos no existieran, sino que su exclusión fue ampliamente aceptada, incluso por las mujeres. La mayoría de ellas no miraban más allá de la cueva en la que estaban prisioneras. Pero siempre hubo quienes lo hicieron.
En 1998 publiqué un libro con textos de Christine de Pizan a Edith Stein y traduje algunos textos al alemán por primera vez: Anne Conway, Margaret Cavendish, Emilie Du Châtelet. También escribí un libro de texto para el Ministerio de Educación sobre 36 filósofas en 2600 años de historia para la enseñanza universitaria. De 1995 a 2005 fui docente en la Universidad de Colonia. Llamé a mi proyecto sobre filósofas “Victorias de la Razón”. Por supuesto, en ese entonces, la mayoría de los filósofos se burlaron de mis actividades, aunque a los estudiantes les encantaba. He recibido cierto reconocimiento por este trabajo, pero, por supuesto, también he experimentado el rechazo. No me fue posible conseguir una cátedra con esta orientación. Finalmente, en 2005, me convertí en profesora de filosofía especializada en filosofía de la economía y filosofía de la informática, materias en las que me había habilitado y trabajado como profesora asistente. Luego transformé esta área de investigación en EcoTechGender. El simposio IAPH en Paderborn se centró en este tema.
En 2006, cuando asumí la cátedra, también creé el área de enseñanza e investigación sobre la historia de las filósofas y científicas. En 2016, con el apoyo del Ministerio de Educación, recibimos fondos para establecerlo como un centro digital. Este fue un primer paso. Desde 2016 he trabajado estrechamente con Mary Ellen Waithe. Se dieron pasos importantes cuando creamos las plataformas de publicación que se convertirían en los altavoces de la nueva investigación. Hay material interesante sobre mujeres matemáticas y físicas cuánticas, así como sobre filósofas. Juntas hemos establecido series de libros y una revista. Todas nuestras publicaciones ya están indexadas en Web of Science y Scopus, para que nuestras colaboradoras también reciban reconocimiento por publicar con nosotras. Todos estos han sido pasos importantes para mejorar el estudio de la historia, y muchos otros académicos y editores han seguido nuestro ejemplo. Hemos creado la primera enciclopedia de filósofas que presenta los conceptos clave de una manera fácilmente accesible. Permite a las y los jóvenes académicos contribuir con conceptos presentes en su trabajo y es una herramienta fructífera para aprender sobre la historia de los conceptos dentro de la tradición de los escritos de las filósofas. Cada entrada es revisada por pares y tiene un DOI. Cada semana recibimos unas 1500 visitas de todo el mundo, desde China, Japón, Filipinas, Brasil, Inglaterra y Estados Unidos. Nuestro sitio web es la fuente para futuras investigaciones. Tiene un directorio donde se recogen todas las fuentes de internet. Gracias a todas las maravillosas académicas que están dispuestas a colaborar con el Centro para la Historia de las Mujeres Filósofas y Científicas, está disponible en YouTube, en el canal History of Women Philosophers, el archivo más grande del mundo de conferencias en video sobre la historia de las filósofas. En colaboración con De Gruyter, el objetivo es preservar los escritos de pensadoras de todo el mundo en su idioma original. El libro en formato de bolsillo contiene la traducción al inglés de los textos. El objetivo es presentar la colección más completa de las voces originales del legado de las filósofas.
S. M.: En la enseñanza de la filosofía en Argentina, el paradigma epistemológico ya ha cumplido más de cien años. Mantener intacta la estructura básica y el canon que se ha decantado a partir de ese paradigma podría ser un indicio de que nuestra mirada filosófica actual no tiene nada nuevo para decir y que nada verdaderamente importante para la filosofía ha sucedido a lo largo de todos esos años. Las obvias diferencias entre la filosofía de la década de 1920 y la de nuestro presente nos obligan a revisar el valor del canon que se extendió a lo largo de tantos años. Eso no quiere decir que se deba descartar el canon ya establecido tan solo porque es longevo. De lo que se trata es de no reproducirlo automática y acríticamente, sacralizando a los autores y a las obras canónicas si fueran reliquias intocables y heredadas de antepasados venerables.
La tarea de esa revisión es enorme. En mi caso decidí concentrarme en las filósofas modernas y en una relectura del canon tradicional con perspectiva de género. Encontré una cantidad abrumadora de estudios ya realizados, que fueron una gran ayuda para empezar a investigar. El camino ya estaba allanado. La principal dificultad que encontré para realizarla es de carácter práctico y tiene que ver sobre todo con la enseñanza en la universidad: la necesidad de una gran cantidad de tiempo para estudiar a muchas filósofas que desconocía y para preparar nuevos programas y cursos; la difícil decisión de determinar qué parte del programa canónica debía “sacrificar” para incorporar las nuevas voces, dado que el tiempo del dictado de clases no alcanza para incluir a todos los que hubiera querido; la falta de ediciones modernas de las fuentes primarias, de traducciones y bibliografía accesible en español, etc.
Más recientemente me topé con la dificultad de que no siempre la respuesta de lxs estudiantes ha sido positiva cuando con mis colegas de la cátedra presentamos la obra de las filósofas en los cursos de grado obligatorios de historia de la filosofía moderna. Algunxs estudiantes nos “pedían más canon y menos heterodoxia”, pues no encontraban justificación en que “restáramos” tiempo o lugar en nuestros programas a la enseñanza de los autores canónicos para cedérselo a filósofas que no eran muy conocidas y poco o nada influyentes. Otrxs nos decían que el pensamiento de las filósofas no les parecía relevante, claro o profundo, o que no veían cómo se vinculaban con el resto del programa. A veces en la clase hemos advertido en lxs estudiantes una suerte de pregunta latente no muy distinta de la que podemos adivinar en algunxs de nuestrxs colegas docentes de mi generación o de generaciones anteriores que no se animan a hacerla: ¿por qué tenemos que estudiar a estas mujeres si antes no se las estudiaba? Si bien se trata de una manifestación al parecer muy minoritaria, estas actitudes, sobre todo en el caso de lxs estudiantes, quizá se deban a que sienten una especie de “saturación” de la presencia de la perspectiva de género y de las diversidades sexuales en muchas de las asignaturas de nuestra carrera y de nuestra Facultad. Forman parte, además, de un clima de época que impera en la sociedad argentina y en muchos otros lugares del mundo en el que la ultraderecha ocupa lugares fundamentales del poder político y económico.
Frente a esta última dificultad, creo que no debemos obturar ni “cancelar” esas disconformidades y reclamos. Todo lo contrario, debemos promover la circulación de la palabra, ofrecerles un espacio para expresarse, escucharlxs y tratar de comprender sus razones. A la vez, en un diálogo filosófico y de respeto mutuo, debemos hacerles conocer nuestras propias razones, pero no desde un lugar de superioridad, con una actitud inquisitorial y dogmática, sino desde un lugar autocrítico, reflexivo y consciente de que nos encontramos en una etapa de construcción de algo nuevo que todavía está buscando y definiendo su cauce. En verdad, las disconformidades que expresaron lxs alumnxs me obligaron a repensar, revisar y corregir los fundamentos de mis propias decisiones y las estrategias para enseñar a tal o cual filósofa en el aula: ¿cómo y en qué lugar del programa insertarlas? ¿cómo relacionarlas con los autores canónicos? Creo que estas interacciones con los alumnxs que reaccionan frente a los cambios son una muestra de las muchas y variadas tensiones que los procesos de transformación de los cánones filosóficos pueden generar.
¿Qué significa para usted transformar el canon filosófico y cuáles criterios deberían ser tenidos en cuenta? ¿Qué impacto tuvo su reflexión acerca de la necesidad de transformar el canon en su práctica filosófica?
Entrevistadoras/editoras: ¿Qué significa para usted transformar el canon filosófico y cuáles criterios deberían ser tenidos en cuenta para conseguirlo?
M.E.W.: Psicológicamente, la perspectiva de transformar el canon filosófico significa que no estoy loca. Significa que tengo modelos en la disciplina. Es reconfortante y auto-afirmante. Filosóficamente, este proceso de descubrimiento, recuperación, restauración, etc. ha sido muy gratificante. La ÚNICA pretensión de fama de las/os filósofas/os es hacer las preguntas correctas y, a través de ese proceso, aclarar conceptos erróneos y acercarse al conocimiento de la verdad. No hemos hecho eso, sin embargo, con respecto a la historia de nuestra propia profesión.
En otro lugar (Waithe 1989, 2015), he argumentado que sólo hay dos explicaciones posibles para esta omisión de más de cuatro mil años de textos filosóficos escritos por mujeres en las historias estándar de la filosofía. La primera explicación es que los historiadores de nuestra profesión eran terriblemente incompetentes. No creo que esta explicación sea cierta. Si fuera cierta, tendríamos que desconfiar de todo lo que sabemos sobre la historia de la filosofía. ¿El canon estándar, el canon sólo para hombres, está lleno de errores y omisiones?
La segunda explicación de la omisión de las mujeres en las historias estándar de la filosofía es que los historiadores de nuestra profesión tenían prejuicios y sesgos contra las mujeres. Curiosamente, no he encontrado ninguna mujer que haya sido historiadora de la filosofía. Creo que el prejuicio, el sesgo y la misoginia explican la omisión de las mujeres en las historias. En una fiesta, un colega mío que es un conocido lógico, bebió mucho aquavit [bebida alcohólica escandinava], se metió dos aceitunas por la nariz y me informó borracho que las mujeres neopitagóricas sólo escribían sobre economía doméstica, no sobre filosofía. Saber ahora lo equivocado que estaba me llena de satisfacción. Los criterios que propongo para determinar si una persona debe ser considerada filósofa son: (1) que haya escrito o enseñado algo que, en cualquier momento de la historia de la humanidad, se consideraría filosofía; (2) que esto sea independiente del hecho de que dicho escrito o enseñanza se inscriba en cualquier género (poético, epistolar, ensayo, oración, novela, etc.). Hay tres razones para ello: (a) la filosofía no se limita a una forma particular de expresión escrita; y (b) hubo periodos históricos, así como ciertas sociedades, que limitaron la expresión del pensamiento de las mujeres a géneros escritos específicos; (c) las obras de autoría anónima pueden haber sido escritas por mujeres.
N. P.: Veo el canon de la historia de la filosofía como el resultado de nuestras prácticas de investigación compartidas, consolidadas a lo largo del tiempo. Veo el canon como una consecuencia de las prácticas, no como el origen de nuestro filosofar. Canonizamos a unx autorx con nuestras prácticas, unx autorx no es canónicx en sí mismx. La historia de la filosofía abarca autorxs canónicxs y no canónicxs, textos que nos son familiares y textos que no, dimensiones que conocemos y aspectos que aún se están por descubrir. El origen de la filosofía -el pensamiento- da lugar a una pluralidad de expresiones y tradiciones filosóficas. En este sentido, lxs autorxs canónicxs sólo forman parte de un pequeño subconjunto de la filosofía. En este debate, no creo que trabajar con autorxs en lugar de con preguntas sea un problema, ya que un autorx -canónicx o no- puede ser una vía de acceso hacia un determinado paisaje filosófico. Me gusta utilizar la metáfora del tejido para ilustrar mi punto de vista: la historia de la filosofía es como un tejido. El trabajo de recuperación no funciona como sacar una bolita de un tarro lleno de bolitas, donde sacas una y el resto permanece intacto e inerte. Es como tirar de un trozo de tela: una vez que tiras de una parte de la tela, toda la pieza toma una forma diferente y viene con el tirón. Así, según de dónde se tire, aparece una parte distinta de la historia -o de la tela- en toda su complejidad. La motivación para decidir de dónde tirar es variada: puede ser la indignación ante la condición social de la mujer, puede ser la maravilla y el asombro ante nuestra finitud. Pero para entender la composición del tejido, para remendarlo, para añadir parches, hace falta mucha estrategia y planificación: es decir, el uso consciente de una metodología específica. Hay varias formas de modificar el canon: se pueden buscar autorxs poco estudiados y utilizar los mismos métodos que nos ha enseñado la tradición. Hay numerosas estrategias, como la interpretación estructuralista en el contexto de una sola obra, el análisis de la construcción de una teoría a lo largo de varias obras de un mismx autorx, el análisis del contexto, la literatura secundaria, la utilización de literatura secundaria de otras disciplinas (literatura, historia o sociología) cuando se carece de interpretación filosófica. Se puede hacer una reconstrucción argumental o un análisis histórico. Pero también hay otra manera: escoger unx autorx canónicx y centrarse en lo que dijo sobre el papel de la mujer en la sociedad, la idea de raza, el papel de la cultura y la jerarquía entre culturas, trazar un mapa de argumentos problemáticos. También es importante saber cómo contribuyeron los autorxs canónicxs a los estereotipos y a la desigualdad.
En mi práctica actual estoy explorando algo diferente. Observando cómo tuvo lugar la producción de conocimiento sobre la historia de la filosofía en las generaciones anteriores de académicxs latinoamericanxs, me di cuenta de que la investigación hecha en el Sur era considerada muy marginal en los escenarios internacionales, incluso cuando teníamos académicxs que hacían “escuelas de pensamiento” y ayudaban a construir comunidad localmente, logrando todo lo que es deseable cuando se trabaja con historia de la filosofía. Esto me pareció una regla no dicha en el escenario internacional: la filosofía es un quehacer europeo y si no eres europeo, puedes hacer filosofía, gracias por hacerla, pero después de nosotros. Parecía como si, como intelectuales brasileñas, estuviéramos -yo lo estaba-, dos veces más alejada de la filosofía pura y real. Así que el territorio, el tejido espacial donde habito, se convirtió en un problema para mí. Ahora utilizo la geopolítica y el territorio como clave de interpretación. Este es mi criterio actual para hacer historia de la filosofía. Este criterio tiene sus consecuencias positivas y negativas. La consecuencia negativa es que refuerza las fronteras nacionales. Los franceses están en mejor posición para estudiar filosofía francesa, los brasileños están en mejor posición para estudiar... ¿qué? ¿Sólo la filosofía brasileña? Pero, ¿puede unx estudiosx latinoamericanx contribuir a la historia de la filosofía alemana? Este es el lado negativo de la clave de interpretación geográfica, localiza culturalmente la filosofía, limitándola a una expresión nacional, a una cuestión de expresión local. Pero el lado positivo es que hace explícita la geopolítica de la producción de conocimiento, lo que nos permite ver las opresiones que seguimos sufriendo incluso cuando hacemos historia no canónica de la filosofía. Así que, aunque en cierto sentido, hacer historia de la filosofía desde una perspectiva geográfica refuerza la división tradicional del trabajo intelectual, en otro, abre el espacio para una historia global, una visión más compleja e interesante de nuestras prácticas filosóficas compartidas.
Usando el territorio como clave, llegué a Nisia Floresta, Francisca Senhorinha da Mota Diniz, Josefina Alvarez de Azevedo, Juana Manso - la argentina naturalizada brasileña editora del importante Jornal das Senhoras. También descubrí, leyendo a Afonso Arinos, que el mito del buen salvaje era una construcción de las grandes navegaciones y del encuentro entre los europeos y las poblaciones indígenas del nuevo mundo. Que el concepto de igualdad universal, de igualdad natural como la entiende la modernidad, es fruto de la reflexión teórica sobre el encuentro entre civilizados y bárbaros. Nisia Floresta pregunta: ¿quiénes creen que son los bárbaros en esta ecuación? ¿Los indígenas o los colonizadores, la población negra o los propietarios de esclavos? Y ante estos difíciles problemas se desarrolla toda una teoría de la igualdad civil.
Ahora creo que es una responsabilidad ética e histórica recuperar las obras de las filósofas brasileñas y latinoamericanas, e investigar no sólo cómo nuestra tradición filosófica aquí fue influenciada por la tradición europea y es parte de la historia de la recepción de la filosofía europea, sino también, y quizás más importante, cómo nosotrxs -“el nuevo mundo”- influenciamos la filosofía europea y en qué sentido, con el fin de averiguar las interconexiones y la historia común. Me interesa saber cómo Brasil y América Latina formaron parte y todavía forman parte del paisaje filosófico del siglo XVI en adelante.
V. L. D.: En cuanto al anhelo de subvertir el canon filosófico, estimo -como ya dije al comienzo- que es consustancial con el hecho de pensar sin ataduras, libremente. Creo que, en gran parte, el feminismo ya ha cumplido su cometido en este punto mostrando las aportaciones de la razón femenina y señalando hacia aquellas mujeres que han representado grandes hitos en la historia del pensamiento, pero se las ha silenciado, malinterpretado, pospuesto u olvidado en pos de pensadores varones. Aun cuando esta tarea siga siendo prioritaria, me parece que han de ampliarse las miras, buscando una manera de interpretar que nos aleje de la metodología imperante y muestre nuevos significantes surgidos al poner en relación la filosofía con los acontecimientos históricos, sociales, culturales de su época y al intentar buscar respuestas para los problemas de hoy, entre los cuales también está el empoderamiento femenino y la cuestión de los géneros. Sin duda, todo pensar se construye desde el presente y desde las relaciones que éste instaura, pero además la historia siempre la hacen los vencedores. Por eso, subvertir el modelo de interpretación también implica rescatar a aquellos filósofos varones marginados o tergiversados por el pensamiento patriarcal y hacer su relectura.
Finalmente, considero que con el avance y popularización del feminismo teórico se ha generado un nuevo canon filosófico, una serie de ideas injustificadas y de prejuicios referidos a la historia de la filosofía. Tales interpretaciones proceden en general de pensadoras españolas, se han diseminado por la América hispana, aceptándolas sin cuestionamiento alguno, y hoy es necesario denunciarlas porque no tienen más validez que una fake news. El problema afecta sobre todo al romanticismo, ya que han denigrado en conjunto un movimiento que duró más de un siglo sin ninguna base textual y en contra de los datos históricos. De hecho, confunden la Frühromantik con tendencias posteriores, en concreto, con la ideología patriarcal de la época victoriana, desechando la aportación de Friedrich Schlegel, quien defendió el amor sensual y sostuvo que hay una bisexualidad originaria, que el género es cultural y que la educación de ambos sexos debe consistir en formar al individuo completo desarrollando la parte femenina o masculina atrofiada por la sociedad. Así, difunden la falsa idea de que existe una “misoginia romántica”, basada en autores ajenos al movimiento, confunden las “princesas Disney” con los cuentos de los hermanos Grimm, toman el significado de la expresión “amor romántico” del lenguaje vulgar y la psicología de autoayuda, convirtiéndolo en un sentimiento tóxico que nada tiene que ver con el auténtico ideal de Hölderlin, Novalis, Keats o Karoline Günderrode. Especialmente esperpéntica e injusta resulta esta interpretación si se considera la vida y la obra de aquellas mujeres que participaron en los primeros círculos, muchas de ellas judías, como Dorothea Mendelssohn, hija del renombrado filósofo, o Rahel Varnhagen, o las que como Caroline Michaelis tradujeron a Shakespeare, desde Mary Shelley y las novelistas inglesas hasta llegar a la francesa George Sand. Las alemanas, por ejemplo, se casaron hasta tres veces, aunque casi todas fueron contrarias al matrimonio y vivieron en uniones de hecho con hombres más jóvenes. Otras permanecieron solteras, pero siempre activas intelectualmente, por lo que sufrieron la marginación o el desprecio de la sociedad de entonces.
C.A.: En mi opinión, transformar el canon filosófico es una forma de mejorar nuestro sistema regulado por pares y, por lo tanto, una forma mejor de hacer filosofía. Creo que no hay alternativa a la filosofía regulada por pares, ya que no cabe aplicar ni las normas científicas ni la autoridad dogmática en este caso. Pero si los filósofos están comprometidos con la excelencia de su práctica, deben evitar el círculo vicioso que amenaza la regulación por pares, lo que significa que deben comprometerse con la metafilosofía y rendir cuentas del ejercicio de su profesión. Permítanme aclarar cómo entra aquí el canon.
Los antiguos griegos llamaban κᾰνών a distintos tipos de herramientas: una vara para mantener las superficies rectas, una barra para servir de apoyo, una línea reglada para medir. Un canon es una herramienta, lo que significa que no hay nada filosóficamente relevante en él; es simplemente un dispositivo para ordenar de acuerdo con algún fin, y no es un fin en sí mismo. El canon filosófico es un recurso para hacer frente a la brevedad de la vida y a la finalidad del aprendizaje. Es una respuesta a la pregunta: “¿Cuál es la mejor manera de aprender/enseñar filosofía si el tiempo que tengo es breve?”
Una forma de responder a este desafío es optar por el “top 10". Sin embargo, buscar este tipo de organización llevó a que la filosofía se aprendiera y enseñara en torno a un concepto muy problemático: el del genio. Un canon centrado en el genio muestra a la filosofía como una conversación entre un puñado de autores distanciados en el tiempo y en el espacio; que, por lo tanto, son vistos como el pináculo del logro intelectual de su momento histórico -en detrimento de una comprensión de lo que estaba sucediendo en ese mismo momento. Su hazaña se proyecta entonces como causada únicamente por su propia capacidad personal: se les considera individuos extraordinarios. En palabras de la ganadora del Premio Filósofas Brasileñas 2020 (Rede Brasileira de Mulheres Filósofas, 2020), Kamila Babiuki:
Por mucho ejercicio que se haga, si una persona no está dotada de genio al nacer, es decir, si no está dotada de una determinada constitución físico-química, no podrá adquirirlo en el transcurso de su vida. Debido a esta combinación, las facultades se desarrollan de forma diferente en el genio, lo que permite que sólo el genio pueda crear grandes obras, las obras del genio. No es posible aprender a ser un genio. (Babiuki, 2019, p. 141)
La mayor parte de nuestros planes de estudios de filosofía se organizan según un canon centrado en el genio, a pesar de que existen al menos dos argumentos de peso en contra de ello. El primero es metafilosófico. Leslie; Cimpian; Meyer; Freeland (2015) , por ejemplo, han demostrado que las carreras identificadas como basadas en la brillantez desalientan a las personas que no se ven a sí mismas como ejecutantes de una sola tarea. En otras palabras, cuando los estudiantes que trabajan o tienen otras personas a su cargo reciben el mensaje de que, por mucho que se esfuercen, seguirán careciendo de algún don -o que les supondría un esfuerzo de 24 horas al día, 7 días a la semana, cuando no disponen de ese tiempo-, simplemente abandonan. Los planes de estudios centrados en los genios funcionan como un dispositivo de exclusión.
El segundo argumento es propiamente filosófico. Los planes de estudios centrados en los genios contribuyen a una práctica filosófica centrada en los genios, y en esta última hay dos errores metodológicos. Las obras de los llamados genios no son soliloquios que pretenden ser diálogos con otros hombres aislados del pasado. Son el resultado de su compromiso con su propio tiempo y su práctica filosófica. Además, para comprender en profundidad a los autores del pasado, hay que reconocer que no eran islas de sabiduría. Sus ideas también son el resultado de las controversias de su propia época. Una práctica filosófica centrada en el genio es errónea porque pasa por alto dos características que considero constitutivas de la filosofía: ser histórica y ser dialógica. Permítanme aclarar este punto. Por ser histórica no quiero decir que la filosofía sea una disciplina que pertenece a la Historia. Quiero decir que se hace dentro de unas circunstancias temporales y espaciales determinadas. Por ser dialógica quiero decir que se realiza a través de un compromiso sincero por comprender el punto de vista de otra persona -por muy ajeno que pueda parecer- y por ofrecer razones en apoyo del propio punto de vista.
Defiendo un canon histórico-dialógico, pues es el único coherente con nuestra práctica regulada por pares. En la base de dicha práctica está que debe ser un diálogo entre individuos dispuestos a entenderse. Propongo esta práctica dialógica como principio metafilosófico. De él pueden deducirse algunas normas de conducta: no es necesario estar de acuerdo; la responsabilidad es obligatoria, la refutación debe aceptarse y el disenso debe protegerse. Estas normas prácticas construyen una comunidad dialógica y, al mismo tiempo, evitan uno de los peores enemigos de la filosofía: el silenciamiento, la violencia de desestimar a un individuo como orador en esta comunidad.
Si esto va por el buen camino, un canon histórico-dialógico no es más que una organización de nuestra enseñanza y aprendizaje filosóficos según el diálogo entre múltiples filósofos de cada época, incluida la nuestra. Este es para mí el criterio fundamental de acuerdo con el cual debemos transformar el canon.
R. H.: La historia de las mujeres en la filosofía y la ciencia es para mí un “espejo”. Me da una visión mucho mejor de lo que llamo “la buena filosofía y la mala filosofía”. Estaba claro que la historia de la filosofía tal como se presentaba ante mí [en el pasado] estaba llena de mentiras, exclusiones violentas y corrupción. La superación de la opresión de las mujeres en el mundo y en cada una de las sociedades sólo podrá conseguirse cuando se supere la exclusión de las filósofas. La exclusión de las filósofas muestra que nuestra historia cultural está marcada por la violencia y no por el amor al conocimiento. Su exclusión es un ejemplo de hasta qué punto nuestra historia mundial se ha realizado hasta ahora como una historia de violencia, pero no como una historia de las "victorias de la razón". Ahora debemos entrar en la era del conocimiento, y esto resultará de una filosofía renovada.
En un mundo de irracionalidad, las filósofas han sido a menudo las defensoras de la razón. Ellas argumentan a un nivel mucho más alto acerca de aquellas ideas sobre las que vive la filosofía: el valor y la inclusión de la razón de cada individuo, el reconocimiento de la diferencia como un enriquecimiento, la convicción de que el conocimiento [se produce] en la diversidad. Imaginen si hubiéramos seguido a Hildegarda de Bingen y su idea sobre el tratamiento de la naturaleza, y no [hubiéramos seguido] a Francis Bacon. Imaginen si hubiéramos desarrollado las ideas de Hipatia para nuestra cosmología, y no las de Aristóteles, y así sucesivamente.
Una renovación de la filosofía de esta manera es un gran paso adelante. Necesitamos una comprensión renovada de la ciencia. [La ciencia] es tan excluyente como lo son las dimensiones social y política. En primer lugar, por supuesto, necesitamos un nuevo tipo de democracia real en la que, antes que cualquier otra forma de representación, la mitad de los representantes políticos sean mujeres.
La contribución más importante para la creación de este nuevo mundo de la filosofía es la elaboración de un nuevo canon y la posibilidad de investigar las ideas de las mujeres. Con el fin de destacar estas ideas y ponerlas activamente a disposición de las necesidades del momento, fue y es importante superar la exclusión institucional y evaluativa.
En 2018, la investigadora brasileña Katarina Ribeiro Peixoto se unió al Centro de Historia de las Mujeres Filósofas y Científicas en Paderborn. Tres años después, comenzó una cooperación intensiva, se abrieron nuevas perspectivas y se produjo un importante volumen sobre las mujeres en la historia de la filosofía y la ciencia desde una perspectiva latinoamericana.
Una pregunta importante demandó nuestra atención: ¿Debería la lectura de las filósofas en la tradición europea convertirse en un tema importante en la reescritura de la historia de la filosofía, o deberían las estudiosas limitarse a descubrir y revivir el pensamiento de las filósofas en su propio y particular contexto cultural?
¿Deberían estas mujeres de origen occidental, [mujeres] que no forman parte de su propia tradición cultural, ser excluidas? ¿Es una alternativa limitar las propias ideas y enraizar el poder intelectual en un mundo nacionalista y/o vinculado a un grupo? Si hiciéramos eso, estaríamos limitando nuestro mundo de ideas. [Pero] somos capaces de compartir [este mundo de ideas] con personas de todo el mundo, […] es el único medio por el cual podemos cruzar fronteras e ir más allá de ellas. ¿Deberíamos sacrificar la idea de una comunidad mundial a favor del lugar donde nacimos? ¿Es posible que otros sean mejores para nosotros que nuestro propio contexto identitario?
La filosofía trata de mostrar que todos somos ciudadanos del mundo, unidos al menos en espíritu, si no en territorio. Esta es la oportunidad de crear unidad a través de las fronteras y romper cadenas. Las grandes ideas no pertenecen a ningún país. Compartimos percepciones espirituales que no se vuelven menos importantes cuando las compartimos alrededor del mundo, adaptadas a necesidades específicas. Y esto es cierto, a pesar de una historia de abusos. Nunca estamos unidos en nuestra identidad personal, porque eso no puede ser compartido. La comunidad solo llega en espíritu.
S. M.: Pienso que el canon no es un mal necesario sino un bien necesario. Sabemos que es imposible hacer un mapa perfecto del pasado filosófico que registre todas y cada una de las manifestaciones de la filosofía en todo tiempo y lugar. No podemos evitar el juego de inclusiones y exclusiones que acarrea el canon; nuestros mapas siempre serán cartografías selectivas del pasado; tendrán las referencias y escalas que elijamos. Son decisiones que dependen de un ejercicio crítico.
Aun así, no creo que se puedan ni deban descartar todas las piezas del modelo canónico heredado. Tal cosa sería poco menos que despojarnos completamente del lenguaje filosófico que habitamos y en el que nos hemos formado. En esta materia las rupturas radicales o las discontinuidades abruptas no parecen ser posibles, pero sí se pueden hacer en él mutaciones parciales. En ellas, seguramente algunas piezas serán desplazadas a un lugar periférico, al tiempo que nuevas piezas serán incorporadas y convivirán -acaso tensamente- con algunas de las ya consagradas. Las relaciones entre lo viejo y lo nuevo serán dinámicas. Quizá alguna vez una secuencia de mutaciones parciales dará como resultado un cambio notable del canon en cuestión. El mapa de América “invertida” de Joaquín Torres García sería un ejemplo cartográfico de una forma de mutación canónica, una de las posibles entre tantas otras. Pienso que la tarea en la que muchas y muchos estamos empeñados, dedicada a la recuperación de las filósofas y de las filosofías producidas fuera del Norte Global, es una muestra actual de cómo ocurren esas mutaciones parciales del canon.
Lo que debe estar en la base de la transformación canónica en la que estoy empeñada es, como mínimo, la incorporación de la perspectiva de género y el abandono de la mirada eurocéntrica. La transformación requiere, además, el ingreso de nuevos autores y autoras, obras y temas. Si muchos de los filósofos ya canonizados siguen formando parte de los cursos introductorios de filosofía, podrá ser el caso que se estudien otras obras y otros temas que hasta hace poco no eran los habituales. Un ejemplo muy claro lo encontramos en Kant: a muchxs hoy nos parece necesario estudiar los escritos en los que expresa sus opiniones sobre los “sexos” y las “razas”. Sin embargo, hace unas pocas décadas atrás ese tipo de abordaje de Kant era casi impensado.
Qué autores y con qué estrategias deben sumarse dependerá de cada curso, de cada materia y de nuestros intereses filosóficos. Una cuestión clave será asumir una concepción de filosofía que debe ser flexible y plural. Conviene siempre hacerlo poniendo a las nuevas figuras en contraste con las figuras canonizadas, con el fin de compararlas en un ejercicio crítico. Sin embargo, la valoración crítica del pasado desde nuestro punto de vista del presente debería evitar realizar una lectura maniquea de la historia. Me refiero a que no debería ser una lectura reduccionista, intelectualmente estéril, una suerte de práctica inquisitorial ejercida desde nuestro presente que señale con el dedo acusador quiénes son los “buenos” y “malos” de la historia. Si encontramos sexismo, racismo, eurocentrismo, o cualquier otra posición que nos parezca negativa en un filósofo varón del canon o en una filósofa mujer ese no debería ser automáticamente un motivo para eliminarlos o descalificarlos en nuestras narrativas históricas. Creo que asumir que tener una posición filosófica propia y una mirada crítica como historiadores de la filosofía no debe confundirse con el rol de ser jueces de la filosofía del pasado, como si fuéramos dueños de una ley moral que distingue justos de pecadores. Nosotrxs también seremos pasado en algún momento. Quizá habrá quienes en el futuro juzguen como conservadoras las posiciones que para nosotrxs son banderas progresistas de la vanguardia. ¿Quién de nosotrxs sabe realmente lo que es mejor?
Así pues, me parece muy importante situarnos a nosotrxs mismxs y a la producción filosófica en su propio contexto histórico y en las instituciones en las que tiene lugar, en los espacios geográficos, económicos y culturas, en las relaciones de poder en los que se inscriben. Ignorar esos marcos lleva a esencializar a la filosofía como si se tratara de un fluir de ideas y argumentos ahistóricos, reificados y descarnados. Puestos a atender al contexto, los condicionamientos institucionales, los escenarios donde se hace filosofía, tienen un peso relevante tanto como el género o la clase socioeconómica, la situación geográfica e histórica, y los a priori históricos foucaultianos.
La formación recibida, las interlocuciones, los formatos discursivos, las aspiraciones, las audiencias, los impactos y las recepciones en cada caso son, sin lugar a dudas, muy diversos. Los contenidos mismos de los discursos producidos serán diversos. Eso no implica que no se pueda advertir entre ellos hilos conductores, ya que es precisamente porque percibimos concatenaciones e intersecciones entre esos discursos de los siglos XVII y XXI que podemos reconocerlos como filosóficos. De todos modos, ese reconocimiento es unidireccional: desde lo que hoy nosotrxs filósofxs del presente consideramos como filosófico, miramos ese pasado y creemos encontrar en él contenidos y formas que tienen algo que, de una manera u otra, por un hilo invisible, se enlaza con los nuestros. Decir hoy que Suchon era una filósofa completamente extra-canónica significa que -más allá de cómo ella se percibiera a sí misma y de cómo fue ignorada a lo largo de los siglos- encontramos en ella contenidos, formas y supuestos que hoy consideramos como filosóficos.
Dicho esto, creo que debería cumplirse al menos uno de los siguientes tres criterios para considerar que alguien puede integrar el canon filosófico: 1) la autopercepción como filósofa/o de la autora o el autor del pasado; 2) la consideración como tal por parte de sus contemporáneos y de la historia de su recepción; 3) nuestra propia mirada presente, en la medida en que -independientemente de 1) y 2)- los temas, los argumentos, la corriente en que se inscribe, el discurso, etc., son filosóficos para nosotrxs. Creo que no debemos basarnos en los géneros literarios, ni en el lugar -la universidad, el convento, la academia, el salón, el partido político, etc.- de producción de esos discursos, porque es ahí donde dejamos que se entrometan los condicionamientos impuestos por los relatos tradicionales y corremos el riesgo de recaer en las exclusiones que no deseamos.
Si bien hace varias décadas se inició un proceso de recuperación de las mujeres filósofas -algunas ciertamente muy estudiadas hoy en día-, nos encontramos todavía en una etapa de relevamiento y de mostración, que en el caso de las filósofas latinoamericanas es muy incipiente todavía. Es preciso, antes que nada, descubrirlas, conocerlas y divulgarlas. Al cabo de un tiempo de estudio y crítica, algunas resultarán más interesantes y frecuentadas que otras, dependiendo de nuestros intereses, motivaciones y preferencias filosóficas. Con el tiempo, puede pasar que algunas junto con muchos otros filósofos “menores” solo pasen a ser parte de un repertorio canónico de la filosofía -en el que antes ni siquiera aparecían- y otras integrarán el núcleo del canon filosófico general, o de un canon específico por periodo, tema, corriente, nación, etc. (el de la filosofía moderna, de la ética, del escepticismo, de la filosofía argentina, y demás).
Un gran desafío es lograr que estas mutaciones no sean efímeras. El interés de un colectivo por determinados autores, textos y temas puede comenzar como una moda y luego extenderse en el tiempo alcanzando cada vez más consenso. Esta prolongación temporal puede ayudar a que lo que comenzó como una moda se introduzca en un canon ya establecido, modificándolo, o a que se imponga constituyendo un nuevo canon que reemplace al precedente. Su incorporación formal en un plan de estudios es acaso la marca más evidente de que lo que alguna vez fue una moda perdió su fugacidad y se convirtió en canónico.
Entrevistadoras/editoras: ¿Qué impacto tuvo su reflexión acerca de la necesidad de transformar el canon en su práctica filosófica?
M. E. W.: Seguir adelante con el deseo de integrar el canon de la filosofía a partir de los lineamientos de género y raza se ha convertido ahora en mi práctica, exceptuando la bioética. He identificado más de 200 mujeres filósofas, desde 2400 a.C. hasta finales del siglo XX. Además de mi obra en cuatro volúmenes Historia de las mujeres filósofas, he colaborado con mi antigua ayudante de posgrado [María Colomer Vintro] en la traducción de la obra de una filósofa española del siglo XVI, Oliva Sabuco de Nantes Barerra. Junto con mi querida colega, Ruth Hagengruber, hemos fundado tres importantes recursos: una enciclopedia en línea, una serie de libros que en la actualidad cuenta con 17 volúmenes, y una revista académica. La online Encyclopedia of Concise Concepts by Women Philosophers [Enciclopedia de conceptos concisos de mujeres filósofas], que dirigí durante dos años, facilita la investigación sobre, por ejemplo, las opiniones de las mujeres filósofas sobre el amor, el trabajo, la sexualidad, etc. La serie de libros de Springer (sucesora de una de las más antiguas editoriales europeas de filosofía) publica antologías y traducciones de obras de las primeras filósofas. La Dra. Hagengruber y yo acabamos de lanzar una nueva revista, Journal of Women Philosophers and Scientists [Revista de mujeres filósofas y científicas], también publicada por Brill, una editorial filosófica centenaria. Y del mismo modo que al principio me enfrenté a contratiempos para emprender investigaciones sobre mujeres filósofas, ahora me enfrento a lo contrario: muchas invitaciones para participar en proyectos de publicación, dar conferencias. Estar jubilada me da tiempo para entregarme a mis investigaciones favoritas.
Sé también que mis descubrimientos han animado a muchas otras filósofas a trabajar para restaurar la obra de las mujeres en el canon. La mayoría de las obras de esta categoría que se han publicado en las tres últimas décadas, aunque no todas, son traducciones al inglés moderno de obras inglesas originadas entre los siglos XVII y XIX. Algunos han publicado traducciones de otras lenguas al inglés. Se han desarrollado varios centros de investigación dedicados a las mujeres filósofas. El más importante es el Centro para el Estudio de las Mujeres Filósofas y Científicas de la Universidad de Paderborn, del que la profesora Hagengruber les hablará. La Universidad de Duke, una de las universidades de la Ivy League estadounidense [las universidades más cotizadas de Estados Unidos], tiene su Project VOX, y el centro dirigido por Lisa Shapiro [Extending New Narratives] en Canadá (que acaba de mudarse de Vancouver a Montreal) conecta a los investigadores con bibliotecas que poseen libros digitalizados de las primeras filósofas. El desarrollo de estos centros ha tenido un efecto de “derrame”, en el sentido de que sus investigadores o quienes visitan sus sitios web se ponen en contacto conmigo y, de este modo, he orientado a algunos investigadores más jóvenes. En resumen, mi práctica ha cambiado a medida que otros me han invitado a desempeñar diversas funciones en sociedades profesionales como la IAPh.
N. P.: Me quedó más claro que la Filosofía es una estrategia de transformaciones estructurales y que la reflexión sobre su historia es clave para entender cómo la filosofía académica funciona y reproduce estigmas, estereotipos y opresiones. He argumentado en varios lugares que veo la historia, el plan de estudios, el programa de las asignaturas y la propia impartición de una clase como una suma de dimensiones entrelazadas con una flecha causal que puede actuar en ambos sentidos. Podemos transformar la historia a través de la investigación y esta transformación conducirá a un cambio en el plan de estudios, en el programa de las asignaturas y se reflejará -al final del espectro- en nuestras prácticas docentes. Pero también podemos hacerlo desde el otro extremo: cambiar nuestras prácticas docentes mediante el uso de autorxs y temas no canónicos, y esto podría conducir a una transformación en la forma en que narramos la historia de la disciplina.
Por ejemplo, ahora es imposible ignorar los comentarios racistas, sexistas y colonialistas en las obras de los autores clásicos, es urgente abordarlos en las clases. Este sentido de la urgencia hay que cultivarlo en la investigación, pues no tenemos tiempo que perder. Al mismo tiempo que abordamos los puntos de vista problemáticos de los autores canónicos en clase, tenemos que recuperar las obras de lxs filósofxs negrxs latinoamericanxs, de las mujeres latinoamericanas y de las poblaciones indígenas haciendo investigación histórica, yendo a los archivos, escuchando historias orales. Y tenemos que hacerlo sin tirar por la borda lo que hemos hecho y aprendido bien hasta ahora. El trabajo de recuperación es una tarea reparadora y de empoderamiento, un ejercicio de libertad de pensamiento, de igualdad y de justicia.
Pienso en la Filosofía como una herramienta para definir conceptos que nos permitan dar cuenta de nuestra realidad compartida, incluso cuando no podemos estar seguras de compartir mucho o de tener mucho en común. Esta realidad compartida puede y debe ser pensada detenidamente y construida colectivamente. Es decir, el hecho de que sepamos lo que es sufrir y afrontar un tipo de lucha (por ejemplo, ser latina) no significa que conozcamos otra (por ejemplo, ser negra o ser una persona trans). La solución a un problema (por ejemplo, la reconstrucción del canon a la luz del género) puede no ser la solución a otro (por ejemplo, la reconstrucción del canon a la luz de la geopolítica de la producción de conocimiento). Así que tenemos que escucharnos unas a otras y aprender las unas de las otras para entablar un diálogo fructífero. También debemos asumir que tenemos una voz, una historia que contar, y debemos tener el valor de investigarla. Ya es hora de que pensemos en términos de una historia global de la filosofía, que mantiene sus tensiones y contradicciones. Ya es hora de que nosotras -las latinoamericanas- investiguemos, enseñemos y hablemos tomando la historia, nuestra historia, en nuestras manos sin miedo y sin disculparnos por no hacer lo que tradicionalmente se ha esperado que hagamos.
C. A.: Más arriba relaté mi camino hacia la transformación del canon, que se inició a causa de las dificultades generadas por el círculo vicioso en la práctica filosófica regulada por pares. Ahora me gustaría contarles cómo esta misma práctica puede proporcionar un círculo virtuoso. He mencionado dos problemas: la escasez de información en portugués y la falta de motivación de los alumnos debido a la percepción del menor valor de la actividad de divulgación. A estos problemas se enfrentó la Enciclopédia Mulheres na Filosofia (Araújo; Frateschi, Junqueira; Leal; Riegler-Schmidt, 2020).
Desde 2020, la Enciclopédia publica entradas en portugués sobre mujeres filósofas y temas feministas: una entrada cada dos semanas, con una entrevista en vivo con la autora y un podcast. Hasta este mes, contamos con 85, y acabamos de publicar el primer volumen impreso (Araújo et al, 2024). La Enciclopédia proporciona a los estudiantes información accesible de máxima calidad. Pero el éxito también viene por otro lado. En general, los expertos que han participado en la redacción de estas entradas afirman que ha sido una experiencia innovadora para sus propias investigaciones. La razón, en mi opinión, es que el reconocimiento de la contribución de las mujeres al debate filosófico convierte al enfoque del genio en un enfoque dialogante de la tradición filosófica. En otras palabras, la autoría de entradas sensibiliza a nuestros pares respecto del proceso histórico-dialógico de la filosofía y los dispone a transformar el canon.
¿Qué hay de mis propias actividades de enseñanza e investigación? Bueno, primero debo presentarme como una de los tres profesores (los otros dos son hombres) a cargo de Filosofía Antigua en el Departamento de Filosofía de la mayor universidad de Brasil. Trabajar en Filosofía Antigua me ha predispuesto a un canon histórico-dialógico, pues requiere conocimientos de Historia, Lengua y Literatura de un tiempo y un espacio concretos. Pero la experiencia con “Quantas Filósofas?” me decidió a llevar esto aún más lejos. “Filósofas Antigas para Filósofas Brasileiras” (Filósofas Antiguas para Filósofas Brasileñas) fue un proyecto otorgado en 2020 por la agencia de investigación de Río de Janeiro, Faperj, con el objetivo de proporcionar material para dar a conocer las filósofas antiguas a los estudiantes de grado. Después de muchas traducciones y algunos experimentos, en 2022 di mi primer curso de grado totalmente basado en filósofas de la Grecia Antigua. En 2024, la segunda fase del proyecto, llamada “Filósofas Antigas para Filósofas Contemporâneas” (Filósofas antiguas para filósofas contemporáneas) comenzará a convertir este material en un libro de fuentes.
En cuanto a mi investigación, ahora ha girado hacia un enfoque histórico-dialógico del modelo de todos los genios (el δαιμόνιον): Sócrates. Mi propósito es mostrar cómo las mujeres filósofas no sólo fueron un tema central de controversia entre los seguidores de Sócrates, sino también agentes de este debate. Hicieron filosofía contra todos los pronósticos de su momento histórico. Antes de terminar este libro, estoy editando un volumen colectivo acerca de las mujeres en la tradición socrática con el apoyo de la Sociedad Internacional de Estudios Socráticos (Araújo, en prensa).
R. H.: Las mujeres han inventado ideas importantes que siguen siendo relevantes hoy en día y que cambiarían nuestro presente si constituyeran nuestra base cultural. En respuesta, puedo mencionar algunos nombres aquí que fueron verdaderos agentes de cambio en la historia y que he integrado en mi canon porque creo que no se puede leer la historia sin ellas.
Cristine de Pizán escribió una importante crítica a la tradición filosófica masculina alrededor del 1400. La práctica a la que se enfrenta la denomina filotontería. Ofrece una excelente caracterización de este tipo de filosofía, que avanza con terquedad e ignorancia y demuestra que solo puede conducir a la ruina. Sus ideas son seguidas por las de otros escritores destacados que critican la Biblia y todas sus implicaciones ilógicas, como las relacionadas con la Caída del Hombre. En particular, critican severamente a Agustín y Aristóteles. Ellos habían desarrollado ya una visión del mundo diferente porque se despegan de los límites estrechos e ideológicos de la Biblia. También afirmaban que la primacía de la virtud pertenece a las mujeres. Era un intento de valorizar a las mujeres que tuvo éxito durante mucho tiempo, ya que estos libros fueron de los más populares de su época. Si hubiéramos progresado desde allí, seguramente habríamos llegado a un futuro diferente al de las quemas de brujas y la ciencia masculina.
Existe una larga tradición de literatura clandestina. [Isotta] Nogarola (1418-1466), Gournay y Du Châtelet han escrito sobre la preferencia de la razón sobre la religión. Todas estas fuentes tienen un nivel intelectual muy por encima de muchas otras.
Existen demandas de igualdad y libertad hechas por las mujeres mucho antes de que estos valores se afirmaran en la Revolución Francesa, [aunque] se han olvidado a las mujeres que hicieron tales demandas: Olympe de Gouges (1748-1793) pagó por su exigencia de participación igualitaria en la Convención Nacional con la muerte en la guillotina. Su idea de igualdad era verdaderamente universal. Grandes ideas en la historia de la filosofía han sido moldeadas por filósofas como Olympe de Gouges. Ella proclamó una gran verdad: las mujeres no necesitan reconocer ningún gobierno en el que no participen igualitariamente. Si tomamos esto en serio, no necesitan las mujeres reconocer ningún gobierno en el mundo. Olympe de Gouges es la racionalista del arte de gobernar. Todos aquellos que, como Rousseau, las excluyen de ello son corruptos, defensores del interés propio y la violencia.
Existen miles de ejemplos que demuestran que las mujeres han estado a la vanguardia de esta lucha por la libertad y la igualdad. La relectura de la historia debe aclarar estos errores y el mal uso de las ideas universales en favor del poder masculino. Debe aclararse qué ideas fueron robadas y cómo fueron mal utilizadas.
Du Châtelet anticipó ideas importantes de Kant, como el llamado “giro copernicano” en epistemología. Todos estos conceptos encontrados y creados por mujeres siguen siendo importantes hoy en día, y al emplear estos conceptos cambiamos nuestra visión de la historia de la filosofía y del presente.
Finalmente, ¿por qué es importante que las mujeres conozcan su historia? ¡No hay identidad sin historia! Es bien sabido que algunos estados a veces consideran ventajoso mantener su propio poder y suprimir la historia. Privar a las mujeres de su historia es como crear a una persona que ha perdido toda su memoria. Esa persona no podrá construir una identidad. Esta analogía es quizás el principal paradigma de lo que defiendo cuando insisto en que las ideas de las mujeres deben formarse a partir de la reflexión sobre su propia historia. Esto es principalmente un enriquecimiento epistemológico para expresar sus propias necesidades y comunicar sus propias ideas a toda la comunidad.
Es malo cuando alguien te roba tu computadora, pero es mucho peor cuando te roban tu historia. Gracias a la tecnología, la recuperación de las ideas de las filósofas y científicas ocurrirá antes de lo que muchos esperaban. Esto cambiará la imagen de las mujeres en todo el mundo. Sin embargo, la infinita multiplicación de datos sólo conducirá a otra injusticia: la multiplicación de datos por parte de los hombres. Promover la igualdad en la multiplicación de los datos básicos disponibles es un paso importante hacia una visión en la que el poder del conocimiento supere el poder de la violencia.
S. M.: Hice mi carrera de grado en la universidad pública argentina entre 1988 y 1994. En ninguna materia de las que cursé se habló de feminismo, temas de género y mucho menos de filósofas del pasado. Sin embargo, por ese entonces, nunca me pareció necesario criticar o denunciar esa ausencia, porque creía que nuestro derecho a ser filósofas, investigadoras y docentes reconocidas por sus pares ya estaba reivindicado. Estaba convencida de que era evidente para todos y todas que las mujeres éramos capaces de filosofar. Y si no se hablaba de filósofas en la historia sería porque no las había o porque quizá no eran tan importantes. Pensaba que, en todo caso, teníamos que trabajar para derribar los impedimentos externos que afectaban (y afectan) a la mayoría de las mujeres para acceder a la universidad y estudiar filosofía, como parte de una lucha mayor que abarcaba a todos los seres humanos víctimas de diversas clases de injusticias, violencias y opresiones.
Todas las reflexiones que señalé en las respuestas anteriores cambiaron profundamente mi perspectiva. Han pasado muchos años desde entonces y ya como profesora con unos cuantos años de experiencia, estoy comenzando a pensar en el legado que lxs docentes deberían dejar a las nuevas generaciones. A partir de estos planteos, redoblé mis reflexiones sobre qué es filosofía y la identidad de sus agentes, cómo se escribe filosofía, cómo y cuánto importa el intercambio con la “comunidad filosófica”, dónde se hace filosofía, cuánto importa el legado de las tradiciones en los discursos filosóficos y cómo condicionan las recepciones nuestras interpretaciones de las filosofías. Además, empecé a encontrar otras dimensiones en los temas clásicos que enseño en mis clases. Por ejemplo, la relación mente-cuerpo tiene connotaciones nuevas que antes no veía; considero las cuestiones antropológicas desde una perspectiva muy distinta que a su vez me hizo interesarme por la cuestión de las razas y de la animalidad. Eso también me llevó a pensar en la necesidad de incluir nuevos temas en mis programas de enseñanza: no solo incorporar a las filósofas, sino también temas que se derivan directamente de sus planteos filosóficos como la educación, la racialización, la esclavitud, la animalidad, etc., sobre los que no había investigado ni enseñado antes.
El pasado filosófico no es una realidad unidimensional, que sólo alberga un único sentido para ser descifrado por sus sucesivas posteridades. Antes bien, puede ser revisitado a la luz de las inquietudes filosóficas de cada presente y de cada espacio geográfico y cultural, en búsqueda de sentidos inexplorados, sin que por ello pierda su alteridad, siendo inevitablemente desfigurado por obra de anacronismos antojadizos o cancelado por juicios sumarios desde una supuesta superioridad moral y política del presente. Esa es la tarea en la que estoy comprometida. Me inspiro en las palabras de una gran pionera de la historiografía de las mujeres filósofas, Eileen O’Neill (2019, 19-20), para parafrasearlas a modo de cierre de estas reflexiones: los feminismos nos ayudan a ser mejores historiadoras, mejores filósofas y mejores profesoras de filosofía.
3 Preguntas y respuestas de las panelistas al panel
N. P.: Estar entre Virginia y Mary Ellen en esta mesa redonda plenaria es un privilegio; esta oportunidad insta a un diálogo intergeneracional explícito. Estas investigadoras pioneras han pasado por problemas distintos a los que yo tuve y estoy teniendo que afrontar hoy como académica al principio de mi carrera. Algunos de los problemas son bastante diferentes: por ejemplo, nunca se me cuestionó por cursar estudios superiores y obtener un título, nunca he tenido problemas tan explícitos con cuestiones burocráticas debidos a mi género como los que tuvo que afrontar Mary Ellen. Y aunque no soy nativa digital, cuando llegué a mis estudios de posgrado, ya tenía internet y una computadora a mano. Soy una investigadora que se benefició de la revolución de las humanidades digitales sin lugar a dudas. Esto es tan importante que en mi grupo de investigación, que ahora tiene el elegante nombre de Cátedra UNESCO de Historia de las Mujeres -una iniciativa que se centra en la recuperación de las obras de mujeres filósofas latinoamericanas-, dedicamos nuestro tiempo a investigar en los archivos digitales de la Biblioteca Nacional de Brasil, recopilando manuscritos, ensayos periodísticos, panfletos e imágenes del Brasil colonial y poscolonial del siglo XIX, averiguando lo que tenemos, ayudando a la Biblioteca Nacional a consolidar sus archivos de mujeres filósofas y contribuyendo también a la digitalización de recursos que aún no están disponibles para consulta pública. Este trabajo de humanidades digitales es clave para la reconstrucción de la obra de las filósofas brasileñas, pues hace visible y accesible su trabajo. Como investigadora latinoamericana, alejada de los grandes centros, sé lo difícil que es acceder a los archivos cuando se buscan primeros números o manuscritos, por lo que ayudar a que nuestro propio archivo nacional sea accesible es una experiencia gratificante. En fin, creo que las humanidades digitales son un avance importante que deberíamos tener en cuenta a la hora de pensar en la transformación del canon.
A este respecto, tengo una pregunta para Mary Ellen: usted dice que uno de sus criterios es considerar filósofa a una mujer que escribió o enseñó lo que se consideraría filosofía. No quiero plantear la cuestión de qué es la filosofía, pero ¿cree que la filosofía puede reducirse a un determinado conjunto de problemas? ¿Cree que una historia de la filosofía centrada en problemas es más atractiva que una centrada en autores? ¿Y qué opina del estudio de una mujer filósofa como parte de un círculo intelectual más amplio que incluye a filósofos tradicionales masculinos? Usted es pionera en ofrecer lo que llamamos “un canon alternativo” en su serie de cuatro volúmenes, con mujeres filósofas exclusivamente. Si tuviera que rehacer estos volúmenes hoy, ¿elegiría la misma estrategia? ¿Qué haría diferente y qué le parece un acierto?
En este diálogo intergeneracional, lamentablemente otros temas son muy similares: yo también sufrí acoso en la academia, como Virginia. No tuve el coraje de demandar al agresor ni emprender ninguna acción, ya que era una estudiante universitaria en ese momento. Rara vez hablo de este tema ya que mis heridas no están sanadas. No creo que alguna vez se curen, ya que el hecho ha conducido mi trayectoria académica de varias maneras. No me expulsó de la academia, pero durante mucho tiempo dejé de estudiar a Spinoza porque la persona estaba relacionada con mi círculo de investigación y el perpetrador usó un lenguaje spinozista para acosarme. Durante mucho tiempo, los “afectos activos y pasivos”, la “inmanencia”, la “sustancia finita”, los “modos”, me sonaron como malas palabras. Hoy en día, cuando escribo artículos comparando a Anne Conway y Spinoza, estoy en un camino de sanación, es mi forma de combatir los malos recuerdos y resignificar temas y autores. No todo el mundo puede hacer frente a un trauma haciendo investigación y, por supuesto, mi interés en Anne Conway, Spinoza y la historia de la filosofía es mucho más profundo que esa traumática experiencia académica. Sin embargo, no creo que el problema sea yo o mi experiencia, ni Virginia y su propia experiencia traumática: se trata de lo que puede implicar el clima académico para las mujeres y de cómo podemos y debemos crear estrategias para proteger a ésta y a las futuras generaciones de este tipo de daños. El acoso es un daño que expulsa a las mujeres académicas, convirtiendo la academia en un lugar más oscuro. Es una de las principales causas de deserción académica entre las mujeres. Mi pregunta aquí es ¿qué hemos estado haciendo, como académicxs, como grupo, para evitar que suceda el acoso? No he visto mucho, y creo que este debería ser uno de los principales temas de preocupación en un congreso como este. Realmente no sé cuál sería la respuesta ahora, y me gustaría escuchar más sobre lo que Virginia tiene que decir sobre cómo mejorar el clima para las mujeres en el mundo académico.
M. E. W.: En respuesta a su pregunta, comprenda que los criterios que apliqué, al escribir la serie de cuatro volúmenes Historia de las mujeres filósofas, eran criterios muy conservadores. Mi propuesta entonces era “ir sobre lo seguro” empleando un criterio que también se ajustara al canon “sólo para hombres”. Por esa razón utilicé como punto de referencia las materias (ética, lógica, etc.) que los filósofos varones escribían/enseñaban, los tipos de problemas que empleaban y que se consideraban filosóficos. En resumen, apliqué de forma conservadora a las obras escritas por mujeres los mismos criterios aparentes que, cuando se aplicaban a los escritos por hombres, se consideraban y aceptaban como “filosóficos”.
Pero mucho ha cambiado en las décadas transcurridas desde aquellos primeros volúmenes. Sí, creo que una historia de la filosofía centrada en problemas/temas es más interesante que una centrada en filósofos individuales, pero esto sólo es cierto en la medida en que los análisis de esos problemas/tópicos/temas incluyan los mejores análisis. No se pueden incluir los mejores análisis si no se conocen las contribuciones realizadas por pensadores que han sido habitualmente excluidos del canon. Adquirir ese conocimiento requiere conocer (discutir, comentar) las obras de mujeres y pensadores no eurocéntricos.
Durante muchos años enseñé historia de la filosofía moderna incorporando el estudio de filósofos y filósofas. Colocaba a los alumnos en círculo, de pie. Cada uno tenía una etiqueta con el nombre de un filósofo (Elisabeth de Bohemia, Cristina de Suecia, Descartes, Sophie de Hanover, Leibniz, Catharine Trotter Cockburn, Spinoza, Damaris Masham, Locke, Hume, Mary Shepherd, etc.). Cada uno tenía un pequeño carrete de cinta de un color diferente para cada filósofo. Yo decía el nombre “Descartes” y el alumno tenía que sujetar un extremo de su cinta y lanzar el carrete a, por ejemplo, Cristina de Suecia, y Cristina, lanzar su cinta a Descartes. Y así con cada filósofo, hombre o mujer, que estudiara, comentara o mantuviera correspondencia con otro filósofo. Al final del “juego” teníamos una enorme “red” multicolor en medio de la sala. Y yo anunciaba que habíamos creado el equivalente de una “internet” moderna temprana. Al ver las relaciones entre los distintos filósofos, los alumnos llegaban a una comprensión más profunda de los escritos filosóficos de cada persona. Así que, sí, llevo mucho tiempo enseñando las obras de filósofos y filósofas en paralelo en un curso de historia de la filosofía.
Y en cuanto a la última serie de preguntas: gracias a la increíble labor realizada por estudiosos de todo el mundo, ya no es necesaria una nueva edición de mi Historia de las mujeres filósofas. Colegas de todo el mundo han recogido las migas de pan que he dejado caer y han encontrado muchas más mujeres filósofas y muchas más obras de mujeres filósofas. Así que, aparte de su valor histórico, hay poca necesidad de una nueva edición.
V. L. D.: Efectivamente, Nastassja, el acoso, así como otras formas de violencia contra la mujer, son un problema recurrente en la vida universitaria, del cual apenas se habla y que, además, provoca muchas deserciones. Yo misma, cuando fui con una beca a hacer el doctorado en Madrid, pensaba especializarme en filosofía antigua, pues, de hecho, ya entonces había sido auxiliar docente de Griego clásico en la UBA. Pero, cuando llegué a la Universidad Complutense de Madrid, un profesor joven interceptó mi contacto con el catedrático y sus constantes insinuaciones hicieron que abandonara mi plan primitivo y me pusiera a estudiar alemán para especializarme en idealismo. Por supuesto que deberíamos tratar de protegernos de estos abusos, pero la cuestión es bastante compleja.
En primer lugar, hay que tener en cuenta que las mujeres están en la Academia desde hace poco tiempo. Tuvimos que luchar para que se aceptase nuestra presencia en este medio y se reconocieran nuestras capacidades, demostrando que éramos mejores que los varones para que se nos admitiera. Siempre a nosotras nos costó todo el doble que a ellos y, no sólo porque teníamos que cumplir con otros deberes relativos al hogar o a la familia, de los cuales ellos están eximidos, sino porque desde un principio se pensó que no nos encontrábamos a su altura. En el caso de la filosofía, que supuestamente es el modo de pensamiento más elevado y en cierto sentido rige a todos los demás saberes, se nos negó su acceso y ejercicio por considerarlo exclusivo patrimonio masculino, obviamente porque desde antiguo fueron los hombres quienes detentaron el poder en la sociedad. Y lamentablemente aún continuamos luchando. Pensemos que Dorothea Schlözer, la primera doctora en filosofía de Alemania, recibió su título a finales del siglo XVIII después de un durísimo examen que abarcó varias disciplinas, pero en realidad nunca asistió a clases en la Universidad, debido a que entonces eso estaba prohibido. Y, sin embargo, se la considera una de las Universitätsmamsellen (señoritas universitarias), todas ellas hijas de catedráticos de la Universidad de Gotinga, que recibieron una educación superior gracias a maestros particulares y a las magníficas bibliotecas que existían en sus hogares. La Universidad Complutense de Madrid, por ejemplo, abrió sus puertas a las mujeres en 1910 y la primera doctora española en Filosofía y Letras, María Goyri (años más tarde, esposa de Ramón Menéndez Pidal), tenía que sentarse apartada de los varones en una silla lejos de ellos, además de que un bedel la escoltaba por los pasillos. Evidentemente, las autoridades debían temer alguna reacción extraña por parte de quienes frecuentaban las aulas, si no, ¿para qué tomar semejantes medidas? Cuando estas jóvenes formadas se casaban con intelectuales y se lanzaban a traducir, investigar o escribir libros, se convertían en sus colaboradoras y firmaban sus propias obras con el nombre de sus maridos, porque los editores se negaban a publicar autoras. A este fenómeno hoy lo conocemos como Ghostwriting y las víctimas de esta expoliación del trabajo intelectual son innumerables, sobre todo desde el primer romanticismo, que fue el momento en que muchas mujeres comenzaron a pensar por sí mismas, por ejemplo, Dorothea Mendelssohn o Caroline Michaelis, que alienaron su autoría en Friedrich y August Wilhelm Schlegel respectivamente. Pero también ocurrió en pleno siglo XX. Es el caso de Susan Sontag, quien escribió gran parte de una de las obras cumbre de su profesor de sociología y entonces marido Philip Rieff, Freud and the Mind of the Moralist, pero renunció a su autoría por un acuerdo de divorcio que se vio obligada a firmar para tener la custodia del hijo que compartían, después de que el padre la acusara de lesbianismo. Como puede verse, en todos los casos el problema trasciende el ámbito universitario y remite a la sociedad, verdadera responsable de las valoraciones, costumbres y leyes que someten a la mujer en general y finalmente, también en el ámbito académico. ¿Cómo solucionar el problema? Siempre a través de la educación y la legislación. No hay otro camino: con una enseñanza mixta, no separatista ni discriminatoria, desde los primeros niveles de la infancia, con un acceso y una promoción transparente en los niveles educativos superiores según exámenes igualitarios, dando prioridad a la excelencia y no a una cuota de participación (sea masculina o femenina), con una legislación que dé derechos equitativos a hombres y mujeres tanto en la vida profesional como en la vida matrimonial y familiar. Y aquí la intervención de las mujeres en las instituciones políticas del Estado juega un papel decisivo. Claro que las costumbres son difíciles de cambiar, porque lo ya establecido tiende a reproducirse por inercia y no sólo por aquellos que se ven favorecidos. Quiero decir que también es esencial que las madres eduquen a sus hijos varones y actúen con sus maridos desde una visión no sexista si quieren que sus hijas sean respetadas.
En segundo lugar, para encontrar solución al problema hay que dejar de idealizar la educación universitaria y ver cómo es en realidad. Las Universidades surgieron al final de la Edad Media e, igual que la iglesia, son instituciones jerárquicas, que abarcan en la pirámide tanto a profesores como alumnos. Por mucho que aspiremos a una educación horizontal, donde haya retroalimentación y actividad por parte del estudiante, lo cierto es que el profesor tiene una situación de poder frente a ellos, sobre todo porque él es el que decide quién aprueba el curso y pasa al siguiente nivel. La diferencia incluso es física y, así, durante los casi 30 años que fui profesora en Madrid, daba clase subida a una tarima, es decir que me encontraba más arriba que los alumnos, en una especie de escenario. Y si los cursos eran numerosos tenía que usar micrófono. La exposición del profesor ante los alumnos es tan evidente que muchos asumen las clases histriónicamente con el narcisismo propio del actor, haciendo un discurso contundente, persuasivo y hasta inflexionando la voz, lo cual no me parece mal. Utilizar recursos para atraer a los alumnos forma parte del eros pedagógico, pero éste no debe dirigirse a la persona, sino que tiene que convertirse en amor al saber. Lo que no me gusta es que el docente abuse de esa situación de poder, que acepte coqueteos como algo normal, que intente concretar la relación erótica o considere que su ventaja sobre el estudiante le da derecho a forzar su voluntad, a molestarlo, perseguirlo o chantajearlo. A lo largo de más de cuarenta años, he observado a la mayoría de mis colegas varones intentar seducir a alumnas y alumnos, un fenómeno que he detectado en poquísimas compañeras. Muchos se casan con ellas, lo cual al final redunda en que la elegida termina siendo colocada en un puesto inmerecido en la Universidad o se le facilita injustamente una beca. También he podido comprobar que esto lo hacen solteros, comprometidos y divorciados, porque es lo que tienen más a mano, sobre todo cuando ya superan los cuarenta o se vuelven decididamente viejos, y entonces brindan un espectáculo lamentable con una niña que podría ser su nieta, sin que alguien se atreva a criticarlos. Todavía no conozco a nadie que haya desaprobado o analizado críticamente la relación del profesor Heidegger, un señor casado, con su alumna veinte años más joven, Hannah Arendt, que ni siquiera era mayor de edad. A todos les parece natural, incluso un rasgo de masculinidad, ¿cómo no se van a enamorar de mí? Durante mucho tiempo, creí que el acoso sufrido constituía un problema personal, pero, cuando fui Vicedecana de alumnos, recibí cantidad de denuncias por parte de las perjudicadas e incluso de sus padres. Al dirigirme al Decano a fin de tomar alguna medida, me insistió en que no se podía hacer nada y que había que correr un tupido velo sobre los hechos. Los denunciados a veces eran de quienes menos se podía sospechar por su situación personal, familiar y social, militantes incluso de grupos católicos radicales. Entonces comprendí que la única solución era poner una oficina de denuncia anónima, tal vez coordinada por alumnas, aunque su eficacia dependería de quién estuviese al frente de la Facultad y el grado de compromiso que tuviese con el problema. Poco después, tomé conciencia de que el tema era general y los obstáculos para resolverlo eran los mismos en otras Universidades y en otros países. Hartas de la conducta vergonzosa de los varones acosadores (e incluso violadores) en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (México), en 2018 las alumnas crearon un “tendedero” público donde se colgaban denuncias anónimas y, como tampoco las autoridades tomaron cartas en el asunto, hicieron un paro de actividades para protestar contra el acoso sexual y señalar las contradicciones en el procedimiento jurídico del Protocolo para Atender Casos de Violencia de Género, pidiendo su revisión, porque obliga a proteger la identidad del agresor. Acusadas de no aducir pruebas, las víctimas presentaron evidencias con capturas de pantalla, videos, grabaciones y escritos, pero finalmente fueron procesadas judicialmente por difamación. En 2019 la lucha contra el hostigamiento femenino y el acoso sexual se extendió a otras Universidades estatales, siendo la de Guadalajara donde más casos se registraron. Como consecuencia, hubo destituciones docentes y se formalizaron tres denuncias penales.
C. A.: Me faltan palabras para expresar mi honor por estar en compañía de filósofas tan extraordinarias. Al escuchar sus relatos, me doy cuenta de cuánto me gustaría aprender de ellas, cuánto me gustaría compartir con ellas. Limitaré mis preguntas a un tema de cada uno de los relatos, el que más me llamó la atención. Espero que podamos seguir debatiendo estas cuestiones en el futuro. Esta pregunta está dirigida a la Profesora Hagengruber: Me fascina la idea de las “Victorias de la Razón”. En mi propia investigación y actividades relacionadas, todo lo que encuentro son mujeres filósofas que se pronunciaron contra viento y marea y pasaron por el infierno, si era necesario, a la hora de expresar sus ideas. También estoy de acuerdo en que este tipo de actitud las califica como las defensoras de la razón por excelencia. Sin embargo, no veo que esto sea incompatible con la idea de Beauvoir de que las mujeres eran el “otro”; puede que no hayan sido “sin voz”, pero fueron silenciadas. ¿Podría hablarnos un poco más sobre lo que entiende por victoria y cómo la contrastaría con este tipo de opresión?
R.H.: ¿Cómo podemos explicar que las mujeres hayan contribuido a la historia de la filosofía cuando han sido excluidas? ¿Cómo podrían las mujeres haber percibido alguna vez una tarea filosófica propia cuando fueron silenciadas, prohibidas y mal juzgadas? Esta es la primera paradoja que encontramos al leer y juzgar las contribuciones de las filósofas. La segunda paradoja tiene que ver con los llamados intereses particularizados que las mujeres aportan a la filosofía, como se sostiene y se ha dicho. Los hombres se han presentado como defensores de los valores universalistas. Pero lo contrario es cierto. Debemos ver que es la historia mainstream, impulsada por un interés egoísta y particularizado, la que suprime a las personas y las ideas que critican este tipo de pensamientos filosóficos descentrados. ¿Cómo se relacionan estas paradojas con las victorias de la razón?
La primera paradoja resiste a un estudio floreciente de la historia de las filósofas como una historia en sí misma y de su propia importancia. ¿Cómo cambiamos nuestros patrones de interpretación para aceptar el registro de la rica historia de las filósofas sin negar la opresión contra ellas? Uno de los hallazgos más importantes de los últimos cuarenta años de investigación sobre la historia de las filósofas es que siempre ha habido períodos, circunstancias e instituciones que han hecho posible la participación de las mujeres.
Este tema revelador nos enseña que siempre hubo individuos o tradiciones que permitieron la participación de las filósofas. La cuestión de cuándo estas restricciones se debilitaron y cuándo fueron fuertes debe ser estudiada de manera intensiva, porque este patrón de olvido perturbador y redescubrimiento es un patrón en la historia de las filósofas y un documento hablado en la historia de la filosofía misma. Necesitamos comprender este proceso para cambiarlo en el futuro, para entender mejor la historia del progreso y de los retrocesos.
Superar, o más bien, superar y hacer realidad la segunda paradoja nos muestra que estas filósofas, en muchos casos, representaron una doctrina universalista y, por lo tanto, realmente enseñaron la razón. Tomemos el ejemplo de Olympe de Gouges. O, tomemos el ejemplo del racismo y abolicionismo en el siglo XVIII. Kant suele ser excusado bajo el argumento de que su racismo era producto de su época y que este pensamiento estaba muy extendido en ese tiempo. Eso puede ser cierto, pero también está bastante claro que los textos de las filósofas que conocemos hoy y que están bien catalogados son todos antirracistas y argumentan y ven la igualdad de una manera universalista, en el verdadero sentido del término, como se puede encontrar en Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft, Luise Gottsched y muchas otras.
S. M.: Veo que consideras como importantes a las filósofas que “incluyen y no excluyen”. Pregunto: ¿Qué pasa con la obra de filósofas que no promueve el valor de la inclusión, o que no incluyen a todos? ¿Qué consideras que se debe hacer con ellas? ¿Deben o no formar parte del canon filosófico?
R.H.: Bueno, pienso que dentro de la filosofía debemos trabajar a través de la estrechez y los errores de los lineamientos previos. ¿Cómo pudo Kant argumentar a favor de la moralidad universal y luego excluir a las mujeres y otras razas? Debemos aceptar que entre los filósofos -y esto es cierto, por supuesto, de hombres y mujeres-, las más grandes estupideces se encuentran al lado de las ideas más brillantes. La idolatría sistemáticamente practicada en la filosofía masculina es, sin embargo, uno de los grandes problemas a los que nos enfrentamos hoy al mirar la historia de la filosofía. Muchos ejemplos demuestran un dogmatismo arrogante y mal fundamentado que todavía es alabado y enseñado. Nunca entenderé por qué Rousseau sigue siendo parte de nuestro canon. Estoy convencida de que siempre hemos tenido y necesitaremos un canon, ya que el canon expresa lo mejor de nuestro conocimiento disponible. Es la base de nuestra transformación cultural. Asumo que los que están adentro y los que están afuera son y deben seguir los criterios clásicos a los que la filosofía siempre se ha adherido: es decir, el razonamiento no contradictorio, la búsqueda de la razón, el análisis conceptual e histórico. Pero al decir esto, muchos filósofos no deberían estar dentro [del canon] y muchas filósofas [sí] deberían estar dentro. La exclusión de las mujeres ha sido uno de los actos de corrupción más llamativos basados en intereses de poder, no en el amor por la sabiduría. Las mujeres han contribuido a superar este tipo de corrupción en todos los tiempos y naciones, por lo tanto, la filosofía mejorará de manera decisiva cuando las mujeres entren en ella.
Referencias
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Waithe antecedió su respuesta con las siguientes palabras: Quiero agradecer a las organizadoras por invitarme a participar a esta plenaria. Nuestro tema es “formación del canon”, así que, mientras hablo, verán retratos, nombres y fechas de casi 200 mujeres filósofas. La mayoría de ellas ha dejado obras que deben ser incluidas en el canon filosófico. Muchas gracias a las organizadoras del panel por sus preguntas provocadoras que invitan a la reflexión. También quiero dar las gracias a las panelistas por su compañerismo e intuiciones. Las organizadoras plantearon una serie de tres preguntas para estimular nuestras respuestas. Sin embargo, algunas de esas preguntas eran en realidad más de una, por lo que responderé a lo que, en realidad, son cinco preguntas.
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Hagengruber antecedió sus respuestas con el siguiente texto: Ante todo, me gustaría agradecer a Verónica Tozzi [Prof. de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, quien ofició de presidenta del congreso que enmarca esta entrevista] por organizar este maravilloso congreso y por ampliar la temática en discusión. No existe ya un solo tipo de feminismo al que debamos adherirnos. Debemos entender que nosotras mismas crecemos en una diversidad de posiciones. Estar aquí es, para mí, una experiencia especial. Hemos trabajado con mujeres de Brasil y de otros países latinoamericanos durante muchos años. Hay un feminismo muy fuerte aquí y también una gran investigación sobre la historia de las filósofas. Agradezco a todas las maravillosas organizadoras, a las Prof. Manzo [Prof. de la Universidad de La Plata, otra de las entrevistadas], Lerussi [Prof. auxiliar de la FFyL, una de las organizadoras de la plenaria] y agradezco a todas las increíbles contribuidoras que aportan sus perspectivas a la historia de las filósofas.
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